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El pasado julio, la dirección de The Spectator invitó a sus suscriptores a un té en los jardines de su sede (Old Queen Street, 22, Londres). Asistieron al evento varios de los columnistas más célebres de la revista y un buen número de fieles. Las fotos muestran una sorprendente variedad de público. Se veían entre la concurrencia, claro, trajes impecables de Savile Row y collares de perlas, pero también algún par de zapatillas de deporte. Pese a las diferencias, todos compartían un aire cordial y civilizado. Dice Nelson Fraser, director del semanario, que sus lectores —entre los que hay arquitectos, estudiantes, sacerdotes, abogados y financieros— son “los tipos más cultos y más divertidos que existen sobre la tierra”. Probablemente exagera, pero ser suscriptor de The Spectator sigue siendo para muchos británicos un blasón de orgullo.

Nacida en 1828, The Spectator se ufana de ser la revista más antigua publicada ininterrumpidamente en lengua inglesa. Antes, en los albores del XVIII, hubo en Inglaterra otra cabecera del mismo nombre, pero inclinada hacia el liberalismo whig. No hay relación entre ambas. Tras la muerte del fundador —Robert Stephen Rintoul, férreo detractor de las Guerras del Opio— el semanario atravesó dificultades financieras y cambió varias veces de propietario, aunque nunca de ideas. Ya en el siglo XX, ganó influencia en los círculos conservadores y se convirtió en una pieza fundamental de la vida cultural y política del país. Ha tenido épocas más gloriosas y otras más grises, pero jamás ha cuestionado su tono ni su vocación. Entre las primeras cabe citar la larga etapa de Wilson Harris (1932-1953), que cubrió la II Guerra Mundial con patriotismo y amor a la libertad, o la de Boris Johnson (1999-2005), sin duda menos épica, pero marcada por la provocación intelectual y el buen humor.

En cuanto atañe a la ideología, son bastante justas las palabras que le dedica la Enciclopedia Británica: “Su línea editorial es moderadamente conservadora, aunque mucho más conservadora que la de las publicaciones con las que comparte prestigio, The Economist y New Statesman”. En otros términos, el actual director, Fraser Nelson, ha dicho que sus páginas están “a la derecha del centro, pero no demasiado a la derecha del centro”. Sus relaciones con el Partido Conservador son tan estrechas como complejas. La dirección de la revista ha sido muchas veces una catapulta hacia la jerarquía tory, aunque estos vínculos jamás han significado una adscripción acrítica: bien al contrario, se ha ganado una merecida fama de rabiosa independencia intelectual. Los únicos requisitos para publicar, en palabras de la propia dirección, son la originalidad de las ideas y la elegancia de su expresión.

Boris Johnson dijo a sus colaboradores que podían explayarse “sin restricciones acerca de ellos mismos, de la política, del sexo, del arte, de la comida y de la muerte”, aunque basta con hojear unos pocos ejemplares para inducir unas cuantas normas no escritas en cuestión de estilo y preferencias. En Pompa y circunstancia, su hermoso diccionario sentimental de la cultura inglesa, Ignacio Peyró cita —numerus apertus— varios de los amores de la publicación: “La arquitectura de las viejas rectorías, la mermelada de siempre, el inglés del Prayer book, el tweed, la caza, la poesía con rima o por lo menos con sentido, Woodehouse y Trollope”. Y no es menos entrañable la lista de odios, casi todos muy lógicos: “Todo lo que va de la música disco al cristianismo social, del psicoanálisis a los años sesenta, del arte abstracto a los parquímetros o el hormigón enemigo del paisaje”. Estos afectos los han ido forjando, semana tras semana, autores tan brillantes y tan diversos como Evelyn Waugh, Graham Greene, Anthony Powell o Raymond Carr. Hoy los delicados ensayos filosóficos de Roger Scruton o de Theodore Dalrymple conviven con el diario de la popular Pippa Midleton, hermana de la duquesa de Cambridge, que escribe con gracia sobre vinos, esquí o jardinería.

El decidido conservadurismo de la cabecera no ha sido, ciertamente, sinónimo de apocamiento. La hemeroteca está llena de polémicas. En 1946, en pleno aislamiento internacional contra la España franquista, The Spectator se atrevía a escribir que “nadie puede apartar a Franco salvo los españoles”, y que nuestro país no era “más totalitario que la Rusia soviética”. El término “establishment”, similar en el fondo a lo que algún político de moda llamaría casta, fue acuñado por Henry Fairlie en un número de 1955. Incluso, en plena oleada de sentimiento animalista, defiende la caza del zorro y ha tenido en su mancheta a un taurine correspondent. En todo caso, la revista añade a estos asuntos polémicos la dosis justa de humor y ligereza, lo que la diferencia de publicaciones más envaradas. Entre las bromas más legendarias se encuentra una entrevista con las Spice Girls en 1996. Simon Sebag Montefiore sorprendió a las muchachas con preguntas sobre la política fiscal de Tony Blair, la futura unión monetaria europea, Napoleón o los orígenes de la moralidad humana. Las respuestas —“los condes y los duques son buenos para el turismo”— y las desternillantes acotaciones del periodista —“la filosofía de las Spice combina la economía tacherista, la tolerancia budista y el paternalismo feudal neo-Plantagenet”— son una sátira imprescindible de la cultura pop, aunque los tabloides se lo tomaron en serio. Blair sólo dijo que la pieza era “muy ingeniosa, muy ingeniosa”.

Hace un par de años, la empresa editora volcó en internet un millón y medio de páginas, incluyendo casi todos los números desde 1828. La web, gratuita y sin registro, cuenta con un útil buscador que permite acceder a los artículos de interés. Muchos encontrarán paradójico el hecho de que una revista exquisitamente conservadora se haya adaptado tan bien al entorno digital. Por lo demás, poco ha cambiado en el ecosistema del semanario. Por si la insularidad británica no fuese suficiente garantía de aislamiento, los hermanos Barclay, sus propietarios desde 2004, viven en Brecqhou, una de las islas más diminutas del Canal. Recluidos en su castillo, los Barclay, también dueños de The Telegraph, se mantienen alejados de la gestión diaria de la revista: el actual director asegura que ni siquiera los conoce personalmente.

En contraste con otras publicaciones que han pasado por esta serie, hoy desaparecidas o languidecientes, The Spectator parece estar en plena forma: hace un par de meses alcanzó la cifra más alta de ventas de su historia. Los compradores de la versión impresa y los que pagan por acceder a la digital sumaron 62.718 personas; las suscripciones han subido un 6% en el último semestre. En nuestro tiempo, cuando la figura del gentleman está en franca decadencia y el tweed parece batirse en retirada ante el avance del poliéster, la salud de hierro de la vieja dama de las revistas inglesas es un buen augurio para la civilización británica. Hay sin duda una Inglaterra irreductible que comparte la idea de Peyró: “el sentido del honor del gentleman bien podría ser el mejor contraveneno para el imperio de la mediocridad que hoy nos domina”. God save The Spectator!


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