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Quien se pregunte por el fondo de la crisis actual detectará, ante todo, una serie de causas políticas —sistema electoral, partitocracia, insuficiente división de poderes; sin olvidar el papel de la ue, tema importantísimo—, pero si profundiza más, posiblemente termine dando además con un cambio antropológico, a cuyo lado los cambios institucionales o legales son importantes, pero menores.

Este ensayo no está escrito desde la Teología, que este firmante ignora, sino desde la (de) formación profesional constitucionalista y desde el intento de entender qué pasa hoy en España, tomando distancia y con el sentidiño de un labriego o marinero gallego. Pertenece al género de la conjetura; así que, si prefiere, no siga usted leyendo.

Buscando las raíces —decíamos—, dimos con la antropología. Al aparecer esta, aparece con ella lo religioso, aunque nuestro punto de partida haya sido el político-constitucional. La pregunta es: ¿qué relación hay entre catolicismo español y política desde la llegada de la democracia? Mi principal argumento es la adhesión del «catolicismo español» a la España democrática; el segundo, su aceptación de la forma mentis dominante; el tercero, que ambas adhesiones han sido negativas para el cristianismo, sin por ello mejorar la escasa democracia.

La empresa no es fácil. Juzgar a todo el catolicismo español1, de la última parroquia al cardenal primado, más los diversos movimientos y actuaciones, ni es posible ni lo intentamos. Trataremos solo de la relación externa, visible, entre las instituciones católicas importantes y el mundo político-constitucional. Sin dificultad podrían rastrearse en el catolicismo español muchos datos contrarios a nuestra línea principal, pero que no alteran esencialmente este juicio, que no es religioso y se limita a las pautas públicas, exteriores. Desde la sociología o las instituciones constitucionales no se puede juzgar la intrahistoria ni la suprahistoria, y menos en materia religiosa. No es posible hilar más fino, pero, como decimos, las personas y movimientos buenos —la mayoría—, carentes de visibilidad exterior, no modifican el juicio global. Si la cope apoya el capitalismo descomedido y la inhumana austeridad, la gente cree que el catolicismo los apoya, diga lo que diga la doctrina social de la Iglesia. Si la Conferencia Episcopal dice algo, la gente cree que lo dice la Iglesia, aunque las conferencias episcopales no sean sino eso, conferencias.

A fines del 2014, la retirada por el gobierno del PP de la ley que iba a restringir un poco el aborto, dejó a parte del catolicismo español como noqueado e incapaz de reacción. No se trataba del más que discutible comportamiento de ese gobierno; sino de que, tras tantos años de cultivar ciertos sectores católicos influyentes, sobre todo de Madrid, el indisoluble «matrimonio» catolicismo-España resulta que por parte de esta no había tal. Y el PP post-Fraga cada día aparece más como ahora es: inmoderado capitalismo financiero, duras condiciones laborales, autoritarismo político, nueva vuelta de tuerca al código penal —antes garantista, ahora punitivo—, y, siempre, nuevas libertades sexuales. Y no se trata solo de un gobierno y un partido sino de un estado que hace aguas moralmente por todas partes, incluyendo sus altas magistraturas. Y no solo se trata del estado, sino de España, cuya sociedad no parece muy preocupada por las vidas humanas en juego, y ya no ostenta una mentalidad muy católica. España no dejó de ser católica cuando Azaña decía, pero quizá ahora sí.

Retrocedamos unas décadas. En 1986, en una universidad luterana norteamericana, un conferenciante sostenía que «el cristianismo debe terminar su matrimonio con América», cosa que uno suponía que solo sucedía en España. En realidad, la supuesta unión catolicismo-España se había deteriorado hacia 1965 (aproximadamente), forjándose hacia 1975-1978 una nueva unión, la cual produjo tres efectos. Primero, el «matrimonio» (quizá falso, pero percibido) con España, que explica el centralismo de muchos obispos y sacerdotes, notablemente mayor que la media (con conocidas excepciones); segundo, el «matrimonio» con el estado democrático, que explica el respaldo a la monarquía, a la Constitución, a la ley civil. Ahora bien, como estos estados son un poco «iglesias light sustitutorias» (ejemplo claro, Suecia), el respaldo (o simplemente la crítica insuficiente) puede parecer respaldo también a su antropología y su weltanschauung. Tercero, la Conferencia Episcopal: por primera vez en la historia el territorio español coincide con una estructura eclesiástica operativa, permanente, con funcionarios y departamentos. Antes, los centros del catolicismo español eran varios, e históricos: Toledo, Santiago, Covadonga, Zaragoza; ahora uno, y político, Madrid.

