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Decía Descartes que la inteligencia «es la cosa mejor repartida del mundo, pues cada uno piensa estar tan bien provisto de él que aun los más difíciles de contentar en cualquier otra cosa no suelen desear más del que tienen». Una frase totalmente aplicable a las ciudades inteligentes: cada ciudad reclama para sí ser una ciudad inteligente. Y, también siguiendo a Descartes, «la diversidad de tales opiniones no proviene de que unos sean más razonables que los otros, sino solamente de que conducimos nuestros pensamientos por distintas vías y no consideramos las mismas cosas».

Una prueba de ello es la primera edición del Smart City World Expo celebrada a caballo entre noviembre y diciembre en Barcelona el año pasado. Una iniciativa con la que pretende posicionarse como punto de encuentro de referencia global en torno a este concepto (smart city) que está generando a su alrededor tanto ruido y actividad. Hemos podido seguir desde su inicio el proyecto ya que hemos estado implicados en su diseño y lanzamiento. Realmente ha sido una apuesta fuerte por parte de la Fira de Barcelona que ha creído que la piscina tenía agua, que tenía sentido movilizar recursos y un equipo para innovar y conseguir dos objetivos: impulsar un nuevo congreso de talla mundial y asociar la marca Barcelona al propio concepto de inteligencia urbana. Atrás quedaron unos intensos días en los que Barcelona nos ha proporcionado el placer de ver viejos amigos y debatir sobre el panorama que se abre ante las ciudades. Ojalá nos hubieran dado un euro por cada vez que alguien formuló la pregunta ¿qué es una smart city? Seríamos millonarios. El concepto es difuso y es tratado con displicencia, pero hay que reconocer que funciona. Todas las empresas dicen que llevan años haciendo algo que antes tenía otro nombre pero que ahora se llama smart city. Y es que el concepto smart city expresa de manera muy gráfica la necesidad imperiosa de mejorar la gestión de nuestras ciudades y se apoya en el enorme margen de mejora existente. Smart city implica eficiencia: es, quizás, una forma elegante de decir ciudad low cost y, quizás en este hecho, radica la explosiva popularidad del término.

Otro interesante matiz del nuevo debate tras el término smart city es que las ciudades inteligentes no están asociadas a escala. Así, cuando hablamos de ciudades creativas (la moda anterior), los ejemplos están muy vinculados a ciudades de gran tamaño, a grandes nodos dentro de un sistema jerárquico global. En cambio, cuando hablamos de smart cities las mejores prácticas se sitúan en ciudades intermedias, más periféricas y con economías más basadas en la especialización. Parece que los mejores exponentes de smart cities creen aquello de que small is beautiful.

Desde la perspectiva empresarial, a día de hoy, pesa en nuestras ciudades más el músculo (residuos sólidos, limpieza viaria, etc.) que el cerebro (sistema de gestión integrado, sensores, etc.). No cabe duda de que smart city implica dotar a la ciudad de un cerebro más grande. De lo visto en Barcelona puede intuirse que serán las empresas de servicios urbanos y concesionarias las que evolucionarán desde gestionar un músculo aislado hasta convertirse en verdadero cerebro. O, al menos, que tienen una importante ventaja competitiva a aprovechar frente a las tecnológicas puras para desarrollar el cerebro de la smart city, un negocio multimillonario que está en el centro de la estrategia de gigantes como Siemens, GE o Philips.

Pero, ¿qué es realmente una smart city? ¿En qué consiste la gestión inteligente de ciudades? La respuesta obvia es que es una ciudad más inteligente, mejor gestionada. Pero, ¿en qué se traduce esto?

A continuación se recogen algunas tendencias o reflexiones a torno a este concepto.

Smart City, más que una moda

Es cierto que hablar de ciudades inteligentes, de gestión inteligente del desarrollo urbano es la palabra de moda entre gestores urbanos. Existe una ley no escrita de que, como la fiebre, las modas más agudas tienden a remitir más súbitamente. Dejando a un lado que el potencial en términos de comunicación política del término es alto, es injusto pensar que la ciudad inteligente es simplemente una moda. Siguiendo con el símil de la fiebre, esta efervescencia es el síntoma que anuncia una tendencia (¿enfermedad?) que hay que abordar y su falta de definición, una consecuencia lógica de la llegada de nuevos tiempos.

