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INTELIGENCIA DE LA FE Y DE LA REALIDAD 

Si la experiencia de vida de cada uno está sujeta a nuestras expectativas, debemos ser concienzudos para definir nuestras esperanzas y ajustar nuestra voluntad y emociones a ellas. Por eso me sorprende una y otra vez la pequeñez del deseo que encarna el hombre en los últimos tiempos. Unos tiempos que gozan del mayor capítulo de libertades jamás protagonizado por el hombre y, sin embargo, las expectativas del proyecto vital encuentran su techo en el materialismo, el positivismo y una subjetividad que no ambiciona verdad. 
 
¿Podemos aspirar a una objetividad ética y ejemplar que armonice en alguna medida la convivencia humana y ensanche el horizonte de nuestras esperanzas? 
 
Lejos de proclamar esta deseada armonía vivimos, estupefactos, un sinfín de acontecimientos que nos permiten afirmar que nuestra sociedad no ha experimentado el «progreso» asociado a las bendiciones de la recién conquistada libertad y autonomía individual. Tal vez el todavía cercano y convulso siglo XX es la oportunidad que nos brinda la historia para reconquistar los tiempos que nos tocan vivir desde una nueva humanidad. 
 
«Suscitar sed de verdad»(2), pedía Benedicto XVI a los doctores universitarios el 19 de agosto de 2011 en El Escorial. Pero despertar esa «sed de verdad» exige comprender al hombre de hoy y hablarle desde sus categorías. Implica una experiencia que trascienda un método y se convierta en un modo de vida posible y ejemplar. 
 
Clive Staples Lewis (1898-1963), un profesor universitario británico que no destacó por sus conocimientos en filosofía o teología, ni por sus habilidades literarias ni poéticas, supo entrar en diálogo con el hombre de su tiempo despertándole unas preguntas que trascendían los límites de la razón y asumían la más obvia contingencia y limitación del hombre: «To ‘see through’ all things is the same as not to see»(3). C. S. Lewis se abrió a una inteligencia de la fe que, por gracia, iluminó su inteligencia de la realidad y que le llevó a vivir una profunda experiencia de conversión(4). Lewis representa un modelo de hombre en camino y búsqueda que nos puede ofrecer la oportunidad de des-cubrir algunos velos propios de la razón actual y nos brinda una referencia ejemplar de esperanza cristiana. 

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Desde la presuntuosa autonomía del hombre de hoy que, con frecuencia, quita legitimidad a cualquier apertura a la categoría del Misterio, sufrimos un hondo escepticismo que da la medida a nuestras pequeñas esperanzas. Viviremos a la altura de nuestros deseos. La esperanza del profesor Lewis tenía el tamaño de su fe y su esfuerzo consistió en pensar y vivir acreditando esta fe ante la inteligencia de los hombres. El 22 de noviembre de 2013 se cumplirán cincuenta años de la muerte de C. S. Lewis, y esa efeméride es una buena ocasión para reflexionar sobre un camino, el suyo, que puede ayudarnos a afrontar la fuerza del drama de la vida desde una vocación con exigencias de ejemplaridad. 

Afrontar con rigor y profundidad la relación entre «inteligencia de la fe e inteligencia de la realidad»(5) en el propio Lewis tiene un desproporcionado nivel de exigencia. Pretender descifrar la relación entre naturaleza y gracia (revelación) implicaría un recorrido titánico por la historia de la Iglesia así como por la historia del pensamiento filosófico que no pretendemos acometer. Sin embargo, una aproximación desde la persona y obra de C. S. Lewis podría arrojar alguna luz al cuadro global si circunscribimos el objeto de nuestra reflexión a la persona en cuanto ser individual y social y las implicaciones que una antropología cristiana tiene en clave de «ejemplaridad». 
 
 Por «ejemplaridad» entenderemos una categoría/metodología que nos permita confrontar una experiencia de vida con unos ideales o creencias, es decir, verificar el ajuste que existe entre las esperanzas y expectativas de la vida de una persona y su praxis. Se trata, esta, de una tendencia muy actual entre algunos pensadores y analistas de los últimos tiempos (Javier Gomá(6) o Paul Johnson(7)). Tendencia que recoge, a su vez, la necesidad latente por encontrar una nueva objetividad ética y ejemplar que nos permita sortear el subjetivismo creciente que muchos pensadores han venido denunciando (Ortega y Gasset, Marina, Muguerza, Cerezo, Trías o Savater, entre otros). Un caso de ejemplaridad aplicada como el que proponemos puede ser destinado a cualquier otra persona, y la audacia del método descansa en que pretende ser un «puente» hacia la esperanza del hombre a través de la experiencia. Creemos que la experiencia del profesor C. S. Lewis nos acerca a una realidad posible. Poner cara y ojos a la esperanza. Pero la experiencia de vida de C. S. Lewis es una esperanza cristiana y quizás nuestros prejuicios actuales no nos permiten ni siquiera soñar con que la trascendencia se pueda encarnar. Trataremos de romper, en parte, este prejuicio, para recoger el testigo de una antropología cristiana de la imitación. 
 