En realidad, el abrazo a un estado, a un «dios mortal», es, cuando menos, arriesgado. A causa de la soberanía, la plenitudo potestatis y la competencia universal del estado, este será siempre —democrático o no— al menos un competidor de la Iglesia; si no, véase la famosísima portada del Leviatán de 1651. Incluso Felipe II, piadoso pero al fin jefe de un estado, tenía disputas de jurisdicción con el Papa. Adherirse al estado será siempre abrazar al oso, aceptar lo que conviene al rival. Ello no tiene mucho sentido, y menos hoy, pues estos ex-estados —no mucho más que protectorados de la UE—, como solo pueden gobernar lo personal y lo cultural lato sensu, todavía chocarán más con las iglesias, que por definición no pueden ignorar esos campos. Ese acrítico y doble abrazo al estado, por perfecta societas y por democrático, olvida que ni es sociedad ni perfecta, y olvida la realidad española: partitocracia, corrupción, concentración del poder, poca sumisión al derecho y decrecientes libertades políticas. Entonamos así, a base de verdades oficiales sin aparato crítico, las alabanzas de la Constitución.

Al ensalzar como «democracia» a esta apariencia de tal, el catolicismo españolista laudatorio le da un plus de legitimidad y limita su capacidad de reprochar. No importa que a este estado le falte poco para el magnum latrocinium agustiniano y que siga sistemáticamente políticas poco humanas y menos cristianas. Uno escucha la cope, como en mi casa día y noche, y no deduce que la democracia española sea lo menos malo (Churchill), sino una Atenas de Pericles y faro para Iberoamérica. Contraste: mientras que no pocos católicos españoles, necesariamente con poca historia democrática a sus espaldas, repiten que la democracia (entiendo a la española incluida) es «un ethos de paz, justicia y libertad» (así, mi amigo F. Santamaría, ¿Un mundo sin Dios?, 2012, 55, cit. a Rohnheimer), los demócratas con tradición nunca ocultan las insuficiencias: así, Weiler dice que una democracia de personas viles será vil (aunque —añadamos— no por su democracia sino por su vileza). Al hacer suya esa narrativa conformista-laudatoria, el catolicismo español ya solo declara inmorales algunas cosas concretas, como el aborto; no cuestiona seriamente las políticas que el Papa llama del «descarte», o el pretendido deber moral de pagar los injustos impuestos, y se escandaliza si monseñor Reig Plà llama «estructura de pecado» a los grandes partidos políticos (prensa, septiembre de 2014; en la Evangelium Vitae, núm. 12, se hablaba de «estructura de pecado» y «cultura de la muerte»).

Sin duda será deformación profesional de jurista, pero la redonda y feliz frase «unethos de paz, justicia y libertad» me suena como los romanos oponiendo su Imperio a los bárbaros, o como las ideales «repúblicas bien concertadas» del Siglo de Oro. Solo me imagino a Locke, Montesquieu o los Founding Fathers describiendo la democracia en términos bien modestos y realistas. Wishful thinking por wishful thinking, prefiero el lincolniano «gobierno del pueblo, para el pueblo y por el pueblo», pues el ethos de paz, justicia y libertad puede no garantizar mucho gobierno del pueblo.

Santamaría (54-55, 88-89, passim) ensalza la democracia y refuta a los católicos «demoescépticos» y nostálgicos de la dictadura, y con razón, pero solo en parte, pues hoy no hay democracia con In God we Trust sino posdemocracia con In Gold we Trust. ¿Y los nostálgicos de la dictadura? Aparte de que caeteris paribus la dictadura sea moralmente inferior a la democracia, hacen mal en culpar a esta de todos los males, porque aquí nunca hubo mucha. ¿Quieren una dictadura? Ya la hay, pero del tipo de «La especie de tiranía que hay que temer en las democracias», que ya preveía Tocqueville en 1835-1840. En efecto, el dictador de hoy no será un viejo militar, golpista pero de fondo cristiano y iusnaturalista de fondo, sino más bien la Troika, la partitocracia, un ministro de hacienda esgrimiendo el artículo 135 de la Constitución, el funcionariado europeo, los artículos 32-37 del MEDE, o un Memorándum de Entendimiento como firmaron Grecia y Portugal.

En nuestra vida real, ¿qué queda de la ética de los católicos? Según lo que ve desde fuera el hombre de la calle, parece quedar lo que el pp todavía permite, o no persigue (enseñanza diferenciada), y va variando según varía lo anterior (así, admisión de la ideología de género). Sumando la fuerza normativa de lo fáctico, la tibia crítica, y el jugar en campo contrario, es como si acabáramos asumiendo toda esa inmoralidad autoritaria como asumimos la lluvia en Galicia. Ante la tiranía del dinero, la dura reforma laboral, o un desempleo que clama a los cielos, las enseñanzas de Juan Pablo II o Francisco se reflejan poco en este catolicismo. Uno puede pasar un año escuchando homilías dominicales sin que le planteen grandes cuestiones —el bien, el mal, salvación, condenación, sentido de la vida— ni grandes respuestas, cosa que con el islam no sucede.

