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Ficha artística
 
Tomás Moro, una utopía se estrenó en el Festival Internacional de Teatro Clásico de Almagro el 5 de julio de 2013 y continúa de gira durante la temporada 2013-2014.
 
Reparto:
 
Tomás Moro: José Luis Patiño.
Historiador: Richard Collins-Moore/Ángel Ruiz.
Lady Moro: Lola Veracoracho.
Doll y Alcaldesa: Silvia de Pé.
Margaret: Sara Moraleda/Sandra Arpa.
Erasmo y Fiscal: Manu Hernández.
Rochester y Lord Alcalde: César Sánchez.
Sherwsbury: Daniel Ortiz.
Surrey y Bufón: Chema Rodríguez-Calderón.
Lincoln y Gato: Jordi Aguilar.
De Barde: Ricardo Cristóbal.
 
Dirección: Tamzin Townsend.
 
«Esta era la forma de pensar de los hombres de aquel periodo. No se dejaba sobreentender ningún tipo de ironía; si no se admite la sinceridad de tales frases se hace imposible comprender la época y mucho menos comprender a sir Thomas More».
 
ERNEST EDWARD REYNOLDS
 
NOTA
He inventado, para la versión, un personaje que no existía en el texto original. Este personaje, que lleva el nombre del Historiador, es, en cierto sentido, similar al Chorus shakesperiano o al Everyman de Un hombre para la eternidad, la obra de Robert Bolt. Sin embargo su función va un poco más allá y por eso considero necesario explicarla.
 
Existen muchas y obvias diferencias entre leer un clásico y verlo puesto en escena, pero hay una de ellas que siempre me ha preocupado especialmente: la lectura, cuando se hace sobre una buena edición, va acompañada de las correspondientes notas a pie de página, que aclaran las dudas del lector. Pero esta ayuda no existe en la puesta en escena y por eso los directores y dramaturgistas, intentando solventar la cuestión, suelen inventar actualizaciones que, con no poca frecuencia, no solo no aclaran los puntos oscuros del relato sino que tienden a confundirlos o malinterpretarlos aún más.
 
Mi intento ha sido, en esta versión, el de crear un texto en el que las notas a pie de página estuvieran integradas en el texto dramático, no en el literario. El Historiador está en escena para prestarnos el auxilio que esas notas nos prestarían en el libro. Además, aporta su propia y personal reflexión sobre lo que sucede: no solo es un anotador, sino también un ensayista. Es posible que este enfoque parezca, a priori, demasiado intelectual, pero he creído que, siendo este un proyecto impulsado por una universidad y teniendo en cuenta que buena parte de sus futuros espectadores serán estudiantes, la apuesta era lógica y lícita. Por lo demás, la obra que estamos versionando necesita de un claro enfoque documental si queremos que sea comprendida por el público.
 
Pese a que pueda pensarse que el modelo más inmediato de este Historiador se encuentra en el distanciamiento brechtiano, lo cierto es que mi inspiración proviene, no del teatro, sino de cuatro series documentales de televisión y una película: las series son Culloden, de Peter Watkins, La vida de Leonardo da Vinci, de Renato Castellani, The romantics, de Peter Ackroyd, y Medieval Lives, de Terry Jones. La película, El oficio de las armas, de Ermanno Olmi. Los diversos mecanismos de actualización de la Historia utilizados en estas fuentes han inspirado y alimentado el trabajo.
 
IGNACIO GARCÍA MAY
 
PRÓLOGO
EN LA TORRE
 
En una celda de la Torre de Londres. Iluminado por una vela, un hombre escribe. Se envuelve en una manta: pese a la fecha veraniega, hace frío, y la lluvia persistente del exterior contribuye a la humedad de la prisión.
 
MORO.—«Mi muy querida hija Margaret: esta carta está escrita por vuestro padre con un trozo de carbón. Disculpa, pues, si encuentras la letra borrosa y no creas que se debe a temblor alguno de mi pulso o a que las lágrimas emborronen mi visión. Se me ha comunicado que, en virtud de mi obstinación frente al juramento, Su Majestad se ha visto obligado a dictar una nueva ley para mi caso. Antes de venir aquí pasé muchas noches de insomnio, reflexionando sobre los peligros que podían amenazarme si persistía en mi negativa y al pensar en ellos se me encogía el corazón. Sin embargo, no olvidé en ningún momento el consejo de Cristo en el Evangelio: antes de comenzar a edificar el castillo de la salvaguardia de mi alma he de calcular a costa de qué. Doy gracias a Dios porque en el conflicto quedó al final victorioso el espíritu: he llegado a la conclusión de que en caso de ser conducido a una muerte injusta, un hombre podrá, acaso, perder la cabeza, pero no sufrirá daño alguno, porque recibirá un premio inestimable de manos de Dios.»
 
Algo se mueve entre las tinieblas de la celda. Tardamos un momento en darnos cuenta de que se trata de otro hombre, este ataviado con una moderna gabardina. En ese instante mismo comprendemos que Moro no puede verle porque no pertenece a su tiempo. El desconocido se vuelve hacia el público y le habla directamente.
 
HISTORIADOR.—Este hombre que escribe a la luz de una vela se llama Tomás Moro. Hasta el momento de su detención era lord canciller de Inglaterra y uno de los eruditos más respetados de Europa: teólogo, filósofo, abogado, su libro Utopía se convertirá en uno de los más leídos y comentados de todos los tiempos. (Pausa; contempla a Moro.) Dentro de unas horas, cuando amanezca, será ejecutado por negarse a traicionar su conciencia obedeciendo una orden de Enrique VIII, rey de Inglaterra, con la que está en desacuerdo. Cuatro siglos después, y por las mismas razones, será canonizado. (Pasea hasta donde está Moro; le mira escribir.) Moro pudo librarse del castigo: bastaba una palabra para que el rey le perdonara. Por eso hay quien cree que su «obstinación», como él mismo la describe en sus cartas, no fue sino un acto de soberbia. La decapitación, como el lord canciller sabía muy bien, era una forma espantosa de ejecución. Con frecuencia el primer golpe fallaba o era incapaz de seccionar la cabeza, provocando una herida atroz que alargaba la agonía del reo. Después, la cabeza era escaldada con agua hirviendo y mostrada públicamente en una pica de la torre del Puente de Londres. (Pausa.) Alguien que acepta, pese a todo, una muerte así, o está loco o, sencillamente, tiene razón.
 
Se dirige a la puerta de la celda y llama con los nudillos. Tomás levanta la mirada y le ve por primera vez. Espera a que el Historiador hable, pero no es así.
 
MORO.—Señor teniente, ¿ya llegó la orden?
(El Historiador no se atreve a hablar.)
Si fuese así, decídmelo, por Dios.
 
HISTORIADOR.—Milord, sí, ya ha llegado.
 
MORO.—(Medita un instante; luego🙂 De todo corazón le doy la bienvenida, y que se haga Su Santa Voluntad.
 
HISTORIADOR.—Ha quedado tan clara vuestra sabiduría, y la dulce paciencia en vuestro cautiverio que damos testimonio de que estáis preparado.
 
MORO.—¡Oh, no, señor teniente! Yo le agradezco a Dios la paz de mi conciencia… aunque esté con el mundo un tanto en desacuerdo. Pero no durará demasiado, confío. ¿Cuándo es la ejecución de vuestra orden?
 
HISTORIADOR.—Por la mañana.
 
Hay un nuevo instante de silencio. Tomás se levanta y camina por la celda.
 
MORO.—Bien, señor, os doy las gracias. No he vivido tan mal que ahora tema a la muerte. (Moro ha llegado hasta su orinal. Lo recoge, lo mira.) Anoche sufrí un cólico; Pero hoy el rey me envía una receta única. Se lo agradezco: ya no he de temer al cólico.
 
HISTORIADOR.—(Sonriendo a su pesar.) ¡En la vida y la muerte, alegre Tomás Moro!
 
MORO.—Hay piedras en el agua… Y sin embargo, juro que el hombre que las ha vertido bastante más viviera de haber querido el rey.
 
HISTORIADOR.—¿Lo llevo al médico, señor?
 
MORO.—No, os ahorraré el trabajo. Y me ahorraré yo los honorarios… Mañana al alba tomaré una dosis que curará este cólico, sin duda.
(Deja el orinal en su sitio.)
Decid, señor teniente, ¿qué nuevas hay de milord de Rochester?
 
HISTORIADOR.—Ayer por la mañana fue llevado a la muerte.
 
La noticia impresiona a Moro, que intenta no demostrarlo.
 
MORO.—¡Duerma con él la paz del alma! Era prelado reverendo y sabio, con una personalidad muy rica.
 
HISTORIADOR.—Pues si él era tan rico, ¿qué tendrá sir Tomás, que fue lord canciller todo este tiempo?
 
MORO.—¿Eso pensáis, señor teniente? ¿Cuánto os parece que haya podido ganar un hombre que ha sido canciller el tiempo que yo he sido?
 
HISTORIADOR.—Tal vez, milord, dos mil libras al año.
 
MORO.—Señor teniente, creo que he sido el canciller más pobre que ha habido en Inglaterra; aunque quisiera, por la fama del puesto, tener más propiedades.
 
HISTORIADOR.—Es muy extraño…
 
MORO.—(Sonríe.) Ciertamente, con la parte mayor de mi peculio compré las mercancías más extrañas de las que nunca hayáis oído hablar: Simples muletas y raídos mantos para soldados cojos y estudiantes sin medios se llevaron los frutos de mi cancillería, esos que la Corona confiscaría hoy. Si sois un caballero, os lo suplico: haced por consultar copia de mi inventario. La parte de poeta que me fue concedida me volvió manirroto; a todos este mal nos aqueja: jamás ahorró un poeta, ni lo hará.
 
Moro hace una seña al teniente para que se vaya, y el Historiador saluda con un gesto de cabeza y regresa a las sombras. Moro vuelve a la mesa, donde prosigue la escritura.
 
HISTORIADOR.—(Al público.) ¿Qué pensamientos llenan la mente de un hombre que va a ser decapitado? (Lee, por encima del hombro de Moro, lo que este está escribiendo.) «Ni la aparición de un verdadero fantasma es tan pavorosa como la imagen seriamente formada de la muerte en su naturaleza propia, cincelada en tu espíritu por una imaginación vivaz. Te ves a ti mismo con la cabeza punzada por mil alfileres, la espalda dolorida, las venas latiendo sin tregua, el corazón jadeante, estertores en la garganta…»
 
MORO.—(Sigue, con su propia voz.) «…Tus músculos tiemblan mientras la boca se entreabre, la nariz se perfila, las piernas se enfrían, los dedos se agarrotan, la respiración se acorta, todas las fuerzas te abandonan, tu vida se apaga y la muerte se acerca.
 
La oscuridad se hará poco a poco en torno a Moro mientras el Historiador se dirige al público desde el proscenio.
 
HISTORIADOR.—Según la tradición, Moro mantuvo su célebre sentido del humor hasta el último minuto. La imagen de un lord canciller enfrentando la cuchilla del verdugo con una sonrisa en los labios y el ingenio presto no solo confirmaba el retrato popular del personaje sino que se convertía en la metáfora del modo en que todos quisiéramos morir: con el espíritu sereno. Pero, ¿no es lícito pensar que en esta celda de la Torre de Londres, Tomás Moro tuvo miedo? (Al público.) Para contar su historia con propiedad, es necesario retroceder algunos años. Estamos en Londres, en el año de 1517.
 
PRIMERA PARTE
EL DÍA FUNESTO
 
Todo cambia en torno al Historiador. Ya no estamos en la cavernosa estancia de la Torre, sino en una luminosa calle londinense. El personaje permanece en escena mientras el mundo se transmuta en torno suyo, como si le bastara el pensamiento para viajar en el tiempo. Vemos a diversos ciudadanos que entran y salen, vociferando, peleándose entre sí. El Historiador les observa desde su fantasmal distancia. En escena, Doll, con De Barde, que lleva dos tórtolas en una mano mientras arrastra a la mujer con la otra.
 
DOLL.—¿Dónde me llevas?
 
DE BARDE.—¡Donde me dé la gana! Eres mi botín.
 
DOLL.—¡Tu botín! ¡Atrás, rufián! Soy la honesta esposa de un simple carpintero y, aunque no tenga belleza para gustarle a un marido, lo que es mío desdeña inclinarse ante un extraño. ¡Suéltame, te lo exijo!
 
DE BARDE.—¡Ven conmigo sin chistar, o te forzaré!
 
DOLL.—¡Que tú me forzarás, cara de perro! Te has creído que tratas con la mujer del orfebre. La alejaste de su esposo y con su plata, además, y cuando se la devolviste, le hiciste pagar al muy asno lo que habías gastado en mantenerla.
 
DE BARDE.—Lo mismo hará tu esposo, si me place.
 
DOLL.—¡Y devuélveme esas tórtolas!
 
DE BARDE.—¡Cógelas, si puedes!
 
DOLL.—¡Las compré en el mercado y las he pagado con mi dinero!
 
DE BARDE.—Pues si las has pagado aguántate con que yo me las quede: para vosotros, chusma, bastan la carne de vaca y las sopas. ¿Acaso las tórtolas son bocado para una mujerzuela?
 
Lincoln, otro ciudadano que paseaba por la calle y se ha detenido a ver la pelea, se acerca al Historiador.
 
LINCOLN.—(Al Historiador, comentando lo que sucede ante sus ojos.) Es duro ver cómo los extranjeros ponen a prueba la paciencia de los ingleses, que no se atreven a vengar los insultos. ¡Ya está bien de abusos!
 