La reflexión teórica en este campo del pensamiento de los siglos XIX y XX enuncia planteamientos donde el espacio de la razón no permite responder a las preguntas más elementales del hombre que casualmente son de índole metafísica; así toda posibilidad de verdad queda circunscrita a la pura subjetividad(8). Un estudio que se considere científico tratará a la persona «objeto» del estudio propiamente como eso, un «objeto». Por nuestra parte, sin renunciar a la pretensión científica en su sentido amplio y profundo intentaremos enfocarnos a «pensar la relación»(9); la relación de la persona con su ámbito, diferenciando aquellos aspectos de la realidad a los que la categoría del Misterio nos permite acceder y discerniremos a través del ejemplo de C. S. Lewis cómo la gracia de la revelación implica necesariamente entender que la diferenciación entre «vida privada» y «vida pública» impide el ejercicio de una «coherencia de vida». 
 
A modo de botón de muestra, aportamos dos breves ejemplos que manifiestan el esfuerzo por detectar cómo la inteligencia de la fe iluminó la inteligencia de la realidad de C. S. Lewis y qué supone la categoría/metodología de la ejemplaridad. 
 
DOS CARTAS DE SU CORRESPONDENCIA PRIVADA (10)
 
C. S. Lewis mantenía una significativa correspondencia desde muy joven con diversas personas allegadas a él. A partir de los años cuarenta, cuando salieron a la luz la mayoría de sus más populares escritos apologéticos esta correspondencia se hizo muy numerosa y sus interlocutores eran en su gran mayoría perfectos desconocidos. Nuestro profesor dedicaba varias horas al día a contestar las innumerables cartas que le llegaban de los Estados Unidos y del Reino Unido. Con disciplina y regularidad contestaba dudas y preguntas relacionadas con la religión y las implicaciones sobre la praxis y en su gran mayoría trataba de dar respuesta a cuestiones éticas a las que se enfrentaban sus coetáneos. Todo esto sin desatender sus compromisos docentes y universitarios en la Universidad de Oxford y posteriormente en Cambridge, además de seguir asumiendo una inquebrantable rutina doméstica. 
 
La siguiente carta nos permite entrever cómo la inteligencia de la fe de C. S. Lewis le revela una interpretación de la realidad y de qué modo acredita él, de una forma sencilla, esta fe a nuestra inteligencia. El 25 de marzo de 1954 contestaba a una Mary Van Deusen con la que mantenía una comunicación regular: 
 
I must be short for I have had a run of absolutely full days and there are endless things waiting to be done. You ask for what God wants you. Isn’t the primary answer that He wants you. We re not told that the lost sheep was sought out for anything except itself. Of course, He may have a special job for you: and the certain job is that of becoming more and more His(11). 
 
Las réplicas de Lewis son contundentes y no brilla en ellas un virtuosismo literario. A la pregunta que le hace esta señora: «¿Para qué me quiere Dios?», responde sin rodeos ni retórica: «Él te quiere a ti». La respuesta trasciende la propia pregunta de la señora Deusen, que imponía con su formulación unos límites que Lewis traspasa. Necesitamos, como hombres, dar razones tangibles para el amor, y desde esta misma lógica esta señora entiende que Dios la quiere «para» algo. ¿Cómo puede Lewis comprender que el amor de Dios es principio y fin? 
 
Esta respuesta que ofrece Lewis creemos que excede la experiencia filosófica o metafísica y refleja una experiencia religiosa que solo la fe ilumina. Suponer que es un argumento de fe se deriva de que es fruto de una apertura a la trascendencia que derrama gracia sobre él y sobre otros y aunque un argumento en una carta no legitima con certeza lo que llamamos inteligencia de la fe sí nos permite reconocer «une sorte d’irradiation fécondante de la révélation»(12). 
 