Es difícil que el catolicismo español publicite una ética cuando no publicita una antropología. La que subyace a la cope es aproximadamente la hispano-posmoderna-consumista-legalista de cualquier medio, aunque de cuando en cuando con noticias católicas, que quedan como interpolaciones. El oyente recibe más mensajes de apoyo a la unidad de España, la Constitución, el capitalismo (indirectamente) y el gobierno del pp, que mensajes esperables de una emisora católica. Para el observador exterior, que no afina mucho, es básicamente una emisora política, y no de las más moderadas. (Nota: ¿debería existir una emisora comercial episcopal? He ahí otra cuestión.)

¿UNA NUEVA ANTROPOLOGÍA?

En 1965, tras el Concilio Vaticano II, Pablo VI pronunció una declaración de reconciliación y afecto hacia el mundo moderno, aunque con muchos matices que los superficiales ignoraron (en 1968, en la Humanae Vitae, haría serias advertencias). El problema es que aquel mundo, el moderno, no es el nuestro, posmoderno: ya no hay humanismo sino poshumanismo; no democracia, sino pos-democracia; no capitalismo industrial (ni, menos todavía, economía social de mercado), sino capitalismo financiero. En España, aquella aceptación más o menos genérica del mundo moderno, la democracia liberal y otras cosas, parece mantenerse, pero al cambiar el mundo, ahora beneficia al destinatario equivocado. ¿Ha cambiado mucho el mundo? Basta comparar el cine de 2015 con el de 1965. En Occidente, mucha gente eran regular churchgoers; los diez mandamientos y la antropología cristiana básica eran lo normal. No había «cristofobia» (Weiler) ni en el Partido Comunista italiano, y el gran crucifijo del Senado bávaro no era noticia. Taylor dice en A Secular Age algo similar: que la gran descristianización no tuvo lugar sino a partir de esos años. Los matrimonios estables no eran una rareza, las sociedades civiles eran más independientes, la vida estaba mucho menos regulada, había más libertad política; y así sucesivamente. En la misma línea —que el acuerdo fundamental de base cristiana duró hasta los sesenta— está Janne H. Matlàry (When Might becomes Human Right, 2007, 20-21). Si eso es así, ser tan deferente con el sistema político-económico-antropológico español de hoy como Pablo VI con el mundo de 1965, es como esperar de la película Cincuenta sombras de Grey los valores morales de Ben Hur, de Charlton Heston; o como suponer en la CEDAW la carga iusnaturalista que tenía la Declaración Universal de 1948. El artículo 5 de esa Convención ordena a los estados modificar los patrones culturales de conducta para suprimir las costumbres basadas en los roles masculino y femenino y eliminar toda discriminación contra la mujer, justa o no. (Pero nadie puede eliminar toda discriminación, ni toda injusticia, ni todo accidente de tráfico, sin incurrir en totalitarismo, que viene de «todo».)

Sea ello como fuere, parte del catolicismo «oficial» español ha «comprado» la cosmovisión que venden «Los Que Mandan» (como diría J. L. de Imaz): consumismo, neocapitalismo, democracia aparente, corrección política. Es un modelo que aplica el mercado libre a lo humano pero coexistiendo con la regulación exhaustiva de nuestras vidas, y que se caracteriza, aproximadamente por: primacía del self-fulfilment individual, choice (optar en todo y siempre, con sus secuelas de no compromiso y reversibilidad permanente), consumismo (D’Ors: el comunismo producía mártires; el consumismo, apóstatas), regulación y control estatales de todo, incluso lo personal.

En realidad, tanta libertad aparente se limita a sexo, consumo y vacaciones. No es democrática y no se aplica a los impuestos, a la política, a la austeridad económica, a la ley (que ahora «es para cumplirla», sin más), o a las relaciones laborales. Nuestras vidas nunca han estado tan controladas. Para un cristiano, educar a sus hijos en su fe era más fácil en el Imperio Otomano que hoy en Europa, como han comprobado quienes han sufrido multas o prisión por enseñar que el matrimonio es heterosexual. Si no nos saltan las alarmas ante un dato así —que esa libertad es menor en la modélica Suecia que en el Imperio Otomano—, es que nuestra mentalidad no es tan liberal y constitucional como decimos.

