Compartir:

El hombre culto desconfía de la «insobornable contemporaneidad», que le parece sobornable por antonomasia y contemporánea per accidens. Me refiero, claro está, al hombre, no al solo varón, y culto, no mero erudito. La gente culta vive la cultura y la cultura les ayuda a vivir todas las tareas de su vida. De hecho el hombre culto suele estar más abierto a los quehaceres públicos y privados, salvo que decida retirarse y entonces también sacará más provecho de sus reflexiones.

Pensaba en todo esto mientras disfrutaba del trato con estos Príncipes y humanistas de la mano de Antonio Fontán. Pensaba en el propio don Antonio -por darle su tratamiento que, con tú o con usted, sigue afable una ya vieja tradición académica española- y en cómo la cultura -pasión y no adorno- continúa hermanada en su vida con el trabajo empresarial y periodístico, todo ello tras cumplir y celebrar sus ochenta y cinco años y agradecer la merced regia del Marquesado de Guadalcanal: el Príncipe y el Humanista desempeñaron bien su papel, cosa rara hoy en día.

Y recordaba también a otros viejos amigos, felizmente activos, que han querido y sabido vivir la cultura junta con otras labores. Veo a José Antonio Muñoz Rojas, próximo a los cien años, corrigiendo la edición de sus poesías completas, en sus tierras que siempre llevó como buen labrador y criador, que se decía antes. Y a Valentín García Yebra, pasados los noventa y tras varios decenios llevando una editorial, que persevera en su labor lexicográfica. Por no olvidar un caso insólito de combinación de cultura y guerra, mezcla en sí frecuente pero no tal como la hizo Sir Patrick Leigh Fermor. Había hecho prisionero a un general alemán, en 1944, y lo llevaba a través de Creta encañonado y sin quitarle el ojo de encima cuando lo oyó murmurar algo mientras miraba el Monte Ida al amanecer, cubierto de nieve:

«Vides ut alta stet nive candidum
Soracte…»

El comandante inglés continuó:
«…nec iam sustineant onus
silvae laborantes…»

Y así hasta terminar las seis estrofas de la oda I, IX de Horacio, a partir de cuyo momento el General Kreipe cambió de actitud y hasta sonrió. «Durante un largo instante pareció que la guerra había dejado de existir. Los dos, mucho tiempo atrás, habíamos bebido en las mismas fuentes», concluye Fermor.

Fontán hubiese podido escribir esa frase, pues sabe muy bien que beber en las mismas fuentes es compartir cultura y eso tiene consecuencias literalmente incalculables y literariamente previsibles. Por eso me conmueve leer su dedicatoria manuscrita de Príncipes y humanistas «para Santiago Tamarón, con el que comparto todas las lealtades históricas y culturales a España». Aunque -añadiría cualquiera- las lealtades de don Antonio tengan mucho más fundamento en lecturas, conocimientos y experiencias que las de casi todos nosotros.

Además, para el autor existe otra dimensión, en rigor no coincidente con la cultura: la sabiduría. Y al llegar aquí es menester escuchar a Fontán resumiendo a Vives, pues no conozco mejor resumen de la doble raíz del pensamiento de éste -y quizá de aquél-, la religiosa y la clásica:

lpdf1.jpg

«Todo el empeño de Luis Vives fue la búsqueda de la sabiduría […] La Sabiduría es Cristo. Alcanzarla es una tarea del alma. El estudio, cuando el alma está limpia de pasiones, la vuelve sabia y prudente. Pero resulta que esta es una frase de Aristóteles y que en las palabras del teólogo [uno de los participantes del diálogo El sabio] se mencionan también otras dos de las que Platón pone en boca de Sócrates. [Vives], profundamente teísta y cristiano, identificaba la sabiduría con Dios; su plenitud y, por tanto, la felicidad, con la otra vida; las almas sabias son las que Sócrates -y el teólogo con él- llamaba ultramundanas y ultraterrenales; y el camino para alcanzar esa sabiduría es el ejercicio de la virtud según Cristo. Pero ese conocimiento no exime al intelectual Luis Vives de su afanosa búsqueda para iluminar y traspasar las caliginosas tinieblas que se interponen entre la presente realidad del hombre y la luz absoluta que es Dios».

Fontán no exagera al dibujar el paisaje espiritual de Vives, cristiano sincero y convencido, como tampoco oculta la tragedia religiosa familiar: la Inquisición envió a su padre a la hoguera y más tarde inició un «proceso contra la fama y memoria de la madre, Blanquina March, que concluyó en la penosa y cruel sentencia de exhumación y quema de sus restos más de veinte años después de la muerte». Se comprende que Vives no se decidiese a volver a España y muriera en Brujas, su segunda patria. Pero no se le conocen muestras de resentimiento anti-cristiano o anti-español, sino muy al contrario, y no parece que mostrase por escritos públicos y privados tales creencias y afectos por cautela sino porque los llevaba en el corazón. Otro admirador de Vives me comentó hace unos días que él lo estudió a fondo con la esperanza de descubrir indicios de duplicidad en el pensamiento del gran humanista, pero que al final hubo de rendirse a la sorprendente evidencia: Vives siempre se sintió cristiano y español.

Otra cosa -y Fontán lo explica con la misma lucidez que el personaje estudiado- es que Vives no se percatase de las contradicciones doctrinales y políticas de la época que le había tocado vivir. Las vió con justeza. Intentó ayudar a superar las discordias eclesiásticas, escolásticas y dinásticas allí donde vivió, en Francia, Inglaterra o Flandes. Aconsejó prudencia a reyes y magnates, se inquietó por el avance turco mucho más que los demás humanistas como su amigo Erasmo, dedicó libros y recomendaciones a los grandes de este mundo e incluso al Papa, directamente o por persona interpuesta. En fin, como escribió Ortega y Gasset, Vives brilló por sus dos virtudes intelectuales de la seriedad y la serenidad. Pero nunca fue ingenuamente optimista. Diríase que barruntaba los horrores de un siglo después, con la Guerra de los Treinta Años. Su veredicto político final fue me horum temporum miseret (siento compasión por estos tiempos). A todas luces, Vives desconfiaba de la «insobornable contemporaneidad».

