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La derrota del ejército polaco, en los primeros compases de la Segunda Guerra Mundial, y el sometimiento de toda la nación, fue el preludio de una suerte que muy pronto alcanzaría a numerosos pueblos del viejo continente. Poco más de veinte años antes, el 11 de noviembre de 1918, Polonia había recuperado su independencia. Lo hizo notar Juan Pablo II durante un encuentro con miembros del sindicato Solidaridad, a los que recibió en el Vaticano en el año 2003. «Al recordar la fecha del 11 de noviembre —dijo en aquella ocasión— no puedo por menos de referirme a la libertad nacional restituida aquel día a la República de Polonia, después de años de luchas que costaron a nuestra nación tantas renuncias y tantos sacrificios». Fue una libertad efímera, pero permanece en el horizonte como un punto de referencia. Un periodo relativamente breve en el que no faltaron dificultades para el desarrollo del nuevo Estado.

El OBJETIVO DE LA INTEGRACIÓN EUROPEA

Terminada la Segunda Guerra Mundial, ese recuerdo histórico permaneció vivo en la memoria durante los largos años de sometimiento a un régimen totalitario, hasta la revolución pacífica de 1989. «Sé cuán importante era ese día para todos los que, en el tiempo del comunismo, trataban de oponerse a la supresión programada de la libertad del hombre, a la humillación de su dignidad y a la negación de sus derechos fundamentales». Los hombres que Juan Pablo II tenía delante eran artífices y continuadores de aquel movimiento. En Solidaridad permanecía, de alguna manera, cuanto se había logrado aquel lejano 11 de noviembre de 1918: la «expresión exterior, política» de la libertad que había nacido «de la libertad interior de cada uno de los ciudadanos de la República polaca dividida, y de la libertad espiritual de toda la nación».

Los decenios posteriores a 1945 no fueron acompañados del crecimiento y el progreso, tan necesarios tras las destrucciones que el conflicto había producido. Por el contrario, como el Papa recordó en el mensaje a la conferencia Episcopal polaca en el 50º aniversario de la Segunda Guerra Mundial (26-VIII-1989), «fueron causa de una gran crisis socioeconómica y nuevos daños, ya no en los frentes de la lucha armada, sino en el frente pacífico de la lucha por un futuro mejor de la patria». Esos años de prolongada posguerra impidieron a Polonia ocupar «el puesto que le corresponde entre las naciones y los Estados de Europa y del mundo».

La paz, el entendimiento y la colaboración deben ser, en efecto, el anhelo de todas las naciones. Fue también el objetivo de la declaración Schuman, con la que el 9 de mayo de 1950 se inició el proceso de integración en Europa. El proyecto no se basaba en la voluntad de poder, sino en la idea de que el diálogo y la estima recíproca son esenciales para la construcción de un continente próspero y en paz. Los padres fundadores de la actual Unión Europea propusieron a sus pueblos un nuevo modo de vivir juntos en una comunión de destino, aceptando el pasado y sacando experiencia. Lo recordó Juan Pablo II a un grupo de diputados del Partido Popular Europeo con motivo del 40º aniversario de los tratados de Roma (1957): nunca más las guerras e ideologías podrían destruir en el futuro tantas vidas humanas.

Desde los años cincuenta la integración europea ha tratado de avanzar hacia un futuro en el que cada una de las naciones pueda lograr un progreso multiforme. El gran objetivo —hoy más necesario que nunca, por causa de la crisis— fue reconstruir en millones de sus ciudadanos, particularmente en los jóvenes, la confianza en el futuro. Son aspectos que se imponen con fuerza a la conciencia de Europa, y alcanzarlos depende en gran parte de sus ciudadanos. Por eso hace falta su implicación en el proceso. En el mensaje antes citado Juan Pablo II se refirió principalmente a Polonia, pero el argumento puede extenderse a todo el continente: «nadie puede borrar las huellas de las responsabilidades, que han pesado de modo tan terrible en la historia de nuestra nación y de las otras naciones de Europa». Son hechos que conviene tener presentes, pero cabe la tentación de olvidarlos: «Se están borrando de la memoria. Las generaciones más jóvenes ya no los conocen por experiencia propia», insistió ante los representantes de Solidaridad (2003). A Juan Pablo II le surgía la duda de si los jóvenes «aprecian como se debe la libertad que poseen; si se dan cuenta del precio pagado por ella». Por ello, concluía el Papa polaco, «hay que aprender del pasado».