Consumismo, autorrealización y opción permanente, pueden tener también algo positivo, pero no para la familia u otros compromisos serios. Según Gray (Enlightenment’s Wake, 2007, 167), la moderna cultura británica del matrimonio está permeada por «ideals of choice and self-fulfilment»; es inevitable, entonces, preguntarse para qué casarse. Por eso disuelven también la «amistad social», que hace de las personas una sociedad y no un conglomerado accidental, como las patatas, que si están en un saco forman un saco de patatas. De la misma manera que la economía de mercado puede ser buena pero una sociedad de mercado es mala (Sandel), el individualismo, que tiene su cara buena, si invade todo es negativo y amortigua los vínculos sociales. Y al final, la combinación de máximo estatismo regulatorio con máximo individualismo, deja indefenso al mismo individuo. Eso, por cierto, se ha buscado en los países nórdicos: que nadie dependa de nadie, ni los hijos de los padres, ni los padres de los hijos; todos átomos, que dependerán del estado (Berggren y Trägardh, «Social Trust and Radical Individualism», en The Nordic Way, informe, Davos, 2011).

Otros rasgos destacables en este «sistema operativo» mental son:

 

La pérdida del conocimiento por analogía y del sentido común, que produce empobrecimiento personal e incapacidad de juzgar.

 

La inmadurez e irresponsabilidad (aunque no para Hacienda); este catolicismo acepta del misántropo estado policía-niñera el hombre desvalido y solitario, y por tanto no confía en su libertad ni capacidad de comprometerse, pues no se le puede exigir mucho.

 

Reducción de los problemas morales a psicológicos y de estos a biológicos, en lo cual colabora el cientificismo biologicista y la general des-moralización de la vida (esto es, que mi vida y comportamientos son cada vez menos enjuiciables moralmente; en contra, Angus Kennedy, «The Vital Importance of Being Moral», Spiked, 25-IV-2014).

 

El tratamiento terapéutico de toda desviación de lo marcado por expertos y burócratas, a menudo trasnacionales; la obsesión por la salud y la seguridad.

 

La razón cede el paso a la emoción y al sentimentalismo (pero efímeros; las creencias y sentimientos no son estables).

 

Utilitarismo, aun a riesgo de «cultura del descarte» (papa Francisco).

 

Al escasear las relaciones interpersonales fuertes, tipo Alma, Corazón y Vida, se vuelve difícil hacer amigos, pues estas relaciones son fruto de compartir experiencias serias e incluso riesgos, que en nuestras reguladas vidas no se dan, y si se dieran, la asistencia social aplicaría el correspondiente protocolo y nos enviaría un psicólogo.

 

Aceptación de lo que digan el mercado, los economistas y expertos.

 

Aceptación de una normativa solo racional y procedimentalista que seca lo que toca, desde la religiosidad al folclore, si no encaja en su neutro tecnicismo.

 

¿Qué confesión religiosa en su sano juicio aceptará una narrativa sin lugar para el ser, para el conocimiento por analogía, el sentido común, las virtudes personales, los sentimientos humanos o las mínimas visiones religiosas socialmente compartidas? ¿Qué religión «comprará» una cosmovisión sin lugar para la religiosidad humana básica? ¿O una praxis en la que nuestras actitudes estén reguladas por burócratas armados con implacables normativas transversales sobre salud, seguridad o supresión de toda discriminación, incluso justa (aunque florezcan las injustas)? Una cosmovisión que «des-encanta» (Weber) hasta las puestas de sol, quita el sentido al arte y a la arquitectura, e inhibe todo movimiento popular políticamente incorrecto, ¿favorecerá la religiosidad meramente natural? (Por lo mismo, tampoco favorece la democracia o la libertad política). Un esquema de vida que produce competidores en vez de compañeros de curso, ¿cómo producirá compañeros del alma? ¿A qué religión convendrá un discurso que reduce lo bello, lo bueno y lo verdadero al status de una preferencia de consumo? Tal hostilidad hacia lo religioso (y, al final, quizá también a lo humano), no la encontró el cristianismo en Grecia ni en Roma.

Con un discurso de «descarte» y máximo economicismo, más preocupado por la deuda griega que por las interminables muertes en el Mediterráneo, el abrazo y la reconciliación estilo Pablo VI en 1965 no serán tan fáciles. A quien normaliza los tres padres por hijo, los vientres de alquiler, el empobrecimiento masivo y el control total de nuestras vidas, no me parece prudente aceptarle su narrativa, no sea que de repente nos veamos dentro de su entorno informático. No se trata solo de catolicismo, sino de líneas rojas constitucionales (y simplemente humanas), traspasadas por los impuestos, la nueva censura, la irresponsabilidad del gobernante, o los recortes a las libertades políticas, inversamente proporcionales al aumento de las sexuales.

