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Habrá pocos lectores a los que no suene el nombre de Fisac como uno de los arquitectos de referencia en todo el siglo XX español a partir de la década de 1930, serán muchos menos los que hayan oído hablar de la obra escultórica de Adsuara y la pictórica de Stolz. Solamente los que, por alguna razón, han tenido un conocimiento muy directo de la Iglesia del Espíritu Santo, sita en la calle de Serrano de Madrid, entre la sede de la Presidencia del Consejo Superior de Investigaciones Científicas y el Instituto Ramiro de Maeztu, sabrán que en ella se encierra un programa integrado de arte religioso, obra de estos tres autores y que merece atención por muchos motivos.

Un reciente libro del historiador y sacerdote Fidel García Cuéllar, muy ligado por mucho tiempo a esta iglesia, suministra toda la información que se pueda requerir acerca de esta obra artística y sus circunstancias. Se titula La Obra artística de Fisac, Adsuara y Stolz en la Iglesia del Espíritu Santo y está publicada en 2007 por el Consejo Superior de Investigaciones Científicas en un volumen de 313 páginas (apéndice documental y bibliografía incluidos) en papel couché con numerosas fotografías de excelente calidad.

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La construcción de este templo tiene su historia. Acabada la guerra civil española (1936-1939), el nuevo régimen de general Franco se plantea cómo continuar la promoción de la ciencia y la cultura que estaba ligada en tan gran medida a las iniciativas de la Junta para Ampliación de Estudios (JEC) fundada en 1907 por Real Decreto de 11 de enero, firmado por el ministro de Instrucción Pública, Amalio Gimeno. Cabe señalar que la inmensa mayoría de los intelectuales que estaban dando vida al proyecto había marchado al exilio y que la ideología que los sustentaba se alineaba claramente dentro de los márgenes de la España republicana perdedora. La decisión, como se sabe, fue continuar aquellas iniciativas con nuevo nombre y nuevos supuestos, naciendo así el Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC). Desde entonces, hay dos posibles interpretaciones historiográficas: la que considera el Consejo una especie de lamentable continuación fraudulenta de la Junta y la que reconoce que, en aquella España de posguerra y «ardor guerrero», la iniciativa exitosa de José María Albareda ante el ministro de Educación Ibáñez Martín, en pro de la continuidad, evitó lo que hubiera sido un desastroso alejamiento de estas tareas por parte de España. En 1939 existían en los Altos del Hipódromo o, como los llamó Juan Ramón Jiménez, «Colina de los Chopos» una serie de edificios limitados por la calle del Pinar, la de Serrano y la de Vitruvio. Eran el Museo de Ciencias Naturales, construido entre 1881 y 1889 por F. de la Torriente, los cinco pabellones de la Residencia de Estudiantes, construidos por el Ministerio de Instrucción Pública a instancias de la JAE entre 1913 y 1922 sobre proyecto de Flores y Luque, el Instituto Rockefeller de Ciencias FísicoQuímicas, obra de Lacasa y Sánchez Arcas, el InstitutoEscuela de Enseñanza Media, realizado por Arniches y Domínguez cuyos edificios fundamentales siguen siendo los mismos del actual «Ramiro de Maeztu» y el Auditorium, que pertenecía a la Residencia de Estudiantes y albergaba salas de conferencias, bibliotecas, salas de lecturas y aulas especiales. Este último edificio, construido también por Carlos Arniches y Martín Domínguez entre 1931 y 1933, era el único cuya fachada daba a la calle de Serrano. Pues bien, en 1942, de acuerdo con los principios confesionales del nuevo Estado, el CSIC decide construir en este campus una iglesia dedicada al Espíritu Santo y se le encarga al joven arquitecto Miguel Fisac (1913-2006) esta obra, así como otras de arquitectura civil que habrían de completar los edificios centrales del Consejo. El ámbito más apropiado para construir el templo era, sin duda, el edificio del auditorium y Fisac aborda su transformación. Como se trataba de una adaptación, el arquitecto tuvo que imaginar una estructura de templo en absoluto al uso del momento; como se trataba de una obra representativa, contó con todos los medios materiales para construirla, a pesar de vivirse años de especial escasez; al poseer un talento indudable, logró imaginar una buena solución cuya planta se inspiraba «en varios templos mozárabes, tales como San Miguel de la Escalada (León), Santa María de Melque (Toledo), San Cebrián de Mazote (Valladolid) y algunos más». Y he aquí cómo, por estos vericuetos, se llega a la que quizás es una de las más importantes obras inaugurales de la arquitectura religiosa del siglo XX, con criterios que se adelantan a las que luego serían directrices del Concilio Vaticano II. Además, el muy meditado programa teológico abordado por Fisac integra la escultura de Juan Adsuara (1891-1973) y la pintura de Ramón Stolz Viciano (1903-1958). Adsuara, en los grandes relieves del presbiterio, plasma escenas de la acción del Espíritu que muestran la separación de la luz y las tinieblas en la Creación, la Anunciación del ángel a la Virgen María y el bautismo de Jesús; representa en el frontal del altar la escena evangélica de la aparición de Jesús a los apóstoles, labra la del centurión en la portezuela del sagrario, talla en el púlpito de madera de nogal cuatro impresionantes figuras de los evangelistas y, también en madera vista de nogal, los dos relieves colocados sobre los confesonarios, con el pasaje del hijo pródigo perdonado por el padre y el entierro de san Juan Nepomuceno, mártir del sigilo sacramental. Las tallas de bulto redondo para los altares de san Isidoro de Sevilla y san Alberto Magno y el relieve angélico de la fachada norte completan los encargos realizados por el escultor.