La memoria es importante. Para afrontar el futuro con confianza es preciso tener presente el largo camino que han recorrido las naciones de Europa central y oriental hasta reconquistar la libertad, y las del occidente para progresar en la unidad. La memoria constituye «el patrimonio al que conviene remitirse constantemente, para que la libertad no degenere en anarquía, sino para que asuma la forma de responsabilidad común».

LA CONQUISTA DE LA LIBERTAD

Juan Pablo II nunca tuvo reparo en reconocer su pertenencia histórica y afectiva al corazón de Europa. Durante el primer viaje pastoral a su patria (1979) esta conciencia se hizo patente desde el primer momento. En Varsovia, desde la plaza de la Victoria, nada más llegar recordó que él era «un eslavo, hijo de la nación polaca». Sentía «profundamente arraigadas en la historia» las raíces de las que tomaba origen. Había ido a Polonia para hablar ante Europa y ante el mundo de aquellas naciones y poblaciones «frecuentemente olvidadas». Lo iba a manifestar también en otro momento de aquellos nueve días históricos: «¿no quiere acaso cristo —dijo en Gniezno el 3 de junio—, no dispone acaso el Espíritu Santo, que este Papa polaco, Papa eslavo, justamente ahora manifieste la unidad espiritual de la Europa cristiana». Era el mes de junio de 1979, con su pontificado recién estrenado.

En un hermoso gesto, dirigido a las gentes que le escuchaban al otro lado del telón de acero, reconoció que llevaba en su espíritu, «profundamente grabada, la historia de la propia nación, desde sus mismos comienzos, y también la historia de los pueblos germánicos y limítrofes». Años más tarde, en 1997, llegaría a calificar aquellas palabras de 1979 como el programa de su pontificado. Lo hizo en la homilía que pronunció en el mismo lugar —la histórica ciudad de Gniezno— en presencia de los jefes de Estado de Polonia, Alemania, Hungría, República checa, Lituania y Ucrania. «Señores presidentes, vuestra presencia aquí, en Gniezno, tiene hoy un significado especial para todo el continente europeo. Como hace mil años, hoy también ella testimonia la voluntad de una pacífica convivencia y de la construcción de una Europa, unida por vínculos de la solidaridad».

El interés de Juan Pablo II por la unidad del continente se puso de manifiesto desde su elección, en 1978. Entonces quedaba lejos la caída del muro de Berlín (tardaría once años en hacerse realidad); la Unión Europea de 28 estados que hoy tenemos; o los trabajos de la convención, un cuarto de siglo después, para dotar a la Unión Europea de una constitución que, como es sabido, tras largos años de crisis y negociaciones devino en el tratado de Lisboa, hoy en vigor. Hablar en 1979 del colapso del comunismo parecía solo fruto de buenos deseos, más que de un análisis de la realidad. Sin embargo, Wojtyla basaba esta predicción en la dinámica de la moral y de la historia, y en su experiencia personal. Apoyó sin límites al naciente sindicato Solidaridad, tanto en las negociaciones previas a su creación como en el periodo que siguió a su disolución, tras el golpe de Estado que tuvo lugar en Polonia en diciembre de 1981. «En esta ciudad, hace diecinueve años —diría en Gdansk, el 5 de junio de 1999—, nació el sindicato Solidaridad. Fue un acontecimiento que marcó un viraje en la historia de nuestra nación, e incluso en la de Europa. Solidaridad abrió las puertas de la libertad a los países esclavos del sistema totalitario, derribó el muro de Berlín y contribuyó a la unidad de Europa, dividida en dos bloques desde la Segunda Guerra Mundial. Nunca hemos de olvidar esto».

LOS DOS PULMONES DEL VIEJO CONTINENTE

La insatisfacción por la división artificial de Europa podía haberse expresado en términos políticos, pero el Papa eslavo formuló el problema en términos de cultura, historia y moral. Estaba convencido de que «encerrar a los pueblos en sistemas de pensamiento no es primariamente una cuestión política, sino ética, y por tanto humana: no se puede ir contra el hombre». Así lo proclamó en Varsovia, desde la Plaza de la Victoria. La persona debía ser el centro de la construcción europea, y con el tiempo la Carta de Derechos Fundamentales de la UE (2000) lo recogería en su preámbulo: «consciente de su patrimonio espiritual y moral, la Unión está fundada sobre los valores indivisibles y universales de la dignidad humana, la libertad, la igualdad y la solidaridad, y se basa en los principios de la democracia y el Estado de derecho. Al instituir la ciudadanía de la Unión y crear un espacio de libertad, seguridad y justicia, sitúa a la persona en el centro de su actuación» (párrafo 2º).