Curiosamente, la aceptación de un guión básico adverso a quien lo acepta, no es nueva. Hace décadas que el socialismo aceptó el consumismo individualista y comenzó a defender como causas socialistas muchas medidas en el fondo antisociales, que a la larga segaban la hierba bajo sus propios pies. Dejó de luchar en serio por la solidaridad económica y social para luchar muy en serio por un individualismo disolvente y un relativismo moral, en los que su enemigo, el capitalismo, está como pez en el agua.

Aquí procede aclarar que, cambiado o no, este mundo sigue siendo básicamente bueno, y nadie niega la bondad y belleza del Obradoiro, la ría de Arousa desde el Xiabre, las torres de los colleges en la niebla oxoniense… Pero de ahí a aceptar su formato antropológico, va un buen trecho; para empezar, más que «suyo», del mundo, es de Los Que Mandan; no ha salido espontáneamente del pueblo, pues las bioideologías no son altruistas (D. Negro), ni de origen popular, como tampoco muchas libertades sexuales, o las actuales políticas económicas; las hacen populares el tiempo y la imposición vía corrección política.

LENGUAJES, NARRATIVAS, OBLIGACIONES

Al lenguaje culturalmente correcto, como de ong filantrópico-constitucionalista, el catolicismo español suma el no segregar arte o simbología propios.

Para la gran mayoría, que ve las cosas desde fuera, la Conferencia Episcopal, aunque en principio no fuera sino una conferencia, casi forma hoy parte del paisaje de poderes públicos. Parece un Vaticano bis, seca las fuentes locales, opaca a los obispos y evoca —permítanme ahora exagerar— una Iglesia nacional centralista. Brevemente, es como si el llamado nacional-catolicismo hubiera dejado paso a una especie de catolicismo nacional centrado en Madrid. Abundan los ejemplos, incluso triviales; véanse los carteles de una función religiosa en la catedral compostelana, o de la Patrona de los mariñeiros, impresos en Madrid y con el logo de la cee (¿es eso religiosidad popular, cabe preguntarse?). Nadie en España desconocía a monseñor Rouco, pero muchos católicos desconocen a su obispo; algo así como si yo conociera al presidente de la Conferencia de Rectores pero no a mi rector. Unas hojitas repartidas mensualmente en la parroquia vecina piden por las intenciones de la Conferencia Episcopal (que propiamente no tiene, pues toda intención es personal) pero no por las del obispo, que vive al lado.

(Reconozco desconocer por completo el funcionamiento de un organismo tan complejo como la Conferencia Episcopal, y no quisiera tomar las opiniones de parte de sus miembros por el todo; por ello insisto en los grandes rasgos exteriores.)

Al no segregar una cultura y narrativa propias, ni publicitar mucho sus aspectos revelados y trascendentes, este catolicismo termina haciendo suya por defecto la cosmovisión políticamente correcta. No pocas universidades católicas dejan las artes liberales y el humanismo (y, con ello, el logos, la libertad y el enriquecimiento personal) y abrazan la cacofónica «empleabilidad» y el economicismo, como todas. Tenía razón Juan Pablo II: una fe que no se hace cultura es una fe no enteramente vivida. Y al no hablar lenguaje católico de fondo, hablaremos de cosas buenas pero no religiosas: valores, solidaridad (más que caridad, aunque los católicos la practiquen, especialmente en la crisis), respetar la ley positiva y los gobernantes, «derechos fundamentales»… Esto se aprecia mejor en algunos portavoces de organismos eclesiásticos, pues a menudo son periodistas, pero también se ve rezar «por los derechos fundamentales» en las misas como si en 2015 no hubiera que separar el grano de la paja, la libertad de culto de la libertad de maternidad subrogada, los derechos políticos de los reproductivos; como si el acuerdo fundamental sobre «derecho» y «humano» de 1776 («Sostenemos que estas verdades son autoevidentes…») o 1948 (Declaración Universal), siguiera vivo hoy. Y como la persona media no tiene que ponerse a deslindar concepciones de los derechos fundamentales, el efecto es desarmarnos moralmente ante cualquier pretensión presentada bajo ese rótulo, aunque sea el derecho a la transversalidad de género.

