Compartir:

Se diría que la escritura son variaciones sobre el misterio del Sábado Santo, un silencio que turba y delimita la extensión de nuestra ignorancia. Al leer, roturamos ese misterio en busca de una solidez oculta bajo el velo de las palabras. Pascal Quignard, el más grande escritor europeo de hoy, bucea entre las sílabas como quien se adentra en una fosa que nos acoge –y nos alumbra– en el seno de una ausencia. Leer es reconocer –escribe en sus Pequeños Tratados (Ed. Sexto Piso)– porque, en la lectura, «el lector descubre lo que él mismo es y lo que no es al revivir una vida que no ha vivido». Quignard piensa en el Mundo Antiguo, en el momento seminal de la literatura. Quignard piensa en los hombres callados que rebuscan bajo una tierra baldía las vasijas rotas de un mundo que ha perdido el sentido. Los Pequeños Tratados, como tallas barrocas, zigzaguean en torno a lenguas muertas y vidas marginales, en ocasiones paralelas a las nuestras. «Escribo al oído –dirá–, pero con el oído del silencio» acerca de las cosas innecesarias, de las palabras olvidadas, de los gestos ocultos. Nos cuenta la conversión de Clodoveo y los francos por obra del obispo san Remigio. Nos habla del libro de Li Changyin y del rostro de Sei Shōnagon. Se pregunta por el silencio de san Ambrosio y la vida de Agustín de Hipona; por los tres hijos muertos de Sinesio de Cirene, por el hombre que conoció el final del helenismo. Quignard hace hablar a Cleopatra y a Couperin, a Pascal y a La Tour. El tono es ascético, casi desnudo, pero lo alientael deseo y las sombras perturbadoras del jansenismo. Dice sin decir. «César –escribe–, tras la matanza de sus lugartenientes por los eburones, no se afeitó. Catón de Útica, tras la derrota de su partido en Tapso, no se afeitó. Ni Antonio, tras el fracaso de Módena, ni Augusto, con la noticia del desastre de Varus, se afeitaron». Es una conmoción que nos resulta familiar.

Leer a Quignard supone inaugurar un mundo antiguo que causa estupor por su nihilismo. Podemos apuntar alguno de sus grandes títulos: Las sombras errantes o El odio a la música; novelas como Todas las mañanas del mundo o Villa Amalia y, desde luego, estos dos tomos que conforman sus Pequeños Tratados: textos breves, danzas de la muerte, que elogian el arte de leer. Se trata, en cierto modo, de un ejercicio de idolatría, de una pasión consumada que bordea el delirio. Al inicio del segundo volumen, Quignard describe su ámbito literario del siguiente modo: «Leo a Montaigne; supongo a Montaigne: veo el castillo, las salas, las escaleras, las vigas. Veo el vaso de vino tinto del que decía que no bebía sino una vez concluida la comida. Leo a Virgilio; supongo a Virgilio; supongo a Virgilio: veo la pequeña hacienda cerca de la Volta Mantovana. Veo la orilla del Mincio, los hayucos mezclados con los guijarros, las flautas de sauce. Los libros están locos. Abro “la puerta del libro”. En el libro, el autor se encierra con su lector. Es una escena peligrosa».

En efecto, el mundo de Quignard es un lugar peligroso, del que no se sale incólume. Su inteligencia penetra como una daga en lo más hondo de la conciencia del lector. Su cultura clásica resulta infinita. Su introversión jansenista, extrema. Leerlo equivale a contemplar una naturaleza muerta que ignora la caridad hacia el prójimo. Debemos subrayarlo las veces que sea necesario: Quignard es el gran escritor europeo de nuestros días. El más perturbador e inquietante, desde luego.


Compartir:
Compartir

Licenciado en Derecho. Columnista, crítico literario y asesor editorial.