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Es fácil recordar a James Lees-Milne como diarista, como escritor de arte, como cronista de una cierta intrahistoria inglesa o —ya en sus últimos días— como anciano singularmente florido. Incluso el Times, en su obituario —año 1997— quiso fijarlo para la memoria como “el hombre que salvó a Inglaterra”. Son todas atribuciones muy puestas en razón. Y, sin embargo, quizá la manera más pura de recordar a James Lees-Milne sea, simplemente, como el defensor de una belleza antigua frente a “los enemigos”, en sus propias palabras, “de todo lo que es hermoso”. Al fin y al cabo, no otra fue su vocación: cuando, aún muchacho, vio a un filisteo desenfundar su rifle para encañonar a una estatua de Apolo, Lees-Milne decidió sacrificar “todas mis energías y capacidades” al rescate de “las casas de campo de Inglaterra”. Eran, como él mismo dijo, “un tesoro de callada belleza”. Y, como afirmó nuestro Augusto Assía, también “la matriz de la civilización británica”.

Milne iba a entregarse a su propósito con el “celo extremado” de quien da “una batalla que se sabe perdida”. A mediados del siglo XX, por los años en que Waugh escribe su Brideshead, aquella cultura de las country houses, definida por “las buenas maneras, el cultivo de la personalidad, el respeto por la historia y el goce artístico” parecía, efectivamente, “sentenciada a su extinción”. Una y mil veces, con el tesón del solitario, Milne nos dejará el testimonio preciso de su decaimiento: “esta noche se me ha hecho presente toda la tragedia de Inglaterra (…) Esta casa, en medio de nuestro campo más remoto, ha sido privada de su último esquire. Todo un sistema social se ha roto”. Sus palabras aluden a Brockhampton, pero no es difícil encontrar deploraciones similares a propósito de Petworth, de Sissinghurst, de Elsing Hall, de tantas casas y tantas eufonías. Montgomery-Massingberd calcula que, de 1875 a 1975, Inglaterra iba a perder —como una elegía inmensa— un millar de esas “casas de la vida”. “Gobernadas por una continuidad que uno no puede ver”, habían sobrevivido a los siglos y al ir y venir de las tormentas, pero no iban a sobrevivir a la carestía de dos posguerras y a los impuestos de sucesión.

La labor de rescate de Milne fue —sin duda— un “trabajo de amor”, casi una poesía en acción, pero para llevarlo a cabo tuvo que recurrir a los medios, menos líricos, de la persuasión o el engatusamiento, sin dejar de lado el derecho administrativo. Básicamente, se trataba de convencer a las familias propietarias —tan nobles como amenazadas de ruina sobrevenida— para acogerse a un complejo esquema legal propuesto por el Gobierno británico. Según el planteamiento de la Administración, las familias transferían la propiedad de las mansiones al National Trust y quedaban obligadas a abrirlas al público, al tiempo que podían habitarlas indefinidamente y transmitir su uso por vía hereditaria. Con estos equilibrios no sólo se conservaba un patrimonio arquitectónico, sino que se garantizaba su pervivencia original: perfectamente inglesa, la idea de Milne era que las casas siguiesen siendo casas vividas, no museos. El encanto personal del escritor, hecho de sensibilidad y erudición, con la comprensión natural de quien había nacido en una de esas country houses, suavizó las dificultades de la causa.

Hombre dado a los foulares complicados, pero “caballo de carga” en el trabajo, allá por la posguerra Lees-Milne iba a conseguir que decenas y decenas de propietarios entregaran las llaves de sus casas al National Trust. El salvamento se prolongó durante décadas. Si a su llegada a la institución en los años treinta, el Patrimonio Nacional británico sólo poseía dos country houses, en 1995 ya eran doscientas cuarenta, en muy buena parte gracias a su poder de convicción. Lees-Milne lo logró todo con tacto y diplomacia, con un conocimiento exento de pedantería y con una tenacidad a la altura de la misión. Ahí es fácil seguir, página a página, sus recorridos en bicicleta, en trenes que nunca llegaban a su hora o en ese Austin del National Trust que iba petardeando por las revueltas de los caminos de Inglaterra. En sus diarios y memorias, Lees-Milne nos da cuenta de un mundo que se acaba, a veces en la ruina, a veces en un último rescoldo de esplendor, entre lores de paño raído y solteronas obligadas a vender su Canaletto.

