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La obra El mito perdido de Igor Mitoraj (Oederan, Alemania, 1944), un conjunto de esculturas expuestas a lo largo del Paseo del Prado de Madrid (desde la Puerta de Murillo hasta la Cuesta de Moyano), reflexiona sobre la belleza del arte clásico, sobre el equilibrio, sobre las formas que querían ser idealmente perfectas… o casi perfectas… de aquel antiguo arte, que ahora ya nos parece tan remoto. Porque lo que más nos atrae de estas colosales y espectaculares obras es que, aún reconociendo que recogen el encanto griego-romano, lo hacen desde una perspectiva mucho más simbolista y, sobre todo, más psicológica: unas figuras que ya no son siempre ideales y tersas, sino que envejecen, sufren y se agrietan… , aceptando la realidad del paso del tiempo.

Aparecen vendadas como momias enmudecidas de la incomunicación, o como dormidas en una eternidad ajena a lo contingente y lo cotidiano (cual faraones del eterno Egipto). Otras veces se nos representan con los ojos vacíos; ojos que miran más hacia dentro de sí mismos y hacia el más allá de su nostalgia perdida que a nosotros, los espectadores que sí podemos introducirnos en ellos y verlos por dentro.

Asombrados y atónitos, contemplamos estas colosales cabezas, cuerpos y torsos alados que nos producen admiración y estremecimiento. El sentido trascendente y de permanencia que emana de sus obras puede parecer el mismo que palpamos cuando contemplamos una escultura del mundo clásico. Pero nada sería más injusto que una interpretación neoclasicista del trabajo de un artista que se inserta plenamente en el discurso de la modernidad.

Mitoraj no es propiamente un clasicista, sino un conceptista de concepción clásica; no es propiamente un realista, sino un simbolista. La idea del fragmento escultórico, como parte integrante de la obra, la expresa el artista en la superficie de sus obras, en la que reproduce los estragos del tiempo por medio de la singular variedad de pátinas. En la obra de Mitoraj está la sutil ironía: en las pátinas fingidas, en el fragmento, entendido como ruina, y en las vendas que niegan la comunicación. Los grandes artistas –—y éste lo– es— se erigen como portavoces del tiempo que da sentido a nuestra existencia y, al mismo tiempo, nos consume y destruye en una angustia infinita.

Este artista no entiende la realidad como algo perfecto que cabe imitar o idealizar, sino al contrario, tiene un punto de vista conflictivo sobre la realidad: su obra no pretende reproducir, sino cuestionar un mundo que le plantea más dudas que respuestas. Y Mitoraj, a diferencia de los renacentistas o los neoclásicos, no intenta recrear la atmósfera grecorromana, sino la que emana de la percepción que de aquella Antigüedad Clásica obtenemos a través de los siglos por medio de ruinas, restos arqueológicos y piezas de museo. La pátina que incorpora a sus bronces, las grietas de sus figuras, las heridas y texturas que simulan la descomposición del mármol bajo una intemperie milenaria, la disposición de las figuras echadas, inclinadas o cortadas, fingiendo aleatorias decadencias, nos sitúa ante una obra que pone en primer plano la acción del tiempo sobre nuestro juicio y mirada sobre el mundo.

El artista polaco, de origen alemán, es, además, un autor simbolista: sus figuras vendadas indican una preocupación por la incomunicación, sea personal sea en ese mismo ámbito del decurso temporal que acrecienta nuestro desconocimiento hasta el infinito. En ese sentido, las cabezas de Medusa o Gorgonas, que salpican sus conjuntos, nos dejan, como a los compañeros de Perseo que les cortó su cabeza, petrificados al mirarlas, proporcionando un nuevo sentido al mito. Los torsos alados presentan una disposición que parece extender el desorden y la desintegración[[wysiwyg_imageupload:743:height=177,width=200]]

Fragmento de la obra de Mitoraj expuesta en el madrileño paseo de Prado 

a la misma estructura orgánica del cuerpo representado: el sinsentido en estado puro. Los praxitelianos o helenísticos miembros abren sus costados a pequeños cubículos, receptáculos de hechuras geométricas que albergan rostros, a veces vendados, o que, vacíos, esperan que, para bien o para mal, habiten esos cuerpos. Los relieves, a veces meros dibujos inscritos, a modo de primitivas incisiones o relieves de la Antigüedad, complementan paisajes corporales contaminados de conceptos, de una belleza sobrecogedora que, sin embargo, no sirven precisamente para sosegarnos sino más bien para angustiarnos. El poder evocador de la ruina se combina eficazmente con la noción de la pérdida del mito: cuando Mitoraj agrieta sus Eros y sus Ícaros tal vez está manifestando –—lamentando–— la presente ineficacia de la mitología. El polaco-alemán maltrata el mito, lo hace pedazos y lo vuelve a construir en su degradación.

Además de simbolizar la pasión nostálgica por la edad dorada de la escultura clásica, el carácter arcaizante del trabajo de Mitoraj implica un desafío a la modernidad. Lo que es evidente es que la obra de este escultor no se ajusta a los cánones de las corrientes principales del arte contemporáneo, ni a modas más o menos pasajeras representadas de nuestro arte de hoy. Su obra goza de una existencia al margen de este mundo y aporta la continuidad histórica de la que nuestra cultura contemporánea tan ávidamente intenta deshacerse. A Mitoraj le importan el rostro y el cuerpo humano no sólo y no tanto como elemento estético y plástico-tectónico, sino como expresión de las modificaciones a las que el paso del tiempo ha sometido a uno y al otro, así como a la de nuestro juicio y nuestra conciencia de la belleza y significación de su papel en nuestras vidas y nuestras conciencias. Mitoraj ha recuperado El mito perdido de nuestro pasado cultural y nos lo ha presentado y representado de una forma extraordinariamente personal y sublime. 


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