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“¿Nos hemos quedado sin futuro? No, pero francamente nos lo han puesto cuesta arriba”. Así concluye Manuel Cruz su ensayo sobre política e historia y lo dice porque sabe que las épocas de cambio son duras. Las creencias, en sentido orteguiano, dejan de ofrecer las certezas necesarias para vivir el presente. Cuando desaparecen o dejan de ser operativas, la acción se ve condenada a un eterno presente sin significado. Cuanto menores son las certezas en las que nos movemos, mayor es la incertidumbre de la acción. Estas afirmaciones, obvias para el ámbito de la filosofía moral, tienen implicaciones importantes para la política. En esta relación entre acción y tiempo y su importancia para la política es en la que se sumerge Manuel Cruz en su ensayo “La flecha (sin blanco) de la historia”.

Hombre político y académico, conjuga en su experiencia el saber de los libros y el de la experiencia en las gradas del debate público, y desde su cátedra hace un alegato por lo político. No habla de los grandes principios universales, sino que se adentra en la complejidad de la contingencia, que en realidad es el ámbito propio de la acción política. La contingencia, que es todo aquello que no es necesario, pero que debe ser hecho, sucede en el presente, pero depende del pasado y del futuro. “El futuro’, sostiene Cruz, ‘sin una idea de pasado es inane, y el pasado sin una idea de futuro es inerte”.

La acción política para Manuel Cruz es la responsabilidad de la construcción y reforma del mundo en que vivimos para hacerlo más agradable y justo. La palabra “responsabilidad” tiene un protagonismo especial en su escrito, pues es la gran damnificada en esta época de descuido de la libertad, y para recuperarla en el presente hay que restablecer una relación adecuada con el pasado y recuperar la confianza en el futuro. Así, el argumento del libro transcurre en esta tríada tradicional de lo político: pasado, futuro y responsabilidad (presente).

El pasado, la historia y la memoria, forman la estructura de la personalidad y, por analogía, del cuerpo político. Pero ninguna de ellas da información a una comunidad política sobre su futuro, eso es cuestión de su presente. Cuando se pierde la comunicación entre las esferas del pasado-presente-futuro, cada una de ellas se convierte en una gónada inútil para transformar la realidad. Manuel Cruz desvela esta cuestión partiendo de una tipología de la memoria:

El pasado, la historia y la memoria, forman la estructura de la personalidad y, por analogía, del cuerpo político

1) Hay una memoria que enseña, y es tenida ideológicamente como maestra que automáticamente nos enseña qué debemos hacer. Cuando esto es así la historia se convierte en una factoría de mitos que vacían de contenido la responsabilidad sobre el presente: todo depende de un momento fundacional y así debe volver a ser hecho. 2) Hay una memoria que legitima: la acción deriva su bondad o maldad (legitimidad) del pasado. “Al historiador (así entendido) le correspondería una tarea muy concreta, a saber, la de convertir su disciplina en una maquinaria productora de identidad nacional”. 3) Hay una memoria que repara: la memoria se vincularía con la justicia y se disfrazan “de reparaciones simbólicas gestos que en realidad poco o nada tienen que ver con ellas”. La memoria histórica, la de los unos y la de los otros, supone que el recuerdo de los daños va a reparar el daño, en sentido literal, de las víctimas. La historia se convierte así en un tribunal reparador. 4) Hay una memoria que cura. El ejercicio de la memoria se asimila al duelo. La memoria tiene como objeto hacer una y mil veces presente, en un eterno aquí y ahora, el daño causado entonces. 5) Hay una memoria que libera. La memoria tiene una función “crítica, de denuncia, reveladora”, que desvela en el presente una verdad que las conciencias adormecidas han olvidado.

La memoria se ha convertido en el escenario de un conflicto. Ninguna de las funciones de la memoria antes descritas le corresponden. Ella no está, según Cruz, para fijar objetivos para la acción, “el futuro histórico no se puede derivar por completo a partir del pasado histórico”. El descuido de la memoria y su reinterpretación ideológica vuelve más problemática, aun si cabe, nuestra relación con el futuro y, por tanto, la posibilidad de la acción política.

El futuro es la gran responsabilidad de la política, es el blanco hacia el que se dirige la flecha. Es el gran problema, y como se advierte en el título del ensayo, el gran amenazado. Uno de los rasgos más característicos de nuestra época es, para Cruz, “nuestra generalizada incapacidad tanto para comprender el pasado como para proyectar el futuro”. La izquierda ha perdido su competencia sobre el futuro y “ha pasado a conservar lo mejor de lo que había”. Las utopías ya no son eficaces y han dejado de actuar como fuerzas motrices. Estamos estupefactos ante nuestro presente, totalmente desconectado de lo real. Ni el pasado ni el futuro nos sirven para relacionarnos con lo que tenemos frente a nosotros. Naufragamos, como sentencia Mark Lilla, en el presente, sucumbimos ante el “no hay nada que hacer”.

