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Si usted es un aventurero o un aficionado al turismo, quizá le interesaría leer esta breve novela de 1945 de Pierre Bost (1901-1975). En ella aprendería que no resulta imprescindible hacer largas expediciones para vivir excitantes experiencias. Si usted lleva una vida monótona y aburrida, necesita leerla con urgencia. Un domingo en el campo le demostrará que su vida sólo es rutinaria porque usted no sabe contemplarla correctamente. Con una mirada perspicaz, es, en realidad, apasionante.

Pierre Bost: Un domingo en el campoErrata Naturae, 2018. 88 páginas.

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La novela cuenta un día en la vida de Monsieur Ladmiral, retirado pintor que disfrutó de éxito (comercial) y que recibe la consuetudinaria visita dominical de su hijo, su nuera y sus nietos, y la más inesperada de su glamurosa hija. Apenas pasa nada. Pero de que hay mucho más por debajo nos da una prueba que esta narración inspiró la mítica película homónima de Bertrand Tavernier en 1984. Éste fue quien cambió el título, que en la novela original rezaba Monsieur Ladmiral va bientôt morir. La excelente traductora española, Regina López Muñoz, ha decidido atenerse a la bucólica prudencia de Tavernier. Quizá en 1945 podía mentarse a la muerte sin provocar un silencio incómodo. De hecho, esa muerte no pasa de un presentimiento lejano, que tiñe de melancolía y humor unas hermosas páginas, pocas, de la novela, y ya. El domingo y el campo, en cambio, lo llenan todo.

Los laberintos sentimentales de una vida apacible quedan diseccionados con una pluma que es un bisturí que no hace más incisiones que las imprescindibles. El impacto sentimental de la intrascendente discusión sobre si el hijo se quitará o no la chaqueta para comer es un caso magistral. ¡Qué mar de fondo en unas gotas de sudor! O cuando el abuelo cascarrabias (que no quiere que se le note) sufre el conflicto que amplifica la lupa que le piden los nietos y que él se resiste a prestar, pero cómo se niega. O la nuera a la que el té no le gusta y que perdió, por timidez, la ocasión de confesarlo hace años y ya tiene que resignarse y mirar con envidia impotente el zumo de la cuñada más audaz.

Un domingo en el campo no logra sólo retratar la intrahistoria de una familia burguesa. Consigue provocar evocaciones poderosas y profundas. Uno se pregunta (esperanzado) por la razón de la mayor fecundidad narrativa de los artistas medio fracasados, paralela a la de las familias que no son felices del todo. Supongo que retratar la perfección es muy complicado, y que además resulta siempre un tanto inverosímil, aunque pueda ser verídica. Cuánto matiz, en cambio, cabe en cualquier escala de grises.

Los grises de esta novela son gris perla, porque, por encima de todo, está el amor (imperfecto) que se tienen. Y una maravilla que casi pasa desapercibida: el matrimonio del hijo, que desde fuera resulta tan poco atractivo y tan burdamente convencional, encierra un mundo —apenas entrevisto— de compenetración y dulzura.

Lo más exquisito de esta novela late, pues, entrelíneas, así que difícilmente lo retendrán estos recortes. Pero mejor, porque así podré adelantarles unas muestras sólidas de una prosa magistral sin estropearles el placer etéreo de su lectura:

[A medida que el señor Ladmiral envejecía] En menos de diez años este camino se ha alargado diez minutos.
*
[Ahora que viudo ha perdido las exquisitas peleas con su mujer, al discutir con la cocinera:] Se sentía vencido, hasta en las victorias.
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[Sobre los enchufes] Los contactos de veras útiles son los que no necesitan siquiera que movamos hilos; se mueven solos.
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El señor Ladmiral reconocía con sinceridad que nunca había sido un pintor genial. Aquella casi modestia en un hombre que sin embargo se estimaba muy por encima de su valor le había hecho pasar, como ocurre siempre, por un gran modesto, y le había granjeado toda clase de honores, beneficios y orgullo.
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Como todos los ancianos, detestaba que lo trataran como a un anciano.
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Le guardaba rencor a su hijo por hacerse tanto de rogar, y le guardaba rencor por la posibilidad de que, en efecto, se quitara la chaqueta, como un carretero. Y como Gonzague, al final, para no disgustarlo, se la dejaba puesta, el señor Ladmiral le guardaba rencor por que le faltara valor para tener opiniones propias.
*
… esa mirada que los criados reservan a los señores que se retiran a dormir la siesta…
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[Marie-Thérèse, la yerna, tras la siesta] Se calzó los zapatos, que se había quitado para dormir y que ahora tenían una talla menos.
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Puede ocurrir que una mujer guapa sea pobre; muy raro es que lo sea para siempre.
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[El hijo, que no se sentía querido por el padre] al bajar las escaleras de casa de su padre, alterado, trastabillaba en algunos peldaños, como un enamorado rechazado; todas las penas se parecen.
*
Pretendía bromear, estaba hecho trizas, sentía lástima por su hija, no podía hacer nada por ella.
*
—¿Pasó usted un buen domingo, señor Ladmiral? —Excelente —repuso el señor Ladmiral, vivaracho.


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Enrique García-Máiquez (Murcia, 1969). Estudió Derecho en la Universidad Navarra y lo enseña en un instituto de secundaria de Puerto Real. Ha publicado cuatro libros de poesía, el último es “Con el tiempo” (2010), tres dietarios (el más reciente, “Un largo etcétera”, 2017), dos colecciones de sus columnas periodísticas (la última, “Un paso atrás”, 2012), un libro de aforismos, “Palomas y serpientes” (2016) y un brevísimo cuadernillo de haikus, “Alguien distinto” (2005). Tiene en prensa “El burro flautista”, nueva colección de columnas periodísticas. Ha traducido a Mario Quintana, a G. K. Chesterton, en prosa y en verso, y el “Tomás Moro”, de William Shakespeare, nada menos, y de otros. Codirigió la revista literaria “Nadie parecía” y escribe crítica de poesía en diversas revistas especializadas. Mantiene el blog “Rayos y truenos”.