Stolz se encarga de un programa iconográfico sistemático de frescos, que empiezan con la Pentecostés del ábside y siguen en las bóvedas de la nave con la ilustración de las virtudes teologales: Fe (escenas de la mujer cananea y el bautismo del etíope), Esperanza (escenas de Moisés con la serpiente de bronce y la presentación de Jesús en el templo) y Caridad (escena del buen samaritano y la Magdalena, perdonada por Jesús). En el coro, que acoge el magnífico órgano de tubos construido por Dourte, los frescos representan las virtudes cardinales: Justicia (escena del mayordomo infiel), Prudencia (escenas de las vírgenes necias), Fortaleza (escena del martirio de S. Esteban), Templanza (predicación de Juan el Bautista). A esto se añade los ángeles del arco de triunfo que une la nave con el presbiterio, y las vidrieras. En éstas, además de los santos de la cúpula (san Agustín, san Gregorio de Nicea, san Gregorio Magno), se encuentra el programa de los dones del Espíritu Santo: en el óculo del coro, la sabiduría (representada por el sueño de Salomón), en las naves, a derecha e izquierda, los dones de temor de Dios, inteligencia, piedad, consejo, ciencia y fortaleza. Todo un logro: sin dificultad, podríamos allegar críticas artísticas de estos frescos tan positivas como las que recibieron las esculturas de Adsuara.

En el estado aconfesional de la actual democracia no tenía ningún sentido que el CSIC siguiera manteniendo los gastos de un templo y un equilibrado convenio ha transferido su administración y conservación, sin pérdida de la propiedad, al Arzobispado de Madrid. Ahí sigue, pues, como debe, esa obra imponente. Y es muy oportuno que el CSIC haya editado este libro de don Fidel, de gran valor documental y que, por sus acertados comentarios ilustrativos, puede servir de guía para que alcancen a saborear esas obras de arte los visitantes del templo, creyentes o no. Lo necesitarán de manera imprescindible los que no gozan de la cultura del antiguo bachillerato, que garantizaba el conocimiento de los principales relatos bíblicos y de historia de la Iglesia, así como la enseñanza de las virtudes y los dones.

MIGUEL ÁNGEL GARRIDO GALLARDO


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Filólogo. Profesor de Investigación del CSIC (ILLA-CCHS). Catedrático de Universidad. Presidente del Comité Científico Asesor de la Universidad Internacional de La Rioja (UNIR). Editor de Nueva Revista.