Las ciudades siempre se han transformado de la mano de las principales revoluciones económicas y sociales. La historia de las ciudades, de este modo, se explica en una dinámica circular de crisis, a las que se encuentran soluciones que, a su vez, generan nuevos problemas que requieren de nuevas aproximaciones, y así sucesivamente en un bucle infinito en el que la solución a la crisis genera nuevas crisis. Así, la revolución industrial europea supuso una crisis para las ciudades medievales de la que solo consiguieron salir derribando sus murallas, proporcionando salubridad y orden mediante políticas sectoriales de salud, vivienda y expropiación y creando un sistema de transporte eficiente que permitiera que mano de obra y fábricas no tuvieran que estar pegadas. El éxito de esta revolución recuperó el aire respirable y contribuyó al avance de las ciudades. Pero, a su vez generó también dinámicas urbanas indeseables: crecimiento urbano discontinuo, bajas densidades, guetos y gated communities e insostenibilidad medioambiental. De nuevo, frente a esta nueva crisis, surgen movimientos que abogan por la recuperación de la ciudad compacta ahora que muchas industrias no tienen chimeneas o ni siquiera requieren que sus trabajadores, pertenecientes a la clase creativa, acudan en masa a una misma hora para fichar.

Pocos dudan que, dentro de esta sucesión de crisis y soluciones, nos encontramos ante un escenario que obliga a las ciudades a replantearse la forma en que han de ser gestionadas. La crisis global que vivimos, tanto en extensión como en profundidad, requiere repensar nuestras ciudades, la forma en la que las vivimos y gestionamos. Esta crisis, como todas las crisis importantes, requiere para su superación que las ciudades se reinventen y evolucionen, y la moda de las ciudades inteligentes no es sino la manifestación de esta necesidad.

Inteligencia no es necesariamente tecnología

En algunas de las definiciones emergentes (e incluso en el imaginario ciudadano), se tiende a identificar inteligencia con tecnología: la ciudad gestionada inteligentemente aparece alfombrada de sensores que permiten conocer en tiempo real lo que en ella acontece y reaccionar, proponiendo soluciones inteligentes a los ciudadanos que le permiten tomar el itinerario más rápido para llegar a su destino o conocer información personalizada sobre la oferta cultural a su alcance.

Al discurso vigente sobre gestión inteligente del desarrollo urbano cabe recordarle lo obvio: la tecnología es un medio, no un fin en sí mismo. Las ciudades son inteligentes en la medida en que sus ciudadanos (y sus gestores) lo son sin que ello signifique en absoluto dejar de lado el aprovechamiento de las enormes posibilidades que ofrece.

Lo inteligente no es necesariamente más caro

Vivimos momentos convulsos que se traducen en una cierta parálisis de nuestras ciudades. La orgía de actividad, de proyectos, de nuevos desarrollos se ha convertido en silencio y calma chicha. Es comprensible. En el entorno actual de restricciones presupuestarias, cuando el brusco cambio de ciclo está llegando, con retraso pero con toda su crudeza, a los ayuntamientos, las prioridades se concentran en la austeridad, en el recorte, en la reestructuración de unas estructuras y servicios dimensionados para una realidad pasada ya que nos resulta a la vez tan cercana y tan distante. En este escenario, avanzar hacia una ciudad más inteligente se antoja como un lujo que no es el momento de permitirse (seguramente a este hecho no es ajena la identificación entre inteligencia urbana y tecnología a la que acabamos de hacer referencia).

Sin embargo, precisamente el verdadero núcleo de lo que es una ciudad inteligente pasa por hacer de la necesidad virtud, incrementando la eficiencia en que se gestionan los recursos y permitiendo el ansiado milagro de hacer más por menos (o lo mismo por menos).

Hay sectores en los que esta economía de recursos es más social, como el coche eléctrico. El sueño de un tráfico urbano que no genere ruidos ni contaminación está tecnológicamente a nuestro alcance… pero hay que pagar por él.