De un modo inesperado y sorprendente, el 9 de noviembre de 1989 cayó el Muro de Berlín. Era el símbolo de la división de Europa en dos mitades, como consecuencia de los acuerdos firmados en Yalta al final de la Segunda Guerra Mundial. Pocas semanas más tarde, el 13 de enero de 1990, Juan Pablo II pronunció un importante discurso ante el cuerpo diplomático acreditado ante la Santa Sede. Ofreció su interpretación de lo acontecido: estaba convencido de que la causa principal, por la que el marxismo había sido vencido, era la «debilidad de su antropología». El sistema derrumbado había ignorado sistemáticamente la complejidad del ser humano, reduciéndolo a su función económica, considerando el resto de las dimensiones humanas como una mera ilusión. En el capítulo III de la Encíclica Centesimus annus (1991) bajo el significativo título «El año 1989» ofrece un análisis de aquellos acontecimientos.

La libertad de espíritu había estado reprimida durante casi medio siglo, pero siguió latente y se manifestó con fuerza hasta llegar a convertirse «en el fundamento de las transformaciones pacíficas». Fue la interpretación que hizo Juan Pablo II ante el cuerpo diplomático, cuando solo habían pasado unas semanas desde la caída del muro. Son hechos de la historia europea reciente que resultaron sorprendentes, tanto por su origen como por el desarrollo que tuvieron y también por sus resultados. «La sed de libertad que anida en el interior de toda persona» era la fuerza que había derribado los muros, dando a todo lo sucedido el ritmo de un auténtico vuelco. La nueva situación era el momento oportuno para «recoger las piedras de los muros derribados y de construir juntos la casa común».

«Pueblos enteros han tomaron la palabra —dijo a los embajadores que le escuchaban— y la persona humana ha mostrado los inagotables recursos de dignidad que posee». En países donde durante años un partido había dictado la verdad que se debía creer, y el sentido de la historia, la persona había demostrado que no se pueden ahogar las libertades fundamentales que dan sentido a su vida: «la libertad de pensamiento, de conciencia, de religión, de expresión, de pluralismo político y cultural». Varsovia, Moscú, Budapest, Berlín, Praga, Sofía y Bucarest se habían convertido en las etapas de una larga peregrinación hacia la libertad. Una vez iniciado el camino, no era posible detenerse. Las aspiraciones expresadas por los pueblos debían ser satisfechas «por el Estado de derecho en cada nación europea».

Un nuevo escenario amanecía en Europa, y había que darle forma. Juan Pablo II dibujó ante el cuerpo diplomático los rasgos de la «casa común» que empezaba a vislumbrarse. Destacó que cualquier proyecto de derecho debe tener, como rasgos distintivos, «la neutralidad ideológica, la dignidad de la persona humana, fuente de derechos, la anterioridad de la persona en relación con la sociedad, el respeto de las normas jurídicas democráticamente consensuadas, el pluralismo en la organización de la sociedad». El Papa los calificó de «valores insustituibles, sin los cuales no se puede construir con carácter estable una casa común al Este y al oeste, accesible a todos y abierta al mundo». Valores que tienen una misma raíz: «Parece renacer ante nuestros ojos una Europa del espíritu —dijo el Papa eslavo aquel día de enero— basada en los valores y símbolos que la han modelado, en la tradición cristiana que une a todos los pueblos». Estaba convencido de que el espíritu común que alienta la vida y la historia de Europa es el único camino y la mejor garantía para lograr su unidad.

CONTRADICCIONES DE EUROPA

Los nuevos aires de libertad habían llevado a los pueblos de Europa a redescubrir su identidad y su igual dignidad. Sin embargo, no era una conquista definitivamente adquirida: había que estar vigilantes, advirtió Juan Pablo II; podrían surgir rivalidades seculares y conflictos entre minorías étnicas, y también exacerbarse los nacionalismos. Después de llamar la atención sobre estos extremos —dolorosamente reales durante los años noventa en Croacia, Eslovenia, Bosnia-Herzegovina y Kosovo—, señaló el camino para avanzar: concebida como una comunidad de naciones, Europa debía consolidarse sobre la base de los principios adoptados en la conferencia de Helsinki (1975). Se había terminado por imponer la convicción fundamental de que la paz del continente no depende solo de la seguridad militar, sino también de la confianza que cada ciudadano debe poder depositar en su propio país, y de la confianza entre los pueblos. Es preciso no olvidar la historia. Sin embargo desde Albania (1993) volvió a recordar la tendencia a «pasar rápidamente la página, olvidando lo que sucedió, para mirar hacia delante».