San Agustín decía que nadie cree sino por propia voluntad(13) y Lewis nos permite acompañarle en ese recorrido racional y voluntario que se abre a la categoría del Misterio y que nos permite intuir su inteligencia de la fe. Acudiendo a una de las fuentes de la revelación, los Santos Evangelios (Mt 18: 12-14 y Lc 15: 3-7), Lewis encuentra, o recibe una respuesta rotunda: «Nadie nos ha dicho que la oveja perdida fuera buscada para otra cosa que ella misma». Siendo del pastor, esta oveja, es en su dueño donde alcanzará la plenitud de su ser. 
 
Dos años después, el 18 de junio de 1956, en una misiva a la misma interlocutora, Lewis nos traslada algunas dudas de los límites de la disertación sobre la fe y lo incompleto de la racionalidad para comprender en profundidad las implicaciones de creer: 
 
I envy you not having to think any more about Christian apologetics. My correspondents force the subject on me again and again. It is very wearing, and not very good for one s faith. A Christian doctrine never seems less real to me than when I have just (even if successfully) been defending it. It is particularly tormenting when those who were converted by my books begin to relapse and raise new difficulties. I know you pray for me: bear all these hammerings in mind(14). 
 
«Una doctrina cristiana —dice Lewis— nunca me parece menos real que cuando acabo de estar defendiéndola, a pesar de hacerlo con éxito». A través de esta carta Lewis recuerda que la inteligencia de la fe no consiste solamente en iluminar nuestro marco de creencias, nuestra razón, sino en ofrecer respuestas que comprometan nuestra voluntad hasta el punto de afrontar con coherencia el dramatismo de la vida y de la muerte. La praxis pone a prueba el discurso y sin esta prueba de lo posible las ideas descansan en el limbo de lo probable. 
 
UN CASO DE EJEMPLARIDAD, A PARTIR DE A GRIEF OBSERVED 
 
Siguiendo con el planteamiento al que Lewis nos conduce a través de su carta del 30 de junio de 1956 a Mary Van Deusen, advertimos la singular dificultad que ofrece una investigación sobre cómo una inteligencia de la fe ilumina nuestra inteligencia de la realidad. La cuestión metafísica no puede ser contrastada al mismo nivel que se plantea, y de esto Lewis es consciente por experiencia de vida. 
 
Lewis escribe A Grief Observed(15) tras la muerte de su mujer, Joy Davidman, que había enfermado de cáncer. Un amor maduro y entusiasmante cuyo final sumió a nuestro profesor en un profundo dolor. Esta es la prueba dramática de la vida que pone en juego nuestras creencias y esperanzas hasta el extremo y que Lewis, en busca de consuelo, documentó en este libro. Este relato autobiográfico e íntimo de una experiencia de sufrimiento nos permite reconstruir un caso de ejemplaridad. Ya hemos apuntado que esta metodología de la ejemplaridad persigue verificar el ajuste que existe entre las esperanzas y expectativas de la vida de una persona y su praxis. Notemos que un primer ajuste lo explica el hecho de que no abandona su dedicación más política y pública: la escritura. Con este libro asume la obligación de probar la solidez de su esperanza y esperar el milagro del consuelo. 
 
En 1940 Lewis había publicado un exitoso libro sobre el sufrimiento que le encargó su editor: The Problem of Pain(16). Más de veinte años separan estos dos ensayos sobre el sufrimiento humano. Uno en clave racional y apologética y el otro profundamente emocional, fruto de la vertiginosa experiencia que sufrió Lewis tras la muerte de Joy. El primero parece una lúcida reflexión de la metafísica del sufrimiento desde la afirmación de nuestra realidad contingente, y el segundo un grito de guerra en busca de auxilio y consuelo desde la experiencia descarnada de la finitud. 
 
El propio Lewis, cuando escribió en 1940 The Problem of Pain muestra, de partida, cierta desconfianza hacia la elaboración de un discurso que pudiera no pasar la prueba de la fuerza épica del sufrimiento real del hombre. Él mismo cita a Walter Hilton en su prefacio pidiendo disculpas ante la eventualidad de no saber comprender aquello que sólo se puede encarnar: «I feel my self so far from true feeling of that I speak, that I can naught else but cry mercy and desire after it as I may»(17). 
 
Qué conmovedor contraste cuando se nos presenta la plástica realidad con la que describe su dolor en la primera línea de A Grief Observed: «No one ever told me that grief felt so like fear»(18). Nadie me había dicho nunca que la tristeza se pareciera tanto al miedo. Este ensayo no fue escrito con un fin apologético, sino más bien con fines terapéuticos, y recorre desde la experiencia más física de la ausencia problemática del ser amado hasta la contemplación del Misterio del ser más allá de la muerte. 
 