DOLL.—¡Me quitáis la comida, intentáis abusar de mí! ¡Por la Virgen que es demasiado!
 
LINCOLN.—(Al Historiador.) ¿No cambiará nunca el curso de los acontecimientos? ¿Hasta cuándo habrá que soportar estas injusticias? Habría que dar un paso al frente y vengar sus afrentas.
 
DE BARDE.—(Que ha oído a Lincoln.) ¿Quién eres tú para hablar de venganza? Milord el embajador volverá a reprender a vuestro alcalde como no te castigue por esta impertinencia tan descarada.
 
DOLL.—Es cierto que milord el alcalde envió un día a mi esposo a la prisión de Newgate por una queja del embajador, porque no le había cedido a un extranjero la acera.
 
LINCOLN.—¡Y que aguantemos esto!
 
DE BARDE.—¡Aguantarlo! Que alguno me lo impida, si se atreve. (A Lincoln, cogiendo a Doll de las faldas.) Te digo que aunque se tratase de la esposa del alcalde de Londres, una vez en mi poder, me la quedaría a pesar de cualquiera que osase disputármela.
 
LINCOLN.—Y yo te digo, lombardo, que esas palabras te costarían tu mejor sombrero si no me obligasen el deber y la obediencia. (Al Historiador, que permanece observante pero al margen de la discusión.) ¡La esposa del alcalde de Londres! ¡Dios, habrase visto!
 
DOLL.—¿Acaso no valgo yo lo mismo para mi marido que la esposa del alcalde de Londres para el suyo? (A De Barde.) ¡Fuera las manos, extranjero presuntuoso! O, por Cristo que me compró, que si los corazones de mantequilla de los hombres no se atreven a azotar a un extranjero lo harán las mujeres, antes que soportar estos abusos.
 
DE BARDE.—¡Señora, os digo que vendréis conmigo!
 
DOLL.—(Sacando de entre sus ropas un cuchillo y amenazando a De Barde.) ¡No toques a Doll Williamson, no sea que ella acabe acostándote todo a lo largo en la tierra de Dios! (De Barde retrocede, acobardado.) Vos, señor, que dejáis esos bocados tan zafios para los carpinteros, mientras que los palomos que ellos pagan tienen que ser para vuestro delicado paladar, devolvédmelos o vendrán tantas mujeres a socorrerme que no quedará ni un trozo de ti sin desgarrar. ¡Si nuestros esposos están obligados por la ley a soportar vuestros abusos, sus mujeres serán un poco rebeldes, y os darán una sonora tunda!
 
DE BARDE.—(Entregando las tórtolas de mala gana.) Está bien, pero ahora mismo iré a presentar una queja a milord el embajador. Sale.
 
DOLL.—¡Eso es, márchate y mándanoslo, que le daremos la bienvenida también! (Mirando a Lincoln y al Historiador.) ¡Qué vergüenza que los ingleses nacidos libres, que han vencido a los extranjeros allá en sus países, se vean en casa retados e insultados por ellos!
 
LINCOLN.—No es que nos falte valor para la causa, sino que la estricta obediencia nos obliga… Hace tiempo que cierro los ojos ante estas enormidades viles con impetuosa impaciencia; gustosamente daría mi vida por remediarlas. Sabéis que en unos días comienzan los sermones de Semana Santa: he pergeñado una carta (Saca un papel de entre sus ropas y lo muestra) enumerando nuestras quejas y las insolencias de los extranjeros con la intención de que los predicadores las proclamen abiertamente desde el púlpito.
 
DOLL.—¡Ojalá! A fe mía que eso a los extranjeros les iba a irritar muchísimo, y si los hombres no os atrevéis a hacerlo, por Dios que lo haremos las mujeres. ¡Arrebatarle a un marido su mujer honesta! Eso es intolerable.
 
HISTORIADOR.—Pero ¿qué se dice ante vuestro proceder?
 
LINCOLN.—El doctor Standish ha respondido que no es cosa suya ocuparse de semejante asunto en sus sermones, pero el doctor Beal hará cuanto sea posible para un clérigo, y no duda de que, tras exponer nuestras quejas, nos veremos felizmente atendidos. Veréis que no hay nada malo en la carta. (Al Historiador.) ¿Os importa leerla?
 
El Historiador toma el documento en sus manos y lee en voz alta.
 
HISTORIADOR.—«A todos vosotros, excelentes señores de esta ciudad, que os apiadaréis de vuestros pobres vecinos, y también de los importantes daños, pérdidas y dificultades que dan lugar a una extrema pobreza para todos los súbditos del rey que habitan dentro de esta ciudad y en sus alrededores: pues es así que los extranjeros se comen el pan de los huérfanos, y les quitan la subsistencia a todos los artesanos y el negocio a todos los mercaderes, por lo que la pobreza crece tanto que cada hombre lamenta la miseria de los demás; pues los artesanos se ven reducidos a pedir limosna, y los mercaderes, a la necesidad. Consideradas estas premisas, la compensación tiene que ser común para todos los de una parte: y ya que el daño aqueja a todos, también deben todos los hombres buscar remedio en sus gobernantes, y no soportar a esos foráneos en su riqueza, mientras que los nacidos en esta tierra quedan confundidos».
 
Un momento de silencio. Al cabo:
 
DOLL.—¡Por Dios que es excelente! Defenderé la causa como legítima. ¿Cuál es el paso siguiente?
 
LINCOLN.—¡Cuál! Pardiez, escuchadme. Sin duda que esto nos aportará muchos amigos, cuyos nombres guardaremos celosamente; y en la maña-na del Primero de Mayo iremos a celebrarlo, pero será el peor Primero de Mayo que hayan visto nunca los extranjeros. ¿Qué os parece? ¿Estáis de acuerdo, o sois unos rebeldes apocados?
 
DOLL.—Tranquilo, amigo, tienes mi mano y mi corazón. ¡Por Dios que seré capitán entre vosotros, y haremos algo de lo que se hablará siempre!
 
Salen juntos. El Historiador permanece en escena: los ciudadanos han olvidado la carta, que queda en sus manos…
 
HISTORIADOR.—La historia ha llamado, a los acontecimientos que se preparan, el Día Funesto de Mayo. Hartos de los privilegios y de la protección que se conceden a los comerciantes extranjeros y de la prepotencia con la que estos se conducen, los londinenses han decidido rebelarse aprovechando la festividad. Pero, ¿qué dicen las autoridades? ¿Es posible no darse cuenta de un descontento tan generalizado? Sabemos muy bien lo lento que puede ser el poder en reaccionar ante ciertas circunstancias…
 
Entran los condes de Shrewsbury y Surrey, y se sientan en torno a una mesa. El Historiador se sienta con ellos.
 
SHREWSBURY.—Señores, ¿puedo solicitar vuestro sabio consejo? Os confieso que en estos momentos peligrosos no me gusta ese ceño arrugado del pueblo. No había contemplado mi ojo siempre avizor una expresión de pena más desesperanzada que la que últimamente puede verse en la gente infeliz de la ciudad.
 
SURREY.—Es raro que de la clemencia de nuestro príncipe, tan bien templada de misericordia para los extranjeros en esta tierra fértil, brote esa emperifollada insolencia. Que aquellos que respiran por su generosidad se suban a las barbas de sus súbditos… ¡Ellos, que engordan gracias al comercio de nuestra patria! ¡Y menudo rufián, ese De Barde, que, tras abusar, pretende el interés del usufructo!
 
No me gusta, milord de Shrewsbury. No es prudente prestar un buen caballo a nadie que no sepa mantenerlo.
 
SHREWSBURY.—Yo mismo fui a ver el susodicho. Acudí a persuadirle de su propia injusticia y a expresar los lamentos de la ciudad quejosa. Me contestó jurando con gran solemnidad que si tuviese a la misma mujer del alcalde de Londres se quedaría con ella, pese a cualquier inglés.
 
SURREY (Haciéndose el gracioso).—Mejor para vos y para mí, entonces: ¡Ambos somos solteros! Si ningún hombre puede disponer de su esposa, es una suerte no tener ninguna.
 
SHREWSBURY.—(Ofendido.) ¡Yo, de tener esposa, sabría mantenerla!
 
Hay un momento incómodo de silencio.
 
SURREY.—(Con tono de disculpa.) Muy bien dicho. Si estos franceses lujuriosos requieren diversión, deberían correr con los gastos al menos. Es duro que posean nuestras mujeres tan tranquilos, y que encima nos pasen a nosotros la cuenta.
 
Otro momento de silencio: sus disculpas han terminado de arreglarlo… El Historiador interviene enseguida para evitar que la cosa pase a mayores.
 
HISTORIADOR.—Los londinenses, señores, cuando van al mercado han de sufrir que algún extranjero les quite cuanto traían. Y si algún infeliz corre a quejarse su recompensa es un castigo.
 
SURREY.—Pues si la sangre inglesa de pronto se levanta, y están los corazones ya colmados, mucho me temo que antes de que se calme el ánimo algunos extranjeros insolentes pagarán su arrogancia a muy buen precio.
 
SHREWSBURY.—Esta pleamar de ira —remolinos rabiosos— ahogará muchas vidas.
 
HISTORIADOR.—Que me perdonen vuestras señorías, pero son los hombres de vuestra alcurnia y títulos los verdaderos culpables. ¿Es posible que el soberano esté informado de estos abusos tan rastreros y ofensas cotidianas que padecen sus súbditos y no haga nada por remediarlo? (Pone sobre la mesa el documento que le entregó Lincoln.) Son, milores, malas noticias que van a ir a peor si no se pone un rápido remedio. Se ha alzado la ciudad y está el alcalde en peligro. Algunos de los artesanos pobres han tomado las armas, y amenazan con vengar tanto agravio.
 
SHREWSBURY.—¡Unamos nuestras fuerzas al alcalde para aplastar de golpe la revuelta!
 
SURREY.—¡Un momento! Recuerdo ahora a master Moro, un alguacil, que es sabio y docto gentilhombre, y a quien el pueblo tiene en especial estima. Respaldado por otros hombres graves, quizá pueda, con su gentil discurso, prevalecer mejor que nuestra fuerza.
 
SHREWSBURY.—¡Excelente consejo! Apresurémonos, que me temo que a muchos a sus tumbas llevarán los afanes de este día.
 
Salen, deprisa. El Historiador queda solo en la estancia.
 
HISTORIADOR.—(Al público.) ¿Y quién es este «sabio y docto gentilhombre» llamado Tomás Moro? Le hemos conocido en la Torre, caído en desgracia, pero vamos a verle ahora a punto de alcanzar la gloria: en la época en que tiene lugar el Día Funesto, Moro no ha cumplido aún los cuarenta años, pero es miembro del Parlamento y juez de paz. En el juzgado, sus formas de operar, sinuosas y teatrales, rigurosas y sin embargo teñidas de humor, han hecho de él un personaje popular.
 
En torno al Historiador el espacio ha vuelto a cambiar, transformándose en un salón de juicios. Están presentes el Lord Alcalde, el juez Suresby y el alguacil Moro. Gato es el preso en el banquillo. El Historiador entra discretamente y se coloca, sin darse cuenta, en el lugar del demandante.
 
LORD ALCALDE.—Ya despachados los asuntos graves, veamos las pequeñas felonías. Alguacil Moro, ¿qué trae a este hombre?
 
MORO.—Milord, está acusado de robar una bolsa. Se le juzgó. Y ahora el jurado discute.
 
LORD ALCALDE.—¿Quién lo detuvo?
 
SURESBY.—Lo hice yo, milord; de haber justicia, ya estaría ahorcado; es el capitán de una banda de rateros a quien, por su profesión, llaman Gato, pues sabe levantar una bolsa con el mayor sigilo.
 
LORD ALCALDE.—(Señala al Historiador.) ¿Y ese es quien le acusa?
 
El Historiador se sorprende: no pretendía ocupar tal identidad.
 
SURESBY.—El mismo; del que, con permiso de vuestra señoría tengo algo que decir pues pienso que en algunos respectos merece la culpa.
 
MORO.—(Al alcalde, aparte.) Esto, milord, es digno de escucharse.
 
ALCALDE.—Escuchémoslo, pues, señor Moro.
 
SURESBY.—(Al Historiador.) Te digo claramente que es una desvergüenza tentar con esa suma a la necesidad. ¿No menos de diez libras hay que llevar, señor, abultando en la bolsa? ¿Para pavonearos, para vanagloriaros, para ir presumiendo por las tabernas? Alguien que sale con honestas intenciones, al dar con un botín tan codiciable puede ser provocado a lo que no pensó. ¿Por qué hay tantos rateros y felones, sino por los señuelos que los necios agitan para tentar al mísero débil necesitado?
 
Diez libras, más o menos. ¡Qué bonita cantidad para ir por ahí paseándola, con lo segura que estaría en casa! Habría que multaros con el doble, para alivio de pobres prisioneros y para que aprendáis a tener más cuidado. ¡Por Dios, lo que en verdad mereceríais es que hubieseis perdido el doble de diez libras!
 
El Historiador permanece mudo.
 
MORO.—(Al Lord Alcalde, aparte.) Milord, seguidme la corriente, por una vez y solo para hacer una prueba en este caso.
 
Moro susurra algo a oídos del Lord Alcalde.
 
LORD ALCALDE.—De acuerdo, mi buen Moro. (En voz alta.) Un rato pasearemos por el jardín, hasta que pueda el jurado dictar su veredicto.
 
Se pone en pie y sale, seguido de Suresby, y el Historiador. Este intenta quedarse, pero un suave empujón de Moro se lo impide.
 
