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Si hubiera que decir quién es el lingüista de mayor prestigio y nivel intelectual —en el sentido de lingüista científico, es decir, aquel que estudia y describe la capacidad humana del lenguaje, siguiendo la estela iniciada por Noam Chomsky, no el clásico «experto» al uso que nos corrige y amonesta sobre cómo hemos de hablar correctamentey que mejor sabe divulgar sobre el conocimiento científico del lenguaje, probablemente apostaría por Steven Pinker, quien lleva publicados tres auténticos best-sellers sobre el tema en los últimos catorce años.

Brillante orador y escritor —es apasionante tanto escucharle como leerle por lo original, erudito y sugerente que es siempre Pinker (Montreal, 1954), aclamado neurocientífico cognitivo experto en lenguaje, es actualmente catedrático de Psicología en Harvard (desde que dejó la cátedra de Ciencias Cognitivas y del Cerebro en el Massachussetts Institute of Techonology). Ha recibido múltiples y prestigiosos premios educativos y académicos así como doctorados honoris causa y es colaborador del New York Times y de las revistas Time y The New Republic. Es asimismo invitado habitual en documentales y programas audiovisuales de divulgación científica, así como conferenciante de honor en las más prestigiosas universidades del mundo. En 2004 la revista Time lo eligió entre las cien personas más influyentes del planeta. Ha sido dos veces finalista del prestigioso Premio Pulitzer, tanto por el contenido científico de sus libros como por su elegante y chispeante prosa, bien aderezada con chistes, tiras cómicas, diálogos de películas y anécdotas de iconos populares. Su campo de investigación más específico es lo que viene llamándose psicología evolutiva, que intenta explicar cómo la evolución causó el surgimiento del cerebro, responsable de los procesos psicológicos del conocimiento y el aprendizaje, que a su vez posibilitan la adquisición de los valores y de las nociones que conforman la cultura de una persona. Es decir, constituye una integración de la antropología y la psicología con las demás ciencias naturales, particularmente la neurociencia y la biología evolutiva.

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Su último libro, en el que nos vamos a detener para centrar el tema de este artículo, es The Stuff of Thought: Language as a window into human nature (Viking, 2007), cuya edición española se titula El mundo de las palabras. Una introducción a la naturaleza humana (Paidós, 2007). Se podría decir que, con respecto a sus últimos cuatro libros, todos ellos universalmente aclamados, constituye a la vez el cierre de dos trilogías: una centrada propiamente en el lenguaje, formada por The Language Instinct, Penguin (1994), cuya edición española se llama El instinto del lenguaje: cómo crea el lenguaje la mente, Alianza (1995) y Words and Rules, the ingredients of language (1999), todavía sin edición española; y otra dedicada a los aspectos cognitivos de la naturaleza humana, que integra dos obras, ambas editadas también en español: How the mind works, Norton (1997), Cómo funciona la mente, Destino (2001), y The Blank Slate: the modern denial of human nature, Viking (2002), La tabla rasa: la negación moderna de la naturaleza humana, Paidós (2003). Las dos primeras tratan del lenguaje como adaptación biológica y de sus aspectos computacionales, es decir, del software que el cerebro desarrolla al ser expuesto a una lengua determinada, tanto las regularidades gramaticales, que se suelen expresar en forma de reglas: fonológicas, morfológicas y sintácticas, así como las irregularidades procedentes de estadios anteriores de la lengua y de cómo ambas nos ayudan a entender el sistema lingüístico. Respecto a las otras dos, la primera repasa lo que se sabe sobre el funcionamiento de la mente humana como procesadora de información, desde el mecanismo de la razón y la visión a las emociones, el humor y las artes; la segunda, explora las connotaciones políticas, morales y emocionales del concepto naturaleza humana e intenta «desenmarañar cuantas confusiones morales y políticas han ido enredando» —como escribe en el prefacio— la idea de que no existe tal naturaleza humana o es algo negativo y peligroso.

EL MUNDO DE LAS PALABRAS.

