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Reflejo de su vida solitaria, bien patente ya desde su infancia, las rememoraciones de Hopper reflejan la crisis existencial del siglo XX, donde el hombre solitario, en medio de la sociedad de masas, busca la felicidad, sin encontrarla; y reflejo por tanto de la incomunicación de los habitantes de las grandes urbes estadounidenses, que constituirían el núcleo de sus obras. Así, buen número de estas se desarrollan en lugares públicos, como bares, teatros, cines, oficinas, hoteles, etc., ambientes prácticamente vacíos que realzan la soledad y el dramatismo del hombre moderno, aislado en medio de la sociedad masificada, como antes decíamos. En este sentido, como certeramente se ha señalado, «lo que nos habla desde sus obras es la compasión, la empatía con el destino de la gente normal y vulgar». Si a esto unimos una ejecución impecable, un marcado dominio de los efectos de luz y sombra, y una bien patente calidad en el manejo del color, entenderemos mejor la singular aportación de Hopper a la pintura del siglo XX.

Pero, lo curioso del caso, es que Hooper tardó bastante tiempo en ser suficientemente valorado por la crítica de su país. No en vano, tuvo que esperar hasta los 43 años para conocer el éxito en su primera exposición en Nueva York, y poder así dedicarse por completo a la creación artística. En este sentido, su tan singular como de una sorprendente solidez Casa junto a una vía de tren (1925) —en la que se inspiró Alfred Hitchcock para su siniestra mansión de Psicosis— fue su primer cuadro en integrar la futura colección de pintura del recién inaugurado MoMA de Nueva York. Ahora bien, eso sí, si tardío fue su descubrimiento, rápido fue su reconocimiento por la crítica y el público.

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Casa junto a vía de tren (1925)

Si bien, como se comprueba en la exposición, hay un buen número de escenas al aire libre, como la que acabamos de mencionar, o como la radiante de colorido Puesta de sol ferroviaria (1929), Hopper destaca en los interiores, como en ese tan atractivo como valioso El Teatro Sheridan (1937), una de las obras más destacable de la exposición. En ella, además de las características ya remarcadas sobre el arte de Hopper, se puede apreciar su pasión por el cine y, por ende, por la fotografía, tan fundamental en toda su obra. En este sentido, Diddier Ottinger, comisario de la exposición junto a Tomás Llorens, se refiere a que «la iconografía, la diversidad de los dispositivos “escénicos” que utiliza, responden a una visión del mundo que subraya su ironía teatral».

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Habitación de hotel (1931)

Pero, tal vez más notable aún sea su inspiradísima Habitación de hotel (1931), una de las obras maestras de Hopper. El desvalimiento de la joven sentada en la cama, junto a sus pertenencias, constituye toda una lección del mensaje que quiere transmitir la obra, a la vez que una lección de su maestría técnica en los contrastes de luz y sombra, por no hablar de sus recurrentes y tan bien traídas líneas verticales que conforman el cuadro.

La mayor parte de las obras de Hooper contienen imágenes de la vida cotidiana del país. A primera vista, sus obras pueden parecer sencillas, incluso un tanto anodinas, pero si se contemplan con detenimiento se descubre en ellas una esmerada elaboración. En estos escenarios, Hopper nos presenta a personas solas, a parejas o más de dos personas que parecen incomunicados entre sí, cada uno aislado en su propio mundo; tal es el caso de la excelente Habitación en Nueva York (1932). A veces, aunque más bien raramente, sus personajes aparecen como conversando, pero no por ello dejan de estar cada uno en sus cosas, en su propio mundo interior.

Otra característica principal de sus obras es el empleo de la luz y, muy probablemente, el más constate de sus temas. Ya lo vimos de alguna manera en Habitación de hotel, y lo volvemos a ver, y con mayor detenimiento, en otros de sus cuadros clave. La luz del sol cuando es de día, o bien la luz eléctrica si es de noche. Como bien se ha apuntado, «la luz entra por las ventanas e ilumina la escena, moldeando cada detalle del lienzo». Y es que, en efecto, a la luz se dedican buena parte de sus últimas obras, desde Reunión nocturna (1949), a la espléndida y famosa Sol de la mañana (1952), en la que una mujer sentada en la cama y como ensimismada, observa con atención por la ventana.

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Sol de la mañana (1952)

Curiosamente, la luz entrante a través de la ventana es uno de los temas recurrentes de Hopper, y uno de sus más destacados. En él algunos han querido ver, y no sin razón de ser, un parecido con el arte de Vermeer, maestro tan dispar en el tipo de pintura, pero con quien compartiría esta curiosa relación. En este sentido, nos quedamos con el papel que ambos reservan a los ventanales, aunque «en el caso de Vermeer la índole de la luz sea distinta a la luz de Hopper: indefinida la naturaleza de aquella, es muy verista y cotidiana la de este».

En fin, por todo ello, y tal vez por otras razones que nos hemos podido dejar en el tintero, la exposición de Hooper constituye una oportunidad única de conocer el talento del gran maestro realista estadounidense del siglo XX.

La otra gran exposición que requiere nuestro estudio es la dedicada al último periodo de la vida de Rafael, el tal vez mayor representante del Renacimiento italiano junto con Miguel Ángel y Leonardo da Vinci. Rafael Sanzio (14831520) ha sido fruto de numerosas exposiciones, pero ninguna centrada a fondo tan solo en su última etapa, cuando se convirtió en el pintor más influyente del arte occidental, conquistando un lugar entre los artistas más experimentales, polifacéticos e influyentes de todos los tiempos.