MORO.—Salid, salid todos. (Al cabo del momento.) Gato, ven, acércate.
 
GATO.—(Obedece. Suspicaz.) ¿Qué se le ofrece a su merced?
 
MORO.—Caballero, sabes que sé quién eres, y muchas veces, desde que ejerzo de alguacil, te he salvado de este sitio. Tengo algo que proponerte: idea la manera de quitarle la bolsa a Suresby y, por mi honor de cristiano y de hombre, que te procuraré con la broma el perdón.
 
GATO.—¡Buen alguacil, me buscáis la ruina! Sabed que mis amigos, señor, no son muy recomendables, y me caerán encima aún más acusaciones. Se os conoce por ser uno de los más sabios
 
de Inglaterra. Yo os ruego, mi señor alguacil, que no vengáis con una de las vuestras a hundirme.
 
Va a regresar a su sitio.
 
MORO.—Gato, ven; soy súbdito leal del rey. Te equivocas conmigo; y, para que no pienses que intento hacerte daño en absoluto, en cuanto lo hayas hecho, diré que lo hice yo. (Suavemente amenazador.) Tú sabes que en mis manos tengo informes, que, si quisiese darlos al jurado, no necesitaría engañarte de este modo. (Gato agacha la cabeza, avergonzado.) No pretendo más que una travesura: Gato, llévala a cabo; en mí confía.
 
GATO.—Señor, os lo agradezco. ¡Dios os guarde! (Intentando escabullirse del compromiso.) Pero el juez Suresby se ha marchado y no puedo acercarme adonde está.
 
MORO.—Eso va de mi cuenta. Te lo enviaré enseguida diciéndole que tú has pedido verle para tratar con él de cuestiones privadas.
 
GATO.—Si así lo hacéis, señor, cuarenta a uno a que su bolsa vuela.
 
MORO.—¡Así se dice!, pero ten cuidado y no extravíes ni un penique de esa bolsa; la necesito entera.
 
GATO.—Lo haré como decís, os lo aseguro.
 
Sale Moro. Gato queda un instante solo; quizá durante ese momento pase por su cabeza la idea de fugarse, pero enseguida entra Suresby.
 
SURESBY.—Y bien, muchacho, dime, ¿qué deseas? ¿Descargar tu conciencia igual que un hombre honesto? ¿Qué me cuentas, muchacho? Y sé breve, sé breve.
 
GATO.—Seré breve, señor, tan breve como pueda. (Aparte.) Y si estuvieseis quieto, ya sería brevísimo.
 
SURESBY.—Habla bien, no masculles. ¿Qué estás diciendo, hombre?
 
GATO.—Señor, como que Dios ha de ser mi consuelo, me acusan de algo más que la verdad.
 
Desde este momento, Gato intenta robar la bolsa de Suresby, pero el juez se lo pone difícil con su permanente movimiento.
 
SURESBY.—Señor, señor, sin duda, de más que la verdad, pues se os acusa llanamente de felonía. Se os acusa de más que la verdad: de robo. De más de lo que nadie acusa a un hombre justo: tú eres un bribón. Eso no excede a la verdad. No, no juegues conmigo, no lo hagas, caballero; confiesa solamente, sin más, eso que sabes.
 
GATO.—(Reacio a hablar.) Hay, señor, tipos tan astutos que, mientras uno los mira cara a cara, ellos te levantan la bolsa.
 
SURESBY.—Dime, ¿quiénes son? ¿Dónde podemos atraparlos? Esos son los que busco.
 
GATO.—¡Yo, señor, solo soy un aprendiz! Hay uno que usa mi nombre; y corta todas, todas las bolsas. Os mostraría cómo, señor, si no temiese tomarme demasiadas confianzas.
 
SURESBY.—Tómate tantas como quieras, granujilla, que eso anhelo saber.
 
GATO.—Ese tipo, señor, quizá os salude (Le abraza, un poco aparatosamente.). así, o así, o así, y con buenas palabras simule que os conoce, o dude un poco; y estos abrazos servirán…
 
SURESBY.—(Nervioso.) Sí, vamos, Gato, dime, ¿para qué servirán?
 
GATO.—Para notar si vais a todo trapo o no,
o sea, si lleváis el barco bien cargado.
 
SURESBY.—Hablando en plata, Gato, ¿si mi bolsa va llena o no?
 
GATO.—Lo habéis captado, sí.
 
SURESBY.—¡Excelente, excelente!
 
GATO.—Después, por educación, señor, no tendréis más remedio que caminar junto a él un rato, pues él irá con vos, alegando que, o bien le olvidasteis o bien se ha confundido.
 
SURESBY.—Pero ¿tiene mi bolsa, o no la tiene?
 
GATO.—Aún no, señor, ¡aún no! (Aparte.) Ni aún tengo la vuestra… (Se le ocurre de pronto, una idea.) ¡Entran el lord alcalde, los jueces y el escribano!
 
No es cierto, pero Suresby mira hacia la puerta y en el descuido por fin Gato se hace con la bolsa.
 
SURESBY.—Pero… (Entonces entran de verdad el Lord Alcalde y los demás. Al Gato, aparte🙂
 
¡Qué inoportunos! Gato; tú
y yo hablaremos luego.
(En voz alta.) Me dices la verdad: sin
duda que hay bribones muy astutos.
Pero, ¿me engañarán cual gaviota, cual pato,
cual urraca, cual pájaro bobo? Ah, no, que para mí son cortos.
Donde vuelan las bolsas se encuentran tonto y pícaro.
Los prudentes las cuidan.
 
MORO (Aparte).—Gato, ¿está?
 
GATO.—(Aparte y entregando la bolsa a escondidas.) Hecho, alguacil. Hela aquí.
 
MORO.—(Aparte.) Confía en mi palabra. Te salvaré el pellejo.
 
El Lord Alcalde hace una seña a Moro para que hable.
 
MORO.—Gato, sube al escaño. Te declara el jurado culpable: has de morir.
 
(Gato da un respingo y mira a Moro aterrorizado; por un instante cree que le ha traicionado.)
 
Hágase según la costumbre.
 
LORD ALCALDE.—Pues, según es costumbre, la limosna para enterrar al reo la hemos de dar nosotros ya que aún no tenemos lugar de enterramiento. (Pone el dinero en la mesa.) Aquí tenéis la mía.
 
MORO.—(Añade dinero.) Y la mía.
 
SURESBY.—(Se palpa la ropa.) ¡Por todos mis huesos que mi bolsa no está!
 
MORO.—¿No está, señor! ¿Y cómo? ¿Aquí? ¿Cómo es posible?
 
LORD ALCALDE.—Contra toda razón: ¿en esta santa sala?
 
SURESBY.—Gato, yo hablé con vos… ¿no seréis vos quien me la ha levantado, eh?
 
Gato mira a Moro y este le hace una discreta señal de silencio.
 
GATO.—¿Vos sospecháis de mí? ¡Oh, qué mundo este!
 
Se deja registrar para demostrar que, en efecto, no tiene la bolsa en su poder.
 
MORO.—Pero escuchadme, Suresby, ¿estáis seguro de que llevabais vuestra bolsa encima?
 
SURESBY.—¡Y tan seguro, señor alguacil! Tan seguro como que estáis ahí, y dentro de ella sus buenas siete libras, a fe mía.
 
MORO.—¡¿Sus buenas siete libras?! Ni que estuvieseis loco. ¡Vos, hombre tan prudente y magistrado grave, llevando en vuestra bolsa tantas libras! ¿Sus buenas siete libras? ¡Qué vergüenza tentar de esa manera a la necesidad! Os lo aseguro: el hombre que sale de su casa con honesta intención, en viendo tal botín, puede verse tentado a lo que no pensaba. ¿Por qué hay tantos rateros y felones, sino por los señuelos que los tontos agitan para tentar al mísero débil necesitado?
 
Si ahora detuvieran al que tiene vuestra bolsa, declaro que seríais culpable de su muerte. La ley, sin duda, lo condenaría. Lo justo, pues, sería multaros con el doble, para alivio de pobres prisioneros, y eso os enseñaría a guardar vuestras libras mucho mejor en casa.
 
Suresby se ha quedado atónito. Después, Moro y el Lord Alcalde se echan a reír. A Suresby, que entonces entiende lo que le ha pasado, le sube el color a la cara.
 
SURESBY.—¡Bien, señor Moro, sois gracioso, muy gracioso! ¡Ya lo cojo, señor, lo cojo bien!
 
LORD ALCALDE.—Señor, al confiar así vuestro dinero, y estando aquí este Gato por algo parecido, de no ser porque el pobre hombre está preso, pensaríamos que él lo tiene ahora. Así se puede ver cuánto malentendido se propicia llevando ingenuamente cantidades, sin duda, innecesarias. Es raro, Suresby, es muy raro que vos, vos, un hombre tan cabal, caigáis en lo que a otro censurasteis.
 
MORO.—(Devolviendo la bolsa.) Señor Suresby, tened aquí la bolsa con el dinero. No temáis a Moro. Y recordadlo: La prudencia siempre cierra las puertas… y las contrapuertas.
 
Quizá la discusión habría continuado, pero en ese momento suenan tambores y trompas que llaman a la alarma. Los personajes se miran unos a otros inquietos: entra Surrey, que habla al Lord Alcalde y a Moro, pero no oímos lo que está diciendo. Inquietud, prisas: el espacio vuelve a cambiar y nos encontramos en una calle de Londres. Todos corren de un lado para otro excepto el Historiador, que ocupa su lugar ante el público:
 
HISTORIADOR.—(Mientras aún suena la música de alarma.) ¡La insurrección del Día Funesto ha empezado! ¡Un grupo de ciudadanos, antorchas en mano, recorre las calles dispuesto a pegar fuego a las propiedades de los aborrecidos comerciantes extranjeros…! Los capitanes de esta insurrección han tomado las armas, y acaban de marchar a las dos cárceles, donde han librado a un montón de deudores. Desde allí han llegado a Saint Martin, y amenazan con gran violencia a unos aterrados lombardos… Los rebeldes han entrado en Newgate, de donde han liberado a muchos presos, tanto a felones como a asesinos conspicuos, hombres desesperados que se aferran al caos. ¡Quieren quemar las casas de los extranjeros!
 
Moro, que ha permanecido unos pasos por detrás del Historiador, avanza hasta ponerse a su altura.
 
MORO.—Poder, ¿esto eres para un enajenado? Al torpe idiota vuelves experto en la matanza. Apacigüemos con aliento sereno el flujo de la cólera. Veamos a esos hombres sencillos; muchos sudan luchando pero ignoran que el peso de la ley cuelga sobre sus vidas. Hombres necios, andan sin saber cómo, como pluma de tonto, que, al terminar, resulta que no ha escrito una frase brillante o razonable en lo más mínimo. Van sin mala intención; pero también incurren en el delito junto con los instigadores. En el nombre de Dios, ¡vayamos a calmarlos con un discurso grave, no con golpes!
 
Se miran. Por un momento, Moro es capaz de percibir a esta extraña figura del futuro que habla de él, pero si eso le causa alguna impresión no llega a mostrarlo. Sale Moro al tiempo que entran Doll, el Bufón Betts y otros insurgentes, con antorchas en la mano y gritando como fieras. Entrarán por el patio de butacas, convirtiendo así al público en parte de la ciudadanía revolucionada. El Historiador se ve absorbido por la multitud, como uno más.
 
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BUFÓN BETTS.—¡Vamos! ¡Les daremos bien, les daremos por detrás un buen palo! ¿Es que van a gobernar los extranjeros el gallinero? Sí, pero nosotros regaremos el asado. Vamos, vamos, ¡con gallardía!
 
DOLL.—(Entre la algarabía.) ¡Dejad que hable John Lincoln!
 
BUFÓN BETTS.—Lincoln, mi guía,
y Doll, matrona mía, con los demás irán
tarantrantrán.
Lo que puedan, harán.
¿Nos ahogarán? ¡No!
¿Nos burlarán? ¡Tampoco!
Libre es nuestra nación,
¡libres somos nosotros!
 
Una aclamación corona los versos del Bufón. Lincoln se hace paso y se sube en un alto para que todo el mundo le escuche.
 
LINCOLN.—¡Vosotros, bravos, cuyas almas libres desprecian soportar los insultos foráneos, sumad la rabia a la resolución! (Ovación.) ¡Prended fuego a las casas de esos salaces extranjeros! (Gritos, aplausos.) Ya hemos llegado a Saint Martin, el barrio donde viven todos esos picardos ricos, ahí, en la Puerta Verde; y De Barde, y demás expatriados fugitivos. ¿Por qué van a tener más privilegios ellos en nuestra patria? Nos vendría mejor ser sus esclavos. ¡Si no impone respeto la justicia, hoy nosotros nos volveremos rudos ministros de la ley!
 
Vítores, más gritos.
 
BUFÓN BETTS.—¡No uséis espadas, fuego a sus casas!
 
DOLL.—Sí, haremos hogueras el Primero de Mayo lo mismo que por San Juan. ¡Revolveremos el día en el calendario y lo marcaremos con letras de fuego!
 
HISTORIADOR.—¡Eh, muchachos! El alcalde ha reunido hombres de armas, y en Ludgate Tomás Moro ha recibido a miembros del Consejo. O a la fuerza nos ganamos la paz o caemos del todo. Sabrán que somos los instigadores.
 
DOLL.—¿Y qué? Si tienes miedo, vuelve a casa y esconde la cabeza. ¡Por Dios que yo me voy a divertir un poco, ya que estamos!
 
BUFÓN BETTS.—Confiaremos en nuestras espadas y, si vienen, se les recibirá como a enemigos.
 