No sé si es por eso, pero Fontán parece identificarse más con el gran humanista valenciano que con los demás que retrata en este libro, y eso que a todos ellos muestra considerable simpatía y comprensión, incluso al para algunos poco edificante Maquiavelo, pensador comprensible si se atiende a las circunstancias históricas de la Italia de su tiempo. En puridad, ocurre que el autor de esta sugestiva galería de Príncipes y humanistas es fiel al título de su libro y está subyugado -y nos subyuga a los lectores- antetodo por las mejores cabezas del humanismo que aplicaron su talento en buena parte a aleccionar a los Príncipes. Y resulta que Juan Luis Vives reúne en su persona la doble condición, intelectual y política, en grado sumo. A veces por pura casualidad -si es que tal cosa existe en la Historia- que no se le escapa a don Antonio, y que nos revela sin apenas insistir en ciertas afinidades, electivas o aleatorias. Así el lector medio, como el que esto escribe, descubre de pasada que los Diálogoso Excercitatio Linguae Latinae -manual para aprender latín, dedicado al futuro Felipe II, a la sazón de once años- no era el primero que Vives escribía, pues hizo otro quince años antes, destinado a María Tudor, otra niña…que terminó casándose con su primo Felipe. Como el aprendizaje del latín no era entonces un mero adorno para los príncipes sino una obligación política («tengo por muy principal en un príncipe ser buen latino, así para saberse regir a sí como a otros, especialmente quien espera tener debajo de sí tanta diferencia de lenguas…» escribía Juan de Zúñiga al Emperador) no es difícil imaginar la importancia de ciertos empeños didácticos y áulicos de Vives.

lpdf2.jpg

Estos polos de la atención de Fontán quedan bien claros en dos de los mejores ensayos reunidos en este libro: «El humanismo cristiano europeo. Erasmo-Moro-Vives», fascinante relato de la amistad entre estos tres egregios personajes, y «1516, el Annus Mirabilis de la filosofía política», referido a la publicación o redacción de El Príncipe de Maquiavelo, el Institutio de Erasmo y la Utopía de Moro, con una post-data de Vives, como pueden considerarse sus Declamaciones Sullanae de 1520.

Pero el hecho es que toda esta rica colección de ensayos que versan sobre tantos y tan singulares personajes del Renacimiento, desde el andaluz Nebrija al polaco Juan Dantisco, pasando por el Cardenal y Obispo catalán Margarit, entusiasta defensor del restablecimiento de la unidad de España, constituyen un libro dotado de sólida unidad. Con sencillez, el autor lo explica al final: «Durante toda mi vida académica y profesional he venido ocupándome de los escritores y asuntos de que trata este libro…» y alude luego a «las estrenas de Navidad que suelo enviar pro manuscripto a unos centenares de amigos», y donde a lo largo de años ha tratado ya de algunos de estos asuntos.

Muchos de estos escritos conservan el espíritu festivo de sus orígenes de regalo y conmemoración navideños. A veces, inevitablemente, se trasluce también un punto de melancolía, como si el autor se percatase de que la unidad del libro está basada en la unidad de propósito -ocasional o no- entre el consejo del filósofo y el empeño del príncipe, y que esa unidad corresponde a un periodo histórico acaso irrepetible. Como lo es, y en mayor grado, la unidad de naturaleza pre-moderna entre Rey, Profeta y Sacerdote, unidad de la que aún queda un eco en el ritual del Bautismo, al dar ese triple don sacramental al nuevo cristiano. O la unidad todavía más antigua, de la que hay un resto en la épica griega, entre el rey, el héroe, el pontífice, el profeta y el médico o brujo.

O quizás a Fontán no le hubiera gustado del todo lo pre-moderno. A fin de cuentas los humanistas se consideraban modernos, al menos los italianos antiescolásticos. Pero, claro, si los humanistas eran en el fondo modernos, tan sólo lo serían juxta modum. Y es que el humanista que hoy nos ocupa, don Antonio Fontán, Marqués de Guadalcanal, sabe a la perfección ejercer algo muy antiguo, el auténtico magisterio. Y éste consiste en aspirar al viejo ideal de la unidad de las cualidades del individuo y en reunir y sacar de cada uno por mayéutica lo mejor, no en convertir en rebaño homogéneo a todos y cada uno de los discípulos. Aquello quizá es lo que buscaban los maestros humanistas. Más de uno se preguntaría qué fue exactamente lo que Aristóteles enseñó o hizo brotar en Alejandro. Cabe suponer que Fontán también meditaría sobre ese asunto -mucho más práctico de lo que parece- mientras bregaba por restaurar la Monarquía, el Senado, la Biblioteca Nacional… Todas esas meditaciones acompañaron y ayudaron a estas labores esforzadas, al igual que los Parerga ocurrieron al mismo tiempo que los Trabajos de Hércules.

Pues bien, quien lea este libro es probable que piense que se trata de unos parerga que permiten suponer en su autor fundados recelos ante la contemporaneidad, insobornable o no. Aunque acaso Fontán no llegue a aplicar a nuestros tiempos el sombrío dictamen de Vives sobre los suyos.


Compartir:
Compartir

DIPLÓMATICO Y ESCRITOR