UNA INTRODUCCIÓN A LA NATURALEZA HUMANA

Esta nueva obra unifica ambas líneas argumentales, centrándose en temas más semánticos, con ceptuales, pragmáticos y psicosociológicos del lenguaje (relacionados con lo que se ha venido llamando el «conocimiento del mundo», como algo separado de los aspectos más estrictamente gramaticales o computacionales) para mostrar que el uso de la lengua es una ventana privilegiada para asomarse a la racionalidad, esencia de la naturaleza humana, como ya apuntara en sus obras anteriormente citadas. Se trata de ver lo que podemos aprender sobre la naturaleza humana examinando las palabras que usamos y cómo las utilizamos. En concreto, qué nos dice de nuestras intuiciones sobre el espacio, el tiempo y la causalidad el uso que hacemos de las preposiciones, los morfemas temporales y los verbos; qué de nuestros sentimientos y emociones el uso de lenguaje profano y de las palabras tabú en general; qué de nuestras relaciones interpersonales las indirectas, insinuaciones, eufemismos y otros modos indirectos de utilizar la lengua. Todos estos elementos presentan básicamente la misma lógica en todas las lenguas, aunque Pinker parte de la idea de que todas las lenguas son un reflejo de la capacidad humana universal del lenguaje y basta con estudiar una para asomarse a la naturaleza que está detrás, puesto que, como ya señaló en El instinto del lenguaje, las lenguas no varían arbitraria e ilimitadamente sino que se puede apreciar un diseño común subyacente a todas ellas, lo que Chomsky ha llamado gramática universal.

Veamos algunos ejemplos tomados del libro. Solamente podemos utilizar verbos causativos transitivos cuando el efecto es directamente causado: se dice que uno apaga las luces de una habitación cuando se le da directamente al interruptor pero no cuando uno enciende otro electrodoméstico y causa el mismo efecto indirectamente. Ese uso prototípico de la causatividad se da también en otros campos no lingüísticos, como por ejemplo, en el sistema judiciario, a la hora de considerar quién es moralmente responsable de un hecho para aplicarle el castigo correspondiente: si una persona recibe un puñetazo de alguien y ha de ser atendido en un hospital, donde muere de una infección, no se acusa de homicidio al que indirectamente causó la muerte. Es decir, el mismo uso de la causatividad se aplica a la responsabilidad moral.

Otros ejemplos. En las relaciones sociales se utiliza frecuentemente el lenguaje indirecto y cortés: por ejemplo, «¿puedes pasarme la sal?» o «sería fantástico que me pasaras la sal» (del inglés americano «If you could pass me the salt that would be awesome»: aquí habría que decir que el español es una lengua de uso más directo que el inglés y que algunos ejemplos que utiliza Pinker, como éste, suenan forzados al traducirlos). Esta exageración parece no tener sentido pero es un modo de evitar un imperativo directo (tal como ocurre más frecuentemente en español) que podría indicar un trato de dominio sobre la otra persona. Se transmite así una comprensión actualizada sobre el tipo de interacción que se establece con el interlocutor por parte del hablante, que lleva a elaborar el mensaje de tal modo que se cumplen dos objetivos a la vez: transmitir el contenido deseado y dejar claro a la vez la clase de relación vigente entre ambos participantes. El lenguaje indirecto minimiza los riesgos en contextos legales (sobornos o amenazas veladas: «esto podríamos resolverlo aquí mismo»; «sería una pena que a una tienda tan estupenda le pasara algo»), en situaciones de la vida diaria, como la del ejemplo recién señalado más arriba, o impide que el conocimiento individual de los participantes de una relación se convierta abiertamente en compartido, peligrando así su continuidad (solicitaciones disimuladas: «¿te apetece subir y te enseño mi colección de sellos?»).

