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La literatura – escribe Valentí Puig en lo que va de siglo – puede representar sentido, memoria, belleza, una ilusión de tiempo, un modo de conocimiento, una pasión por la experiencia y, a la vez, una crítica de la vida, en invierno y en verano. En estas palabras del escritor mallorquín se resume buena parte de la arquitectura espiritual de Occidente: el sustrato cultural que aglutina el pasado con el futuro, la ejemplaridad con el resorte ético. Enfrente, el manierismo de las corrientes críticas, el sofisma postmoderno que niega a lo real cualquier rescoldo de verdad. Precisamente porque hay sentido y porque hay memoria y belleza, cabe confiar en una tradición constructiva que delimita el horizonte del hombre y le concede una posibilidad de futuro. Dicho de otro modo: la literatura se sostiene sobre la espesura moral de la vida. De ahí la primacía de lo biográfico.

Cabe confiar en una tradición constructiva que delimita el horizonte del hombre y le concede una posibilidad de futuro

En esa tradición que es Europa, los orígenes se cifran en un doble asesinato –cito a George Steiner-: el de Sócrates y Jesús, con el escándalo ético de sus muertes. Ninguno de los dos escribió una sola línea y, sin embargo, sus vidas, recogidas en los diálogos platónicos y en los Evangelios, definen el logos y el ethos de nuestra civilización. Pienso en Sócrates y en Jesús, pero también en el valor sustantivo de lo biográfico como uno de los ejes de la bildung, que así denominan los alemanes el proceso de formación de una persona. Los filósofos de la sospecha – de Nietszche a Freud – han querido ver en la biografía el rostro de la mentira, obviando la esterilidad última de su posición. De forma especular abundan en nuestros días las biografías que husmean los detritos de la vida, como un obsequio a la banalidad de la existencia. La crisis de auctoritas es una de las consecuencias más notables de esta pérdida de la inocencia, al tiempo que se degrada el sentido del bien común. Pero evidentemente no es esa la tendencia a la que me aferro como lector apasionado de biografías, sino a la que ilumina nuestras vidas: al testimonio del horror – en los gulags o en Auschwitz, por ejemplo – o de la pastosa homogeneización social, pero también de la bondad y el coraje de unos hombres que supieron, a pesar de sus imperfecciones, ser fieles a la condición humana.


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Licenciado en Derecho. Columnista, crítico literario y asesor editorial.