Las contradicciones experimentadas una vez superada la división del continente, habían dejado desprovistos a los responsables políticos, «sin posibilidad de controlar de manera global, y mediante la negociación, esas tendencias paradójicas». Juan Pablo II lo destacó en el discurso al cuerpo diplomático, a comienzos de 1994: recordó la complicada situación por la que tuvieron que pasar los pueblos balcánicos, en los primeros años noventa, ante la pasividad de las democracias del continente. Un episodio de la historia que, en opinión del papa Wojtyla, había «reducido considerablemente el capital de confianza de que gozaba Europa».

Ocho años después de la revolución de 1989 Juan Pablo II seguía insistiendo, desde Gniezno, en la necesidad de construir Europa con una actitud abierta y solidaria hacia las demás naciones. «Tras tantos años, vuelvo a repetir lo mismo: es necesaria una nueva disponibilidad […]. De hecho, se ha visto —a veces de manera dolorosa— que la recuperación del derecho de autodeterminación, y la ampliación de las libertades políticas y económicas, no son suficientes para la reconstrucción de la unidad europea». No quiso dejar pasar aquella oportunidad que se le brindaba para interpelar a Europa, no sin ciertos tintes de angustia. «¿cómo no mencionar aquí —dijo entonces— la tragedia de las naciones de la antigua Yugoslavia, el drama de la nación albanesa y los enormes pesos soportados por todas las sociedades que han recuperado la libertad y que con un gran esfuerzo se liberan del yugo del sistema totalitario comunista?». «El conflicto que tiene lugar a nuestras puertas, en Kosovo, hiere a toda Europa», insistía en 1999 a la Asamblea parlamentaria del consejo de Europa.

Karol Wojtyla fue un profundo observador de la condición humana y los dinamismos de la persona. Fruto de su reflexión señaló que la causa del clamoroso desinterés que percibía en algunas sociedades era el egoísmo que anida en lo profundo de la persona: « ¿no será que tras la caída de un muro, el muro visible, se haya descubierto otro, el invisible, que sigue dividiendo nuestro continente; el muro que atraviesa los corazones de los hombres?», se preguntaba en Gniezno (1997). «Se trata de un muro hecho de miedo y de agresividad, de falta de comprensión de los hombres de distinto origen, de distinto color de piel, de distintas convicciones religiosas; es el muro del egoísmo político y económico, de la debilitación de la sensibilidad sobre el valor de la vida humana y la dignidad de todo hombre». Y continuó: «Hasta los indudables éxitos en el campo económico, político y social no disimulan la existencia de dicho muro. Su sombra se extiende por toda Europa». Como conclusión lanzó una cruda advertencia: «La meta de una auténtica unidad del continente europeo está aún lejana. No habrá unidad en Europa mientras esta no se funde en la unidad del espíritu». Ese es el fundamento profundo que «fue llevado y consolidado a lo largo de los siglos por el cristianismo, con su comprensión del hombre y su contribución al desarrollo de la historia de los pueblos y de las naciones».

Juan Pablo II entendió Europa como un gran río en el que desembocan numerosos afluentes. Su gran riqueza son la variedad de las tradiciones y culturas que la forman, de las que deriva una misma identidad europea. Por eso, una vez obtenida la liberación política en la mitad oriental del continente, destacó la necesidad de dar un contenido a esa libertad recuperada. El mismo contenido debía guiar la libertad en la mitad occidental. Tanto en aquella como en esta el fundamento común son los valores, construidos sobre el cristianismo, que dan sentido a la libertad, y son también camino para alcanzar la unidad. En su largo y fecundo pontificado el primer Papa eslavo de la historia no perdió ocasión de recordarlo. Hoy sigue siendo necesario reconocer las raíces de las que el viejo continente ha sacado su fuerza y lo han hecho grande. Son el fundamento de Europa y la garantía de su futuro. •


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