Más ejemplos. El uso del llamado lenguaje profano está íntimamente relacionado con la neurociencia pues es el reflejo de la respuesta emocional a palabras bien conocidas pero que transmiten una sensación de inmoralidad, como si las palabras pudieran corromper nuestros principios morales. El común denominador de las palabras tabú en todas las lenguas es la connotación negativa y estudiándolas captamos reacciones emocionales propias de nuestra naturaleza, que incluyen: el asco ante las excreciones corporales y los órganos que las producen (probablemente, apunta Pinker, debido a la evolución de un dispositivo de defensa contra los parásitos e infecciones de que son portadoras); cierta repugnancia y a la vez interés lascivo respecto a las actividades sexuales, que contienen una gran carga emocional; desprecio u odio hacia grupos ajenos en las palabras tabú denigratorias de otras razas, minorías étnicas o pueblos; sentimientos de miedo y sobrecogimiento ante lo sobrenatural en aquellas palabras tabú relativas a la religión o lo sagrado, que, observa Pinker, han desaparecido o perdido su fuerza en las sociedades angloparlantes, más desarrolladas y secularizadas, donde predominan las palabras tabú relacionadas con el sexo (damned, «maldito, condenado», de origen religioso, se ha sustituido por fucking, «jodido»), pero que aún se utilizan en países más católicos y religiosos en general. Cuenta Pinker que en tiempos de su abuela todavía se utilizaban como tacos la palabra correspondiente a cáliz y sagrario.

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Utilizamos las palabras tabú porque son disfemísticas, es decir, sirven para: llamar la atención sobre lo desagradable del referente; ofender e intimidar; y demostrar nuestra reacción ante las frustraciones y contratiempos de la vida. Pinker hace notar que el uso de estas palabras tiene un correlato orgánico en aquellas zonas del cerebro relacionadas con las emociones (en concreto, en los ganglios basales y la amígdala, que corresponden a zonas profundas y evolutivamente muy antiguas del cerebro). En particular, lo que llamamos tacos o palabrotas corresponden en su uso catártico al gruñido que liberan los animales al ser pisados, por ejemplo, y su existencia en todas las lenguas del mundo nos habla de una estructura universal subyacente a la emoción humana. Sin conceder al lenguaje profano carta blanca en todos los medios y situaciones, Pinker lo reivindica —como hace también con los eufemismos— como natural y necesario y, en muchos casos, enriquecedor de la expresión por los matices que puede aportar, de otra manera inefables: utilizando un ejemplo semejante a los que utiliza, pero no tan fuerte, recientemente escuché a un portero recriminar a un joven que pasaba con un perro que no le dejara más cagar en el portal, contexto en el que defecar estaría falto de fuerza expresiva. Es muy interesante el análisis morfosintáctico que desarrolla de algunas de estas expresiones para demostrar su inconsistencia e inclasificabilidad tanto sintáctica como semántica (aunque, por ejemplo, anota que todos los verbos disfemísticos sobre el acto sexual en inglés son transitivos, mientras que sus contrapartidas más elegantes son intransitivos, lo que sugiere que aquéllos evocan una mayor contundencia dinámica que éstos). Señala también Pinker que algunas palabras tabú son comprometedoras para quien las entiende y deja pasar en la conversación pues pueden sugerir solidaridad en los presupuestos y las actitudes que hay detrás de denominaciones tales como, por ejemplo, nigger (lo doblan «negrata» en el cine) o, sudaca, por poner un ejemplo más cercano a nosotros, y connotativamente negativo. De todos modos, no deja claro nuestro autor lo que distingue en último término las palabras tabú de sus contrapartidas inofensivas cuando tanto el referente como la capacidad descriptiva del término correspondiente suelen ser equivalentes y solamente difieren en la evidente reacción negativa que provocan.

