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AL HABLAR del Egipto Helenístico no me refiero al gran Egipto Antiguo, ese Egipto monumental de magníficos templos y tumbas. Este, aunque también dio lugar a bellas e importantes obras, es mucho más sutil, es el Egipto de la inteligencia, del amor por el saber y de la pasión por el libro. Antes de proseguir, es preciso analizar el significado del término helenismo. Helenismo no es helénico: es mucho más. Lo helénico tiene un carácter territorial, se refiere exclusivamente a Grecia y al contexto griego. El helenismo o lo helenístico es universal: es la simbiosis de la cultura griega con aquéllas de los mundos conocidos por entonces: Egipto, Siria, Asia Menor, Persia… Es decir, algo nuevo surgido a partir de bases viejas.

Con Alejandro Magno y sus conquistas, el mundo griego descubre otros modos de vida, otras culturas, otras religiones… y, bien por su atractivo, por conveniencia, o simplemente por inercia, los incorpora a su cultura, creando otra con identidad propia. En cada país donde se desarrolló el helenismo, éste contribuyó a configurar una parte de su personalidad y, todas ellas unidas, nos proporcionaron los primeros cimientos de lo que hoy llamamos cultura occidental.

En Egipto, el helenismo, sumando el periodo griego y el romano, se asentó durante diez siglos —desde el año 323 a. C. al 642 d. C.—. Actualmente hay historiadores que sostienen que, si bien en los dos últimos siglos de la época romana el Helenismo agoniza en Egipto a causa de la pujanza del cristianismo, se recupera con la llegada de los árabes. Prueba de ello es que casi todos los textos de aquella etapa llegados hasta nuestros días se deben a sus traducciones.

Considerar el pasado helenístico de Egipto como mera ocupación extranjera, como algo no propio del país, es completamente absurdo. Sabemos que, en todo proceso histórico, a la invasión le sucede la ocupación y, a ésta, si es duradera, la aclimatación de los invasores en el medio ocupado. Esta aclimatación propicia la fusión de costumbres y gentes, y reviste de cierta dignidad a la menospreciada invasión. Un ejemplo práctico de ello puede encontrarse en la historia de España: en primer lugar estudiamos la invasión de los bárbaros y, cuando se cumple la fusión, hablamos de reyes godos o visigodos.

PTOLOMEO Y EGIPTO

A la muerte de Alejandro Magno, el Imperio se reparte entre sus generales o diádocos; a Ptolomeo le corresponde Egipto. Consciente de su legado, decide que Alejandría, la ciudad que con anterioridad había fundado Alejandro, sea la capital; por eso debe embellecerla. Realiza toda una serie de obras públicas y civiles, el famoso Faro, una tumba adecuada a la dignidad de Alejandro, el Palacio Real, y, en los jardines de palacio, construye un templo dedicado a las Musas —Museion, Museum o Museo—, donde los sabios puedan trabajar sin molestias, pagados y mantenidos por el Estado, y exentos de impuestos. Al lado del museo se asentará una gran biblioteca, que será la Biblioteca de Alejandría por excelencia.

Para evitar un vacío religioso, con ayuda de un sacerdote egipcio y otro griego, crea un nuevo dios, Serapis (fundiendo dos ya existentes: Apis y Osiris), que años más tarde poseerá, como es lógico, su propio templo o Serapeo, con su correspondiente biblioteca. Esta, tras la quema de la anterior, heredará su protagonismo.

Cuando Ptolomeo, calificado como Sóter —Salvador—, funda el Museo, aglutina en un solo concepto la Academia de Platón y el Liceo de Aristóteles. Todos los sabios del mundo son invitados a trabajar en Alejandría, y muchos de ellos acuden atraídos por sus magníficas instalaciones y por la generosidad del rey. Sabemos que el salario anual de un sabio era de 12 talentos; un estudio efectuado recientemente por la Universidad de Roma equipara un talento de este periodo a unas 120.000 pesetas actuales, por lo que la remuneración anual se aproximaba al millón y medio de pesetas. Si consideramos que esta cantidad era neta, la cosa no estaba del todo mal. Mas el verdadero privilegio de un sabio era su designación a la tutoría del príncipe heredero; se sabe que Estratón, ayo de Ptolomeo II Filadelfo, cobraba 80 talentos anuales, unos nueve millones y medio en pesetas.