Cabe alabar el gusto —en la tradición del gentleman amateur— de Lees-Milne, su “instinto paternal” hacia las casas, pero no menos habrá que ponderar su extraordinario don político, su magnífica cintura y voluntad componedora. A él le tocó mediar en los conflictos diarios entre la conveniencia de los dueños y el interés de los herederos, las exigencias del arte y el filisteísmo de la Administración. A él le tocó seducir a quienes no querían ceder sus casas y alejar de sí —con las mejores formas— a tantos propietarios cuyas mansiones no interesaban. En esta tarea de abrasión, no es de extrañar que alguien capaz de tanto narcisismo se sintiera “constantemente humillado”: Milne, que ganó no pocas amistades, también tuvo que sufrir no pocos portazos y arrogancias. Al final, sin embargo, iban a prevalecer su finezza y su marquetería diplomática.

English manor from 17th century, Belton, UK

Junto a sus encontronazos con baronetes ignaros o herederos calaveras, Milne tuvo que esquivar también a la crítica académica. Su amateurismo, tan propio del venero intelectual inglés, encontró su oposición en la figura doctoral —pensemos en un Pevsner— de los eruditos académicos. No en vano, su perfil se iba a resentir ante la sucesiva burocratización del National Trust y el consiguiente postergamiento de Milne y los suyos como gentes elitistas o —directamente— antimodernas, de apegos y romanticismos de otro tiempo. La diferencia es clara: donde los historiadores profesionales veían cornisas Tudor o ebanistería francesa, Lees-Milne veía también los idilios de una Inglaterra perdida, como un diálogo del país consigo mismo. Su relativo arrumbamiento tuvo cierta injusticia de paradoja, toda vez que el conservacionismo en Inglaterra, la misma noción de patrimonio, debía mucho más al afán estético, a la voluntad privada, a la estirpe de Ruskin y de Morris, que al concurso del Estado.

Por cuna y por crianza, se ha dicho que no hubiera habido nadie mejor que Lees-Milne para cortejar las voluntades de los propietarios rurales. Sin embargo, el suyo era un material humano harto complicado y torturado, de triunfo impredecible. Nacido en el agro inglés, su familia era buena sin ser noble: como él mismo dejó dicho, con precisión de científico social, había nacido vástago de “la baja clase alta”. De hecho, siempre ocultó con celo —comprensible en su ambiente— el origen comercial, algodonero, de la fortuna paterna. Y pese a la riqueza heredada, pese al recorrido altisonante de Eton a Oxford, Lees-Milne encontró trabas desde sus mismos comienzos y en su misma familia. Para su padre, por ejemplo, la propia palabra “arte” “tenía el mismo efecto que un paño rojo ante un toro”. El hombre “hervía ante la mera mención de la palabra, y su adjetivo más letal, más insultante, era ‘artístico’, por denotar decadencia, deslealtad a la Corona, y vicio anti-natura”.

La inquina familiar le secó muy pronto a Jim Lees-Milne el manantío del dinero, por lo que en fecha temprana quedó obligado, por prescripción paterna, a “valerse por sí mismo”. Tras estudiar, muchacho sin futuro, en una escuela de señoritas estenotipistas donde era el único alumno varón, y tras un paso de frustración por Oxford, Milne terminaría por servir de asistente a un lord, primero, y a un magnate de la prensa, después. Su suerte sólo iba a cambiar por la conjunción de voluntades del primer ministro Baldwin, el diplomático y escritor Harold Nicolson y la mujer de este, Vita Sackville-West: ellos le ofrecieron el cargo que le acarrearía fama perpetua en el National Trust. Curiosamente, Nicolson había sido uno de sus grandes amores y Sackville-West, que vivía un “matrimonio abierto” con el diplomático, tendría con el tiempo un romance de alta intensidad con la mujer del propio Lees-Milne.