LINCOLN.—¡Silencio! ¡Escuchadme aún un momento! El que no quiera ver los arenques a cuatro peniques,
 
CIUDADANA 1.—La mantequilla a once peniques la libra,
 
CIUDADANA 2.—La harina a nueve chelines la fanega,
 
CIUDADANO 1.—Y la carne de vaca a dos nobles la arroba, que me escuche.
 
DOLL.—Así estamos por aguantar a los extranjeros.
 
LINCOLN.—Nuestro país es un gran país para comer; argo1, comen más en nuestro país que en el suyo. (Risas.)
 
CIUDADANA 2.—A razón de un pan de medio penique pesado a la francesa…
 
LINCOLN.—Estos bastardos del estiércol —como sabéis, crecen en estiércol— nos han infectado, y nuestra infección hace temblar la ciudad, en parte por comer boniatos… Así pues, ¡Fuego a las casas, fuego! Que el alcalde se ocupe de apagarlo, y nosotros escaparemos mientras. ¡Quemad esas perreras!, y nos vamos de aquí.
 
Que el Primero de Mayo sea funesto para ellos,
¡No para nosotros!
 
BUFÓN BETTS.—¡Fuego! ¡Fuego! Yo empiezo y, si nos cuelgan, que sea en buena hora: más no puede pasarnos.
 
El vocerío es atronador. Entran el Lord Alcalde, Shrewsbury y Moro.
 
SHREWSBURY.—¡Alto! En nombre del rey, ¡alto! Amigos, maestros, compatriotas… LORD ALCALDE.—¡Silencio, eh, silencio! ¡Os conmino a guardar silencio! SHREWSBURY.—Maestros, compatriotas… DOLL.—¡El noble conde de Shrewsbury! Escuchémoslo. LINCOLN.—¡El conde de Shrewsbury!
 
TODOS LOS CIUDADANOS.—¡Escuchémoslo! LINCOLN.—¡Silencio, os digo! ¿Sois hombres cabales, o qué?
 
El griterío es terrible; no hay forma de entenderse.
 
MORO.—Han desbordado las orillas de la obediencia: ¡Arramblarán con todo!
 
LINCOLN.—Habla el alguacil Moro; ¿lo escuchamos? DOLL.—Oigámoslo: nadie tiene más alguacilidad, y gracias a él mi hermano encontró trabajo. Oigamos al alguacil Moro.
 
TODOS LOS CIUDADANOS.—¡Alguacil Moro, Moro, Moro, alguacil Moro! MORO.—(A Lincoln.) Por la regla que os rige, ordenad silencio.
 
Pero no hay manera de acallar a la muchedumbre.
 
LINCOLN.—¡Paz, paz, silencio, paz! Malditos sean, no callan, son una plaga. Ni el diablo puede con ellos…
 
MORO.—(Como si esa última frase constituyera un desafío.) Qué burdo cargo impracticable el vuestro de dirigir a aquellos que ni el diablo puede.
 
(A todos.) ¡Buenos maestros, oídme hablar, oídme!
 
DOLL.—Sí, por la Santa Misa que lo haremos, Moro. Sois buen administrador de vuestra casa, y os doy las gracias en nombre de mi hermano.
 
TODOS LOS DEMÁS CIUDADANOS.—¡Silencio! ¡Silencio!
 
Finalmente se hace el silencio, y constituye un alivio para todos. Moro espera un instante antes de iniciar su discurso.
 
MORO.—Mirad, negáis aquello que gritando pedís, es decir, el silencio. Pensad, los que aquí estáis, si de recién nacidos, unos hombres la paz hubiesen roto, como acabáis de hacer, la paz en que crecisteis hasta ahora, si os la hubieran quitado, y unos tiempos sangrientos hubiesen impedido que llegaseis a hombres, ay, pobres, ¿qué es lo que tendríais, aunque os diésemos eso que buscáis?
 
BUFÓN BETTS.—¡Pardiez, que se vayan los extranjeros, lo cual no puede sino favorecer a los pobres artesanos de la ciudad!
 
MORO.—Dadlos por expulsados, pensad que vuestro ruido
ya acabó en Inglaterra con toda majestad.
Imaginad que veis a esos desgraciados
cargando a sus espaldas sus niños y sus bultos
hacia puertos y costas en busca de transporte, y que cumplís, cual reyes, todos vuestros deseos,
muda la autoridad ante vuestras bravatas, y vosotros vestidos con la gola
de vuestras opiniones. ¿Qué habríais conseguido?
Os lo diré: enseñar a la insolencia
a avasallar el orden, y a la mano
dura a vencer. E instaurado ese método,
ninguno de vosotros a anciano llegaría,
porque nuevos rufianes,
con esa misma mano
os harían sus presas, y los hombres,
como peces hambrientos, unos
a otros se devorarían.
Amigos, permitidme proponer un supuesto.
Si me escucháis veréis qué forma
horrible toma vuestra innovación.
Primero, es un pecado
del que el apóstol nos previno
urgiendo a respetar la autoridad;
y no erraría si os dijese a todos
que os alzasteis en armas contra Dios.
 
TODOS LOS CIUDADANOS.—¡No!, ¡no! ¡Dios no lo quiera!
 
MORO.—Desde luego que sí,
pues es Dios quien concede al rey su puesto
de temor, de justicia, de poder y de mando.
Le ha ordenado que rija, y a vosotros
que obedezcáis. Y, para hacerle aún más sacro,
no solo su figura ha concedido al rey,
y su trono y su espada, sino incluso su nombre:
el rey, dios en la tierra. ¿Qué hacéis, pues,
al rebelaros contra aquel que el mismo Dios sostiene
sino contra Él rebelaros? ¿Qué hacéis a vuestras almas
haciéndolo? Aunque estéis desesperados,
lavad con lágrimas
vuestras mentes manchadas, y esas manos
que, rebeldes, contra la paz alzáis,
alzadlas por la paz; y esas vuestras rodillas
irreverentes, convertidlas
en pies.
¡Entrad, entrad en obediencia! Incluso
la rebelión precisa de obediencia.
Decidme solo esto: ¿Qué capitán rebelde,
(Mira a Lincoln) iniciado el motín podría con su nombre
retener a la chusma? ¿Quién obedecerá
a ese traidor, cuya proclamación
de «capitán» no os puede sonar bien
llevando el adjetivo de «rebelde»?
A los extranjeros los derribaréis,
los mataréis, les cortaréis el cuello, ocuparéis sus casas
y llevaréis atada la fuerza de la ley
para azuzarla como un perro. ¡Ay!
Supongamos ahora que el monarca,
piadoso con el criminal arrepentido,
se queda corto ante esta enorme ofensa,
y no os mata, os destierra. ¿Adónde iríais?
¿Qué país, a la vista de vuestro yerro, asilo
os daría? Id a Francia, a Flandes, a cualquier provincia
de Alemania, a España, a Portugal,
a un sitio que no sea aliado de Inglaterra,
y allí tendréis que ser extranjeros. ¿Querríais
dar en una nación de carácter tan bárbaro
que, revolviéndose en atroz violencia
no os dejase encontrar un cobijo en su suelo,
sus odiosos cuchillos afilase
contra vuestras gargantas, despreciándoos
como a perros, lo mismo que si Dios
no os hubiese creado y no os reconociera;
y como si no fuesen los elementos útiles
para vuestra existencia, sino una propiedad
para ellos reservada? ¿Qué diríais
si os tratasen así? Así
tratáis vosotros a los extranjeros
y así es vuestra oceánica falta de humanidad.
 
El Historiador se separa de la muchedumbre y avanza hasta proscenio. Tras él, la acción se congela.
 
HISTORIADOR.—¡Un momento! ¡Un momento! (Breve pausa.) Ciudadanos revelándose en las calles hartos del poder. ¿No nos resulta familiar esta escena. Desde nuestro lugar en la historia, nos cuesta comprender lo que para estos hombres significaba la noción de Dios y de Rey, así que no podemos sino simpatizar con estos desdichados londinenses. Pero es imprescindible, para apreciar el momento con justicia, comprender que no hay ironía alguna en el discurso. Lo que cuenta aquí es esto: Moro, con cuyo ideario podemos coincidir o no, actúa, como siglos antes lo hizo Sócrates, con irreductible honestidad, defendiendo más tarde para sí, cuando sea su cabeza la que esté en peligro, lo mismo que sostiene aquí ante los demás. Quizá sea esto lo que más nos desconcierte, su coherencia.
 
La acción vuelve ponerse en marcha. El Historiador se mezcla de nuevo con el pueblo.
 
LINCOLN.—Nos dejaremos gobernar por vos, máster Moro, si intercedéis y nos procuráis el perdón.
 
MORO.—Rendíos a estos nobles caballeros y suplicad que medien ante el rey, someteos también al magistrado; y no hallaréis más que piedad, sin duda, si la buscáis.
 
LINCOLN.—Nos sometemos, y deseamos la piedad de su alteza
 
MORO.—Su majestad os la concederá. Pero habéis de aceptar ir a diversas cárceles, hasta que se conozca la voluntad del rey.
 
SHREWSBURY.—Lord alcalde, que a cárceles diversas los envíen, y que los traten bien. Acudid a Cheapside, donde los jefes de los gremios esperan con sus hombres de armas. Ordenadles que vuelvan a sus barrios, para evitar nuevos motines y para detener a todo el que proteste. Y nosotros a dar la buena nueva al rey. También, alguacil Moro, sabrá que vuestro aliento rescató de la muerte a muchos de sus súbditos.
 
Doll se acerca a Moro.
 
DOLL.—Bien, alguacil Moro, has hecho más con tus buenas palabras que todos los demás con sus armas. Dame la mano. (Moro lo hace; pero cuando va a retirarla, ella se la sujeta con fuerza.) Cumple ahora tu promesa de conseguir el perdón del rey, o por Dios que diré que no eres más que un simple engañabobos. Sálvanos del patíbulo, o nos habrás, con tanta honestidad, engañado bien.
 
Entonces besa la mano y sale, acompañada de los otros ciudadanos. Moro se contempla la mano durante un breve instante.
 
SHREWSBURY.—Máster alguacil Moro, salvasteis la ciudad de una fiera inquietud muy peligrosa. Pues si esta mecha se hubiese unido a las que en otras partes de Londres empezaban a prender, se habría generado una gran ira. Ira que habría alimentado crímenes. Elocuencia y no acero este bien nos forjó. Nos habéis redimido de una sangre segura.
 
MORO.—(Acariciándose aún la mano; como con la mente en otra parte.) Milord… lo que he dicho aquí, el amor por mi patria y el desvelo, después, por mi ciudad me lo inspiraron. Si ha prevalecido, será que Dios ha hecho del débil Moro su instrumento para frustrar la sedición violenta. Siempre me acostumbré, desde el principio, a preocuparme antes de Dios y después del rey2.
 
Shrewsbury y Moro permanecen en escena, contemplados, de lejos, por el Historiador.
 
HISTORIADOR.—Máster Moro, su majestad os envía su cariñosa gratitud. Vuestro nombre es muy corto. Debéis arrodillaros.
(Moro se arrodilla; Shrewsbury desenfunda su espada.)
Un caballero crea esta caballeresca espada.
(Arma caballero a Moro.)
Sir Tomás Moro, levantaos.
 
MORO.—(Alzándose.) Agradezco a su alteza tanto honor.
 
HISTORIADOR.—No es más que el primer sorbo del favor principesco, pues a su majestad también le place, viendo vuestra prudencia y vuestro mérito, poner en vuestra mano este bastón de mando, y así os designa miembro del Consejo del Rey.
 
Entrega el bastón de mando a Moro. Este da unos pasos, alejándose de sus compañeros.
 
MORO.—Escrito está en el cielo que yo sea esto y esto,
pues lo que impíamente llaman nuestra fortuna
es Providencia del poder altísimo,
adecuada a la fuerza natural
con que nacemos. ¡Dios mío, Dios mío!
Que yo, de tan humilde cuna,
haya subido hasta la cabeza de mi patria,
y dicte leyes; yo, en vida de mi padre,
que tome precedencia y acepte el homenaje
de mis mayores; y que, en razón de mi puesto,
mi padre tenga que cederme el sitio,
a mí que por el orden natural se lo debo.
Seguro que estas cosas,
de no ser compensadas por el respeto, nuestra sangre
corromperían… (Se mira la mano que Doll le besó.)
Pero, Moro, cuanto más tienes
de honor, de cargo, de oro, de influencias,
de cosas que te empujan a abrazarlas,
más deben parecerte como víboras
y más debes temer sus pieles, tan hermosas,
y recordar que pican.
Que sea este tu lema: la importancia
—hilado el hilo de la contingencia—,
es un enorme ovillo que al punto se deshace.
 
Se hace un oscuro.
 
SEGUNDA PARTE
INGENIO Y SABIDURÍA
 
Cuando regresa la luz encontramos a Moro sentado, posando para un retrato que el Historiador está pintando sobre un tablero apoyado en su correspondiente caballete.
 