Pero en otros muchos casos, aplicar esquemas de gestión inteligente conlleva, directamente, unos valiosos e importantes ahorros para los municipios. A continuación se recoge un ejemplo sobre cómo se puede hacer menos con más.

Gestión eficiente de servicios urbanos básicos

Como ya hemos comentado, la crisis económica está presionando hacia la eficiencia los modelos de prestación de servicios públicos, una presión que seguramente explica parcialmente la fiebre por lo smart. Urge poner el foco en optimizar y parece razonable que tenga sentido hacerlo en aquellos apartados que se llevan la parte del león de los recursos municipales. Paradójicamente, si preguntamos a un ciudadano cuál es principal capítulo de gasto de su ciudad, probablemente no acertaría que la respuesta es el rótulo de servicios urbanos básicos. Tomando como ejemplo Madrid, el capítulo de los servicios urbanos básicos es de lejos el más importante (con un 40% del total) siendo el siguiente el pago de la deuda (18%).

Dentro de este apartado están servicios como la limpieza viaria, la recogida de residuos sólidos urbanos, jardinería o alumbrado público prestados por un sector empresarial con acento español y fuertemente internacionalizado. Lo que está teniendo lugar es que, como consecuencia de la crisis y su impacto sobre la economía de los ayuntamientos, parece necesario revisar los modelos que las administraciones locales tienen para la contratación de servicios urbanos tan básicos pero a su vez tan imprescindibles como la recogida y tratamiento de los residuos sólidos urbanos, limpieza viaria, alumbrado público, gestión del agua, mantenimiento de zonas verdes, etc.

Bajo la necesidad de optimizar recursos, pero también de agilizar los servicios y aumentar su grado de sostenibilidad, tanto medioambiental como económica, los gestores municipales buscan escenarios diferentes y actualizados para relacionarse con las empresas proveedoras de dichos servicios urbanos. En definitiva, los ayuntamiento quieren aumentar la eficiencia y la calidad de los servicios, pero conteniendo el gasto y racionalizando los recursos.

Para conseguirlo parece que hay un cambio de modelo en puertas. Una transformación que daría como resultado la concentración en un solo contratista de muchos de estos servicios sobre la misma área geográfica (en lugar de la superposición de contratas existente) con pago por resultados (frente a la actual que prima los medios puestos a disposición de la ciudad) y plazos de los contratos más largos. Madrid, tanto por escala como por capacidad de gestión, parece que va a ser el lugar donde se fragüe y cocine este nuevo modelo que plantea varios interrogantes.

La primera es si es necesario el cambio. La respuesta parece ser abrumadoramente afirmativa. Las sinergias son importantes y el margen para la mejora en eficiencia del nuevo modelo se convierte en imperativos en un momento de fuertes restricciones presupuestarias. Los ahorros están y pueden aprovecharlo sin comprometer la calidad del servicio: la panacea que buscan nuestras ciudades en los tiempos que corren.

El segundo grupo de interrogantes se relaciona con el cómo llevar a cabo este cambio de modelo. Se trata de definir básicamente qué servicios integrar y cómo crear un marco jurídico que dé estabilidad para inversiones a largo plazo y disponga de sistemas de indicadores efectivos.

La gestión eficiente de servicios urbanos básicos es un ejemplo claro de smart city en la que el motor para la eficiencia es el diseño de los servicios y su gestión y no necesariamente la implementación de costosas tecnologías. Y, a la vez, un ejemplo de cómo lo inteligente es hacer más por menos.

La gestión inteligente como nueva gobernanza

Finalmente, la revolución que hay detrás de la fiebre smart aplicada al territorio implica nuevas políticas porque configura un nuevo ciudadano: Internet no es una innovación tecnológica asimilable a lo que el fax supuso para las comunicaciones escritas, sino que configura un nuevo modelo productivo y social con nuevas reglas. La rapidez y eficacia con que nuestras ciudades se adapten a esta nueva realidad nos dará la medida de su (nuestra) verdadera inteligencia.


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Profesor del Área de Marketing IE Business School