Síntoma claro: mientras este catolicismo no genera obligaciones para el estado, este las genera, incluso de conciencia, para los católicos, en la línea (pero sin llegar a tanto) de una religión civil o iglesia nacional. Lo que el estado etiqueta como «malo», este catolicismo autodesactivado lo recibe como tal (incluida la consiguiente obligación moral), incluso en cosas menores y discutibles: resistir a la leyes administrativas, superar 120 kph., insultar a la policía, fumar, pagar los injustos impuestos, quizá pronto la obesidad, y, huelga decirlo, la autodeterminación territorial, contra la que cargan algunos obispos como si fuera el cisma de Oriente. Y así, al cerrar filas en cuestiones opinables en torno a un exestado con vocación de iglesia light, el catolicismo español habría hecho un dudoso negocio. Parafraseando a Spaemann, España (o una no pequeña parte de ella) le daría la espalda.

Evocando las religiones nacionales protestantes, algunos eclesiásticos que respaldan la obligación moral de la ley civil (generalmente no leyes, sino meras normas administrativas), tratan las leyes y dogmas de la Iglesia con cierta ligereza. La cuestión es antiintuitiva, pues más lógico es sentirse obligado por lo que resulta de una adhesión íntima y relacionada con mi eterna salvación o condenación, que por una organización (el estado), que pertenece al fuero externo, no trae su autoridad de Dios, y, ni aunque fuera constitucional y democrático (y no será fácil), nunca sería «mío» en sentido profundo. No faltan clérigos y obispos que sostienen públicamente posturas no muy católicas; pero si alguien infiere que deben de ser revolucionarios políticos, como hace cuarenta años, se equivoca. Frente a normas eclesiásticas, en principio, libre examen; frente al estado, en principio, obediencia; por eso al final los católicos se distinguen poco del resto. He ahí un hito histórico: el secular contrapeso ejercido por la Iglesia solo por mantener su faro encendido y publicitar su propia visión, ha disminuido en España, con un efecto parecido al de la reforma protestante en los estados norte y centroeuropeos: controlar sus iglesias nacionales y marcar el ethos social.

Algunos eclesiásticos dan apreciable fuerza moral a instituciones del estado a las que este apenas da. Hay sacerdotes que dan al matrimonio civil un peso que el estado, tras reducirlo a trivial pacto de afecto entre cualesquiera adultos, hoy le niega. (Otro problema: salvo que no le importen sus familias, ha sido un error del estado no mantener un matrimonio civil heterosexual mínimamente sólido.) Ese respaldo moral a lo que quiere el Estado, respaldando menos las obligaciones propias, llega al máximo en la indisolubilidad de España, más defendida que la del matrimonio (contrástese con el respeto del catolicismo británico ante el independentismo escocés). Se suman, así, a la tendencia a dar más peso a las relaciones lejanas o institucionales que a las interpersonales o «prójimas»; una visión en el fondo menos cristiana.

PARALELISMOS

Esa aceptación de la lógica del rival no es un caso aislado. Así, la universidad pública española cambia hasta su lenguaje y acepta el de sus detractores (empleabilidad, competencias, habilidades, supresión de asignaturas formativas). En un tablón de anuncios de cualquier facultad, por cada actividad intelectual hay tres sobre violencia de género, cinco sobre danza del vientre y diez sobre prácticas en empresas, quizá subvencionadas por algún banco. Esta es la primera generación, en siglos, que terminará sus estudios sabiendo casi nada de cultura clásica y cristianismo, hasta ahora puntales de la paideia occidental. Cuando la Divina Comedia o La Escuela de Atenas solo sean una contracultura, todos sabrán inglés e informática.

La Ilustración —otro ilustre ejemplo— está también pasando lentamente, aunque en este caso con todos los honores. Ya el desequilibrado pero agudo Nietzsche vio la Ilustración como un cristianismo secularizado, al que no auguraba mejor fortuna.

Otro ejemplo, ya mencionado, sería el socialismo, y tanto en teoría como en la práctica (véanse las elecciones británicas de 2015). Hoy hay pocos movimientos sociales. Las manifestaciones y huelgas impactaban al poder más al final del franquismo que hoy.

Pero, a diferencia del cristianismo, nadie prometió a la universidad ni a la Ilustración asistencia hasta el fin de los siglos, cosa que en los últimos veinte nadie negará que se ha venido cumpliendo.

Estos casos tienen en común el convertirse primero en planteamientos minoritarios y después tal vez en contra-culturas, como quizá ya lo sean las artes liberales hoy. Para 2050, el cristianismo será minoritario en Inglaterra.

PERO EL POSCRISTIANISMO TAMPOCO FUE UNA FIESTA

Todo regulado, todos sospechosos, todos controlados a toda hora por el massive screening de este estado cada vez menos lejos del totalitarismo… No en teoría, pero en la práctica, solo por condescendencia del estado puedo educar yo a mis hijos, y por eso no puedo decidir su educación. Solo mientras el estado no lo reclame es mío mi dinero, y por eso el Ministerio de Hacienda sube los impuestos a voluntad, como si no hubiera Constitución. ¿Y la libertad? Nadie lo dirá así, pero en la práctica, para Los Que Mandan, pertenece al «poder jurídico del estado el vincular de tal modo al hombre, que no le quede una partícula de libertad» (Kelsen, Teoría General del Estado, 2002, 179).