Espléndido diarista él mismo, fue Nicolson quien animó a “Jimmy” a empezar su dietario. Lo llevaría durante décadas, hasta su muerte, capaz de sobreponerse a los ocasionales lapsos de silencio para hacer de su obra su pasión dominante. La media docena de tomos que nos han llegado nos muestran al Lees-Milne observador, ingenioso y ligero, capaz de humor para con los demás y para consigo mismo, irremediablemente chismoso, a veces cascarrabias, hábil siempre para ofrecer el mejor elenco de personajes de la época, entre evocaciones, proclamas reaccionarias y complacencias en el detalle estético. Es “el mejor libro para llevarse a la cama”, dejó dicho Nicholas Shakespeare, “desde el diario de Pepys”, y por él pasan desde el príncipe Carlos a nobles excéntricos y jesuitas relapsos, el quién es quién de las letras inglesas al completo. Alan Clark, el último gran diarista político de la tradición británica, no dudó en señalar los dietarios de Milnes como sus preferidos. Según hemos dicho, son una intrahistoria de la Inglaterra —de esa cierta Inglaterra de clase alta— del siglo XX, pero lo son porque el propio carácter de Lees-Milne encarnó su ethos como nadie y compatibilizó las vertientes de protagonista, cronista y observador.

El mutismo que ocasionalmente se autoimpuso tenía un motivo y el motivo lo tenía Milne en casa. Su mujer, Alvilde, carácter celoso y posesivo hasta el extremo, llegaba a abrir las cartas de Jim con el vapor de la tetera: algunos amigos, directamente, aprovechaban para escribirles a los dos en el mismo envío. Y como la vida de Lees-Milne estuvo recorrida de grandes pasiones amorosas —de un hermano Mitford al joven historiador que eligió como albacea—, el esteta sabía de los peligros que corría el matrimonio si su mujer daba en leer sus dietarios: al fin y al cabo, además de los ya citados, Jim iba a tener pasiones no sólo platónicas con un largo florilegio que incluye, entre muchos otros, a Rick Stewart-Jones y al también esteta Harold Acton.

Con ciertas notas de drama personal, el apetito erótico convivió en Milne con la veta religiosa. Ese afán iba a llevarle a las puertas de Roma, a convertirse al catolicismo y a bautizarse con el nombre de María (sic), hasta que el adiós conciliar al latín puso distancias con una fe que para él siempre había dependido de las “nubes de incienso”. Como sea, si Lees-Milne no fue un santo de altar, Alvide también tendría sus decursos y complejidades: jardinera, a instancias de su enamorada Sackville-West, fue mujer influyente en su gremio, con encargos de gentes del gran mundo como Mick Jagger o Valéry Giscard d’Estaing. Tras divorciarse de su primer marido, la herencia de una amante de rango principesco permitió que, entre gardenias y hortensias, su segundo matrimonio con Lees-Milne conociese la bendición del desahogo. En tiempos de turbulencia, también les unió el hallar una casa espléndida en los Cotswolds, zona de prestigio y elegancia en Inglaterra, y sus últimos años de convivencia fueron de una ejemplaridad sin par, apagadas ya las pasiones de la carne.

Con todo lo dicho, podría parecer que la cuota vital de James Lees-Milne estaba ya cubierta. Pero para completarla habría que añadir los muchos libros no diarísticos que escribió, de historias de la arquitectura a biografías, de novelitas algo renqueantes a las espléndidas memorias de Another self, con su gota de ficción; como también hay que mencionar su participación en la Segunda Guerra Mundial antes de su exención a causa de una rara forma de epilepsia. Y, por supuesto, aún debemos sumar la sociabilidad de una persona —mezcla compleja de apertura y narcisismo, encanto y misantropía— que llegó a conocer a todo el mundo, de James Joyce a Ivy Compton-Burnett o un John Gielgud que, inevitablemente, fue su amante.