Al comienzo constata la desidia y la rabia. La pregunta por el Dios bueno que en los momentos del drama humano se antoja más y más improbable. «Mean while, where is God? […] But you go to Him when your need is desperate, when all other help is vain, and what do you find? A door slammed in yourface…»(19). Como nos contaba veinte años antes, el cristianismo no es un placebo que amortigua los efectos del dolor. El sufrimiento duele, dice Lewis. Y cuando le toca experimentarlo ejemplifica una realidad. No huye del dolor pero describe con claridad algunos efectos del mismo… y constata que las realidades que le unían a Joy se han quebrado de golpe (materia, tiempo y espacio) imposibilitando el acto humano por excelencia: la comunicación. 
 
Una vez experimentado el torbellino de los primeros días, Lewis se plantea la verdadera pregunta, la fuente del miedo y el dolor: ¿Dónde está Joy?: «Aren’t all these notes the senseless writhings of a man who wont accept the fact that there is nothing we can do with suffering except to suffer it? […] And grief still feels like fear»(20). 
 
El ejercicio que hace Lewis de escribir para desprenderse a ratos del sentimiento y moderar emociones nos permite constatar si este creer y ser se conjugan a pesar de la tribulación: «Feelings, and feelings, and feelings. Let me try thinking instead. From the rational point of view […] Of course it is different when the thing happens to oneself, not to others, and in reality, not in imagination»(21). 
 
En síntesis, ocurren dos cosas que sobrevienen al discurso: la identificación de su esperanza cristiana con el amor que sentía por Joy: «I begin to see. My love for H. was much the same quality as my faith in God»(22), y en consecuencia, y esto es lo más hermoso y escandaloso del proceso que experimenta Lewis, el restablecimiento de la comunicación real entre ambos. No material, pero posible y misteriosa: «I will turn to her as often as possible in gladness. I will even salute her with laugh. The less I mourn her the nearer I seem to her»(23). 
 
CONCLUSIÓN 
 
Numerosas líneas de pensamiento de los últimos tiempos muestran un continuado empeño por recoger aquellos puntos de encuentro desde la realidad contingente del hombre; la ley natural, los amores naturales y el sufrimiento, entre otros. Lo que puede ser una acertada tendencia natural a través de la cual el hombre se conoce fruto de la sustantividad que ofrece la experiencia, puede convertirse también en el techo y horizonte último de la realidad. Esta es la fragilidad de una lectura de los tiempos que subroga la verdad a los límites de la razón humana y que no se abre a la categoría del Misterio. De hecho, es la subjetividad de la razón del hombre la que parece alejarnos de la realidad, una realidad susceptible de la libre interpretación individual que en modo alguno es garante de verdad. La persona que por libre entiende: «yo» y por interpretación deduce un «cualquier cosa» se enfrenta a un doble reto: el Misterio de contemplar su persona en una dimensión más amplia y en relación con otros y el reto de descubrir un sentido concreto en la realidad que le toca vivir. Comprender la persona en clave cristiana y estar abiertos a la magnitud de una realidad que nos trasciende es parte del esfuerzo antropológico y teológico que hace el propio Lewis —y el estudio de su obra y de su vida nos puede brindar algunas claves de ejemplaridad—. � 
 
