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La voz grave, monocorde de Juan Rulfo se oye a través de unas paredes blancas de cal, reverberantes. El escritor dejó grabados algunos de sus relatos y a esas lecturas acompaña un vídeo realizado por su hijo, que se recrea en la suerte de armonizar con imágenes de la geografía de ese «laberinto de la soledad» que es México, con las descripciones de su padre. Desde una transparencia que sirve para separar el recinto de proyección de la exposición propiamente dicha, una fotografía de la cabeza del escritor, una cabeza como tallada en barro, profundamente seria, enseña el perfil y la mirada del artista.

«Artista» no es palabra que suela emplearse para hablar de escritores, pero en el caso de Rulfo y después de ver su obra fotográfica bien vale la pena aplicársela. Nacido en el pueblo de Pulco, Cayula, en el Estado de Jalisco en 1918, Juan Rulfo trabajaba para mantener a su familia como inspector del servicio de inmigración, primero, y más tarde como viajante de comercio (concretamente representaba una marca de neumáticos).

Recorría, pues, México y lo veía todo. Era la década de 1945 a 1955, el tiempo en que empezó también a escribir. «Mi padre decidió escribir en el momento en que se dio cuenta de que estaba preparado para explicar literariamente sus inquietudes, y lo mismo ocurrió con las fotografías: las hizo cuando él se sintió que podía traducir con negativos sus preocupaciones», explicó su hijo Juan Francisco, que asistió a la presentación de la exposición en Madrid.

Rulfo tenía una cámara buena y una afición aún mejor. Dan fe seis mil negativos de entre los que se seleccionaron los de la exposición y el catálogo. Seis mil negativos que mantenía celosamente apilados, llenos de papelitos y anotaciones, en las famosas cajas de cartón, y que sólo seis años antes de su muerte, en 1980, consintió en dejar ver al público, ante la insistencia del entonces director general del Instituto Nacional de Bellas Artes, Juan José Brenner. Gracias a él y a un grupo de amigos que valoraron lo emblemático de su obra, entre los que se encuentran Víctor Jiménez, director de la Fundación Juan Rulfo, Erika Billeter, Margo Glantz y Alberto Lozoya, ha sido posible este encuentro con el mundo plástico de un escritorpoeta, un intelectual que ya había llegado a millones de lectores a través del paisaje descarnado de Cómala visto con los ojos de ese hombre que regresa con la novela que Carlos Fuentes considera como «la mejor novela mexicana de todos los tiempos». Y no sólo mexicana, ya que el viaje interior que Rulfo hace en ella, con el indio Juan Preciado y su llegada al pueblo muerto, alcanza niveles de reflexión universal.

Lo mismo sucede con estas fotografías que forman la exposición. Naturalmente que es México el país que inspira, respira y suspira en ella, pero también están presentes unas características humanas que no solo se reconocen en esos pueblos y en ese momento. Del mismo modo que puede decirse que el México de hoy no es sólo el que Rulfo deja ver en su maravilloso blanco y negro, es evidente que el alma mexicana, hombres, mujeres, historia, vegetales y tierra, adquieren en esa presencia una calidad trascendental.

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Tres generaciones -dos mujeres y un niño en una ventana- saludan desde una barda rústica. Abren la muestra y sirven también de portada del catálogo. El artista no toma partido. No hay denuncia en las imágenes, por duras que parezcan. México es arisco y ácido. No hay una sonrisa en los personajes que pueblan este mundo en claroscuro. Tampoco parece que los modelos hayan posado. Nadie se ha detenido, curioso o divertido, para que Rulfo les clavara en su cámara. Generalmente aparecen de espaldas. Las mujeres, lavando bajo unos arcos de medio punto, como de convento, o sentadas sobre sus sayas en la dura tierra de Tamazulapan. Muchas de sus figuras se van, se están yendo. Por un sendero, por una trocha, a puro caminar, o en caballerías. Otras veces se quedan quietas ante la mirada fija de la cámara, o contemplan con la misma impavidez un espectáculo de danzantes con máscaras. Todos llevan una.

La cámara de Rulfo muestra, implacable. Sólo en raras ocasiones, como en la espléndida instantánea de una muchacha tendida en unas tablas, que titula «Actriz de La Escondida» o en el maravilloso plano de «Alicia en los ahuehuetes» , hace alguna concesión a lo tierno, a lo fantástico. Pero en la gran mayoría de sus visiones se palpa el terrón, la dura agudeza de la púa de una pita de maguey, la agresividad de una rama seca y rota.

