Compartir:

La realidad de un nuevo mundo multicultural nos pone por delante el desafío de hallar una fórmula de convivencia que, además de garantizar los derechos fundamentales, valore positivamente la diferencia. Para ello, es necesario superar las contradicciones a las que ha conducido la racionalidad moderna. La propuesta del sociólogo italiano Pierpaolo Donati parte de ampliar el concepto de ‘razón’, como declara ya desde el subtítulo: La razón relacional para un mundo común. Esa racionalidad se concreta en interpretar la ‘diferencia’ de un modo nuevo y así poder formular respuestas prácticas.

Por “diferencia” se entiende una disonancia en el conocimiento, que provoca una reacción en varias dimensiones distintas: sensible, emocional, cultural, etc. El pluralismo de la actual situación social plantea numerosos ejemplos: las jóvenes musulmanas quieren usar el velo islámico en la escuela pública; los testigos de Jehová rechazan las transfusiones; hay tres religiones que consideran sagrada la misma ciudad: Jerusalén.

Las respuestas a hechos sociales como estos han de partir de la aplicación de una forma de racionalidad. Solo desde ella se puede valorar la legitimidad de las pretensiones y su relevancia pública. A este propósito, Donati entiende que “la razón humana puede y debe ser comprendida como un complejo de cuatro componentes”, cuya base terminológica remite a Weber:

  1. Instrumental: busca los medios más adecuados para la obtención de un fin predeterminado; se mide con criterios de eficacia y su ámbito de aplicación es la economía de mercado. Por ejemplo, el fin de una empresa es ganar dinero, para ello ha de generar demanda de nuevos productos; la razón instrumental se aplica a buscar los medios más eficaces para generar demanda en los potenciales compradores.
  2. Orientación a valores: el fin consiste en una buena razón para decidir, también una opinión o una hipótesis de investigación. Se rige por criterios de poder y se aplica en el sistema político del Estado. Por ejemplo: un Estado puede decidir que uno de sus valores éticos fundamentales es la defensa de la vida desde la concepción, como ha sucedido recientemente en Argentina.
  3. Normativa: regula las relaciones entre personas y sus vínculos según la norma moral, en el marco de la sociedad civil. Por ejemplo: es la que se aplica a todas las normas de la convivencia, como en el respeto a todos, independientemente de las diferencias de opinión.
  4. Del Valor: remite a la dignidad de la persona, lo que tiene valor en sí mismo; sus bienes propios no son negociables porque son intangibles, carecen de precio. Su marco propio es la religión como hecho cultural. Es la razón que mueve muchas veces, por ejemplo, a ayudar desinteresadamente al prójimo cuando está necesitado.

La racionalidad relacional que propone Donati consiste en una combinación armónica de las cuatro dimensiones. A su modo de ver, esta combinación de razones es la única capaz de responder satisfactoriamente a las exigencias de la situación social actual. Ha de traducirse en una nueva interpretación de la diferencia, formulada a partir del entrelazamiento entre cultura y sociedad.

¿Ayuda el multiculturalismo a la tolerancia?

En su origen, la propuesta del multiculturalismo fue definida en Suiza (1957) y tuvo su primera aplicación en las políticas públicas de Canadá para la integración de inmigrantes (1971). Surgió como alternativa a la teoría de la “sociedad abierta” que, desde una perspectiva liberal-democrática, defendía los derechos de libertad e igualdad de oportunidades, asimilando todos los grupos a un conjunto de valores sociales y trasladando las diferencias al ámbito privado.

Se imponen legalmente los criterios de la mayoría autóctona, pero faltan criterios éticos comunes que sean razonables al mismo tiempo

Con el tiempo, el multiculturalismo se convirtió en una ideología igualmente heredera de los principios liberales, con su defensa a ultranza del individuo y su libertad. Asume también un principio de “laicidad” que divide al ser humano entre ciudadano (esfera pública, al amparo de la legislación estatal) y hombre (esfera privada y de la comunidad). Este principio de laicidad se traduce en la privatización absoluta de la ética y la religión, consideradas sentimientos. En su aplicación, por ejemplo, a la “igualdad de oportunidades”, supone que el Estado apoya cualquier forma de diversidad (religiosa, sexual, política, étnica, etc.), a condición de que no manifieste en público los argumentos que la sostienen. Desde este punto de vista, por ejemplo, el uso de cualquier signo religioso en la vida pública se interpreta como contrario a la convivencia cívica.