NOTAS:
(1) «C. S. Lewis. Creer y pensar la ejemplaridad desde la fe cristiana», texto que aquí se ofrece de la profesora Vázquez Romero, revisado y adaptado para su publicación, como pieza separada de la tesis, en Nueva Revista. La adaptación ha consistido fundamentalmente en corregir alguna errata, matizar o explicitar un par de expresiones, eliminar líneas que fuera del marco de la tesis quedarían sin contexto y resultarían oscuras, completar las citas, editar las notas a pie de página y dar un título al texto aquí publicado (finalmente modificado, así como los epígrafes, por motivos de edición) (NdR) [Título alterado por Nueva Revista]. 
(2) «[…] os animo encarecidamente a no perder nunca dicha sensibilidad e ilusión por la verdad; a no olvidar que la enseñanza no es una escueta comunicación de contenidos, sino una formación de jóvenes a quienes habéis de comprender y querer, en quienes debéis suscitar esa sed de verdad que poseen en lo profundo y ese afán de superación. Sed para ellos estímulo y fortaleza». Benedicto XVI, Encuentro con los profesores universitarios, Basílica del Monasterio de San Lorenzo de El Escorial, 19 de agosto de 2011 (suprimida esta y demás fuentes citadas de los textos pontificios, se sobreentiende la «web del Vaticano», y en «Discursos») (Nueva Revista).
(3) C. S. Lewis, The Abolition of Man. Curtis Brown, Londres 1987, cap. 3, al final. Versión castellana de Javier Ortega González, La abolición del hombre. Encuentro, Madrid 2008, 79. 
(4) C. S. Lewis, Surprised by Joy. Curtis Brown, Londres 1955, en especial los dos últimos capítulos. Versión castellana de María Mercedes Lucini, Cautivado por la Alegría. Encuentro, Madrid 2088.
(5) Para una explicación más amplia de su sentido, véase: Prades, J., «Inteligencia de la fe, inteligencia de la realidad». Discurso de inauguración del Encuentro Madrid, 27 de abril de 2011. 
(6) Gomá Lanzón, J., Imitación y Experiencia. Pre-textos, Valencia 2003; Aquiles en el gineceo. Pre-textos, Valencia 2007; Ejemplaridad pública. Taurus, Madrid 2009. 
 
(7) Johnson, P., Modern Times (versión castellana de Aníbal Leal Fernández: Tiempos Modernos. Homo Legens, Madrid 2007). A History of the Jews. Harper Perennial, Nueva York 1991 (versión castellana de Aníbal Leal Fernández: La Historia de los Judíos. Ediciones B, Barcelona 2006); Intellectuals. Harper Perennial, Nueva York 2007 (versión castellana de Daniel Aldea Rosell: Intelectuales. Homo Legens, Madrid 2008), etc. 
 
(8) Cf. Benedicto XVI, Fe, Razón y Universidad. Recuerdos recientes: Discurso en la Universidad de Ratisbona, 12 de septiembre de 2006. 
 
(9) Cf. Abellán-García Barrio, Á., Crítica, fundamentos y corpus disciplinar para una teoría dialógica de la comunicación. Fundación Universitaria Española, Madrid 2012, 74: «Pensar la relación es casi un campo virgen en la investigación científica actual y si bien está descubriéndose su fecundidad en diversos ámbitos, todavía no se ha hecho suficientemente en el de la comunicación». 
 
(10) Lewis, C. S., Yours, Jack. The inspirational letters of C. S. Lewis. Selección de Paul F. Ford, Harper Collins, Londres 2008. 
 
(11) Yours, Jack. The inspirational letters of C.S. Lewis, 238. 
 
(12) Marcel, G., Position et aproches concrètes du mystère ontologique. Nauwelaerts-Vrin, Lovaina-París 1949, 91; versión castellana de José Luis Cañas Fernández: Aproximación al misterio del ser: Posición y aproximaciones concretas al misterio ontológico. Encuentro, Madrid 1987, 81. 
 
(13) Cf. San Agustín, De diversis quaestionibus ad Simplicianum, I, 2: 5: «Nec credit aliquis nisi libera voluntate». Edición de Victorino Capánaga y Gregorio Erce, Obras completas de San Agustín, vol. IX, BAC, Madrid 1964. 
 
(14) Yours, Jack. The inspirational letters of C.S. Lewis, 294. 
 
(15) Lewis, C. S., A Grief Observed. Faber and Faber ltd. Londres 1966. Traducción de Carmen Martín Gaite: Una pena en observación. Anagrama, Barcelona 1994. 
 
(16) Lewis, C. S., The Problem of Pain. Londres. Harper Collins. 2002. Traducción de José Luis del Barco: El problema del dolor. Rialp, Madrid 2010. 
 
(17) The Problem of Pain, preface, p. xi, donde cita a Walter Hilton, Scale of Perfection I, xvi (p. 19 de la versión castellana). 
 
(18) A Grief Observed, 15 (p. 9 de la versión castellana). 
 
(19) A Grief Observed, 17 (12 de la versión castellana). 
 
(20) A Grief Observed, 29 (49 de la versión castellana). 
 
(21) A Grief Observed, 32 (54-55 de la versión castellana). 
 
(22) A Grief Observed, (61 de la versión castellana). 
 
(23) A Grief Observed, 48 (79 de la versión castellana). 

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PROFESORA DE HABILIDADES Y COMPETENCIAS PARA EL LIDERAZGO. UNIVERSIDAD FRANCISCO DE VITORIA