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También se asoma Pinker a lo largo del libro a nuestras intuiciones sobre el espacio, el tiempo y las sustancias tal como se reflejan en la lengua, que no coinciden con la correspondiente descripción científica pero que nos ayudan a razonar y a ponernos de acuerdo en aspectos de la realidad, tales como la asignación de causa y efecto, lo cognoscible, modificable y susceptible de volición, el modo de parcelar y cuantificar la experiencia y la asignación de responsabilidad moral. Todos estos campos aparecen penetrados por el uso metafórico de la lengua, por medio del que ciertos conceptos estructurales (espacio, tiempo y fuerza) se vacían de su contenido original y se aplican a ámbitos nuevos y mas abstractos (por ejemplo, Pedro fue de mal en peor; Rosa forzó a Pedro a ir al concierto; La buena salud pasa por el cuidado del cuerpo; La oposición no se mueve; Mi estado de ánimo está por los suelos; Nos acercamos a la fecha límite). El lenguaje refleja el modo de concebir estos fenómenos. La imagen que emerge, según Pinker, es la de un intelecto evolutivamente equipado con un repertorio de nociones (objetos, eventos, estados, espacio, tiempo, causalidad, intencionalidad, etc.) útiles para una especie —la nuestra— naturalmente intelectiva y social porque nos proporcionan modelos suficientemente certeros, aunque no exactos, de la realidad. La evolución de dicho conocimiento intuitivo puede reconstruirse partiendo del proceso metafórico apuntado, que aplica esos contenidos materiales a campos más abstractos, permitiendo así a nuestra especie, que evolucionó con el uso de piedras, herramientas y animales, elaborar comunitariamente conceptos tales como las ciencias, la economía, el derecho o la física. Éstos nos permiten luego descartar nuestras verdades naturales de andar por casa en algunos de estos campos —las compara Pinker a las sombras reflejadas en la pared de la alegoría de Platón como por ejemplo la intuición de que las cosas están paradas a no ser que una fuerza las mueva, cuando en realidad no lo están, etc. En esto consiste —y coincide aquí también con Platón— precisamente la educación, en la corrección de nuestras intuiciones innatas, de las ilusiones y errores del sentido común. Del mismo modo, el modo de relacionarse las personas, tal como se observa en el uso de la lengua, nos señala qué hábitos mentales hemos de aislar o fomentar para progresar socialmente. Sin embargo, no está nada claro —tal como parece afirmar Pinker— que todas nuestras ideas abstractas procedan de ese vaciamiento metafórico de conceptos meramente físicos pues muchas nociones intelectivas o morales no admiten tal origen. El elenco de conceptos innatos proporcionado por Pinker parece insuficiente en este sentido. Por otro lado, dar el salto a las ciencias, economía o derecho, como señala este autor, a base de la infinita capacidad combinatoria del lenguaje y de su uso metafórico parece algo excesivo. Elaboraremos este punto más adelante, cuando desarrollemos la caracterización de la naturaleza humana según Pinker.

Así pues, Pinker, al igual que el lingüista cognitivo Lakoff, subraya la importancia de la metáfora en la lengua —por ejemplo, utiliza el comienzo de la Declaración de Independencia de los Estados Unidos para mostrar lo omnipresente de este recurso lingüístico-cognoscitivo tanto a nivel sincrónico de palabras individuales, como, por ejemplo, curso de los acontecimientos, en que «curso» tiene un origen físico, como el cauce de un río) o diacrónico, cuando el origen de la metáfora está inscrito en la propia etimología del vocablo, como ocurre en depende, que en su origen significa «cuelga de». Sin embargo, apunta Pinker, no todo es metáfora, como parece pensar Lakoff —miembro del consejo de sabios del presidente Zapatero quien sostiene que se puede orientar el modo de pensar en una dirección determinada con la metáfora adecuada (esto se ha llamado siempre «manipulación»). Aunque Pinker valora positivamente la aportación de Lakoff en este campo, ridiculiza su sobreestimación del poder del lenguaje, por ejemplo, en su sugerencia al partido demócrata norteamericano de cambiar el nombre de impuestos por cuota de socio, como si la gente no se fuera a dar cuenta de que uno puede no pagar impunemente una cuota pero si no paga los impuestos va a la cárcel. Otro ejemplo que pone, en el sentido de los distintos modos de enmarcar la realidad que ofrece la lengua, es el de invadir Irak frente a liberar Irak. No obstante, ofrece un criterio externo en contra del relativismo lingüístico en este caso: si la mayoría de la población rechazaba el régimen anterior y da la bienvenida al nuevo, o viceversa. Ambas interpretaciones, dice Pinker —que es un conocido detractor del presidente Bush, especialmente por las trabas que pone su gobierno al uso de embriones humanos en experimentación— no son equivalentes: una es más válida que la otra aunque se escoja una u otra para inclinar al público en una dirección determinada.