En principio, el multiculturalismo promueve la tolerancia como ideal de convivencia. No obstante, más allá de la primera apariencia, Donati observa actitudes insuficientes: indiferencia ante los valores culturales que no sean propios; relativismo en la aceptación indiscriminada de cualquier variante; funcionalismo, que se sirve de las diferencias como ocasión para obtener beneficios. Por esta fórmula de coexistencia, cada cultura acaba por universalizarse a sí misma y pierde de vista a las demás. Sobre estos presupuestos, resulta imposible el encuentro y la construcción de relaciones culturales significativas.

“No es posible reconocer realmente las identidades si no se les otorga un grado de verdad, al que la ideología multicultural ha renunciado”

Por ello, el ideal de diálogo propio del multiculturalismo está abocado al fracaso. Problemas como el resentimiento de los inmigrantes de segunda y tercera generación hacia la población autóctona europea, a veces a través de las bandas urbanas, ponen de manifiesto que no se logra una convivencia suficiente. Nace así la tendencia a encerrarse en la propia comunidad, la comunicación se vuelve más irracional y, como consecuencia, las relaciones se deshumanizan: aparecen juicios de valor y comparaciones; después intolerancias y enfrentamientos, de forma especialmente patente en países con amplia diversidad cultural y étnica. Se trata de una situación paradójica respecto a las intenciones con las que se había formulado la teoría, y que depende de sus límites internos, que son:

  • Epistemológicos: no es posible reconocer realmente las identidades si no se les otorga un grado de verdad, al que la ideología multicultural ha renunciado. Por principio, la indiferencia no invita al conocimiento mutuo ni al reconocimiento del otro.
  • Éticos: la absolutización de los valores culturales no permite justificar que ciertas prácticas, como la pedofilia o el homicidio de honor, se opongan a los derechos humanos fundamentales. En última instancia, se imponen legalmente los criterios de la mayoría autóctona, que se acatan, pero faltan criterios éticos comunes que sean razonables al mismo tiempo.
  • Políticos: su ideal de tolerancia, por relegar la ética, produce relaciones asimétricas en las que acaba imperando el más fuerte, en este caso la ideología liberal. Paradójicamente, esta descalifica, como “fundamentalista”, a quien tenga opiniones consideradas demasiado fuertes para la propia ideología liberal.

Donati considera que la doctrina del multiculturalismo es sintomática de una crisis más profunda del humanismo occidental, cuyo origen se sitúa en Hobbes y que Donati denomina ciudadanía lib-lab: combina los principios del libre mercado con un Estado fuerte en la regulación de los derechos. Sobre las cuatro dimensiones de la racionalidad, están operativas la racionalidad instrumental y la que actúa según valores. Pero su insuficiencia se hace patente en aplicaciones como los Millenium Goals: estos fijan, por ejemplo, el objetivo de erradicar la pobreza, pero no dan razón de su necesidad.

La racionalidad multicultural se concreta en un insuficiente reconocimiento del otro. Para los formuladores de la teoría social moderna cabían dos posibilidades: o la alteridad era mutua exclusión y solo se puede pactar una coexistencia pacífica siempre inestable (Hobbes); o se plantea una contraposición dialéctica que se acabará resolviendo en alguna forma nueva y todavía indefinida de relación (Hegel). Los teóricos postmodernos de la sociedad mantienen la dicotomía en la gestión de la diversidad:

  • Dialéctica (Habermas): plantea una comunicación como mero discurso, sin meta, en la que se establezca como punto de encuentro común un conjunto de valores cívicos consensuados; el problema es que se trata de un elemento externo, que ninguno de los términos puede reconocer como propio. Por ejemplo, creyentes y no creyentes habrían de establecer una comunicación mutua, en la que cada uno se exprese con términos comprensibles para el otro sus convicciones, pero no hay un deseo de que el otro las comparta, solo un genérico deseo de convivencia como base de la vida civil.
  • Binaria (Luhmann): propone un mecanismo a-relacional, cuyos términos son autorreferenciales, y las relaciones entre ambos, asimétricas; la única solución es pactar las condiciones de la convivencia. Pero con esto no se resuelven las tensiones de fondo, que reaparecen continuamente. Por ejemplo, en las grandes ciudades europeas coexisten etnias diferentes, en barrios diferenciados, sobre el pacto –implícito o explícito– de que cada una impone sus normas en su espacio y que este no se ve invadido por ninguna otra; sobre estos fundamentos no se puede hablar de convivencia, porque no hay encuentro.