Pero el caso es que hasta hace bien poco, sus últimas pinturas no habían sido comprendidas; tal vez porque presentan problemas de cronología, o bien porque su diversidad desconcierta, o bien porque Rafael no trabajaba solo. Esta es la razón por la que delimitar las fronteras entre sus obras y las debidas a sus principales ayudantes: Giulio Romano (1499-1546) y Gianfrancesco Penni (1496-1528), es parte importante del cometido de la actual muestra.

Recordemos, con el cambio de pontífice, concretamente con León X, Rafael comienza a rodearse de ayudantes. Por entonces, su taller pasa a ser, muy posiblemente, el mayor de los compuestos hasta ese momento por el magisterio de un único gran maestro de la pintura, llegando a estar formado por unas cincuenta personas, entre pupilos y ayudantes. La exposición enfrenta al espectador con el fruto de la eficiencia de ese taller, liderado por la asombrosa versatilidad de Rafael, quien además de pintor de pinturas de caballete —el objeto propiamente de la muestra— fue pintor de frescos, diseñador de cartones para tapices y arquitecto.

Vistos los preliminares, centrémonos ahora en las principales obras de la exposición. Destacan en ella, como no podía ser menos, las debidas propiamente a Rafael, y algunas en las que intervino en parte y dejó en manos de su taller el resto de la producción final, siempre bajo su supervisión, por supuesto. Y ello, no obstante las de Giulio Romano —en mayor medida que las también notables de Penni— estén próximas, en cierta manera, a las del maestro. Pero las de Giulio, en cualquier caso, tienen perfiles o acabados más duros y no cuentan con esa sencilla maestría de las de Rafael. En este sentido, Gombrich señala que la aparente sencillez de este es hija de un profundo pensamiento, una esmerada concepción y una sabiduría artística inmensa.

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Santa Cecilia

Analicemos pues las obras principales de Rafael, siguiendo el orden de la exposición. En primer lugar estaría La Virgen del pez (1513-1514), bien conocida puesto que pertenece al Prado. Pero la nueva localización realza, se diría, su encanto, pues centra más la atención en el rostro hermoso y distinguido de María, de rasgos similares a la traída expresamente para la muestra La Virgen de los candelabros, también de hacia 1513-1514.

Luego habría que mencionar La caída en el camino del Calvario, conocida como El pasmo de Sicilia (1515-1516), de Rafael y taller, obra recientemente restaurada. En ella destacan el cruce de miradas entre Jesús y María, aunque tal vez le falte un poco más del patetismo —que parece requerir la escena— al rostro de Jesús. En cualquier caso, en general hay consenso entre los especialista en que la cabeza de Cristo y la de Simón de Cirene, «refinadas, expresivas y ricamente modeladas» se deben a la mano de Rafael.

Nos fijamos ahora en las obras más reconocidamente maestras de Rafael, durante este periodo de sus últimos años. Para comenzar, hay que incluir el famoso Santa Cecilia (1515-1516). Es opinión unánime que el cuadro fue realizado en gran medida por el propio Rafael. Curiosamente, la obra resulta casi del todo estática. No se asemeja a otras obras del artista en las que la disposición natural de figuras complejas constituye buena parte de su atractivo. Pero el caso es su valía es indudable, además de cumplir con su propósito de encajar a la perfección en la austera capilla rectangular que la había de contener.

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La Sagrada Familia con san Juanito

A continuación hay que referirse necesariamente a la Sagrada Familia con san Juanito, conocida como La perla (1519-1520), sin duda una de las más logradas obras del último Rafael. En ella hay un claro contenido moral y espiritual: la Virgen mira al Niño, y este no le devuelve la mirada, sino que mira al cielo, presumiblemente a su Padre Dios. Las combinaciones de color están entre las más ricas creadas por Rafael. Particularmente notable es la túnica de María. De efecto asombroso es el drapeado del hombro derecho, donde los rosas se decoloran en las luces, y las sombras se tiñen de azul. Como se ha afirmado, psicológicamente es una pintura de infinita riqueza. Por si fuera poco, el tratamiento del cabello de los niños no ha sido nunca superado.

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Baltassare Castiglione

Los retratos son una de las más ricas aportaciones de la muestra; entre ellos hay al menos tres dignos de mención. En primer lugar, el de Bildo Altovine, de hacia 15161518, en el que se destaca en primer lugar la belleza del joven en cuestión; sus ojos, un tanto soñadores, se vuelven para mirar al espectador. Un efecto de claroscuro realza el rostro de Bildo, con su maravilloso pelo largo, tan finamente acabado.

A continuación viene el que pensamos es la obra más admirable traída al Prado. Nos referimos, naturalmente, al Baltassare Castiglione (1519), retrato de una sutileza técnica, sensibilidad y hondura de caracterización maravillosas. En él, la gama de grises, pardos, blancos y negros es incomparable. Pero tal vez lo más llamativo sea la viveza y hondura de expresión de sus ojos, que delatan una asombrosa e imperturbable mirada llena de bondad y sosiego.

En tercer y último lugar, el Autorretrato con Giulio Romano, conocido como Autorretrato con un amigo (15191520), en el que un Rafael de aspecto gastado, prematuramente envejecido, apoya su mano izquierda en Giulio Romano, como queriendo pasarle el testigo y como símbolo de amistad y confianza en el amigo, perfectamente representado, muy en especial en la expresión de su admirable rostro.


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