Rulfo atrapa a su país también en sus hombres: peregrinos de rodillas, pescadores, jinetes, vendedores campesinos, el pueblo. Perfiles como relieves escultóricos precolombinos. Está presente el mundo del cine: Pedro Armendáriz -quizá la única sonrisa de la colección- y María Félix, fotografiados por Rulfo durante el rodaje de una película, que le ha servido para muchos planos.

El escritor-fotógrafo recoge los trabajos del campo mexicano: yuntas arando, llano con pastor y ovejas, el maíz recolectado, las acémilas por el camino real, el secado de tabaco. La Naturaleza: playas, la costa, con troncos y raíces como animales prehistóricos, con cactos -Xochimilco florido, como una excepción-, cascadas en el Estado de Guerrero, grandes árboles, saltos y arroyos, barrancos, lagos y ríos. Hace una búsqueda por el pasado histórico -la pirámide de Tehayuca, el templo de Quetzacoatl, relieves en un palacio de Mitla, muralla azteca de Huexota, ídolo totoneca- y llega a la cruz y de la cruz al claustro y a la ruina.

En la ruina su espíritu se detiene con especial morosidad. Es la ruina burlesca en ocasiones, severa hasta el dramatismo en otras, estremecedora casi siempre. «El llano en llamas» se recoge en la foto del incendio de Actipan, en Tlaxcala; y resume esta simbiosis cielotierra la imagen del volcán Pantiucutin, con fumarola, con la torre de la iglesia de Parancanguino, rodeada y aislada completamente por la lava fría.

Las últimas fotos son ciudadanas y recogen ya en cierta medida la era industrial: patios, zaguanes urbanos, el Zócalo -la gran plaza mayor de la ciudad de México-, viejas locomotoras, rieles de tren -«Patios de ferrocarril en Nonoalco-Tlatelolco»- que recuerdan los laberintos de Nazca, restos de hierros retorcidos, productos de desguace.

Todo para mayor gloria de la visión cosmogónica de este narrador, que si nos había fascinado en su literatura con una prosa certera, escueta, eficaz y directa, trata de lograr ese mismo efecto con los juegos de luces y sombras, de nubes engarabitadas sobre un cielo aplastador. Y lo consigue.

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La exposición, que ha estado ya en Alemania y por supuesto en México, viajara próximamente a Estados Unidos y Francia. El catálogo vale la pena. En él escribe el escritor mexicano Carlos Fuentes: «Hay un México de luz en Rulfo». Y reproduce una página: «En la reverberación del sol, la llanura parecía una laguna transparente, deshecha en vapores por donde se traslucía un horizonte gris. Y más allá una línea de montañas. Y todavía mas allá, la más remota lejanía. Hay un México de fuego, sombrío: aquello está sobre las brasas de la tierra, en la mera boca del infierno. Con decirle que muchos de los que allí se mueren, al llegar al infierno regresan por su cobija», celebra Carlos Fuentes esta convergencia entre el arte literario y el plástico de Juan Rulfo.

Y todos los lectores de Rulfo, cuantos descubrieron la magia de México en ese libro fascinante que empieza así: «Vine a Cómala porque me dijeron que aquí vivía mi padre, un tal Pedro Páramo», pueden celebrar con esta exposición que no se habían equivocado. Juan Rulfo confirma con sus fotos y con su prosa lo que un día dijera Octavio Paz, otro mexicano egregio: «No hay puertas, hay espejos».

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¿Qué es un instante en la vida de Álvarez Bravo? ¿Qué secreto habita en la retina del fotógrafo para convertir en magia los objetos más mundanos? «El sentido que tengo del tiempo es con la cámara», se justifica él. Unos colchones enrollados, caballitos de feria, maniquís en un mercadillo, una sábana secándose sobre los cactus… todo vale para la cámara magistral de este hombre que, tras cien años (¡cien!) de singular andadura, ha logrado encerrar en el diafragma de su máquina los momentos más íntimos del pueblo mexicano.

Porque sus fotos son México. México amable y soleado (La buena fama durmiendo), México nostálgico en el rostro de esa chiquilla que mira desde un balcón (El ensueño) o México solitario como aquella barca vieja rodeada de ramas secas (Coronada de palmas). Pero, sobre todo, un México poético.

Con motivo de su centenario, el mismo autor ha seleccionado para el público cien imágenes que circulan este año por distintas exposiciones en Madrid, Barcelona, México, Rotterdam y París. La editorial Turner las rescata ahora para siempre en una cuidada edición, muestra de esta poética de «lo cotidiano» que es la obra de Álvarez Bravo. Las imágenes están acompañadas de una recopilación de textos, poemas y cartas que sobre él escribieron Edward Weston, Langston Hughes, André Bretón y Paul Strand, entre otros. Todo un homenaje a este perseguidor de «instantes de revelación», en palabras de Octavio Paz. NR


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