“El multiculturalismo promueve la tolerancia como ideal de convivencia. No obstante, Donati observa actitudes insuficientes”

El resultado de las diferentes propuestas es que, ante la diversidad, la razón ilustrada “da vueltas en el vacío. Se da cuenta de que se ha convertido en algo puramente instrumental. Siente malestar. Advierte que el tejido social no puede ser reconstituido de acuerdo con las formas de racionalidad que el liberalismo occidental ha elaborado hasta hoy. Ni este tipo de racionalidad está dispuesto a hacerlo, al ser puramente individualista”. Es decir, la construcción de la convivencia no se puede obtener basándose en una razón instrumental, que se erige a sí misma como superior, porque esta ignora las razones éticas y morales que mueven a las personas, y que son decisivas para que estas se sientan respetadas y puedan convivir.

El multiculturalismo no ha logrado impedir el choque de civilizaciones, y tampoco es apto para responder a los desafíos globales, porque ni siquiera cree posible construir un mundo común. El núcleo del problema es que “el racionalismo moderno, en sus diferentes expresiones, ha reducido la dignidad de la persona humana a su racionalidad instrumental, ignorando todo lo que no es reconducible a ella”. En cambio, para tratar la diferencia es necesaria una auténtica sociabilidad, entendida como unidad en la diversidad. La vía para construir esa sociabilidad es reconstruir la sociedad desde fundamentos post-hobbesianos y post-hegelianos y así promover un intercambio recíproco de dones entre comunidades y culturas.

La alternativa de la interculturalidad

El racionalismo moderno ha reducido la dignidad de la persona a su racionalidad instrumental, en opinion de Donati

Tras el fracaso del multiculturalismo, se hizo patente la necesidad de equilibrar las exigencias del individuo y de la comunidad cultural. A este propósito, Habermas formuló la teoría de la interculturalidad como una propuesta que tenga en consideración ambos elementos. Propone que el Estado liberal se haga capaz de reconocer e integrar todas las minorías y formas de diversidad, también religiosa, desde una perspectiva comunicativa. La fuerza de este planteamiento es su incidencia en el inter, el espacio intermedio entre culturas, que fomenta actitudes de verdadero encuentro y una valoración positiva de la confrontación como oportunidad para profundizar en los valores. No obstante, la propuesta de Habermas adolece de una falta de reflexividad profunda, en sujetos y comunidades, porque el alcance de la comunicación es entender lo que piensa otro, pero no comporta la disposición de cambiar lo propio. De este modo, es difícil encontrar soluciones reales a la diversidad de valores.

Donati reconoce que la teoría de la interculturalidad puede ser eficaz ante intereses y opiniones, que son negociables en política o economía. En cambio, se demuestra insuficiente ante las identidades, porque están arraigadas en valores profundos como la cultura y la religión. Por ejemplo, una ciudad puede querer expropiar el terreno ocupado por una determinada etnia para construir un colegio o un hospital, y desear negociar un acuerdo que incluya la oferta de viviendas nuevas. Para el grupo étnico puede ser sencillo ceder si el terreno está ocupado por viviendas; pero puede ser difícil si el lugar tiene vinculación a un episodio religioso, o si en él está situado un edificio de culto.

Donati ve insuficiente la teoría de la interculturalidad ante las identidades, porque están arraigadas en valores profundos como la cultura y la religion

Por ello, Donati entiende que las diferencias culturales y religiosas han de tratarse desde una racionalidad más amplia, abierta a la reciprocidad o intercambio de dones. Esta entiende que cualquier diversidad es una riqueza para el conjunto, que incluye a quienes no comparten las convicciones de un determinado grupo. Específicamente, es una racionalidad que acepta la religión, considerando que es la única instancia capaz de consolidar los valores últimos. Pero este planteamiento supera los límites de la interculturalidad, porque dota a sus principios de un contenido relacional.

El significado de la razón relacional

El mundo global necesita, en opinión de Donati, un neohumanismo que supere la reducción de la razón a los dominios parciales de la cultura particular, del individuo concreto o de la funcionalidad de los sistemas sociales. Tras el fracaso de las teorías modernas y postmodernas con el predominio de la razón instrumental, haciendo un juego de palabras, Donati propone una sociedad dopo(after)moderna que esté guiada por una razón ampliada. Y esta no es otra que la razón relacional.