Estos sabios vivían en régimen de comunidad dentro del propio museo, pero gozaban de un alto grado de  libertad para sus investigaciones y estudios. En cuanto a la arquitectura y funcionamiento del museo, han llegado hasta nosotros tres descripciones; dos de ellas, la de Teófrasto (370/287 a. C.) y la de Estrabón (63 a. C./21 d. C.), son las más explicativas. El primero dice en su testamento: «Comprendía un santuario dedicado a las Musas, adornado con estatuas de diosas y un busto de Aristóteles, un pequeño patio porticado, donde se exhibían placas y grabados con los mapas de los países explorados hasta entonces, un altar, un jardín, un pórtico y diversas habitaciones».

La segunda descripción, ya en el periodo romano, narra con más detalle su función: «Forma parte del Palacio Real, tiene un pórtico, una galería y un amplio edificio con un refectorio donde los miembros del Museo comen juntos. En esta comunidad, incluso el dinero es común, también cuentan con un sacerdote en otro tiempo designado por el rey, y en la actualidad por Augusto […] vivían dentro del recinto o en casas cercanas donde alquilaban una habitación, eran asalariados del rey y estaban exentos de impuestos». Durante la primera época Ptolomaica, el Museo funcionó como Instituto de Investigaciones de vocación científica. Más tarde se impartiría docencia, primero en el campo de la medicina, con la formación de escuelas, y posteriormente en todas las disciplinas académicas más importantes de su tiempo. En la época romana (30 a. C. al 642 d. C.), el Museo actuó como nuestras universidades actuales, con sus diferentes facultades: Filosofía, Literatura, Medicina, Geografía, Astronomía, Física, Mecánica…

Aquellos sabios y sus estudios nos legaron tantas cosas que, quizá por sentirlas tan próximas y cotidianas, obviamos sus orígenes cuando hablamos del Tratado de Elementos de Euclides o del Principio de Arquimedes, cuando comentamos el tamaño y distancias del sol y de la luna de Aristarco, cuando recordamos la Criba de números primos de Eratóstenes… Finalmente, cuando nuestros estudiantes de Medicina denominan al confluente sanguíneo venoso posterior al cerebro la Prensa de Herófilo,  olvidamos el Museo, ignoramos Alejandría, silenciamos el Serapeo, es decir, prescindimos del pasado.

Sucede, asimismo, con la invención de la trigonometría para uso de astrónomos y navegantes de Claudio Ptolomeo y sus descripciones de tierras y mares básicas para la confección de mapas portulanos, de los cuales la Escuela mallorquína fue maestra durante siglos. O bien, con el estudio de las estrellas de Hiparco; o aquéllos de física-óptica efectuados por Herón. O simplemente hoy, vísperas del tercer milenio y de su temido efecto 2000, olvidamos que nuestro propio calendario no es otro que el del egipcio Sosígenes, traído a Roma por César, retocado por Augusto y ajustado a la realidad solar, en el siglo XVI, por el papa Gregorio XIII.

