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Catedrático de Universidad desde mayo de 1932, a los veintiséis años, el doctor Juan José López Ibor ha sido una de las más destacadas personalidades de la medicina española en la segunda mitad del pasado siglo, con una proyección internacional, ampliamente reconocida, en el campo de la psiquiatría. Numerosos profesores y psiquiatras españoles y no pocos especialistas de otras naciones le llaman «maestro», y con razón, porque lo ha sido. Existen importantes y debatidas materias, como la «angustia» y la naturaleza de las neurosis, en cuyo estudio y tratamiento las investigaciones y escritos de López Ibor constituyen una autoridad ampliamente aceptada.

De todo esto yo, amigo y admirador suyo, universitario también pero del gremio de las Humanidades Clásicas, tengo poco que decir, si bien debo dejar testimonio de que el maestro López Ibor, hombre de vastos intereses culturales, había leído en buenas traducciones y en diversas lenguas a filósofos e historiadores griegos y romanos, y también a grandes de la Edad Media como Dante. Los conocía bastante bien y sabía aducir, sin pedanterías, con sobriedad y en el momento oportuno, una cita o frase en latín.

En los ambientes de pensamiento y universitarios y, en general, en la vida pública española su persona y su obra han ocupado con toda justicia un lugar eminente y han ejercido en no pocos momentos y ocasiones una más que apreciable influencia.

M e agrada haber sido invitado por los López Ibor de ahora a unirme como amigo del maestro con esta obligadamente breve intervención al homenaje que colegas suyos de todo el mundo y sus muchos amigos ofrecen a su memoria en el centenario de su nacimiento. Querría ceñir mis palabras a comentar algunos de sus libros de carácter más general en que se aprenden tantas cosas sobre dos de las grandes cuestiones que fueron objeto de su meditación durante toda su vida: España y los españoles por un lado y «el hombre» por otro. O sea, su «patria» y su antropología. En lo que acerca de ambos asuntos dejó escrito hay lecciones sobre las que deberíamos reflexionar los españoles y los intelectuales que hemos alcanzado este tercer milenio y el siglo XXI.

En los primeros años cuarenta de la pasada centuria, a los jóvenes de entonces que llegábamos a la universidad cargados de ilusiones nos llamó poderosamente la atención un libro que se titulaba Discurso a los universitarios españoles, publicado en Salamanca el año 1938 por el catedrático de Medicina Juan José López Ibor.

España estaba saliendo penosamente y con dificultades del más grave y trágico episodio de su historia en la llamada edad contemporánea. Igual que a principios del XIX tras la Guerra de Independencia frente a los franceses, España había quedado materialmente destrozada y políticamente dividida, con unas heridas que tardarían después casi cuarenta años y dos generaciones en curarse. En el libro de López Ibor, sin embargo, no había ni asignación de culpabilidades ni estériles lamentaciones. Era una lectura estimulante. En sus páginas se ofrecía un análisis histórico y filosófico de lo que había sido la universidad y de lo que esa hora nuestra de entonces exigiría de ella, y lo que había sido y había querido ser «el hombre» en los diversos periodos de la historia universal.[[wysiwyg_imageupload:1610:height=122,width=200]]

El momento español en que escribe López Ibor no debía considerarse malo. Había tantas cosas por hacer que todos los brazos — y las mentes— estaban llamados al trabajo. Era 1938 cuando se publicaba el libro, el final de la guerra civil se adivinaba próximo. El Discurso concluía diciendo, «¡Hombres de la Universidad, que sentís como yo la angustia de esta hora postrera… a la tarea!».

Antes había afirmado que no existía ninguna inferioridad del hombre español con respecto a otros europeos en su capacidad para la ciencia y la investigación. «Complejo de inferioridad» no inferioridad, diría López Ibor desde el titulo de otro de sus libros. Es preciso que la comunidad nacional cobre conciencia de que la «autarquía de la inteligencia» es una necesidad para situar a nuestro país a la altura de su rango histórico, y la hora es propicia para intentarlo. «Cuando la inteligencia se pone al servicio de la vida, la vida le devuelve, con creces, el servicio rendido». Había que superar el «imperativo adánico», de «ganarás tú el pan con el sudor de tu frente», cabalgando sobre «el deber de perfección», que, como dice el autor, se nos predicó en el Nuevo Testamento», porque en la parábola de los talentos no se ensalza al que los conserva sino al que los multiplica.