También critica a Lakoff la falta de profundidad en su análisis de la metáfora al no advertir éste que, aunque la presencia del lenguaje metafórico revela que la gente piensa por medio de imágenes subyacentes, muchas metáforas están muertas. No lo estarían probablemente en las mentes de quienes las acuñaron pero su contenido literal es ahora inconsciente. Por ejemplo, en el caso de kick the bucket («dar una patada al cubo», correspondiente al castellano estirar la pata) casi nadie sabe ya cuáles son los términos de la analogía empleada, que proviene de una época y un modo determinados de matar a los animales.

Aunque en otra parte del libro, también se sirve finalmente Pinker del uso metafórico de la lengua para criticar el pragmatismo radical, que proclama que no existe significación estable y que todo significado léxico viene dado por el contexto. Acude nuestro autor, precisamente y entre otras pruebas, al uso no literal del lenguaje de los eufemismos, juegos de palabras y metáforas, que constituyen la mejor prueba a favor de una estabilidad léxica de fondo ya que estos recursos funcionan gracias a la confrontación en la mente del recipiente entre el significado literal (estable) y la conjetura sobre la probable intención del hablante.

Pinker es un científico muy riguroso, de los que no se tira de la moto (ahí va otra metáfora actual) para complacer las intuiciones o sensibilidades populares, como hacen tantos divulgadores. Por ejemplo, al tratar de los nombres de la gente y de las palabras que se acuñan para describir conceptos nuevos, acude a fondo a los estudios socioculturales que hay sobre el tema y sobre la psicología de masas en general para concluir que en la creación, éxito y permanencia de una denominación determinada pueden intervenir tanto la fama de un icono popular determinado como la propia secuencia de sonidos del término. Mirando a las últimas siete décadas, el gusto por determinados sonidos, que varía según los distintos grupos culturales, parece ser el factor decisivo para la moda de los nombres de los recién nacidos, pero verdaderamente nadie sabe bien por qué algunas palabras o nombres permanecen y otros pasan, ya que hay múltiples interacciones sociales y reacciones en cadena en juego, responsables también de la extensión de todo tipo de modas (desde los cortes de pelo a la segregación racial aparente en determinados barrios). Por ejemplo, el nombre Marilyn fue popular en los años cincuenta del siglo pasado, pero no, tal como apunta la explicación popular, por la fama de la actriz Norma Jeane Baker, pues ya dos décadas antes, cuando la Monroe no era nadie, había adquirido bastante popularidad. Cuenta Pinker que la popularidad del nombre empezó a disminuir al final de los cincuenta y totalmente en los sesenta: la explicación popular lo achaca a la mojigatería suburbana o al naciente feminismo contemporáneo, pero la realidad es que era ya un nombre en declive cuando la actriz lo hizo suyo. Sin embargo, nos revela que el nombre femenino Madison, actualmente uno de los más frecuentes en Estados Unidos, sí tiene un origen más popular, al provenir del que se dio a sí misma la sirena protagonista que interpreta Daryl Hannah en la película 1, 2, 3 Splash, de 1984. Por otro lado, a pesar de lo popular de la estrella masculina de Casablanca, el nombre Humphrey nunca prendió. Entre otros datos sorprendentes, nos cuenta Pinker que, hasta los años cuarenta, los nombres siguientes eran preferentemente masculinos: Beverly, Dana, Evelyn, Gail, Leslie, Meredith, Robin y Shirley.