Al lado del Museo, dentro de su recinto, se ubicó una biblioteca — la Biblioteca de Alejandría— que albergaría gran cantidad de libros; tal cantidad originó que, durante siglos, la cultura helenística se apodara, no sin menosprecio, la cultura libresca. Ptolomeo Sóter, al igual que todos los reyes de esta dinastía, no reparó en gastos ni esfuerzos para dotar a la Biblioteca del mayor número de textos posible. Se cuentan historias fantásticas acerca de la pasión de los Ptolomeos para conseguirlos; además de comprarlos por los conductos normales, ordenaron que todos los barcos que fondearan en puerto egipcio depositaran sus libros para ser copiados, pues de lo contrario se confiscarían para determinar su interés; a estos libros así conseguidos, Galeno los denominó «fondos de los barcos». Otra anécdota atribuida a Ptolomeo III Evergetes dice que, en su bibliomanía, alquiló en Atenas, por una fuerte suma de dinero, los manuscritos de los trágicos Esquilo, Sófocles y Eurípides para ser copiados, pero guardó los originales y devolvió las copias.

UNA BIBLIOTECA UNIVERSAL Y PÚBLICA

Sin embargo, lo excepcional de la Biblioteca de Alejandría no radica únicamente en su riqueza de volúmenes o rollos, sino, al igual que el helenismo, en que era universal y pública. Conocemos antiguas bibliotecas, como la de Asurbanipal (siglo VII a. C.), que poseían miles de tablillas, pero al igual que otras de la antigüedad eran de uso privado, o al menos restringido al ámbito sacerdotal. Sabemos que Pisístrato (siglo VI a. C.) fundó en Grecia la primera biblioteca pública, y en Roma tendremos que llegar hasta César para encontrar el concepto de biblioteca pública, y hasta Adriano para encontrar una biblioteca universal, título fácil, este último, dado que Roma era por entonces el centro del universo.  Aunque también existieron magníficas bibliotecas privadas, como la de  la familia Escipión o la del dictador Sila.

En Grecia, se entendía por biblioteca pública aquélla que autorizaba el libre acceso de los alumnos a los libros, y no como en tiempos pasados, en que su lectura estaba restringida al ámbito de los maestros. También se consentía su lectura a otras gentes externas al centro titular de la biblioteca, siempre que acreditaran ser alumnos de escuelas afines.

En cuanto al concepto universal de la Biblioteca de Alejandría, éste deriva de la diversidad de origen y criterio de los libros —en las bibliotecas públicas antes mencionadas, todos los textos participaban de un pensamiento lineal, que evolucionaba según los maestros—. En cambio, en Alejandría existían libros de un mismo tema, pero de diferentes autores y principios. Todo cuanto interesaba para el desarrollo de la investigación, sin  importar el origen, se compraba y depositaba en la Biblioteca. Asimismo, se efectuaban copias de los libros existentes para remitirlos a otras bibliotecas, egipcias o extranjeras, previa solicitud y correspondiente abono. Estas circunstancias propiciaron una pronta ocupación de los espacios físicos disponibles en la biblioteca del Museo, por lo que se precisó recurrir a la biblioteca del Serapeo como anexo de ésta.

En cuanto a la desaparición de la biblioteca del Museo, sabemos que ocurrió en el afio 48 a. C. a causa del incendio provocado por Julio César, durante la guerra civil entre Cleópatra y su hermano. El mismo César lo describe, aunque de refilón, en su obra Beííwm civile. En aquellos tiempos, la Biblioteca contaba con más de 700.000 rollos o volúmenes; todos ellos ardieron. Afortunadamente, buena parte de estos escritos estaban copiados y depositados en la biblioteca del Serapeo, por lo que ésta pasó a ser la biblioteca principal de la ciudad. Este accidente propició durante siglos que las gentes, empleando el concepto de biblioteca sin considerar la ubicación, trasladaran, erróneamente, la desaparición de la Biblioteca de Alejandría al año 391 de nuestra era.

