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La celebración del centenario de la muerte del escritor francés Léon Bloy (1846-1917) ha pasado prácticamente inadvertida en España, al margen de reseñas puntuales. Aunque el autor de El peregrino de lo Absoluto cuenta con una fidelísima y minoritaria legión de seguidores, la singularidad de su persona y de su obra mantiene intacta, junto con su capacidad de seducción, su orgullosa y arisca, por no decir explosiva, independencia -y también, una limitada historia editorial-.

Escribir sobre Bloy es una tarea titánica. Corre uno el riesgo de querer imitar lo más superficial e inimitable de su estilo o, con mala conciencia, ejercer el papel filisteo de quienes, en su época, fustigados ferozmente por sus escritos, le admiraban tanto como le detestaban. Bloy, como el pobre Lázaro, se había propuesto guardar flamígero los secretos espirituales de una Europa medieval y cristiana en medio de una época positivista y postrevolucionaria de ricos y descreídos Epulones. ¿Quién puede cumplir, con el escrúpulo de Bloy, la exigencia de la parábola del tesoro escondido?

A Bloy le habría gustado verse emerger del mundo monástico de los siglos XI y XII, ajeno a esos balbuceos escolásticos que despreciaba descubrir entre los eclesiásticos de su época. Quien no admitía otra nostalgia que la del Paraíso, hubo de aceptar con una humildad que su verbo furibundo parecía desmentir a cada paso y que, sin embargo, confirmaba más profundamente que “camino por delante de mis pensamientos exiliados en una gran columna de Silencio”.

Su modelo de exégesis espiritual, modelado por el protagonista de la novela El desesperado en la Gran Cartuja, es una de las recusaciones más demoledoras y por ello más ignoradas del programa modernista. Su radicalidad poética y teológica entronca con algunas de las preocupaciones centrales de los análisis fenomenológicos del siglo XX. Como ha dicho recientemente Pierre Glaudes en Léon Bloy, la littérature et la Bible (Les Belles Lettres, 2017), “lo real es para él esencialmente semiótico, puesto que es, en sus estructuras profundas, un lenguaje: la Palabra divina que hace escritura incluso en el acontecimiento más ínfimo”. ¿No se perciben acaso la denuncia y hasta la deconstrucción de la ilusión moderna de una mathesis universalis que la filosofía francesa contemporánea ha fatigado hasta el rumor insignificante bajo las categorías de ausencia y de experiencia?

En el reaccionario Bloy podría inducir a confusión el que parezca no hacerse ninguna concesión al espíritu de su época. Milenarista, se entregó fervoroso a la memoria de Napoleón y a perseguir la canonización de Cristóbal Colón. Devoto de la aparición de la Virgen en La Salette, intuyó, en un plano escatológico, la consumación de una época que sus escasos discípulos tradujeron en los términos inmanentes y literales de la Gran Guerra, a la luz de En el umbral del Apocalipsis (1916). Que el pensamiento de Bloy sigue resultando incómodo lo demuestra el pequeño escándalo que suscitó en Francia en 2013 la censura parcial de su opúsculo La salvación por los judíos (1892), en razón de un supuesto antisemitismo contra el que él se había propuesto arremeter con la redacción de su escrito.

Parecería como si la recepción de la obra de Léon Bloy estuviera condenada a dar la razón a los tópicos que se han construido a partir de los rasgos más bizarros de la personalidad y del estilo de su autor, considerado a veces una especie de Nietzsche católico. A Bloy, tan incómodo, lo que resulta imposible es catalogarlo de «apologeta».

Su obra esconde una subterránea continuidad con el nervio de la espiritualidad católica de Francia que remonta a Pascal y a las polémicas sobre el «amor puro» que atravesaron su siglo XVII. Aun tan ajena al modelo cervantino, tal vez no sea demasiado atrevido considerar la de Bloy una santidad «a la francesa». Bloy afirmó en sus deslumbrantes diarios que no había más que una fatiga: la de la Caída. Y añadía, paulino: “Estoy fatigado de la fatiga”. Era capaz de ver hasta en el más mínimo detalle una cifra sagrada de la historia de la salvación.

“A Bloy le habría gustado verse emerger del mundo monástico de los siglos XI y XII”

¿Acaso, simbolista, no era un heredero del malditismo, capaz de denunciar, exasperado y sablista, el conformismo ejemplar de Paul Bourget como el decadentismo autocondescendiente de Huyssman? Llevaba el tesoro de su escritura, que era por encima de todo el de su fe, en las vasijas de barro de unas obras de género tan inclasificables como (anti)modernas. ¿No son sus Meditaciones de un solitario (1917) las reflexiones espirituales de un guerrero francés que llora ante las ruinas humeantes de la Catedral de Reims? ¿No es La Sangre del pobre (1909) un breviario de economía simbólica, irreductible a todo debate tanto con el sensato «distributismo» de G. K. Chesterton como con los delirios antiusureros de Ezra Pound?

En Bloy no se resuelven nunca las antítesis, sino que cuanto mayor sea la fricción que producen sus términos, tanto más grande es la verdad por la que hacen duelo. Bloy llegó a definirse así: “Yo rezo, como un ladrón que pide limosna a la puerta de una granja a la que quiere prender fuego”. La suya es una furia ética y estética que se sostiene en la precisión y en la elegancia de una mansedumbre espiritual que reflejan -¡y mantienen!- un equilibrio imposible.

Es momento, pues, de leer a Léon Bloy, tan atento a los puntos ciegos del lenguaje en su Exégesis de los lugares comunes (1900) como lo podría haber estado Karl Kraus. Aunque toda la grandeza estuviese exiliada al fondo de la Historia, la escritura de Bloy seguiría sosteniendo desafiante que no se puede encontrar realmente otra fuerza que en la espera del Espíritu Santo.


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