HISTORIADOR.—Acaso el retrato más famoso de Tomás Moro sea el que Hans Holbein hizo para él en 1527. El realismo de la obra es tan estremecedor que tiene uno la impresión de que Moro va a volverse al espectador y hablarle desde la pintura. No hay aquí embellecimiento artificial de ningún tipo: la nariz de Moro es grande, su mentón está mal rasurado, el cabello, despeinado, lucha por escapar de la prisión del gorro. Se conocen varias copias de este retrato, todas hechas por artistas muy inferiores a Holbein. Además, Moro ha sido motivo de múltiples pinturas a lo largo de los siglos. Pero es el retrato impactante del artista alemán el que mejor transmite la serena intensidad del personaje. Los detalles son minuciosos: el brillo de la seda en las mangas, la rosa de los Tudor sobre el pecho, el papel doblado en la mano…
 
Se detiene porque acaba de darse cuenta de que Moro, que hasta el momento no se ha movido de su sitio, no lleva papel alguno en la mano. Busca en los bolsillos de su gabardina y encuentra el papel. Se acerca a Moro para entregárselo, pero no llega a hacerlo. Moro se levanta de su silla y sienta en ella, a la fuerza, al Historiador.
 
MORO.—Atiéndeme.
Ha llegado a la corte Erasmo, un sabio.
Cenó anoche con nuestro venerable
poeta inglés, el conde de Surrey³, y hoy me avisan
que el célebre estudioso de Rotterdam desea
conocer a Tomás Moro. Por eso, ocupad mi asiento,
sois el lord canciller. (Moro se quita su sombrero y se lo pone
al Historiador.) Vestid vuestra actitud
acorde con mi porte. Con cuidado
de no hablar en exceso, que te descubrirías.
El que calla parece sabio, no lo examinan;
su propia lengua, en cambio, delata al ignorante.
 
Veré si el gran Erasmo puede diferenciar el mérito y la pompa.
 
HISTORIADOR.—Si no merezco un premio por interpretar bien el papel de milord, seré el criado que atiende a vuestro carretero, y que se me prohíba por siempre llevar cadena de oro.
 
MORO.—(Ríe; con ironía.) Bien, sir, ocultaré nuestro montaje. Actúa de mí con gran convencimiento y tuya será mi gratitud.
 
Moro ocupa el lugar del pintor, semioculto por el cuadro, mientras el Historiador permanece sentado en la silla. Entran Surrey y Erasmo.
 
HISTORIADOR.—(Al público.) A Surrey ya le hemos visto antes: era aquel tipo gruñón y de dudoso sentido del humor que propuso a Moro como negociador del Día Funesto. Ese otro que le acompaña es Erasmo de Rotterdam.
 
SURREY.—(A Erasmo.) Ahora, gran Erasmo, os acercáis a un caballero digno e instruido en extremo. Esta pequeña isla no alberga a ningún otro tan fiel amigo de las artes; su grandeza no añade adornos falsos a su ingenio. Es grande en el estudio. Más que su posición externa, ese es el mérito que tanto honor le otorga.
 
ERASMO.—Cruzó el Canal su fama y a muchas partes de la Cristiandad llevó noticia del lord canciller. Anhelo ver a quien con pensamiento amante he visitado ya en mi estudio. (Señalando al Historiador.) ¿Es ese Tomás Moro?
 
SURREY.—(Que tiene al Historiador de espaldas pero reconoce el sombrero.) Sí, lo es, Erasmo. Ahora veréis al más honorable estudioso, al más religioso político, al mejor consejero que sirve a nuestro estado. Su estudio vela por toda Inglaterra.
 
Y la seguridad del príncipe y la paz que brilla en nuestra patria están forjadas en su leal industria.
 
ERASMO.—No me extraña que esté tan próximo a la vida de excelencia viendo que sus criados más humildes son tan de peso. ¿Visteis, milord, a su portero? Nos atendió en latín correctamente. ¿Qué será el amo, pues, cuando en sus siervos lucen tan excelentes cualidades?
 
El Historiador, que está nervioso, da vueltas al papel que tiene en las manos.
 
SURREY.—Su señoría tiene algún asunto de importancia entre manos, pues no nos hace caso.
 
ERASMO.—Creo que convendría saludarle formalmente en latín. (Se quita el sombrero y se dirige al Historiador.) Qui in celeberrima patria natus est et gloriosa plus habet negotii ut in lucem veniat quam qui…
 
HISTORIADOR.—Os pido, buen Erasmo, que os cubráis. He dejado el latín; si no, como que soy de verdad consejero que os soltaba un discurso entretenido. Nada, nada, sentaos, Erasmo.
 
Pero no hay sitio dónde sentarse, aparte de la propia silla donde él está posando. Así que se levanta abruptamente para cedérsela a Erasmo.
 
HISTORIADOR.—Sentaos, milord de Surrey.
 
Señala, absurdamente, la silla que acaba de ocupar Erasmo, pero eso significa levantar al propio Erasmo… Intentando salir del entuerto:
 
HISTORIADOR.—¡Haré que mi señora venga ya mismo, si quiere, a divertiros!
 
ERASMO.—(A Surrey.) ¿Es este Tomás Moro?
 
Surrey, que acaba de darse cuenta de la suplantación, va a decir algo, pero Moro, que asoma desde detrás del cuadro, le hace una señal de silencio.
 
SURREY.—Oh, buen Erasmo, entended su carácter.
 
SHYRESBY.—Siempre anda con estos… ¡juegos!
 
HISTORIADOR.—Sí, a fe mía que mi culto poeta no miente en esta cuestión. No soy ni más ni menos que el alegre Tomás Moro de siempre. ¿Querréis tomar cualquier cosa conmigo? Por Dios que me gusta más un hombre espabilado y sabio que huele a político, que un largo viaje de protocolo real. (La frase es tan absurda que no requiere respuesta. Tras un incómodo silencio:) Decidme, Erasmo, allá en Holanda, ¿cuánto aguanta el queso sin criar gusanos?
 
MORO.—(Que ya no aguanta la risa.) ¡Bobo, bárbaro blanqueado, vuelve a tu original ser!
 
Lo echa a patadas. Antes de alejarse, el Historiador le entrega, torpemente, el papel, que a partir de ahora Moro tendrá permanentemente en la mano aunque sin llegar a leerlo hasta que se indique. Erasmo está atónito y Surrey no sabe a qué carta quedarse.
 
MORO.—(Tomando cariñosamente la mano de Erasmo.)
Perdonad, respetado germano, que mezclara
una pequeña broma con la atención más dulce
que os merecéis. Pero sabed, Erasmo,
que la risa me arruga siempre la cara y, si me falta,
anhelaré el abrazo de la tumba.
 
ERASMO.—(Rompe en una limpia carcajada.) ¡O sois Moro, o no sois nadie!
 
MORO.—(Riendo también.) ¡Y vos sois Dios, el Diablo o Erasmo…!
 
ERASMO.—¡La mejor medicina, el buen humor! Capaz conserva el cuerpo, pues sabemos que la melancolía atora el flujo de la sangre y el aire; pero un espíritu erguido nos alarga los días con feliz ejercicio. Debe el estudio ser lo más triste en la vida; el resto, un juego exento de pensamientos graves.
 
MORO.—(Asintiendo, satisfecho.) Erasmo ha predicado el evangelio contra la medicina. (A Surrey.) Y decidme, poeta…
 
Surrey, al contrario que Erasmo, y siguiendo su peculiar carácter, está algo mosca con la broma.
 
SURREY.—Oh, milord, al llamarme «poeta» me acusáis de ingente ociosidad. se nos tiene de siempre por inútiles para la cosa pública4.
 
MORO.—No abandonéis la hermosa poesía, dulce lord, a tal desprecio.
 
SURREY.—Sin embargo, milord, se ha quedado la última, detrás de las ciencias mecánicas.
 
MORO.—Yo os mostraré por qué no es tiempo de poetas. Deberían cantar según el fuerte canon heroica facta: Qui faciunt reges heroica carmina laudant5. Pero decaen los grandes temas, y así las plumas privadas de ejercicio, languidecen.
 
ERASMO.—Tengamos en cuenta que Ubicumque regnat lutheranismus, ibi literarum est interitus6.
 
MORO.—¡Cierto, muy cierto! Porque corrumpunt mores bonos colloquia mala7.
 
ERASMO.—Desde luego: in multiloquio non deerit pecatum8 .
 
MORO.—Sí, pero lubricum linguae non facile in poenam est trahendum9 …
 
ERASMO.—¡Mala aurea in lectis argenteis qui loquitur verbum in tempore suo!10.
 
Moro y Erasmo ríen, muy a gusto el uno con el otro. Entran, abruptamente, la mujer de Moro y su hija Margaret. Saludan a los presentes con un movimiento de cabeza. Luego, Lady Moro, dirigiéndose a su marido:
 
LADY MORO.—¡Milord, el alcalde de Londres,
con su dama y su séquito, se dirige a la casa, y ya está cerca,
para cenar con vos! Se adelantó un sargento
para avisar a vuestra señoría de su llegada.
 
MORO.—¡Qué alegre nueva! Amigos van y vienen.
¡Y debe ser así! Vive mi alegre
corazón de la buena compañía.
Esposa, disponed vos
cómo deben sentarse las damas; vos sabéis.
Para el alcalde, con los concejales y los demás, dejadme a mí.
Los hombres a los hombres ordenamos mejor.
 
LADY MORO.—Milord, os aseguro que todo saldrá bien.
 
El Historiador se acerca a Lady Moro y le dice algo al oído.
 
LADY MORO.—(A su marido.) Hay alguien que desea hablaros. Me pidió que os dijese que es un cómico.
 
MORO.—¿Cómico, esposa? Muy bienvenido, amigo. ¿Qué queréis?
 
HISTORIADOR.—Milord, venimos a ponernos la compañía y yo a vuestro servicio para lo que mandéis.
 
MORO.—¿Tal vez una comedia? ¿A quién servís?
 
HISTORIADOR.—A su gracia milord el cardenal.
 
MORO.—¿Los hombres sois del cardenal? Creedme: bienvenidos. Llegáis en el momento justo para beneficiaros y para complacerme. El alcalde de Londres y la alcaldesa, cenan gentilmente esta noche en casa. Y precediendo al postre una comedia será excelente. (A Erasmo.) ¿Qué os parece, Erasmo?
 
ERASMO.—Estará bien, milord, y será un pasatiempo placentero perfecto para vuestros amigos.
 
MORO.—¿Qué comedia traéis?, decidme.
 
HISTORIADOR.—El matrimonio de Ingenio con Sabiduría, señor.
 
MORO.—¿El matrimonio de Ingenio con Sabiduría?
El tema es bueno, y puede sustentar un discurso bien noble.
Casar ingenio con sabiduría
requiere habilidad. Muchos tienen ingenio
pero en sabiduría andan más cortos.
¿Sois muchos?
 
HISTORIADOR.—(Está obviamente solo.) Somos una compañía pobre…
 
LADY MORO.—(A su marido, con prisas.) ¡Milord, ya vienen!
 
MORO.—¡Sean bienvenidos! Esposa, la diversión ha mejorado: esta noche tendremos teatro. ¿Qué me decís?
 
LADY MORO.—(Más pendiente de la visita que de los cómicos.) ¡Que ya llegan!
 
MARGARET.—¡Entran el lord alcalde y su esposa!
 
Música: entran los invitados. Se saludan todos con efusión, excepción hecha de Lady Moro y la Alcaldesa, que se tratan con protocolaria cortesía pero sin excesiva simpatía.
 
MORO.—(A toda la concurrencia.) ¡Dejadme que ahora os cuente que hoy tenemos teatro en vuestro honor!
 
LADY MORO.—No sé si bueno; ha sido milord quien lo ha dispuesto…
 
LORD ALCALDE.—¡Antes, permitidme unas palabras!
(Pomposo, sobreactuado:) ¡Vos dais lustre, milord, a la fama de Londres,
gracias a vuestro nombre, afortunada!
Al recordar a Moro, es necesario
decir que él apartó la rebelión de nuestra puerta,
salvando de la muerte a muchos súbditos
con el aliento suave de la dulce prudencia.
¡Oh, qué fama otorgáis a esta ciudad, y cómo
vuestra virtud corona todos nuestros esfuerzos!
 
MORO.—(Cortando el discurso.) Basta, mi lord alcalde; pero gracias a todos,
que con tan poco aviso habéis venido
a visitar a uno que agradece
vuestra bondad. (A su esposa.) Señora, no se os ve muy
alegre con mi señora la alcaldesa. Ruego
que la acomodéis.
 
LADY MORO.—(Con gélida cortesía.) Oh, madam, por favor, sentaos aquí.
 
LADY ALCALDESA.—(Igual; envidiosa del hogar de Moro.) Señora, perdonadme, eso no puede ser.
 
LADY MORO.—A fe mía que sí. Y yo me siento junto a vos.
 
LADY ALCALDESA.—Vuestra insistencia hace, señora, que presuma más allá de mi mérito.
 
LADY MORO.—(No está dispuesta a dejarse vencer.) ¡Ya mandaréis vos en vuestra casa cuando os devolvamos la visita!
 
MORO.—(Viendo la discusión y cambiando de conversación por mejorar el clima.) A estos buenos actores agradezco que una comedia ofrezcan para alargar la estancia de mi señor alcalde y los demás amigos…
 
El Historiador le hace a Moro una seña para que se aproxime. Moro se disculpa discretamente ante sus invitados y se dirige a él.
 
MORO.—¿Qué ocurre?
 
HISTORIADOR.—Ruego a vuestra señoría que espere un poco. Uno de mis compañeros ha salido a la tienda para comprarle una barba larga al joven Ingenio, y llegará enseguida.
 
MORO.—¿Una barba larga para el joven Ingenio? Bien puede estar imberbe, pues el ingenio no depende del pelo. ¿Cuándo entra en escena?
 
HISTORIADOR.—Después del prólogo, milord.
 
MORO.—(Pensando cómo salir del embrollo.) Pues empezad la función, y para cuando llegue esa escena, le habrá crecido la barba al Ingenio, o habrá vuelto ese hombre trayéndola. Y ¿qué papel representas tú?
 