La razón relacional parte de la definición de sociedad como conjunto de relaciones. Percibe los motivos inherentes a las relaciones sociales consideradas en sí mismas, y centra su atención en el inter, o campo de relación entre culturas. Busca integrar las diferencias culturales y religiosas, y se hace capaz de crear sinergias entre comunidades porque establece un diálogo intersubjetivo, en el que cada elemento de la relación se propone comprender, captar el sentido, de los motivos del otro. Así, considera que los argumentos son relevantes, por lo que pueden y deben exponerse libremente en la esfera pública. En la aplicación concreta, por ejemplo, un laico o cristiano puede entender que un testigo de Jehová tenga razones importantes para rechazar una transfusión; o que los grupos religiosos pidan tener sus propios edificios de culto en las ciudades que habitan.

Otro aspecto importante de la racionalidad relacional es la inclusión de lo “simbólico”, que en este contexto se entiende como aquello que trasciende lo que conocemos por los sentidos: coordenadas espacio-temporales, identidad, sentimiento y afecto, valor. Desde Weber, todos estos se habían considerado elementos irracionales. En cambio, la teoría relacional admite que poseen una racionalidad propia, que se puede descubrir y tiene relevancia pública. Por ello adquiere sentido reconocer el valor de cuestiones inalcanzables para los parámetros cuantitativos del mercado o la normatividad legal: combatir la pobreza, defender la familia, promover el diálogo entre religiones, o entre izquierda y derecha, tradiciones y culturas populares, y un largo etcétera. Se genera así una “llamada civil”, un conjunto de valores y normas que mueven a actuar desde la confianza y la cooperación.Como punto de referencia último, y principio guía de las relaciones sociales, se toma “correspondencia con lo que es digno de lo humano”. Este criterio posibilita hallar argumentos que sirvan de base común sobre los que construir la sociedad, como en el respeto a las creencias de los casos citados. Ante situaciones de compleja resolución, como la pedofilia o la venganza justificadas por algunas culturas, la razón relacional las considera injustificables, no por lo que tienen de creencia, sino por su falta de correspondencia con la dignidad: son formas de violencia o de discriminación que comportan un daño para uno de los elementos de la relación. En esto, la razón relacional proporciona un argumento que supone una ventaja frente a las anteriores teorías sociales: la teoría multicultural debería aceptarlas, porque otorga validez a todo lo que sirve a la cohesión social (Durkheim), o porque tiene que considerarlas como expresión de un sentimiento común (Weber).

El mundo global necesita, en opinión de Donati, un neohumanismo que supere la reducción de la razón a los dominios parciales de la cultura particular

En este contexto se inscribe la propuesta de una laicidad dopo(after)moderna. Aplica una mentalidad secular, que articula fe y razón sin predominio de una sobre otra. Busca el sentido de las relaciones humanas de forma argumentada, desde la libertad y responsabilidad de individuos con convicciones. Interpreta la cultura como un espacio de aprendizaje común, superando las contraposiciones dialécticas, y genera experiencias cotidianas de reconocimiento e intercambio porque cada término de la relación está abierto a la autocrítica y al cambio. La secularidad así entendida es “aprecio de las realidades terrenas en su propio orden de existencia; y es reconocimiento de la relación entre identidades diversas, en cuanto acto libre de don y aceptación de su responsabilidad”.

Por ejemplo, dando la vuelta al planteamiento moderno, por el cual el Estado laico otorga derecho a la presencia religiosa, el principio regulador es que “es la libertad religiosa originaria de la persona humana la que legitima la laicidad del Estado, y no viceversa”. Las religiones aparecen como una contribución muy positiva a la creación de un espacio común, precisamente por su carácter esencial de creación de vínculos (religo). Queda superada, de este modo, la división artificiosa de lo humano entre civil (público y racional) y personal (privado e irracional).

La racionalidad relacional inserta la diferencia en un proceso de reciprocidad, de intercambio mutuo. Este, desde una terminología que remite a Ricoeur, incluye la identidad, que consiste en constatar la presencia del otro y sus características; y la aceptación, que valida el objeto, confiriéndole un grado de verdad. Pero añade el reconocimiento como meta, que es una actitud de acogida, con gratitud, de lo propio de cada comunidad, entendida como don a la sociedad. El reconocimiento “sabe ver al otro a través de la impronta de la razón, y al mismo tiempo recurre al corazón, […] se realiza en el libre y mutuo intercambio de bienes, es decir, en el intercambio simbólico que es la raíz, el núcleo constitutivo de la relación social”.