El futuro es la gran responsabilidad de la política, es el blanco hacia el que se dirige la flecha

Siempre ha sucedido que nos evadamos en el presente o en el pasado, “progresistas contra reaccionarios”. Hoy la mayoría se retira a los lugares de la memoria y lo novedoso de nuestra época es que cada vez son menos lo que se proyectan en el futuro. La confianza propia de la modernidad en un futuro siempre mejor se está desvaneciendo. Este es un rasgo típico de la posmodernidad. “Nos hemos acostumbrado a que, pase lo que pase en la sociedad, todo ocurrirá con la misma mezcla de fatalidad e ininteligibilidad con que ocurren los fenómenos naturales”. La nueva época que vivimos, lejos ya del optimismo moderno, se caracteriza por un pesimismo respecto al futuro. Es una época de “amenazas generalizadas”. Lo dicen muchos, y de un modo claro, Ulrich Beck, quien habla de la percepción generalizada del riesgo, del riesgo del clima, de la genética, la tecnología, etc. El fin del ciclo de las Guerras Mundiales que acabó con la bomba atómica, y continuó con las catástrofes naturales, los genocidios, la contaminación, el SIDA, y otros males incontrolables fruto del progreso técnico han sembrado en el hombre la reacción anti-ilustrada, la sospecha en el conocimiento y en las capacidades del hombre, el rechazo de la idea de progreso, y con ello, han dejado a las personas sin refugio en un mundo hostil.

El hombre posmoderno se siente inseguro y amenazado, al tiempo que la moral posmoderna es enormemente exigente. Cruz habla de un tiempo nuevo, de una época que balbucea sus procesos, y que aun no llegamos a comprender. Perplejos ante el presente, apenas podemos enunciar algunos de los fenómenos que vienen. Hablamos de la modernidad, nos movemos con conceptos-herramienta tales como “Sujeto, Hombre, Historia o Progreso” pero ya no son útiles, no conectan con lo real. Son conceptos nietzschianos, flatus vocis. La nueva realidad tiene otra estructura aun invisible a nuestros ojos, incomprensible y desconocida. El deber es “pensar en nuevos términos aquello en lo que ha devenido nuestro mundo”. Un mundo que entiende al sujeto desde la emancipación moderna y le obliga a actuar en el paradigma posmoderno. Esto genera, según lo ve con gran claridad el autor, una contradicción frustrante. Los sujetos modernos, al menos hasta los grandes movimientos emancipadores (Revolución Francesa y más cerca en el tiempo, el mayo del 68), eran sujetos de “obediencia”, dependientes de una autoridad que podía ser la familiar, la social, política o religiosa. El desplazamiento emancipador hacia un “sujeto de rendimiento” o, como dirían algunos célebres ilustrados, hacia la “mayoría de edad” ha producido un efecto insospechado. El individuo recibe sobre sus espaldas toda la carga de su existencia y se le despoja de las defensas y seguridades de antaño. Lo que ha sucedido, según Cruz, es “la sustitución de la vieja culpabilidad burguesa y de la lucha por liberarse de la ley de los padres, por el temor a no estar a la altura, el vacío y la impotencia que de allí resulta”. Hasta la emancipación, el sujeto luchaba, en pura lógica dialéctica marxista, contra el opresor, era una víctima que trataba de liberarse de las cadenas. Ahora, liberado del yugo opresor, queda expuesto ante sí mismo y su destino, ya no hay mediaciones. El yo romántico, el sujeto ante su destino desnudo, por fin ha aparecido en la historia. Ahora cualquier eventualidad que le suceda será totalmente imputable a su responsabilidad, porque su vida ya no depende de nadie. “Queda convertido en responsable de cuanto le sucede, puesto que se supone que es dueño y soberano”. Se da una de estas raras paradojas de la posmodernidad, que habiendo nacido contra el moralismo puritano del siglo XIX, acaba generando un moralismo aun más exigente. Así, resulta que “a diferencia de la sociedad disciplinaria, que generaba locos y criminales, la sociedad del rendimiento produce depresivos y fracasados”. La rebelión del sujeto no puede ser contra nadie porque ha triunfado el principio de autonomía moral. El individuo es plenamente responsable de sus actos. Pero la frustración tiene que encontrar su vía de escape y al sujeto no le cabe otra opción que enfrentarse a sí mismo, a su mediocridad, y deprimirse. Como denunciara Umberto Eco hace tiempo, la cultura de los superhéroes hipermusculados genera seres frustrados e impotentes. Paradojas de nuestro tiempo.

Llegados a este punto del ensayo, uno se pregunta, ¿y entonces? Entonces, según Cruz, “ni todo está garantizado de antemano, ni es cierto que no haya nada que hacer”. Estamos en un buen momento para intervenir en lo real, es el momento de la contingencia. Parece que hemos vivido demasiado tiempo dentro de categorías necesarias, predestinados por nuestro pasado o por nuestro futuro, pero en todo caso viviendo en una perfecta irresponsabilidad. Esta irresponsabilidad, que es uno de los temas nucleares del ensayo, se ve a gravada aun más por la política del espectáculo, las redes sociales, el emotivismo, la victimización y la desinformación. “Los políticos abdican de toda responsabilidad propositiva (…) y los ciudadanos (son) perfectos irresponsables, como espectadores del espectáculo”. Todo parece conspirar para desactivar la esfera política y, en efecto, así es.

Acaba el ensayo como empezábamos: “¿Nos hemos quedado sin futuro?”. La política no se mueve dentro de lo necesario, hay que recuperar la esfera de lo contingente y salir de los determinismos pretéritos pero, tras lo expuesto, no parece precisamente sencillo.


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Licenciado en Derecho y en Ciencias Políticas. Profesor de Filosofía del Derecho y Política. Autor de los libros “Génesis de Estado Minotauro” y “La monarquía constitucional. Los orígenes del Estado Liberal según Chateaubriand”.