HISTORIADOR.—El vicio del Capricho, milord.
 
MORO.—¡Ya me gustaría a mí darme de cuando en cuando algún capricho! Y ¿qué hace tu personaje?
 
HISTORIADOR.—Llevo una brida en la mano porque me tienen que embridar pronto, milord.
 
MORO.—Si además no te ensillan, será inútil, pues así el capricho del ingenio puede galopar tan veloz, que adelantará a la sabiduría y caerá en la locura.
 
HISTORIADOR.—En efecto, así ocurre, cae ante Lady Vanidad; pero en nuestra obra no hay Locura.
 
MORO.—Entonces tampoco hay ingenio, a fe mía. La locura sigue al ingenio como la sombra al cuerpo, y donde madura el ingenio, ahí la locura está presta. Pero empezad, os lo ruego.
 
HISTORIADOR.—¡Es que tampoco está el que hace de Buen Consejo!
 
MORO.—(Llevándose las manos a la cabeza.) ¡Pues menudo consejo bueno
me diste tú a mí cuando me pediste que os contratara! (Piensa, agobiado
por la situación; solo se le ocurre una cosa.) No, si solo es por eso, no vamos
a estropear la velada. Hasta que lleguen vuestros compañeros, haré
yo lo que pueda. (A Erasmo, entregándole el papel del que no se ha desprendido
en todo este tiempo.) Sujetadme esto, os lo ruego. (Al público.)
Perdonadme, milord alcalde, amigos… Pese a que bien quisiera estar sentado
a vuestro lado, barbas y consejos no demasiado buenos me fuerzan a
quedarme un rato en este otro…
 
Se prepara junto al Historiador. Suena música y empieza la representación.
 
HISTORIADOR Y MORO.—(Cantando juntos y fatal.)
En la arboleda verde sesteaba…
los pájaros cantaban por doquier…
Soñaba con la dicha y con el juego, pues en la juventud está el placer.
 
La juventud se paseaba aquí
y allá a mi lado. Pero desperté
y vi que no era así, que ella no estaba,
pues en la juventud está el placer.
 
Desde entonces, mi corazón se empeña
en la esperanza de volverla a ver,
pues ella es su alegría y su deleite,
pues en la juventud está el placer.
 
(Moro saca a escena a su hija Margaret.)
 
MARGARET.—(Titubea, no sabe qué decir; luego recita.)
Vejez áspera y juventud
No pueden ir unidas
La juventud es regocijo
La vejez cuidados
La juventud es el estío matinal
La vejez noches de insomnio
La juventud es ágil
La vejez coja
La juventud impetuosa, la vejez, sumisa
 
(Hay un breve silencio y luego Moro y el Historiador vuelven a cantar juntos la última estrofa de su canción. Un aplauso de los espectadores.)
 
MORO.—Muchas gracias. Me avisan que ya está la cena así que vayamos a disfrutar de ella y luego volveremos a la obra que por la ausencia de un actor y mi presencia —que no ayudó— se ha visto entorpecida.
 
Salen alegremente de escena, y rumbo al comedor, Erasmo, Lady Moro, Surrey, el Alcalde y la Alcaldesa. Moro va a salir el último, pero mientras lo hace Erasmo le devuelve el papel que le entregó antes de la función y decide, finalmente, abrirlo. Su lectura le detiene en el escenario mientras salen los demás: es evidente que la carta le ha conmovido. El Historiador, que iba también a salir, se da cuenta del estado de Moro. Este se sienta en la misma silla donde empezó posando para el pintor. El Historiador se acerca a él, pero no llega a preguntar nada: Moro levanta la mirada, le ve y empieza a hablar por sí mismo.
 
MORO.—Nos divertimos y pensamos que la muerte está lejos, lejos. Pero se oculta en el fondo del corazón. Morimos poco a poco y en un solo momento dejamos de existir, como se apaga una lámpara cuando se acaba el aceite. De modo que nada mata, y sin embargo, a la vez, la muerte existe.
 
Y así, ahora, mientras hablamos, estamos muriendo11. (El Historiador no entiende a qué viene este repentino cambio de humor. Moro muestra el papel.) Supliqué de rodillas ante el Consejo para que salvara la vida de los conjurados del Primero de Mayo; había dado mi palabra de hacerlo. Ahora me comunican que el perdón llegó tarde y que la mayor parte de los cabecillas habían sido ya ejecutados. No se les podrá ya devolver la vida… (Pausa.) Los hombres son perezosos con la salvación de sus almas, pero se vuelven diligentes cuando menos falta hace. (Arroja el papel. Pausa; se levanta, pone una mano en el hombro del Historiador.) Hacemos lo que podemos, amigo mío; hacemos solo lo que podemos.
 
Sale. El Historiador recoge el papel del suelo y lo mira. Oscuro.
 
TERCERA PARTE
UN NOMBRE ES SUFICIENTE
 
El Historiador aparece ante la imagen de Enrique VIII.
 
HISTORIADOR.—Este es Enrique VIII. Enrique es hombre de apetitos desmesurados, e implacable en el ejercicio del poder, pero no esa grotesca caricatura en la que las ficciones cinematográficas le han convertido. Le apasionan los deportes y la música. Lee y escribe en varios idiomas, pasa horas consultando manuscritos en su biblioteca y se preocupa por las artes. También, y aunque nos parezca insólito, es un hombre profundamente religioso. La sucesión de esposas que entran y salen de su lecho no es solo el caprichoso producto de sus pasiones: Enrique está obsesionado por darle a Inglaterra un legítimo heredero varón. Y esto se debe a que él mismo es el hijo de un usurpador: al fin y al cabo, la dinastía de los Tudor, que incluso se avergüenza de su propio apellido porque es el de un hombre humilde, solo lleva cincuenta años en el trono, impuesta por la fuerza durante la Guerra de las Dos Rosas. En su persecución de la legitimidad, Enrique está dispuesto a llevarse por delante el equilibrio de Europa…
 
En el jardín de la casa de Moro. Lady Moro está sentada dormida. Junto a ella, su hija Margaret, leyendo. Lady Moro despierta de pronto, como de una pesadilla.
 
MARGARET.—Madre, ¿qué os pasa que se os ve tan triste?
 
LADY MORO.—No lo sé, la verdad, no estoy enferma,
pero tampoco bien. Querría estar alegre,
pero hay algo que pesa mucho en mi corazón
y me hace suspirar. Tú, que sabes de todo,
dime, ¿puede uno dar crédito a sus sueños?
 
MARGARET.—¿Por qué lo preguntáis, madre?
 
LADY MORO.—He tenido el más extraño sueño
que haya jamás turbado mi descanso.
Parecía de noche,
y los reyes bajaban por el Támesis
en barcas, escuchando música. Milord y yo
en una barquichuela íbamos —¡Ay,
¡qué cosas tan extrañas habitan en los sueños!—.
Y estando cerca, nos abarloamos
a la barcaza que llevaba al rey,
pero, tras consumirse aquellas voces melodiosas
en esa casa musical que se movía,
la corriente, con gran violencia, nos soltó
de la flota dorada, y nos llevaba
hasta el Puente. Con inusual horror,
pasamos bajo él con la pleamar
y desde allí, como a un tiro de flecha,
nos llevaron las olas, y entonces nuestra barca se paró
justo frente a la Torre, y giraba y giraba,
como si de las aguas tirase un remolino
hacia dentro. Gritábamos ambos, me pareció,
hasta que nos hundimos, y abrazados moríamos.
 
MARGARET.—Madre querida, no hagáis caso
de los sueños sin fondo. No son sino ligeras ilusiones de la sangre.
 
LADY MORO.—No, no me engañes, que todos no lo son.
A veces son los sueños verdaderos augures,
ya del bien, ya del mal. No puedo estar tranquila
hasta saber cómo se encuentra mi señor.
 
Margaret mira al Historiador, que permanece a respetuosa distancia. Acaricia la mano de su madre, se levanta, y se acerca al Historiador.
 
MARGARET.—(Al Historiador, en voz baja para que no escuche la madre.)
No quiero asustar a mi madre interpretando
las razones de un sueño; pero créeme que
toda la noche estuve inquieta por mi padre
sin saber bien por qué.
Sí, también yo, entre sueños,
lo vi en la iglesia de Chelsea,
de pie en la galería ahora demolida.
Cuando se arrodilló, la imagen
cayó con él al coro; allí yacían.
Y vi a mi padre todo ensangrentado.
Nuestros sueños coinciden
en una conclusión. Fatal, me temo…
 
LADY MORO.—¿Qué es lo que habláis? Os ruego que me dejéis oírlo.
 
MARGARET.—(Haciendo una seña al Historiador para que calle.)
No es nada, buena madre.
 
LADY MORO.—Siempre actuáis así: no debo saber nada.
Llamad a algún criado y que corra a la corte a buscar a mi marido.
No quedaré tranquila
si no reclino sobre su pecho el corazón…
 
Salen las dos mujeres. Cambia el espacio: estamos en el gabinete del Consejo del Rey. Están entrando en escena, por separado, Shrewsbury, Surrey y el Obispo de Rochester. En el momento de entrar entregan sus sombreros y capas al Historiador, tomándole por un criado.
 
SURREY.—¡Buen día a milord de Shrewsbury!
 
SHREWSBURY.—Lo mismo al honorable conde de Surrey. ¡Ahí llega milord, el obispo de Rochester!
 
OBISPO DE ROCHESTER.—¡Buenos días, mis buenos señores!
 
SHREWSBURY.—Son más de las ocho. Me extraña que milord el canciller
 
se retrase, teniendo tanto asunto de importancia a la espera de minucioso examen.
 
SURREY.—Habrá que informar al señor canciller de que los otros señores le esperamos aquí.
 
OBISPO DE ROCHESTER.—¡No será necesario, que aquí llega su señoría!
 
Entra Tomás Moro.
 
MORO.—Buen día a la magnífica asamblea. Sentémonos, señores. Y ahora, ¿qué asuntos hay?
 
SHREWSBURY.—(Tendiéndole un documento.) Este, mi buen señor:
el del Emperador, al que pagamos
para que luche contra el pérfido francés.
 
SURREY.—Señores, siendo la costumbre
que hable primero el joven12, perdonadme
si juvenilmente hablo en este caso.
Cierto que ahora Francia tiene toda su fuerza,
pues ha recobrado la pálida sangre
que derramó en la guerra;
y también reconozco que las fuerzas
inglesas unidas a las armas
de Alemania pudieran ganar antes
el galardón de la conquista.
Pero, señores, recordad aquella fábula
sobre la cacería entre el león
y otras bestias: la fuerza finalmente
se quedó con la parte del botín de los débiles.
Así el Emperador, si él llevase los términos
de nuestra relación al juicio de la guerra,
juzgaría la espada; y nuestra sangre
lamentaría el pacto en lágrimas privadas.
 
SHREWSBURY.—Temerse lo peor es el escudo
del sabio, pero el mundo sabe que es el Emperador
un hombre de fe real. Su amor a nuestro
soberano le hace bajar del trono para andar
bajo nuestra bandera y con la cruz
como orden venerable sobre el pecho.
Sirviendo así, no es dueño de sí mismo.
Es como el coronel que manda sobre otros
y a su vez obedece al general.
 
OBISPO DE ROCHESTER.—Pero, señor…
 
SHREWSBURY.—¡Dejadme concluir!
Como los súbditos no aspiran al botín de su legítimo rey,
sino al mérito que del monarca adorna al súbdito leal,
así el emperador, en amistosa liga con nosotros,
no ensuciará su honor expoliando la parte del botín de Inglaterra.
 
MORO.—Estoy seguro de que esta aventura será muy honorable y ventajosa.
Se ha dicho que los buenos capitanes
quieren soldados ricos, que luchen por sus vidas
y bienes. Y es el caso del buen Emperador.
Quisiera Dios que hubiese diez mil hombres
tan poderosos. Cualquier guerra
con el botín de las ciudades y las cortes
se pagaría sola. Por lo tanto,
por no perder en Francia, que a las águilas
del Imperio acompañen nuestras cruces inglesas.
 
El Historiador, que ha observado la reunión en silencio, se vuelve al público. Detrás, los miembros del Consejo siguen hablando de sus cosas, aunque ahora ya no les escuchamos.
 
HISTORIADOR.—Los tediosos asuntos del gobierno no nos conciernen ahora y podemos dejarlos para mejor ocasión. Lo que sí nos importa es que va a entrar en el orden del día un documento cuya aprobación debía haberse aceptado de forma rutinaria y que, sin embargo, provocará un terremoto en la paz de Inglaterra y de Europa entera. (Saca de los bolsillos un papel13 .) Es lo que se conoce como el Acta de Supremacía, por el cual Enrique se convierte en (lee🙂 «Suprema y Única Cabeza de la Iglesia en Inglaterra». En la práctica, este papel aparentemente inofensivo establece el cisma con la autoridad del Papa romano. En realidad se trata del expeditivo método que Enrique ha encontrado para poder separarse de su esposa
Catalina de Aragón y casarse con Ana Bolena. (Se vuelve hacia los miembros
del Consejo y pone el documento sobre la mesa.)
Su majestad, señores, envía estos artículos;
primero, para que se lean; luego,
para que se suscriban. (Con gran reverencia.) Yo los traigo
con el hondo respeto que este lugar merece.
 
Moro es el primero en leer el texto. Permanece un instante en silencio y a continuación se lo pasa a Rochester.
 
MORO.—Antes de suscribirlos, nuestra conciencia parlamentará con la ley. Milord de Rochester, estudiad el papel.
 
