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Josep Pla, Gaziel, Ferrater Mora, Castellet, Margarit: escritores catalanes todos, pero con algo más en común. Para Jordi Gracia, catedrático de literatura española en la Universidad de Barcelona, esa nota compartida es “una rebeldía intraburguesa estimulante y transgresora al margen de su ubicación política a derecha o izquierda”. En Burgueses imperfectos: heterodoxia y disidencia literaria en Cataluña, de Josep Pla a Pere Gimferrer (Fórcola), Gracia, retrato por retrato, nos habla de unos escritores “exigentes con su clase, más irónicos que dogmáticos y más ecuánimes que sectarios”. Analizados al natural, exentos de la pátina de autoridad concedida por el tiempo, las meditaciones sobre los autores catalanes mencionados no dejan de enriquecer el libro con vislumbres en torno al papel público del intelectual, así como sobre las relaciones Cataluña-España y las literaturas en lengua catalana y castellana. Tras su primera edición catalana en 2012, la edición en castellano de Burgueses imperfectos se ve enriquecida y aumentada, marcando así otro hito en la trayectoria de Jordi Gracia –autor bien conocido por sus colaboraciones con El País- tras su muy alabada biografía José Ortega y Gasset (2014) o libros no menos celebrados como La resistencia silenciosa (2004)

–          Desde el XIX, y con momentos de algidez como en la época de la contracultura o el predominio de la crítica marxista, “burgués” ha sido, en términos literarios y artísticos, un gran vituperio. Usted, sin embargo, lo toma como elogio: ¿a qué alude su concepción de escritor burgués? ¿A un cierto individualismo en tiempos más bien colectivistas? ¿A la literatura como protección de una cierta “higiene” o libertad de conciencia? No son centrales en su libro, pero los ejemplos de Villalonga, escritor aristocratizante, y de Fuster, en su antípoda ideológica, pueden introducir bien la pregunta: ¿qué une a todos estos escritores?

–          Sobre todo el intento de identificar una función pública, quizá no intencional pero desde luego efectiva. Aludo a la difusión de la reserva mental y crítica como talante ético, a una mentalidad irónica, afrancesada, distante de efusividades ideológicas, burlona con los tópicos de la tribu. Me parece que ese es patrimonio burgués en el sentido menos clasista posible -casi sólo descriptivo- y con el acento en el sentido formativo y de mentalidad que agrupa a un puñado importante de escritores dispuestos a no acatar fábulas absurdas ni a callar su disconformidad con mayorías masivas o minoritarias (o con cualquier poder). 

–          Al poeta Eliot, en cierta ocasión, le reprocharon arremeter contra los de su clase. Él se defendió arguyendo que, si los criticaba, era porque le importaban, porque eran “los suyos”. ¿Hay algo de eso en sus “burgueses imperfectos”?

–          Sin duda, lo hay: la heterodoxia intraburguesa piensa en interlocutores integrados en las minorías, aunque atina de tal modo que sus lecciones y sus revisiones alcanzan a un público ajeno a esas minorías. La heterodoxia de la que hablo no pierde de vista a los responsables de difundir ideas y opiniones pero no renuncia a hablar directamente a los destinatarios -las clases medias-, que son su público natural y en gran medida la garantía de su subsistencia  profesional como tal escritor.

–          Quizá otro rasgo común, salvo excepciones, fue, en tantos escritores, el compartir dos descréditos: una lejanía de la vanguardia por la vanguardia y un distanciamiento escéptico de la radicalidad política…

–          O quizá una gran facilidad y agilidad para escarmentar ante rupturas demasiado radicales o una consistente inteligencia para detectar la fragilidad de ensueños muy subidos de tono. A veces incluso puede parecer que la garantía de un buen heterodoxo burgués es haber padecido su propio sarampión de radicalidad política o estética (aunque a menudo quede poco rastro escrito de lo uno y lo otro, pero no de la vivencia de esa fascinación temprana).