“Siempre me he sentido fuera de sitio”, confesó Lees-Milne, el “delicioso gruñón” que retrató su amigo John Betjeman. No es de extrañar su desubicación, toda vez que tuvo que conciliar violentos opuestos interiores: historiador sin cargo académico, hombre de campo que odiaba la caza, homosexual devotamente casado con una mujer, heterosexual adventicio, gentleman con educación pero sin dinero ni prosapia, snob con acceso y admiración por una aristocracia a la que también fustigaba y detestaba. Esas torturas están en sus diarios, destinadas sin embargo a resolverse en luz. En sus últimos años —murió casi nonagenario—, James Lees-Milne posaba ya como una figura pintoresca, dada al impromptu contra el mundo moderno en su totalidad, y que —por esto o pese a esto— logró adquirir contornos de mito gracias al detalle y la finura de su dietario. Al final, lamentó ver que muchas de las grandes casas por las que había luchado se convertían en museos fosilizados, inertes, sin vida. ¿Le habían ganado la partida “los enemigos de todo lo que es hermoso”? No está tan claro: lo adecuado para una historia hermosa es un colofón triste, pero sólo Lees-Milne ha pervivido como “un tesoro nacional”.

 

JAMES LEES-MILNE: FRAGMENTOS

(Extractos de Diaries 1942-1954; Diaries, 1971-1983; Diaries, 1984-1997 y Some country houses and their owners)

Miércoles, 28 de enero de 1942

Fui a Londres al dentista. En el tren, me terminé de leer el libro de Cherry-Garrard . Sus terribles descripciones del frío me afectaron tanto físicamente que estuve tiritando durante toda la comida en Brooks y, al llegar al dentista, me sentía enfermo. Cuando terminó conmigo, ya estaba malo del todo. Para recuperarme, me acerqué dando un paseo a la librería de Heywood Hill. Un hombre con barba, que llevaba una capa marrón de fustán, le estaba dictando una carta a Heywood, sentado ante su máquina de escribir. Anne me susurró misteriosamente: “Es el pretendiente al trono de Polonia”. Pero no ha habido trono en Polonia desde el siglo XVIII. (…)

Martes, 17 de febrero de 1942

Cena en Rules con Harold Nicolson y Jamesey. Hablamos sobre la vida sexual de Byron. Se dice que Lady Byron anotó en su diario que, una vez, le dijo a Byron que no podría acostarse con él por tener “la maldición ”, a lo que él replicó: “Oh, está bien. Siempre puedo acostarme con Augusta”. (…)

Sábado, 7 de marzo de 1942

Hay gran revuelo en Brooks a propósito del socio al que se le ha pedido la renuncia y no piensa marcharse. Usa pertinazmente la biblioteca cada día e incluso exige privilegios que ni los más curtidos de los viejos socios se atreverían a pedir tras medio siglo de pertenencia. Ha sido tan grosero con el servicio que el personal se presentó como un solo hombre para informar al Secretario de que estaban dispuestos a irse si él no lo hacía. Ahora va a convocarse una reunión extraordinaria con objeto de expulsarle formalmente. Nunca en la historia de Brooks se ha sabido de nada igual. El infractor es un tipo vulgar, de apariencia siniestra, que merodea por el club. Cuando sale de un cuarto, los caballeros más provectos arrancan a hablar en apagados susurros. (…)

Lunes, 12 de octubre de 1942

(…) Para cenar tomamos sopa, pescadilla, faisán, tarta de manzana, frutos secos, un blanco del Rin y oporto. Lady Hoare no tiene criada, sólo cocinero y mayordomo. Pero dijo con jactancia que “en Maiden Bradley, la duquesa de Somerset tiene que cocinarlo todo ella”. Parloteaba de un modo muy vivo, no del todo coherente. Me dijo: “¿no le parece que la comida es mejor en esta guerra que en la última?” Le contesté que era muy joven en la última, pero que recordaba muy bien la margarina rancia que nos daban en mi escuela cuando tenía ocho años. “Oh’, dijo ella, ‘qué suerte tuvo usted. Nosotros no pudimos más que comer ratas”. Esto me causó una cierta sorpresa, hasta que Sir Henry volvió los ojos y dijo, “No, no, Alda. No haces más que equivocarte con tus guerras. Eso fue cuando estabais en la Comuna de París”.