¿No nos decían, ya desde Dostoievski, que si Dios no existiese todo iba a estar permitido?

¿Querían los progresistas una sociedad cuya lógica no fuese la religión (aunque, al menos desde la revolución jurídica medieval, era más bien el universo ordenado por el derecho)? Dejaremos ahora sin aclarar qué es «progresista» hoy: si es capitalismo más homosexualidad o eutanasia, ya lo conocía Hitler. ¿Querían una sociedad así? Ya la tienen, y su lógica es la depredadora economía financiera globalizada y la ciencia experimental sin norte. Jefferson decía que si el gobierno teme a la gente, hay libertad; si la gente teme al gobierno, tiranía. Temer, en principio, parece malo; ya no somos «God fearing», felicitémonos. En realidad, hay menos discusión pública que en 1975; estamos más asustados y controlados que bajo el último franquismo; vivimos bajo un government by fear: tememos a los impuestos, las desproporcionadas multas (prohibidas en la enmienda VIII americana), la pérdida del trabajo, la banca, el helicóptero Pegasus y, últimamente (y esto es ominoso) también a la blindada policía y al nuevo y anticonstitucional derecho penal. Y como el gobernante no teme a Dios, nada que no sean las próximas elecciones (o los grandes poderes fácticos europeos) lo frena. Ergo, aunque solo fuera por pragmatismo, nos convendría que si Los Que Mandan no nos temen a nosotros, temieran un poco a Dios, como los antiguos reyes absolutistas.

¿Queríamos una sociedad poscristiana? Ya la tenemos: ni el catolicismo ni su doctrina social influyen gran cosa; pero los hombres somos números, quizá descartables; la austeridad nos depaupera por millones; la indiferencia se globaliza; la falta de caridad y solidaridad penetra en nuestros estudiantes como competitividad. No falta quien, como en el calvinismo, culpa a los desfavorecidos de su mala suerte. Se acepta trabajar sin horario por salarios muy bajos que impiden formar una familia; nadie se rebela ni «clama al cielo» como Santiago el Menor, John Locke y los independentistas americanos; nadie enarbola «Do not tread on me», como estos últimos. ¿Qué barreras morales frenarán la corrupción? La nueva ética civil como adhesión racional a reglas procedimentales convenidas y moralmente neutras, o la moral autónoma more kantiano universal y abstracta, fabricada por el pueblo (más bien por gobiernos o burócratas trasnacionales que no responden ante demos alguno), no ha aguantado el primer asalto. En 2014 se aprueba en Bélgica la eutanasia infantil en ciertos casos, con revuelo ciudadano solo relativo. En 2015 se aprueba en Gran Bretaña la triple paternidad. Uno se pregunta qué será lo siguiente. En Galicia, la sanción por elaboración casera de aguardiente acarrea mayor sanción que abortar, lo que, por mucho que nos lo expliquen —y explicaciones no faltarán—, sugiere que en las clases políticas no debe de quedar mucho sentido ya no de la justicia sino de la proporción. ¿Cómo entender las apocalípticas reacciones de algunos jóvenes musulmanes europeos? Véanlo:

¿En qué creen las sociedades occidentales en la actualidad? En el derecho a perseguir el poder, el dinero y la felicidad. En la ilimitada libertad sexual, […]. Libertad para los niños del control de los padres, sin cachetes y ni siquiera gritos de los padres [que] pueden terminar en los tribunales como presunto «abuso emocional». Los maestros son impotentes para controlar a los descarriados adolescentes […]. El 50% de los nuevos matrimonios termina en divorcio antes de cinco años. […]. Drogas, pedofilia, embarazos de adolescentes, suicidios de adolescentes, abandono por los profesionales de la medicina de los cuidados paliativos y creciente envío de los ancianos a residencias por unos hijos que no quieren tener que ver con ellos; todos estos y otros signos de desintegración de la civilización estimulan a los jóvenes musulmanes disgustados a asumir posturas fundamentalistas letales. La posguerra fría, en las sociedades occidentales, es una era de autodestrucción cultural. Es más fatal que el cambio climático, pues está cambiando las reglas de la conducta humana. Está creando una nueva y terrible inhumanidad (Gerbarnes comentando a F. Furedi, Spiked, noviembre 2014).