De ningún modo piensa Pinker que cada lengua determine nuestras categorías mentales sino más bien que el estudio de la lengua arroja luz sobre muchos aspectos de la mente y naturaleza humanas. Así vuelve a criticar la hipótesis Sapir-Whorf sobre el determinismo lingüístico, según la cual la lengua condiciona un modo de pensar y ver el mundo, en vez de reconocer más bien que la lengua es un reflejo del medio circundante en sus múltiples aspectos (como ya señalara en El Instinto del lenguaje, si la lengua esquimal innuit tiene muchas más palabras para la nieve que otras lenguas —no tantas como se pretendió aducir en su momento, si lo comparamos con el inglés, por ejemplo— es por el medio en que se desenvuelven sus hablantes). Si en español los verbos no pueden combinar el movimiento expresado con el modo que adquiere, relegando la dirección a un sintagma preposicional, como ocurre, por ejemplo, en la frase inglesa The bottle floated into the cave, no es porque no pueda entenderlo o expresarlo sino que utilizará otro recurso expresivo; en concreto, lo que nuestra lengua relega es el tipo de moción: La botella entró en la cueva flotando. Si en turco la noción de haber sido testigo de lo que se narra o saberlo de oídas aparece gramaticalizada es por un accidente histórico de la lengua, al igual que la expresión del espacio en la lengua tzeltal de la zona de Chiapas en México —que no codifica la distinción derecha-izquierda— viene condicionada por el terreno en el que han vivido siempre sus hablantes. Sin embargo estas diferencias, señala Pinker, no tienen más peso que las fuentes culturales o cognitivas que las regulan y la prueba es que en todas las lenguas somos capaces de entender y manifestar tales distinciones, pues, de otra manera, no sería posible la traducción entre lenguas. Por lo tanto, una cosa es que la lengua pueda afectar el modo de pensar, en el sentido de que los hablantes de distintas lenguas hayan de atender a aspectos diversos al escoger las palabras y ensamblarlas en la oración, y otra es que el hábito de atender a ciertas distinciones e ignorar otras a lo largo de la vida afecte a nuestro modo de razonar sobre la realidad, más allá de la descripción lingüística. Una cosa es la correlación y otra la causalidad: aunque los conceptos y los vocablos correspondientes se den a la vez éstos no son la causa de aquéllos. Parece más lógico suponer que el pensamiento precede a la lengua y que solamente podemos acuñar términos para conceptos preexistentes.

Termina Pinker sus críticas del determinismo lingüístico y el pragmatismo a ultranza (y del innatismo extremo, como explicamos más abajo) apuntando que el pensamiento posee su propio «lenguaje», formado por una serie de representaciones mentales internas de esos conceptos básicos ya aludidos acerca del espacio, el tiempo, la causalidad, los objetos, las intenciones y la lógica, sobre los que se traza el mapa estructural de una lengua concreta, que reflejará a su vez ese sistema conceptual subyacente. Esas representaciones internas adquieren su significado, por un lado, de las relaciones entre las representaciones (el significado de perro proviene en parte de su conexión con el concepto que tenemos de animal) y de ellas con el mundo exterior (a través de los sentidos). Así, cuando entendemos un verbo determinado, lo traducimos a un conjunto de símbolos del código mental innato, es decir, las contrapartidas mentales de palabras externas como mover, causar, cambiar, que constituirían los símbolos del lenguaje mental. Sin embargo, queda sin explicar de dónde viene el significado de esas palabras internas. La visión pinkeriana del intelecto humano debe mucho a Kant y a otros filósofos idealistas (al igual que su visión de la moral, como veremos), quienes contemplan la mente innatamente equipada con los conceptos básicos que constituyen la física de Newton, aunque él no llegó a esta conclusión a partir de la sintaxis verbal, como Pinker. Ofrece las siguientes pruebas a favor de este código mental:

1) Los infantes que adquieren su lengua nativa no podrían asignar las intenciones y eventos que ocurren a su alrededor al chorro de sonidos que sale de la boca de sus padres si sus mentes no fueran sensibles —como se ha probado que son— a la causalidad, las relaciones espaciales, la autoría humana y otras ideas que forman el núcleo de la estructura conceptual. Para ilustrar esta idea se transcribe la respuesta del autor a una pregunta en este sentido, procedente de una entrevista traducida recientemente y que desarrolla uno de los ejemplos que trata en su libro (Muy Interesante, 26-VI-08, entrevista con Marion Long):

