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[[wysiwyg_imageupload:3764:height=189,width=136]]Desde los orígenes del pensamiento moderno, asistimos a una singular batalla intelectual que, pese a su importancia teórica y a la enorme cadena de dificultades que suscita, ha solido pasar inadvertida para los más. Se trata de encontrar cuál es el lugar que ocupa la conciencia en la gran cadena del ser. De un modo genérico, podemos decir que la filosofía moderna ha descubierto un nuevo problema, y no ha acertado a resolverlo de manera elegante, puesto que, de alguna manera, el problema de la naturaleza de la conciencia no existía de manera sustantiva para el pensamiento clásico, lo que no quiere decir que no se plantease cuestiones respecto del alma o del entendimiento, pero en un contexto mucho menos polémico y más abierto.

El punto de partida está en la interpretación que habitualmente se hace de las meditaciones metafísicas cartesianas. Descartes distinguió nítidamente entre el pensamiento consciente y la sustancia extensa o material, y esa es la distinción que ha resultado inaceptable para muchos de los filósofos posteriores, aunque no para todos, que han creído que la dignidad y unidad de la ciencia, y el mandato ockhamista de simplicidad teórica, exigirían de modo terminante la anulación de una distinción metafísica tan extravagante. Por mucho que se quiera atribuir al progreso de las distintas ciencias, desde la biología evolucionista, hasta la neurociencia, pasando por la teoría de autómatas y la inteligencia artificial, la convicción de que la conciencia no puede ser una realidad sustancial es previa a cualquier progreso científico, y es una sofistería presentar cualquier argumento al respecto como si se tratase de un descubrimiento empírico.

El libro de Juan Arana se adentra de manera implacable en los pormenores de este debate secular y discute palmo a palmo cada uno de los numerosos subargumentos que se emplean en defender la posición naturalista previamente adoptada. Se trata de una tarea muy complicada y que puede agotar la escasa paciencia de muchos lectores presurosos, siempre atentos a que se desvele, a ser posible con una foto, el secreto correspondiente. Juan Arana la lleva a cabo con una notable desenvoltura, con la ironía y el humor que se puede permitir el que domina los argumentos y sus consecuencias al dedillo.

Como es lógico, más de la mitad del libro se emplea en exponer las distintas posiciones naturalistas (o materialistas) de quienes pretenden que la conciencia carece de cualquier singularidad realmente relevante y confían, por tanto, que los problemas que actualmente existen para explicar determinados aspectos de la peculiar naturaleza de lo mental, acabarán cediendo al impulso de la investigación (lógica, física, biológica, neurocientífica o del tipo que fuere), de forma que se preserve el dogma básico de la unicidad metafísica de la realidad y se destierre de manera definitiva cualquier residuo de dualismo. Estas presunciones plantean al crítico dos tipos de problemas distintos, en primer lugar, distinguir lo que realmente dicen de lo que se podría malentender, lo que significa que estamos en un campo procelosamente sembrado de minas, es decir de bombas conceptuales, y, en segundo lugar, discutir las consecuencias, digamos, empíricas de tales suposiciones para compararlas morosamente con lo que realmente podemos dar por indiscutiblemente cierto. No creo que Arana esté muy lejos de sostener que la mayor parte de los naturalistas se confunden, y/o se despistan, en alguna de las numerosas encrucijadas de este tipo en las que se han de aclarar para desmentir con éxito los poderosos argumentos que mentes nada escasas de luces, como Descartes o el propio Leibniz, para empezar por los clásicos, han puesto en el inicio mismo de los diversos caminos de la supuesta naturalización de la conciencia.

El trabajo sistemático y clarificador que el libro lleva a cabo ya sería de gran importancia si se contuviera dentro de los límites de una misión sistemática y crítica, lo que supone una minuciosa tarea que Arana culmina con notable éxito, al examinar las pretensiones de naturalización que provienen de las ciencias físico-químicas, del ámbito de la llamada inteligencia artificial o de las neurociencias, pero es que, además, el libro de Arana contiene una segunda mitad en la que el autor se vuelve, por así decir, sobre las cosas, más allá de las teorizaciones al uso, y se atreve a proponer un nuevo marco conceptual en el que resulte asumible y coherente una explicación suficiente de la elusiva realidad de la conciencia humana.

Arana se proclama como filósofo de la naturaleza, y es un avezado especialista que domina a la perfección los marcos teóricos en los que las ciencias bien construidas se han podido hacer cargo de una inmensa cantidad de hechos reales de enorme importancia para la vida humana, pero, como es obvio, necesita acudir a otros manantiales si quiere salir no demasiadamente magullado de la tarea que se ha atrevido a emprender, explicar lo que las naturalizaciones al uso no alcanzan a explicar. En la segunda página de su libro advierte prontamente Arana que la cuestión que va a abordar, si es naturalizable la conciencia, afecta de manera muy decisiva a la imagen que nos hacemos de nosotros mismos, a nuestras suposiciones, creencias y esperanzas, de forma que no es nada inteligente suponer que se trata de una cuestión meramente erudita o que se pueda abandonar sin que suceda nada que resulte ser prácticamente relevante. Coherente con este planteamiento, Arana va desgranando sus propios argumentos para, sin desmentir ninguna de las buenas lógicas de la ciencia natural, apuntar sin vacilación a los límites de aquella cuando se trata de categorizar a la conciencia que, en el fondo, ha sido la autora de tales magníficos edificios.

La propuesta de Arana no dejará a nadie indiferente, porque ni es escapista ni está exenta de rotundidad. Como sucede con todas las innovaciones conceptuales, y la propuesta que se contiene en la segunda mitad de este libro lo es, la primera lectura suscita dudas abundantes, que seguramente no se le escaparán al autor, pero, sinceramente, me parece obvio que pesan más los estímulos y la audacia que las dudas que puedan plantearse, y es obvio que solo quien ha sido capaz de contestar de manera tan rotunda las propuestas adversas está en condiciones de ofrecer una hipótesis alternativa que sea atractiva y original, y que ojalá sea capaz de suscitar la polémica que merece.

José Luis González Quirós


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Profesor Univ. Rey Juan Carlos.