En sus bases conceptuales, la perspectiva relacional había sido anticipada por Fichte. Donati considera que el reconocimiento, como proceso social, es completo cuando se origina en la conciencia de que “nos encontramos naturalmente insertos en una red de relaciones que, mientras ofrecen algo, requieren nuestra aceptación e intercambio”. A esto se suma una percepción de la identidad, personal y social, como una realidad dinámica, que se forma –y reforma– en y a través de la relación. La relación, a su vez, refuerza la alteridad.

Aplicar la racionalidad relacional y la lógica del reconocimiento presenta tres grandes ventajas sobre las contradicciones a las que conducía el multiculturalismo:

  • Supera las tesis del exclusivismo (que admite una sola cultura), del inclusivismo (que iguala todas las formas culturales) y del pluralismo indiferente (para el que cada persona elige su identidad).
  • Muestra la diversidad de identidades culturales, característica del proceso globalizador.
  • Diferencia y pone en relación las diferentes instancias: derecho, economía, asociacionismo civil, familias.

Desde los orígenes de la modernidad, el problema de la razón es que se había vuelto autorreferencial, preocupada solo por sí misma y su certeza. En el contexto actual, en cambio, para comprender las razones inherentes a las relaciones sociales es necesario aplicar una razón reflexiva, que supone autocomprensión del yo y de la propia comunidad, y que considera la matriz comunitaria en que se inserta cada individuo. Se trata de “una interrogación, por parte de un sujeto (observador individual o colectivo), en la propia conversación interior, sobre los propios convencimientos, dudas, emociones, deliberaciones, razonamientos, a la luz de cómo ellos se forman en la relación con el otro”. Supone volver a considerar lo que se creía conocido, con la disposición de acoger otras aportaciones y cambiar lo necesario. Eso mismo explica que, en la vida pública y en el encuentro entre culturas, sea plenamente legítimo y también necesario, que cada parte exponga las buenas razones que sustentan sus comportamientos y modos de vida

Volviendo sobre los ejemplos ya propuestos, la aplicación de la razón relacional puede favorecer el diálogo entre cristianismo e Islam, y superar las dicotomías del laicismo ilustrado, en una cuestión tan controvertida como la presencia de símbolos religiosos en la vida pública. No se aprecian razones por las que el uso del velo islámico en la escuela, o de una cruz en la empresa, entre otros, supongan atentados a la dignidad de la persona. Por el contrario, es posible que la imposición de su supresión ofenda a las buenas razones de quienes piden manifestar su derecho a la libertad religiosa. Si se añade el punto de vista del reconocimiento, tales manifestaciones se pueden entender como una oportunidad que se brinda a todos para aprender a manifestar sin temor sus convicciones. La única exigencia de la laicidad secular, a este respecto, es que se permita a las jóvenes y a los trabajadores vestir dentro de las normas de corrección social, pero tal y como sus convicciones les indiquen: no es necesario compartir sus razones religiosas para comprenderlas, respetarlas y apoyarlas.

El mismo razonamiento se puede hacer extensivo a múltiples situaciones. Una de ellas, más actual, es el derecho de los padres a pedir al Estado un espacio en la escuela para la educación religiosa de sus hijos. Desde una perspectiva relacional y secular, esta petición y este derecho aparece como derivado de la libertad religiosa, aplicable por igual a las confesiones cristianas y a las islámicas si las familias correspondientes también lo reclaman.

“Tenemos necesidad de nuevas raíces para sobrevivir. Debemos encontrar una nueva imaginación, que es al mismo tiempo sociológica y trascendente, para sostener un encuentro entre las culturas que logre ir a la raíz de la dignidad del hombre”. Tras el fracaso del multiculturalismo y su alternativa intercultural, y tras varias décadas de reflexión sobre la naturaleza de la sociedad, la propuesta relacional de Donati aparece como una solución particularmente humanizadora, por amplia y profunda, para hacer frente a los desafíos del mundo global.


Compartir:
Compartir

Doctora en Teología por la Pontificia Universidad de la Santa Cruz (Roma) y profesora de Filosofía Moderna en el Grado de Humanidades de la Universidad Internacional de La Rioja (UNIR). Entre sus proyectos se encuentra el análisis de las aportaciones de Joseph Ratzinger para la interpretación del mundo contemporáneo.