La quema de la Biblioteca no impidió que el Museo prosiguiese con su tarea cotidiana, subsistiendo casi trescientos años más. Con la crisis del Imperio romano (siglo IIl) comenzaron los avatares, primero con el emperador Caracalla (215 d. C.) que, como represalia ante una rebelión, suprimió las subvenciones, anuló los estipendios de los sabios y expulsó a todos aquellos que no fueran egipcios. A finales de siglo, otro motín en la ciudad de Alejandría hizo necesaria la intervención del propio Diocleciano. Esta vez, al igual que a la población civil, a muchos sabios les valió la vida y la quema de numerosos libros, sobre todo los que trataban de alquimia. Más tarde, los que sobrevivieron debieron de reemprender sus trabajos, pues se poseen datos del Museo hasta finales del siglo IV d. C. El historiador romano Amiano Marcelino, en su obra Historia, bosqueja un retrato muy positivo de la vida intelectual de Alejandría de la época.

Hasta aquí, la historia nos proporciona documentación segura, tanto de la pérdida de la biblioteca del Museo como del funcionamiento de éste. Sin embargo, a partir del año 391, los datos sobre la desaparición de la biblioteca del Serapeo, su templo y el propio Museo son más oscuros y de carácter novelado. El simple hecho de que existan dos versiones atribuidas a dos grupos sociales de diferente cariz religioso explica su complejidad. La explicación que traslada la responsabilidad al mundo cristiano, se narra más o menos del modo siguiente: cuando el emperador Teodosio decretó (391 d. C.) la destrucción de todos los templos paganos de la ciudad, el obispo de Alejandría, Teófilo —haciendo suya la sentencia «una misma boca no puede a la vez alabar a Cristo y a Júpiter»— arremetió contra todos ellos. Entre ellos se encontraban el templo dedicado a las Musas o Museo, y el dedicado a Serapis o Sarapeo. Se quemaron públicamente los libros de su biblioteca. La versión que inculpa a los árabes de su desaparición dice que, cuando el general árabe Amr conquista Alejandría (642 d. C.), comunica al califa Ornar el hallazgo de numerosos libros comprados por los Ptolomeos, y pregunta qué debe  hacer con ellos. La respuesta no se hace esperar: «A propósito de los libros que me mencionas, si lo que allí se encuentra escrito es conforme al Libro de Dios, no son necesarios; y si son contrarios, son inútiles. Así pues, destrúyelos».

Un simple ejercicio de lógica nos induce a catalogar estas dos versiones como fantasías de la historia o, al menos, a minimizar los celos religiosos. La destrucción de los libros por ambas partes debió ser bastante relativa, dado que, 250 años después de la supuesta quema por los cristianos, todavía se habla de ellos y, además, conocemos las traducciones al árabe realizadas hasta el siglo X en la Casa de la Sabiduría de Damasco.

Mientras Alejandría caía en manos de los árabes, en Europa, los antiguos territorios pertenecientes a la cristiandad romana eran ocupados por diferentes tribus bárbaras, que se consolidaban como reinos. Con las invasiones bárbaras muere el comercio, la economía retrocede varios siglos atrás y la cultura desaparece.

De esta penumbra en que se sumió la cultura en Occidente, buena parte de la Península Ibérica se salvó con la llegada de los musulmanes. Los ocho siglos que permanecieron en España contribuyeron, con su brillante civilización, al resurgimiento de la cultura europea a partir del siglo XI. En los últimos años del reinado de Carlomagno (siglo IX), se inicia en Europa la pasión por los libros. Un siglo más tarde se crearán las primeras universidades y, dos después, desaparecerán los números romanos en favor de los arábigos. Con las cruzadas, allá por el siglo XII, se conocerá la existencia de una antigua biblioteca fabulosa, la Biblioteca de Alejandría, y, en Europa, comenzará su leyenda. Los cruzados traerán a Occidente los libros del periodo helenístico, unos comprados, otros intercambiados y, los más, producto del pillaje.

Los humanistas del Renacimiento llamaron clásico a este mundo helenístico del pasado, haciendo propia la definición que siglos atrás les diera Cicerón, sin llegar a distinguir lo helénico de lo helenístico. Los largos siglos de oscurantismo medieval anularon la memoria histórica, haciéndoles olvidar que se trataba de dos periodos completamente diferenciados.


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