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El 29 de febrero de 1990 la Universidad Complutense de Madrid nombró doctor honoris causa a Umberto Eco. Con ese motivo, publiqué un comentario en el diario ABC que más de quince años después conserva, a mi parecer, todo su sentido. Las investiduras de doctores honoris causa que una universidad otorga a profesores de otras universidades son hechos cotidianos. Sin duda, Umberto Eco tiene más méritos académicos que muchos otros que también han recibido tal galardón. La cosa no tiene nada de extraña. Más llamativo resulta que sean 38 universidades en total las que le otorgaron tal reconocimiento: entre ellas varias españolas y prestigiosas extranjeras. Probablemente esto tiene que ver con la notoriedad del galardonado, pues, como es bien sabido, la persona o institución que galardona a alguien notorio participa (o puede participar) también en algo de su notoriedad. Y así han ido desfilando, entre otras, las universidades de Tel Aviv (1994), Atenas (1995), Varsovia (1996), Castilla-La Mancha (1997), la Universidad Libre de Berlín (1998), Sevilla (2010), Burgos (2013) y Buenos Aires (2014).

No obstante, en la Historia de la Ciencia del Lenguaje del siglo XX, donde se inscriben libros suyos como Obra abierta (1962), La estructura ausente (1968) y Tratado de semiótica general (1975) o Kant y el ornitorrinco (1997), no figurará entre los descubridores de nuevos caminos como De Saussure, Peirce, Hjelmslev, Jakobson, Greimas, Lotman o Chomsky. Fue, sin embargo, un profesor de semiótica que supo comunicar como nadie. Pocos como él tienen el don de la oportunidad para acertar con el ejemplo o contar el chiste que volverá inteligible hasta la más abstrusa teoría.

Pero, sin duda, su significación universal, que desborda la de cualquier científico para entrar en la mitología de nuestro tiempo donde están los Beatles o los Rollings, se debe a su novela El nombre de la rosa (1980).

Le Point calculó a esta obra cuarenta millones de lectores. Diez millones de ejemplares vendidos, sean los que sean los que llegan a leerla completa, es un dato que no se puede subestimar. Y es que El nombre de la rosa es alegoría de la propia trayectoria vital de Eco, que resulta paradigmática para una cierta élite de la intelectualidad europea de la segunda mitad del siglo XX. Católico progresista a los veinte, marxista a los treinta, desencantado a los cuarenta, como el protagonista de su novela, el franciscano Guillermo de Baskerville, pensará, sin duda, que no hay pasión más insana que «la insana pasión por la verdad».

Luego, en El péndulo de Foucault (1988) se dará un paso más. No solo hay que abandonar la pasión por la verdad, sino que es preciso intentar deshacerse hasta de su nostalgia: de nuevo, el protagonista es quien sentencia: «He comprendido. La certeza de que no había nada que comprender, esa debía ser mi paz y mi triunfo».

Esta su segunda novela hubiera debido ser tal vez la última. Difundida masivamente en todo el mundo al calor del éxito de la anterior, cayó más o menos rápidamente de la lista de libros más vendidos. Es verdad que aquí había acertado menos con el mantenimiento de la intriga a lo Conan Doyle, es cierto que el mundo de la cábala le había salido más de cartón piedra que la Iglesia de la Edad Media para cuya recreación Eco contaba con sus muchos estudios previos que se remontan a su tesis doctoral sobre santo Tomás de Aquino, pero —me parece— ocurre, sobre todo, que el mundo ha cambiado tan vertiginosamente que ya no será tan automática la conexión (incluso inconsciente) con el clima que la narración representa. Hoy, tras el derrumbamiento del muro, a los que «pasan» de la verdad, no les queda ni la nostalgia. Otros se reafirman o vuelven a la convicción de que la búsqueda de la verdad es causa de la tolerancia más profunda y de la auténtica libertad. Las sucesivas novelas La isla del día de antes (1994), Baudolino (2000), La misteriosa llama de la reina Loana (2004), El cementerio de Praga (2010) y Número cero (2015) son obras que han mantenido la llama pero no han añadido nada más.

Conseguida la notoriedad, solamente quedaba la explotación del éxito, lo que, para una inteligencia despierta como la de Eco, no entrañaba la mínima dificultad: estar ahí, mirar alrededor y dar su opinión son cosas que ha hecho admirablemente de modo constante.

En el campo del ensayo se ha enfrentado, por ejemplo, con la cuestión que ha planteado al libro y a la literatura las nuevas tecnologías. En la novela de Victor Hugo, Nuestra Señora de París, Claude Frollo, archidiácono de la catedral, se espantaba en 1482 ante la novedad de la imprenta («la imprenta matará la arquitectura»), dato que recupera Eco para asentar una posición llena de buen sentido ante el desafío actual: el libro no se puede perder, la literatura que presupone el libro no se debe olvidar, pero las nuevas realidades comunicativas del mundo de Internet son imposibles de ignorar. Esto no matará aquello.

La última novela, presentada en la Feria del Libro de Fráncfort de 2014 con el título de That is the presse, baby, cuenta la historia del comendador Vimercate que, para chantajear a los poderosos y golpear a sus enemigos, crea un periódico ficticio que publica únicamente números cero, o sea, números que no salen al público. Cada número cero de Mañana (nombre del periódico) será solo una fábrica de chantajes.

Eco recibió muchísimos premios y distinciones. En el año 2000 fue Premio Príncipe de Asturias de Comunicación. Con todo, tantísimos reconocimientos, tantísimos doctorados honoris causa no han homenajeado, me parece, a un maestro de las generaciones futuras, pero tampoco se han limitado a poner el birrete a un profesor ilustre, han investido a un testigo de nuestra época. Quizás sea lo que faltaba por decir.


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Filólogo. Profesor de Investigación del CSIC (ILLA-CCHS). Catedrático de Universidad. Presidente del Comité Científico Asesor de la Universidad Internacional de La Rioja (UNIR). Editor de Nueva Revista.