«El problema era cómo explicar la manera en que un niño pequeño, sin conocimientos previos sobre el funcionamiento de un idioma concreto y que no va a recibir lecciones sobre cómo usar las palabras en determinadas circunstancias, aprende lo que significan las palabras y las frases en las que se pueden emplear. Nosotros, los adultos, por ejemplo, diremos llena el vaso de agua pero no llena el agua dentro del vaso, aunque entendemos perfectamente el significado de la frase. Diremos echa el agua dentro del vaso pero no echa el vaso con agua. La segunda versión es razonable, pero no suena bien. Sin embargo, con un verbo como cargar podemos decir tanto cargar el heno en el vagón como cargar el vagón con heno.

Así que tienes un verbo que toma el contenedor como objeto directo, uno que toma el contenido como dicho objeto, y el tercero que puede funcionar de ambas maneras. ¿Cómo se las apañan los niños para acertar casi siempre desde el principio? La respuesta es que aprenden diferentes maneras de formular una misma situación. Si yo me acerco al fregadero y el vaso acaba lleno, puedo pensar en una actividad como hacerle algo al agua —es decir, causando que entre en el vaso— o hacer algo al vaso —provocando que cambie de estado de vacío a lleno—. Por eso, llenar y echar tienen comportamientos diferentes. Si la acción más simple, como poner agua en un vaso, puede ser formulada de esas dos maneras, con diferentes consecuencias en términos de cómo usamos las palabras, eso sugiere que uno de los dos talentos fundamentales de la mente es enmarcar cada situación de múltiples modos».

2) Aunque no solemos recordar las palabras exactas que nos transmitieron un concepto determinado, esta amnesia formal no impide que retengamos su contenido esencial.

3) Cuando nuestra competencia lingüística en una lengua extranjera no está al nivel de las exigencias conceptuales que necesitamos expresar en un momento determinado, podemos pasar a otra que sí lo esté o a nuestra lengua nativa.

4) El lenguaje no tiene las condiciones para ser medio de razonamiento interno, no sólo porque requiere una gran infraestructura de computación mental y abstracta sino porque tiene el «defecto» de la polisemia, que va tan en contra de la inferencia lógica, una de las operaciones fundamentales del pensar (el pensamiento no es ambiguo, lo es la lengua: nuestra mente conoce el referente de la palabra banco en una situación determinada, no la lengua, por poner solamente un ejemplo de ambigüedad léxica). Este último hecho constituye un golpe mortal al innatismo a ultranza de Gerry Fodor, que también discute Pinker, según el cual venimos al mundo equipados con un enorme inventario de conceptos indivisibles —de significado no composicional— que se desencadenan al enfrentarse a sus contrapartidas en el mundo real. Por el contrario, opina Pinker que la estructura conceptual innata es necesaria pero muy reducida y no demasiado específica, de modo que haga mínimamente posible la adquisición de la lengua. Por eso concluye que solamente las categorías más amplias pueden ser parte de los genes, aquellas que cualquier animal vivo necesita para sobrevivir.

Se podría decir que la visión de Pinker es una síntesis del realismo y el idealismo filosófico: el primero afirma que la percepción proviene de la realidad y el segundo que todo lo pone el intelecto. Pinker compone ambos apuntando que nuestras imágenes se basan en la realidad tal como la reorganiza la mente y por eso se puede contemplar una misma cosa de distintas maneras, tal como se refleja en el léxico y la sintaxis. Sin embargo, como hemos señalado antes, el inventario conceptual propuesto por Pinker puede quedarse demasiado corto al contar con la presencia de otros conceptos que el poder generalizador atribuido a la metáfora y a la combinatoriedad de la lengua no pueden explicar. Volveremos sobre esto.


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Docente en la Universidad Complutense, en Filología Inglesa