–          Muchos de los escritores que usted cita, además de una convivencia natural con la cultura en lengua castellana, han empleado el castellano y el catalán indistintamente. Sin embargo, también parece haber otro rasgo común a todos ellos: el ser, de alguna manera, escritores “europeos”, moral y literariamente, no circunscritos al redil de lo hispánico…

–          Por eso mencionaba antes como caracterización genérica que fuesen afrancesados, como si eso pudiese valer como rasgo colectivo (y en sí, en efecto, es argumento demasiado débil, además de inexacto). La intención del adjetivo iba en el sentido en el que aduces tú su europeidad: en casi todos ellos hay un horizonte formativo, nativo o adquirido, que ha trascendido las fronteras locales y ha vivido aunque sea en forma vicaria o virtual la inmersión en otras culturas, otros prejuicios, otras formalidades, todo ello entendido como el trasfondo necesario para asimilar una distancia crítica, no desapasionada pero sí curtida, que ha sido común a casi todos ellos.

–          Al pensar hoy en las fluidas relaciones entre Maragall y Unamuno, o en los Congresos de Poesía de la mitad del siglo XX… ¿es legítima, o es una ilusión, la nostalgia de dos culturas más “conectadas”? ¿Se ha mantenido, más allá de las contingencias políticas del día, esa interlocución, o cada vez vivimos más de espaldas?

–      Transitoriamente es innegable que en la última etapa ha habido una casi deliberada amputación de puentes, dictada por coyunturas políticas que han tenido muy poco en cuenta (o que incluso han preferido obviar) la fecundidad de la actitud contraria. Lo que me parece innegable es que ni fue así antes ni hay razón alguna para que siga igual, sobre todo porque fuera del control de la política las relaciones intelectuales, universitarias, editoriales, periodísticas, cinematográficas o televisivas son constantes y muy fértiles. Pero no están casi nunca en el primer plano y, por tanto, parecen no existir, pero existen. Y tanto desde el Estado como desde la Generalitat, hay síntomas o indicios que permiten deducir que ha sido una actitud programática y calculadamente política, con recelos artificiales ante la posible cooperación dictados por un interés partidista o, mejor, expresamente político.

–          Juzga usted positiva y natural –pura vivencia- la coexistencia de lenguas en la literatura escrita en Cataluña. ¿Hasta qué punto sigue siendo esa una “tradición desprotegida”, tanto en la propia Cataluña como en su visión en el resto de España?

–          La desprotección de esa tradición tiene que ver con la escasa relevancia que el discurso más catalanista -pero también el más españolista- ha practicado sobre el pasado, contra la evidencia de una fecunda y densa tradición de convivencia fértil, de intersección e interpenetración, en doble dirección y no en sentido colonizador (ni de un lado ni del otro). Sin ella no habría modo de explicar múltiples fenómenos culturales en la media distancia, y con eso quiero decir al margen de coyunturas tan singulares o atípicas como una crisis económica devastadora y una mayoría absoluta del PP catastrófica. De ese cóctel podía salir cualquier efecto explosivo, y uno de ellos puede haber sido esta sensación de hostilidad mutua de dos mundos culturales, que insisto en poner en duda o incluso en desmentir sin más.


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Habitual como firma de periodismo literario, opinión política y dos áreas de su especial interés, la literatura y la cocina, ha publicado sus trabajos en los grandes medios españoles. Ha sido director de la edición digital de Nueva Revista, jefe del proyecto de opinión online de The Objective y articulista en diversos medios. En julio de 2017 fue nombrado director del Instituto Cervantes de Londres. Ha publicado Pompa y circunstancia. Diccionario sentimental de la cultura inglesa (2014) y de La vista desde aquí. Una conversación con Valentí Puig (2017). Traductor y prologuista de obras de Evelyn Waugh, Louis Auchincloss, J. K. Huysmans, Rudyard Kipling, Valle-Inclán o Augusto Assía, entre otros.