La Edad Moderna habría conocido, según López Ibor, tres momentos en cuanto al ideal del ser y de las aspiraciones del hombre. Todos ellos han dejado una invitación al análisis del hombre de hoy, para que él incorpore los verdaderos valores que en ellos se alumbraron y superar sus limitaciones, El uomo universale renacentista descubrió la infinitud del mundo, frente a la idea del cosmos limitado de la Antigüedad. También la noción de la relatividad que hay en todo conocimiento, y que se desarrolló a partir de la sustitución por Copérnico del viejo universo geocéntrico por uno heliocéntrico, cuando se hizo ver que los movimientos todos son siempre relativos unos a otros entre sí y sobre todo en relación con el sujeto. Lo que, según Goethe, «dotó al pensamiento de una libertad y grandeza de propósitos hasta entonces desconocida». Y, por último, desde Paracelso, la concepción del hombre como microcosmos. Lo cual se puede leer de dos maneras. Ese microcosmos sería «una especie de autorrevelación de la Naturaleza». Pero también se puede entender que el hombre, que se sabe centro del mundo o que cree serlo, es invitado a convertirse en señor del mundo, pero con señorío de horca y cuchillo, dando lugar a un concepto predatorio del mundo y de la vida. El mundo suyo no es una situación transitoria en medio del devenir de la humanidad, ni un valle de lágrimas, ni un instrumento de perfección de la naturaleza humana caída, como quería el cristianismo. Es un predio que hay que conquistar. Es el hombre fáustico, el del conocer como poder frente al conocer como perfección, que arrastra la pérdida del sentido de las cosas y de la vida. También del saber.

Este hombre fáustico ha dado lugar —y esa es una de las perniciosas derivaciones que de él se generan—, al que López Ibor llama el «hombre leviatánico» de los totalitarismos del siglo XX. Leviatán es el Estado, pero un Estado sin misión. Los hombres conviven bajo él por causa de su fuerza. La verdad es lo que conviene al Estado. La Religión lo que el Estado admite como tal. Lo demás es superstición. Su ética es la de la conveniencia.

Pero no todas las derivaciones del hombre como microcosmos, como he dicho, son así. El tema de nuestro tiempo tal como lo desarrollará López Ibor nos puede llevar por otros derroteros.

Para Ortega el gran tema de nuestro tiempo era la vida o, más precisamente, una ordenación del mundo desde el punto de vista de la vida. López Ibor en Rasgos neuróticos… da un paso adelante: «A través de la pregunta sobre el sentido de la vida el gran tema de nuestro tiempo se ha trasladado al sujeto que la vive». Porque la vida, afirma nuestro doctor que además es médico, «no es la realidad última. Lo que importa de ella no es su naturaleza, sino su sentido, que sólo se puede vislumbrar a partir del sujeto que la vive, es decir, del hombre». El tema de nuestro tiempo es, por tanto, «la búsqueda y explicitación de una antropología».[[wysiwyg_imageupload:1612:height=160,width=200]]

Como científico y como escritor López Ibor se distingue por la claridad de sus ideas y por el equilibrio y la serenidad con que acierta a expresarlas. La gran cuestión de la antropología que él se propone esclarecer viene planteada por la insuficiencia tanto de los monismos unilaterales como de la radical dicotomía de los saberes sobre la concepción del hombre que, desde su origen cartesiano, y por la vía del idealismo alemán, concluye en colocar de un lado a las ciencias de la naturaleza y del otro las del espíritu, las «Geisteswissenschaften». Pero resulta, según López Ibor, que el ser del hombre y, por tanto, la antropología no se dejan insertar en una de las hojas del díptico que formarían las dos especies de ciencias al que, finalmente, dio expresión Dilthey: El hombre es naturaleza y es espíritu. La limitación del cuerpo contrasta con la ilimitación del espíritu. La condición encarnada del hombre no se deja encerrar en un monismo meramente fisiológico o naturalista, ni en un angelismo. El problema del contraste entre esos dos elementos solidarios que constituyen el ser humano postula, concluye López Ibor, el salto a la trascendencia. En todo hombre hay un centro personal, misterioso por inaccesible a una experiencia directa, «a cuyo cargo está la construcción y ejecución del plan de vida».

Otro concepto muy usado en la metodología de la ciencia moderna es el de estructura, que no es simplemente la naturaleza de algo, sino su proyección sobre las otras realidades. En el caso del hombre, la proyección sobre el mundo, sobre las otras estructuras, sobre Dios. Lo más característico de la estructura del hombre es su condición de estructura abierta. El supuesto y la expresión de esta condición sustancial suya es la libertad. Los mecanicismos se detienen en la superficie. Que el hombre sea capaz de interrogarse sobre sí mismo es una prueba de su apertura estructural. Por eso es insuficiente el psicoanálisis, porque para acercarse al enigma de un hombre se precisa una pluralidad de caminos y una actitud más abierta a la voz auténtica de las respuestas.

