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Este libro es de teología, como recalca desde el prólogo Scott Hahn, pero es también un manual de primeros auxilios intelectuales para el mundo moderno. Arremete contra el sentimentalismo, el subjetivismo, el relativismo, la irresponsabilidad moral, el adanismo, el psicologismo, el emotivismo, el eclecticismo y el etcetericismo que nos rodea en todos los ámbitos de nuestra sociedad. Y lo hace desde su puro epicentro, que es una concepción de Dios mediatizada por todas estas veladuras de moda y que revierte (efecto y causa) sobre ellas, exacerbándolas.

 

 

 

 

 

 

 

Ulrich L. Lehner: God is not nice. Ave Maria Press, Notre Dame, Indiana, 2018. 147 páginas


Lehner no arremete por gusto ni por aguarnos la fiesta. De hecho, se le nota incómodo a veces al recordarnos que Dios es un Dios que ha de producir, ante todo, temor y temblor y que el comienzo de la sabiduría es (Prov 9, 10) el temor de Dios. Un repaso somero no sólo al Antiguo Testamento, sino al Nuevo, disipa como una niebla todos los intentos de presentarnos a un dios siempre agradable, moderado, razonable y modosito. El escritor escribe “dios” en minúsculas cuando habla del dios rebajado que producen esos intentos y que terminan dando lugar, en el mejor de los casos, a un Santa Claus vitaminado, jocoso, inofensivo, ingenuo, placentero, utilitarista, garante quizá de cierta paz social y conseguidor tal vez de ventajas materiales, siempre acomodándose al gusto de “los cristianos desiderativos” (en expresión de Dorothy L. Sayers). No sería el Padre Nuestro que está en los cielos, sino un abuelete vaporoso que despliega una “benevolencia senil”, como lo describe C. S. Lewis. En Las crónicas de Narnia, el autor inglés ya había advertido de lo mismo mediante la grandiosa figura alegórica de Aslan, del que precisa: “No es inofensivo, sino bueno”.

Lehner escribe su libro ante todo por fidelidad al Dios revelado, un Dios celoso (Ex 20, 4), que nos sorprende como un ladrón en la noche (Mt 24, 43), Señor de los Ejércitos, capaz de meter a los discípulos de cabeza en una tormenta nocturna en un lago (Mc 4, 35), que premia a los buenos y castiga a los malos, que escapa a nuestro entendimiento y a nuestra sentimentalidad y que nos ama con la pasión de un novio que espera a su novia en la noche de bodas. Pero en segunda instancia se esfuerza en explicarnos cómo es el Dios verdadero porque sólo Él es capaz de responder a nuestras ansias más íntimas. Es el Dios de la aventura, subraya el autor con tonos chestertonianos, el que produce reverencia, admiración y piedad, como una zarza ardiendo ante la que hay que descalzarse. De hecho, estamos ante un libro profundamente empático con los ateos y con los indiferentes, pues el autor repite una y otra vez que el dios que tan a menudo nos presentan no merece la pena.

Lo va dejando claro con frases como éstas, que no puedo esperar a que el libro se traduzca (muy pronto, espero) para ofrecérselas:

Jesús ha venido a ser nuestro alimento, no nuestro antidepresivo o nuestro tranquilizante.

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La imaginación no consiste en mistificar la realidad, sino en la habilidad de ver sus innumerables posibilidades.

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[Nietzsche:] Relativizando lo absoluto, lo eliminamos.

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Si los sentimientos controlan nuestras vidas, fácilmente adquirimos la noción de que son el verdadero centro de nuestra conciencia.

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¡La mejor defensa de la fe es vivirla con alegría!

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Demasiados catequistas y teólogos han hecho que millones de católicos crean que la razón, la tradición y las Escrituras no importan tanto como “la experiencia de los fieles”.

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Para el emotivista, lo verdadero y lo falso han perdido su significado y su dios puede hacerte sentir súper acogido, pero no te salvará, porque no es real.

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El amor del Dios verdadero perdona el pecado, no lo subestima.

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La dimensión más importante del paraíso es la amistad íntima con el Dios infinito. [Esto es, por cierto, algo que podemos disfrutar ya aquí.]

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Sólo cuando asumimos en serio el mundo con todo su sufrimiento, nos damos cuenta de que nada más que Dios puede salvarlo.

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Los mismos cristianos que se duermen durante un sermón no tienen problema en leer trescientas páginas sobre cómo la fibra y las vitaminas pueden evitarles una muerte temprana.

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El filósofo Odo Marquard llamaba a la ideología de una vida terrenal perfecta el “oso de peluche mental” de los adultos infantilizados.

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Si todas mis oraciones tuviesen respuesta, me convertiría —me temo— en un súper narcisista.

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[Contra los relativistas] Observemos la afirmación: “Una violación es siempre inmoral”. Confío en que todos los lectores estarán de acuerdo con esa afirmación y con que su validez es independiente de cualquier cultura o contexto. Si es así, entonces usted ha aceptado la existencia de normas morales objetivas, y podría querer buscar alguna otra, además de ésta.


© de la imagen: Wikimedia Commons


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Enrique García-Máiquez (Murcia, 1969). Estudió Derecho en la Universidad Navarra y lo enseña en un instituto de secundaria de Puerto Real. Ha publicado cuatro libros de poesía, el último es “Con el tiempo” (2010), tres dietarios (el más reciente, “Un largo etcétera”, 2017), dos colecciones de sus columnas periodísticas (la última, “Un paso atrás”, 2012), un libro de aforismos, “Palomas y serpientes” (2016) y un brevísimo cuadernillo de haikus, “Alguien distinto” (2005). Tiene en prensa “El burro flautista”, nueva colección de columnas periodísticas. Ha traducido a Mario Quintana, a G. K. Chesterton, en prosa y en verso, y el “Tomás Moro”, de William Shakespeare, nada menos, y de otros. Codirigió la revista literaria “Nadie parecía” y escribe crítica de poesía en diversas revistas especializadas. Mantiene el blog “Rayos y truenos”.