Demasiado pesimista, sin duda, pero la sensación de seria crisis la tiene cualquiera, tirio o troyano. Sin dificultad pueden detectarse algunos síntomas de autodestrucción cultural, cambio de las reglas de juego humanas e inhumanidad. El general vaciamiento de significado, la pérdida del orden del mundo y el miedo al futuro están ahí, y ningún gobierno podría reponerlos por decreto. Tampoco hay ese peligro, pues ellos han sido destacados modificadores de las reglas humanas, como al suprimir el matrimonio heterosexual. Es interesante el caso de Galicia, cuyo gris gobierno de derechas, aunque antigallego y antisocial, abandera ideologías de género y similares, demostrando así a la izquierda (de nuevo: si realmente existe) que lo que ha hecho abandonando la lucha social por la relativista-identitaria-sexual, no amenaza al capitalismo, además de segar la hierba bajo sus propios pies.

¿FINAL RAZONABLEMENTE FELIZ?

Ahora bien, aunque haya ocurrido eso al socialismo, que es una ideología política —y emparentada con lo aquí criticado—, ¿por qué había de ocurrirle al cristianismo? ¿Por qué aceptar la visión deshumana, poco natural, sin futuro y poco constitucional, de la corrección política? Pues el catolicismo profesa tener quien mire por él, y en todo ve un sentido y espera un final feliz (Tolkien, «Árbol y Hoja», 1947; una «eucatástrofe»). Tolkien (op. cit.) decía también:

Dear Sir, […] — Although now long estranged,

Man is not wholly lost nor wholly changed.

Dis-graced he may be, yet is not de-throned,

and keeps the rags of lordship he once owned.

Después de todo, que sigan nuestros estudiantes y la gente de la calle siendo tan normales, a veces incluso tan buenos, como se vio en el descarrilamiento de Angrois en 2013, prueba lo bien hecha que está la naturaleza humana (ergo, no ha debido diseñarla un cualquiera). Al menos en mi aldea, uno no tiene que vivir con la espalda contra la pared, en guardia contra el lobo hobbesiano. La gente no es mala (aunque tampoco ángeles, sino que, como bien sabemos aquí, «depende»). Somos mucho mejores que los gobiernos que soportamos, que no reflejan la sociedad sino el sistema electoral y la partitocracia. Con la adversidad, más de uno está dando lo mejor de sí mismo, y Cáritas multiplica sus actuaciones.

¿Y si un día somos una contracultura? Cuando llegue el momento, malo será que no sobrevivamos, mientras que España, su estado y su antropología bien pueden no sobrevivir. Solo falta que el catolicismo español se dé cuenta de que, para un estado —España incluida—, siempre será una molestia, y por cierto que en eso vendría a coincidir con el verdadero constitucionalismo, que frena al poder, a todo poder, incluso legítimo. Falta que se distancie de la corrección política, el capitalismo y España; que hable de lo suyo, de aquello en que nadie le puede sustituir; critique lo que tenga que criticar, no esconda su antropología, salga del gueto en el que se ha autodesactivado… y deje a los laicos decir si España es una, diecisiete o ninguna. Falta también que en nuestras iglesias se dé respuesta a las grandes y perennes cuestiones, aunque hoy sea casi mala educación formularlas.

Las nuevas tendencias evangelizadoras, de Juan Pablo II en adelante, no parece que vayan a apoyarse en «religiones nacionales» oficiosas u oficiales; menos aun en «complementos culturales» políticamente correctos.

Pasará esta época; pasará el capitalismo financiero global; cada día tendrá su afán; España quizá haya terminado su ciclo (¿por voluntad propia, como los afrancesados en 1808?); el estado tiene sus días contados. ¿Y el catolicismo? De momento, nadie ha podido contárselos. Es más: ni la religiosidad humana en general ni el cristianismo en particular parecen moribundos (God is Back, Micklethwaith y Wooldridge; 2010).

Por tanto, ni la conclusión es muy pesimista, ni todo es para mal. Simplemente, esta nueva versión de catolicismo nacional quizá no dé más de sí. Lamentablemente, aquí ha sido imposible recoger más matices: las opiniones de otros obispos relevantes en la opinión pública; la vitalidad y diversidad de las iniciativas de tantos católicos, laicos o no. Se detecta también que últimamente los católicos españoles están alejándose de algunas indefendibles políticas de Los Que Mandan. Precisamente todo eso, junto con la naturaleza humana y el poso moral cristiano, contribuye a este moderado optimismo final; todo eso explica que aun habiendo partido de lo negativo, lleguemos a conclusiones razonablemente positivas.

NOTA

«Catolicismo español» es una expresión desafortunada, tanto por ser una religión

universal como porque aquí nos limitamos a las posturas públicas e institucionales

dominantes y más visibles. No conozco otra expresión menos mala.


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