La vida humana se inscribe en la temporalidad, pero al mismo tiempo la trasciende. En cualquier acto de un hombre está todo él, con su pasado y sus posibilidades futuras. La unidad de la vida humana es su verdad más radical.

La temporalidad implica finitud. La vida es inseparable de la muerte: «La putrefacción se halla implícita en la vida misma». Pero también acompaña a la vida la condición de proyecto, lo cual implica una posibilidad y una voluntad de despliegue de esa vida en el futuro El «uso de la libertad» va configurando el ser. No es que el hombre haga la historia es que él mismo es también historia. Igual ocurre con las vidas colectivas, en las que la experiencia pesa más que la yuxtaposición de los sucesos.

En una consideración puramente biológica la vida dispara una interrogación sobre ella misma. «En un plano cismundano[…] diremos que venimos de la nada y vamos a la nada» y que «la nada se encuentra a cada recodo del camino». Es la gran cuestión de la filosofía, dice López Ibor, desde que Parménides proclamó la radical infecundidad de la nada. Por eso la vida humana implica una apelación a la trascendencia que es la que nos ofrece un sentido que puede aplacar la angustia de la nada, que es la angustia, escondida o implícita, que acecha al hombre moderno. Todo lo cual conduce a la afirmación de la libertad humana y a una postulación científica de la trascendencia. Sin ella es imposible encontrar un sentido a la vida. De la mano de la enfermedad llega el médico López Ibor a conclusiones que concuerdan con las derivadas de la filosofía.

La libertad, con la presencia de las opciones posibles, cierra el paso a los mecanicismos. El misterio del futuro, igual que la oscuridad del sentido de la historia, no se revelan hasta el final, a consecuencia de esa libertad y de la pluralidad de opciones que se ofrecen a la libertad humana, siempre capaz de cambiar de orientación.

Los cauces por los que discurre la aventura humana moderna son la técnica y la ciencia. No son lo mismo ni están en el mismo nivel. La técnica, dice López Ibor, es instrumental e inmediata. El objeto que persigue la ciencia, por el contrario, es mediato y final. La técnica no es buena ni mala, depende del finis operantis, que dicen los moralistas. Pero la técnica actualmente invade la vida con el riesgo de transformar al hombre en objeto técnico dando satisfacción a sus necesidades en un puro juego de bienes de consumo sin finalidad ulterior.[[wysiwyg_imageupload:1613:height=98,width=200]]

El hombre actual busca un saber de salvación. Hay intelectuales que le orientan a la construcción de un paraíso terreno. Otros que conocen la inviabilidad de esa utopía le llevan al final a un nihilismo absoluto. El cristianismo ofrece una salvación extramundana, que a muchos les parece incompatible con la realización del hombre sobre la tierra en los órdenes del saber — ciencia — o del hacer — técnica — o del ser mismo de la vida.

Pero la relación entre ciencia y fe se plantea ahora a los científicos creyentes de una manera distinta a la que podía reinar en el siglo XIX, entre una Ciencia, con mayúscula —absolutizada e intocable—, y una Fe temerosa de descubrir contradicciones entre sus contenidos y las conclusiones de los científicos.

Hoy, «el científico creyente no se preocupa para nada de encontrarse con un límite en la investigación de la verdad» (La aventura, p. 143). Sabe que no tiene que renunciar a las realizaciones intramundanas porque el mundo es suyo como lo es su cuerpo. Su adhesión sobre el planeta (p. 147) es transitoria, pero no inesencial. «Las normas que el científico cristiano descubre por obra de la ciencia son fuentes de comunicación de la verdad como lo es la misma verdad revelada».

La aventura intelectual de la ciencia, de la filosofía, de la literatura, conducen a la gran pregunta sobre el sentido de la vida y el sentido de la historia. La respuesta es la idea cristiana de la persona humana, «un centro capaz de dialogar con un Dios personal». Hay salvación personal, porque la persona tiene —cada una — una existencia propia «entreverada con la existencia histórica de la humanidad, pero independiente de ella». En su fe el cristiano es un contemporáneo de Cristo y en su relación con Él el tiempo y la historia son superados.

Esta es la gran aportación del cristianismo a la formación de Europa. La historia es un destino abierto que el europeo — y a estos efectos los americanos son europeos— puede realizar. La secularización consiste en la sustitución de la esperanza en la otra vida por un imposible y utópico paraíso terrenal. El precio que se paga por esa secularización es la angustia, que puede definirse históricamente como el miedo a la libertad sin la gracia de la trascendencia.