OBISPO DE ROCHESTER.—(Tras echarle un vistazo; escandalizado.)
¿Suscribirlos? Mi buen señor,
rogad al rey que me perdone.
Mientras mi mano fuese firmando, el corazón
la iría reprendiendo. Al suscribirlos, yo sería un hipócrita.
 
Pasa el documento a los otros miembros del Consejo.
 
HISTORIADOR.—Entonces, ¿os negáis, milord?
 
OBISPO DE ROCHESTER.—¡Me niego!
 
HISTORIADOR.—Os recuerdo que eso supone presentaros de inmediato ante su majestad. Tendréis que responder de desacato capital.
 
OBISPO DE ROCHESTER.—(Tras un breve silencio.)
Pues si es así, daré mi corazón en lugar de mi firma.
Aquí, en este pecho,
vive un alma que aspira a otras cosas más altas
que agradar por un tiempo a reyes terrenales.
(Se levanta.) Dios bendiga a su alteza, de todo corazón.
Nos volveremos a encontrar un día, aunque ahora nos despidamos.
 
SURREY.—(Al obispo.) No dudamos de vuestra prudencia al discernir
lo que es mejor, mas con amor y celo
quisiéramos que fuese de otro modo.
 
SHREWSBURY.—(Igual.) Sin duda, padre, estando solo
sopesaréis mucho mejor el caso, y gozaréis de nuevo del gran favor real.
 
OBISPO DE ROCHESTER.—(Sonríe al escuchar estas palabras.)
Será lo que Dios quiera. Retirado
de las causas mundanas veré más
en mi interior que estando en una libertad soberbia.
La Torre y yo hablaremos en privado
de lo que, estando libre, podría confundirme.
Pero soy una carga para sus señorías,
les entretengo más de lo que debo.
(Al Historiador.) Señor, ahora estoy a vuestro cargo;
y, aunque guardáis mi cuerpo, mi amor sigue
siendo para mi rey, mientras Dios me permita vivir.
 
SURREY.—Adiós, milord de Rochester. Rezamos
por vuestra libertad, y para ella
trabajaremos todo lo posible.
 
SHREWSBURY.—Estad seguro de ello.
 
Rochester sale. El Historiador se vuelve a Moro, que no ha dicho ni palabra.
 
HISTORIADOR.—(A Moro.) Y a vuestra señoría, ¿placerá suscribir?
 
MORO.—(Duda.) Señor, decid al rey que ruego
algo de tiempo para sopesar este asunto.
Mientras tanto, renuncio a mi cargo,
que pongo en manos de mi soberano.
 
HISTORIADOR.—Entonces, milord, escuchad esta orden preparada por el rey: Al negaros, debéis marcharos enseguida a vuestra casa en Chelsea, hasta saber la voluntad de nuestro soberano.
 
Moro contempla al Historiador en silencio. Luego mira en torno suyo: Surrey y Shrewsbury agachan la mirada y firman. Moro se levanta al fin de la mesa.
 
MORO.—¡Sea! Me voy contento. Y si me visitáis,
señores, pescaremos, y con una ingeniosa red,
no de las débiles, cogeremos solamente a los grandes.
(Deja su medallón sobre la mesa.)
Adiós, mis nobles señores. Esto es todo: buen día al sol; para mi estado, buenas noches.
 
Sale. Surrey y Shrewsbury, solos, se miran algo abochornados y sin estar demasiado seguros de lo que acaba de pasar.
 
SURREY.—¡Rochester a la Torre!
 
SHREWSBURY.—Y Moro expulsado de la corte…
 
SURREY.—¡Acudamos a donde el soberano!
Es raro que milord el canciller se niegue
a su deber de súbdito, según manda la ley
de Dios.
 
SHREWSBURY.—Vayamos enseguida. Moro, sin duda,
ha de cambiar de idea, y el obispo también.
El error en cabezas formadas daña mucho…
 
(Cambio de luz. Moro, en escena, solo🙂
MORO.—Mi propósito no es censurar el acta ni a quien la haya escrito, ni a quien haya jurado sobre ella, ni condenar la conciencia de ningún otro hombre; pero, por lo que a mí se refiere, de buena gana os digo: Tanto se conmueve mi conciencia por esta cuestión que aunque no me negaré a acatar la sucesión, no puedo hacer el juramento que aquí se me ofrece sin poner mi alma en peligro de eterna condena.
 
Margaret entra en escena, sola. Pasea, leyendo, por el jardín ante la casa de los Moro. Entra sir Tomás Moro, que se detiene contemplando con orgullo a su hija. Al principio ella no le ve.
 
MARGARET.—(Lee.) «En Utopía todo hombre es un hábil abogado, pues tienen muy pocas leyes y cuanto más clara y general es una interpretación, la aceptan como más justa. Pues todas las leyes, dicen, se hacen y publican con un único propósito: que a través de ellas se recuerde a cada cual sus deberes14».
 
Moro ríe, abiertamente. Entonces Margaret se vuelve y repara en su presencia.
 
MARGARET.—¡Padre!
 
Deja caer el libro, corre a su lado y se abrazan con cariño.
 
MORO.—(Muy emocionado.)
Igual que danzan los marineros, en la plácida orilla
tras la terrible tempestad, yo
—¡oh, podría hablar como un poeta ahora!—,
ante Dios, hoy me siento tan ligero…
 
Moro besa a su hija en la frente, se separan; recoge el libro del suelo.
 
MORO.—(Sonriendo.) Así acaban las obras de la vanidad: por los suelos…
(Entra Lady Moro. Ambos esposos se miran con emoción.)
¡Esposa, dadme una amable bienvenida!
 
Lady Moro corre a su lado y se abrazan también. Durante un momento son incapaces de formular palabra alguna. Luego él se separa de ella apenas lo suficiente para mirarla a los ojos; con ternura:
 
MORO.—Tú solías quejarte
cuando yo te besaba sin afeitarme bien,
pero me acaban de cortar,
me han dado un perfecto apurado
y al estilo que se lleva en la corte, a fe mía que sí.
¡Dios os bendiga a ambas!
 
MARGARET.—¡Vuestro honor sea bienvenido a casa!
 
MORO.—¿Honor? (Se separa de ellas, pasea, nervioso.)
¡Ja, ja, ja! Y ¿cómo te va, esposa?
 
MARGARET.—Padre, te portas extrañamente.
 
LADY MORO.—¿Milord, no quiere entrar en casa?
 
MORO.—¿Milord? No, no, todo eso se acabó. Pisábamos terreno movedizo.
 
LADY MORO.—(Mira a su hija, que tampoco entiende nada.)
Ay, ¿cuándo dejará vuestro honor el humor!
No os favorece, por mi fe.
 
MORO.—Oh buena esposa, el honor y el humor se han hecho ambos de humo. El más alegre consejero ha muerto.
 
LADY MORO.—¿Y quién era, milord?
 
MORO.—Era el lord canciller, esposa.
 
LADY MORO.—¡Vos!
 
MORO.—Sí, he cambiado de vida. ¿No estoy ya 
más delgado que antes? Ya no hay grasa. Mi único título es apenas «Moro». Con un nombre es suficiente, y viviré tranquilo. Por reunir muchos nombres no se vive mejor. (Pausa; abandonando el tono cómico.) He dimitido.
 
Hay un silencio entre madre e hija.
 
LADY MORO.—¡Oh, Dios!
 
MORO.—Vamos, mujer, no echéis las niñas por los ojos. Es voluntad del rey.
 
LADY MORO.—¿En qué le habéis ofendido? MORO.—Bah, dejadlo pasar; ya hablaremos de eso.
 
El rey es médico de mi destino: su mente principesca quisiera devolverme a mi estado.
 
MARGARET.—Pues sed paciente suyo, padre. MORO.—Hija mía, estad alegres, que todos estén alegres. Sonreísteis cuando nos levantaron; no lloréis mi caída. (Mira la luz del atardecer.). Alegrémonos como se hace entre amigos, ya que los días dulces se acaban de repente. La antorcha de la gloria se porta con triunfo, pero a veces se apaga a mediodía, para chanza del pueblo.
 
(A su esposa, ayudándole a sentarse sobre la hierba.)
 
¡Mi señora, sentaos en un asiento humilde, como exige este tiempo! Descanse vuestro buen corazón en la tierra, la tierra, techo de las sepulturas. Ya ves que el suelo de la grandeza es desigual, pero tan cerca están del cielo
 
el taburete como el trono. (A Margaret.) Ahora, hija, tú que creces como una rama y das la mejor sombra al hogar familiar, no estés tan triste. Tu esperanza vive pues la virtud engendra a la nobleza y es ella la que hace al mejor heredero.
 
MARGARET.—(Que empieza a entender a su padre.) Tienes razón, padre. (Se sienta, también, en el suelo.)
 
¡Qué felicidad se encuentra en este espacio mínimo! Aquí el cuidado público no espanta al sueño. Aquí el fiero envidioso vestido de librea no presume mientras su fila ocupa, cual peón de ajedrez, junto a reyes y poderosos, que se empinan y sonríen por ver cómo se empeña en empinarse y cómo empeña su fortuna.
 
MORO.—(Sonríe al comprobar que ella le ha comprendido.) Cierto, aquí no hay discordias, ni la impúdica lengua se enrosca en el oído, que se traga hasta el fondo, fijamente, el tornillo de hierro.
 
LADY MORO.—Aquí estamos en paz.
 
MORO.—Pues sigamos en paz, esposa buena. Por fiar de la brújula —¡qué extravagante signo de la navegación han traído los tiempos!— perdimos nuestra ruta.
 
LADY MORO.—¡Y nos han exiliado de la corte!
 
MORO.—Y dale con esa canción, pecado
 
que merece el exilio; mas quien nunca la corte conoció, la corte hace al contento.
 
LADY MORO.—Pero, querido esposo…
 
MORO.—¡No te oiré! El retorcido laberinto de tu extraño discurso no acabará nunca. Pídele a tu lengua que descanse algo, o, créeme, no entenderás ni una palabra nuestra.
 
Dándose cuenta de que ha estado a punto de enfurecerse injustamente con su mujer, Moro le toma de nuevo las manos y se las besa.
 
MARGARET.—(Acariciando las sienes de Moro.) Buen señor, descansad; y recordad que el mundo es una corte de placer fugitivo y toda la creación es la comida que en el buche del tiempo se digiere. Si a esa ruina está sujeto el hombre, ¿cómo podrían sus ropajes evitar su final? Padre, la sangre que habéis dado a estos corazones para nutrir vuestra posteridad late muy firme y, si con alegría nos llevaste a subir, con alegría dejaremos atrás los privilegios.
 
MORO.—Hablaré como Moro melancólico; pues, si el dolor pudiese con sus dardos rasgar mi firme pecho, tendría aquí y ahora causa bastante para despedirme de las inofensivas leyes del regocijo.
 
(Cogiendo entre las manos el rostro de su esposa.)
 
Pobre esposa humillada, que en los últimos tiempos con las más nobles damas alternabas en una compañía angelical como brillante estrella del cielo de la corte, ¿por qué tendrás ahora que sentarte tan bajo como una viuda, y todas tus dulces compañeras perderse de esas nubes que riegan tu belleza y tu valor? Yo te diré por qué. La corte nunca escruta como el cielo la indignación del príncipe, sino que estando frágilmente constituida de una tierra dorada, brilla apenas sobre esos sobre los que brilla el rey, sonríe si él sonríe, se eclipsa si él se eclipsa. Mas siendo ambos mortales —corte y rey—, no sueltes ni una lágrima por las cosas terrenas.
 
Que me perdone Dios en mi hora más triste, ni tú, ni nadie tenéis motivo alguno para llorar mi exilio de la corte. No, ni siquiera la tortura de este cuerpo, si así se le impusiera, pues me veréis honrado con el descanso eterno después de tanto esfuerzo. (Sonríe, pese a todo.) Aunque tal vez el rey se apiade, viendo que la corte es vanidad y que puede perdernos, y nos mande a otra existencia más contemplativa. ¡Oh, qué feliz destierro, cuando gracias a él, el alma se hace santa!
 
LADY MORO.—Oh, pero temo algún plan contra vuestra vida. Y vuestros hijos… (Rompe a llorar.)
 
MORO.—Tienen mentes formadas para empezar de nuevo. (A Margaret.) Y aunque perdáis la tierra, mantened vuestras almas, y encontraréis entonces una herencia en el cielo. Yo todo cuanto quepa entre mis pocos medios, haré por ayudaros.
 
(La emoción está a punto de impedirle hablar.)
 
¡Sabe Dios que Moro ama a los suyos más que bien! (Vuelve a abrazar a ambas.) ¡Ojalá me dejasen vivir aquí, alejado de la mirada de los grandes!
 
El Historiador se aparta de ellos, como presa de un súbito pudor ante la intimidad de la escena. Durante un momento también a él le faltan las palabras. Luego tras mirar hacia el público, vuelve a acercarse a los Moro.
 
HISTORIADOR.—Milord, recién llegados al portón, los condes de Surrey y de Shrewsbury, os están esperando.
 
MORO.—Rogad a los señores que vengan aquí.
 
El Historiador sale.
 
LADY MORO.—¡Tengo miedo, oh Dios, tengo miedo!
 
MORO.—¿Qué deberíais temer, tierna mujer? Son como moscas doradas en anzuelos de plomo…
 
Entran los condes de Surrey y Shrewsbury. Se muestran claramente incómodos. Detrás, el Historiador.
 
SHREWSBURY.—Buen día, sir Tomás.
 
SURREY.—(A lady Moro.) Buen día, señora.
 