En el pensamiento de López Ibor, el antropólogo científico que acertó a ser al mismo tiempo un sabio cristiano, destacan la coherencia y la ausencia de extrapolaciones. S e ha ocupado de numerosos asuntos: la ciencia y la técnica, Europa y su «leyenda negra», Cristo, San Pablo, grandes escritores y también en ocasiones realizaciones de las artes plásticas. Pero todo ello vertiéndolo sobre la situación contemporánea y sobre la situación permanente del hombre en la vida. En un capítulo de su libro La aventura humana, López Ibor define al intelectual diciendo que es «un testigo de las realizaciones históricas del hombre que sabe expresarlas; pero el valor de su testimonio no está en su sola expresión, sino que implica una fidelidad a los hechos que analiza y a las consecuencias de sus interpretaciones». Estas frases parecen un autorretrato de Juan José López Ibor.

Vuelvo finalmente ahora a España y a lo que López Ibor ha hecho por ella y ha querido para ella. Ya en el libro de 1938, era manifiesto que aspiraba a una modernización de España, que pensaba que había que intentar lograrla sin volver la espalda a la escala de valores histórica del español; que era preciso que éste supiera asimilar «las virtudes y la fuerza del hombre fáustico integrándolas» en ella. Estaba de moda entonces el recientemente aparecido libro de Alexis Carrrel, L’homme, cet inconnu. López Ibor conocía bien a Max Scheler, otro de los filósofos más leídos entonces por los intelectuales españoles. De las tres clases de saberes schelerianos, no quería López Ibor que se quedaran España y sus intelectuales en el de dominio o en el saber culto. Aspiraba al «saber de salvación» del que está dispuesto a perderse por una causa noble. Buen lector de los antiguos —comprendidos los grandes medievales—, encuentra argumentos para ello en la teoría de la perfección de santo Tomás, según la cual el perfeccionamiento de nuestro ser se complementa con la perfección ajena y así se abre paso a una vida superior.[[wysiwyg_imageupload:1614:height=174,width=200]]

Para la universidad y para la vida pública española, exclama López Ibor contra lo que en aquellos tiempos finales de la guerra decían algunos en la llamada España nacional: «¡Nada de vuelta a la Edad Media! A l contrario, siempre proa adelante, en busca de una nueva imagen del hombre» —del hombre español se entiende—, pues «su tarea en este mundo no ha terminado, porque si no estaría terminada su vida».

Durante la guerra civil el joven profesor de Salamanca, trabajó como médico en los hospitales e intervino en la promoción de actividades culturales, como el relanzamiento de la editorial Cultura Española que publicaría su Discurso. Su posición política era bien conocida y clara, aunque no interviniera en las organizaciones que se formaban entonces y se prosiguieron después bajo el régimen de Franco. López Ibor fue siempre monárquico, política y personalmente más que partidario de las libertades públicas y privadas que pregonaba en sus publicaciones. En el Discurso había escrito que en los tiempos que se veían venir los intelectuales españoles no podrán refugiarse en la contemplación especulativa. «Tendrán que salir de cámara a cubierta», como trató de hacer Platón en Sicilia y también de otro modo Pitágoras. Eso, añade, no quiere decir que «el llamado intelectual intervenga en política». «Pero quien quiera que sea, en la posición que esté, se sentirá envuelto en la corriente de su pueblo. Política es la participación vital en el desarrollo histórico de la comunidad. Para nosotros, españoles [esto se escribía en 1938], este imperativo es mayor que para cualesquiera otros».

López Ibor, dedicado a sus enfermos de los hospitales de Madrid y a sus estudios, no volvió nunca las espaldas a las cuestiones generales de presente y de futuro de España. Fue uno de los redactores y primeros firmantes —ya en 1943 — de uno de los más importantes escritos a favor de una restauración monárquica, moderna, liberal y abierta, pero independiente de lo que había sido la guerra civil. Lo cual a él y a otros tres eminentes profesores de distintas facultades de Madrid, les acarreó el confinamiento, bajo control policial, en localidades alejadas de la capital, en diversos rincones de provincias. Luego tampoco fue favorecido por los sucesivos gobiernos e hizo su carrera profesional e intelectual dentro y fuera de España con un prestigio que reconocía todo el mundo, por así decir, a brazo. Fue miembro del consejo privado del conde de Barcelona, y una persona escuchada con afecto y con respeto como consejero político y personal, y como médico, por don Juan y por toda la familia real española. Su carrera profesional le llevó a la presidencia de sociedades médicas internacionales como la Mundial de Psiquiatría, que se honra recordando su memoria. El profesor López Ibor ha sido, sin duda, uno de los grandes arquiatras españoles de su generación, reconocido como tal en su patria y a escala internacional. Para los que como yo tuvimos la fortuna de disfrutar de su magisterio y su amistad, y de la de los suyos, su recuerdo es una vivencia permanente.


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