MORO.—(Con su cordialidad de siempre.) Bienvenidos, milores. ¿Qué os pasa, que se os ve tan melancólicos?
 
Ah, ya sé, que vivís en la corte, y la dieta de la corte solo es amiga de los médicos.
 
SURREY.—Oh sir Tomás,nuestras palabras son las del rey, y nuestro aspecto triste es el interés por vuestro amor. Nos manda nuestro amable monarca, para exigir de nuevo que firméis los artículos que envió el otro día. Más si otra vez ahora os negáis a firmar, vendrá algo más estricto.
 
LADY MORO.—Oh, mi querido esposo…
 
MARGARET.—¡Padre!
 
MORO.—Ved, señores, cómo se alzan mi compañera y esta hija de mi carne en contra de mi conciencia. Entiendo, señores, que si me niego, ¿debo ir a la Torre?
 
SHREWSBURY.—Sí. Hemos venido prestos a arrestaros por alta traición.
 
LADY MORO.—¡Oh Dios, oh Dios!
 
SHREWSBURY.—Milord, sed breve, no tenemos más que una hora.
 
MORO.—¿Una hora? Bien. Pronto la campana, trueno en la tierra, ha de doblar por mí.
 
LADY MORO.—(Se arrodilla ante Moro.) ¡Si no es en mí, querido amante esposo, pensad en vuestras hijos!
 
MORO.—(Con suma gentileza, ayudando a su mujer a levantarse.) Esposa, levantaos.
 
(Pausa, que se hace eterna.)
 
Ya lo he pensado, y satisfaré la voluntad del rey.
 
Shrewsbury, entendiendo incorrectamente la frase, cruza una mirada de alegría con Surrey y tiende la mano al Historiador, que le alcanza el documento. Lady Moro y Margaret se miran con esperanza.
 
SHREWSBURY.—¡Vamos, suscribid pronto, entonces!
 
SURREY.—¡Cuánto me alegro de esta hermosa conversión!
 
Moro mira el Acta, pero sin tocarla.
 
MORO.—Perdonad: me he explicado mal. Firmaré, pero para entrar en la Torre, con total sumisión; y así sumar mis huesos a los cimientos del palacio de Julio César. Ya satisfaré a su alteza incluso con mi sangre. (A Shrewsbury.) No abusaré de vuestra paciencia.
 
SHREWSBURY.—(Tras cruzar una mirada con Surrey.) Tomás Moro, lord canciller de Inglaterra, os detengo por alta traición en nombre del rey.
 
MORO.—Muchas gracias, amigo. Acudo a una gran cárcel a librarme de este luchar de mi conciencia con mi vida más débil. (A lady Moro.) Mujer, no estropeéis vuestro rostro sereno. Sed prudente. El esposo de la viuda de Moro deberá levantaros. (A Margaret, que también está llorando.) Hija, paciencia.
 
Va a salir, flanqueado por Shrewsbury y Surrey. De pronto se detiene, se lleva una mano a los ojos.
 
MORO.—¿Qué es esto, qué es esto? Mis ojos se despiden casi con una lágrima. (A los suyos:) Acompañad mi camino rezando: por el agua voy a la cárcel, por el aire hacia el cielo.
 
Salen. Margaret acompaña fuera a su madre, y el Historiador queda solo en escena.
 
HISTORIADOR.—No os relataremos las sesiones del juicio, lentas, prolijas, repletas de tecnicismos legales y de retórica equívoca: Moro conoce su oficio y se defiende como gato panza arriba, con el convencimiento arrebatado de quien sabe que la razón le acompaña. Lo que nos interesa, lo que nos fascina, es la inmediata reacción de los ciudadanos a esta detención. Las barcas se amontonan a lo largo del Támesis para ver llegar hasta la Torre a un lord canciller amado por el pueblo.
 
Han entrado en escena varios londinenses, que se paran a hablar junto al Historiador. Miran en lontananza, como si estuvieran apoyados en la barandilla de un puente y contemplando el otro lado del río.
 
CIUDADANO 1.—¡Caballero más sabio y virtuoso no nació en Inglaterra!
 
CIUDADANO 2.—Ni más sabio, ni más alegre, ni más honesto. Lo sé por mí mismo.
 
CIUDADANO 3.—Cuando le llegue el momento, lo enterrarán los pobres entre lágrimas. Jamás se oyó de nadie tan llorado en general por todos.
 
CIUDADANO 2.—Dicen que su esposa encontró en su estudio un escrito donde él puso, por orden de lugar y función en la casa, una lista con todos sus sirvientes. Y así a cada uno, sin distinción de rango, ni de más ni de menos, ha legado sin cargas veinte nobles
 
CIUDADANO 1.—Era un señor demasiado bueno para nosotros, y por eso, me temo, Dios mismo se lo llevará…
 
Un fantasma, en el que reconocemos a Doll, se acerca a los conversadores y se sitúa junto a ellos, en el puente.
 
DOLL.—Hace años, después del Día Funesto, el lord canciller prometió conseguir el perdón del rey para los cabecillas de la rebelión, pero ese perdón llegó tarde y algunos de ellos fuimos ejecutados. Cuando esto sucedió pensé que Moro nos había abandonado y lo aborrecí. (Pausa.) Pero luego, en estos largos años, le he visto cumplir como canciller, y como que Dios es mi juez, si puedo decir lo que pienso, creo que no existe caballero más inofensivo en el mundo universal. A las puertas de la Torre, se dijo a sí mismo: «Prisión hermosa, bienvenida. Dios es igual de fuerte dentro que fuera». Creedme: los hombres culpables no hablan de ese modo…
 
Salen. Cambia la luz. Volvemos a la celda de la Torre tal y como la vimos en el prólogo. Moro, sentado a su mesa, escribe.
 
HISTORIADOR.—Y ahora estamos otra vez en el principio, que es, además, el final: la madrugada del 6 de julio de 1535. Moro, redacta sus últimas palabras. (Llama con los nudillos a la puerta, como en el prólogo; Moro levanta la vista de sus papeles y le mira.)
 
MORO.—La parte de poeta que me fue concedida me volvió manirroto; a todos este mal nos aqueja: jamás ahorró un poeta, ni lo hará… (Pausa; acaba de tener un deja vu.) Pero vos y yo, señor teniente, ya habíamos hablado de esto, ¿no?
 
HISTORIADOR.—Noble Moro: Vuestra esposa, milord, y vuestra hija Margaret.
 
Entran ambas por la puerta. Moro se pone en pie, recibe a ambas con abrazos.
 
MORO.—Bienvenidas, bienvenidas, esposa e hija. ¿Por qué lloráis? ¿Porque vivo tranquilo? ¿No me veíais, cuando canciller, siempre agobiado por peticionarios? No podía dormir ni comer ni cenar en paz. Aquí no hay nada de eso. Aquí puedo sentarme a hablar con mi guardián durante medio día. Reíd, y estad alegres. ¿Por qué habéis de llorar?
 
MARGARET.—Si fuesen por el largo cautiverio, las lágrimas se habrían ya secado en el consuelo de que, aunque preso, aún estabais vivo.
 
MORO.—Vivir en una cárcel, ¿es vivir? El rey —se lo agradezco— me quiere más que eso. Mañana seré libre de ir donde me plazca (Cruza una mirada con el Historiador.) siempre después de despachar un trámite.
 
LADY MORO.—Ah, esposo, esposo, os resignáis.
 
MARGARET.—Siempre el mundo, milord, os tuvo por prudente. No sería un descrédito para vuestra prudencia ceder a la opinión potente del estado.
 
MORO.—No así, niña. A fe mía que mi señor el rey me ha encomendado otro pequeño asunto.
 
MARGARET.—Su majestad, si mansamente os sometéis bajo su gracia, dicen, os volvería a recibir y con el mismo crédito que antes.
 
MORO.—Muchacha, guarda siempre tu modestia. La modestia es vestido tan favorecedor que no pasa de moda, y sienta tan bien a la mujer humilde como a la emperatriz. Nada que el oro pueda comprar es la mitad de rico ni hay adorno que igual os favorezca. Vivid todos y amaos mucho y así daréis a vuestro padre el mejor funeral. Dulce esposa, buenas noches, buenas noches. Que nos envíe Dios su luz eterna. Tengo que ir a hablar con Dios, que ahora me llama.
 
LADY MORO.—Creo que nunca antes se habían despedido más tristes corazones en la Torre.
 
Salen las dos y Moro vuelve a quedarse solo con el Historiador. Las fuerzas están a punto de fallarle. El Historiador intenta ayudarle a sentarse, pero Moro se recompone y rechaza su ayuda. Va hasta la ventana de la Torre y mira hacia fuera.
 
MORO.—Aquel es el lugar… Es un buen patíbulo. Ya veis, el rey va a elevarme muy alto, pero no me he vuelto orgulloso; cuanto más arriba, mejor veré a los amigos que me rodean. A fe, que me parece la escalera débil. (Volviéndose al Historiador.) Os ruego, buen amigo, que, cuando llegue el momento, me echéis una mano para ascender. Para bajar, podréis dejarme solo, que ya me apañaré. (Pausa.) Creo que voy a dormir allí profundamente.
 
HISTORIADOR.—Milord Moro, ¿queréis confesar alguna cosa antes de la ejecución?
 
MORO.—Confieso que su majestad siempre ha sido bueno conmigo, y por haber ofendido a su alteza he pasado de abogado de la Corona a actor es-cénico —aunque soy viejo y tengo mala voz— para representar esta última escena de mi tragedia. Le enviaré, por mi ofensa, una cabeza reverente. (Pausa.) Es costumbre entregar al guardián de la Torre las propias pertenencias. El portero se quedó mi gorro y mi manto. Quedaos vos lo que más os plazca de cuanto pueda restar aquí.
 
El Historiador mira la mesa de Moro, sobre la que hay varios libros. Elige uno de ellos, lo muestra.
 
HISTORIADOR.—Con el permiso de Milord, conservaré este ejemplar de Utopía.
 
MORO.—Bien está que se quede aquí ese lugar que no es ninguno. De todos modos me consuelo con la meditación de que los reinos de verdad tampoco son mucho más duraderos…15.
 
Se escuchan las campanadas del amanecer. Moro y el Historiador se miran por última vez.
 
MORO.—Adiós, amigo. Finalmente saldré de la Torre. Hay algo en mí que subirá, llevándose lo que es mejor más allá de la vista de mis débiles ojos. Y pese a toda vigilancia, me escaparé volando para el cielo. Nos iremos suspirando; y luego, a descansar. Aquí abandona Moro la risa. Y con razón: el loco, con su frágil vida de carne, muere. Que ningún ojo eche una triste lágrima. Nuestro nacer al cielo tiene que ser así: vacío de temor.
 
Sale hacia el cadalso. El Historiador queda solo, abre su libro y se sienta a leerlo. Escuchamos la voz de Moro:
 
MORO.—(Off.) «Aunque la opiniones malignas y las convicciones perversas no puedan ser plena y completamente arrancadas de sus corazones, si no podéis remediar como quisierais los vicios que la costumbre ha ratificado, a pesar de ello no debéis abandonar el barco en una tempestad. No es posible que todas las cosas estén bien a menos que todos los hombres sean buenos».
 
Oscuro. Fin. �
 
NOTAS
1 Sic. Obviamente quiere decir ergo.
 
2 Esta última frase es de una carta a su esposa: E. E. Reynolds, pp. 194.
 
3 Como bien advierte la traducción de Rice Derqui y García-Máiquez, hay dos Surreys en esta obra: el primero, a quien ya hemos visto, es el padre, importante político. El segundo, que ahora aparecerá, es el hijo, joven poeta. Sin embargo, y como también explican los traductores, hay una cierta licencia poética que acaba confundiendo a ambos, lo cual he aprovechado para comprimir sin dudas a los dos personajes en uno solo de cara al reparto.
 
4 En relación con la nota 3: estas frases distinguen claramente al hijo del padre, que ya forma parte de la «cosa pública». Pero si se mantienen como dichas por un mismo individuo, y teniendo en cuenta que hemos comprobado que la sutileza no es el fuerte de Surrey (padre), adquieren un cierto sentido del humor.
 
5 Lo que hacen los reyes alaban los cantos heroicos.
 
6 Donde quiera que reina el luteranismo, allí se produce la muerte de las letras. Adagio atribuido a Erasmo.
 
7 Las malas conversaciones corrompen las malas costumbres. Vulgata, 1, Cor. 15,33.
 
8 En el mucho hablar no faltará pecado. También de la Vulgata, Prov. 10,19.
 
9 No debe castigarse con facilidad un ligero desliz de la lengua.
 
10 Una palabra dicha a tiempo es como manzana de oro en cesto de plata.
 
11 Del epigrama n.º 75.
 
12 Una vez más, la mezcla entre ambos Surrey. Como hemos aclarado antes, en nuestra versión los dos personajes son uno solo.
 
13 La repetición de esta clave (la presencia de los papeles) a lo largo de la obra es voluntaria, y no producto de la causalidad o de la pereza: en la primera parte está el documento escrito por los revolucionarios del Día Funesto. En la segunda, la comunicación del retraso en el perdón de los reos. En esta tercera, el texto del rey. El Historiador esgrime los documentos ante el público, los toca con sus propias manos, incluso llega, como en este caso, a suministrarlos él mismo, constituyendo con esta acción una metáfora dramática de la forma en que construimos la Historia: a partir de los viejos legajos.
 
14 Utopía, De los esclavos, enfermos, matrimonio y otras materias, 89-91.
 
15 Santo Tomás Moro, E. E. Reynolds, pp. 171. 

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