Jueves, 25 de noviembre de 1943

Lyme Park, Cheshire
Cogí el tren de las diez y cuarto para Stockport, donde me recogieron para llevarme a Lyme Park. De subida, a lo largo del extenso camino, la tierra estaba cubierta de nieve. Esta gran propiedad está a ochocientos pies sobre el nivel del mar. Las puertas del jardín quedan a la entrada de las afueras de Stockport. Dicho de otra manera, Lyme se erige como un baluarte ante Manchester y sus horrores satélites. La mayor parte de la finca, de tres mil acres, se extiende en dirección contraria, hacia The Peak . El sol lució toda la mañana mientras estaba en el tren. En Lyme caía la nieve de un cielo color plomo. En la puerta principal me recibió un criado, que me llevó a través del patio central y unas escaleras de piedra hasta el zaguán en el piano nobile. Lord Newton vive y hace sus comidas en la gran biblioteca, con un fuego espléndido y dos perros igualmente espléndidos tumbados a sus pies.

Lyme es una de las grandes casas de Inglaterra. El exterior es, prácticamente por entero, obra de Leoni. La fachada sur es un poco demasiado severa para ser hermosa (…) Los fondos de los salones son magníficos, ante todo las sillas de Chippendale, las camas estilo Carlos II y los tapices de Mortlake. Hay un fascinante retrato byroniano de Thomas Legh en atuendo griego, de pie junto a su caballo. Mi cuarto (…) tiene dos retratos de Sargent, uno de la madre de Lord Newton y el otro de su suegra.

Lord Newton vive abatido. El mundo le pesa demasiado, y no me extraña. No sabe qué puede hacer, qué tendría que hacer, ni qué querría hacer. Se limita a alzar las manos en gesto de de desesperación. De lo único que está seguro es de que, tras una habitación ininterrumpida durante seiscientos años, sus descendientes nunca van a querer vivir en Lyme. Yo ya estoy convencido de que no va a despedirse de su condición de propietario.

En la casa ha habido cuarenta niños evacuados, pero ya no estaban. El jardín ha quedado destrozado por miles de camiones de la RAF, porque ahora se usa de cochera.

Jueves, 23 de diciembre de 1943

He comido con Lord y Lady Newton en su piso de Park Street. Estaban encantados con la posibilidad de que el Trust arrendara Lyme Park a la Universidad de Manchester. Lady Newton tiene que haber sido una mujer muy guapa. Es alta y delgada como todo el mundo estos días. Pero tiene el mismo sentimiento de abandono y la misma desesperanza que su marido. Ambos me dijeron que nunca van a poder reconciliarse con el nuevo orden al final de la guerra. Reconocen que su tiempo se ha acabado; que la vida, tal y como la han vivido, se ha perdido para siempre. Cuánta razón tienen, pobre gente.

Viernes, 13 de agosto de 1971

(…) No conozco mayor agonía que la de que a uno le rechacen un manuscrito. Me ha ocurrido varias veces y el dolor, la humillación y el desengaño resultan siempre devastadores. Este último invierno entré en severa depresión porque el agente David Higham y los editores Hamish Hamilton y Jock Murray habían rechazado mi novela. Ayer empecé a revisarla de nuevo tras un receso de nueve meses. Es peor de lo que había pensado, rebuscada y anticuada. Tengo la terrible convicción de que hoy, a los escritores viejos, salvo que sean de enorme distinción, simplemente no los quiere nadie.

Sábado, 14 de agosto de 1971

Ayer fue el cumpleaños de A. Conforme nos hacemos viejos, pienso con temor en la horrible posibilidad de que ella muera antes que yo. No lo quiera Dios. Con todo, me pregunto qué haría ella sin mí, porque no tiene muchos amigos íntimos. Tampoco a mí me quedan muchos, pero de algún modo creo que podría hacer nuevos amigos más fácilmente que ella.

Lunes, 13 de marzo de 1972

Hay algo ordinario en el beber que no me gusta. Robin Fedden se quedó anoche a dormir. A lo largo de la noche se bebió media botella de whisky, prácticamente una botella entera de vino tinto, dos copas de oporto y una de brandy. No sólo resulta extremadamente caro para sus anfitriones, sino también incivilizado. Al final provoca que no queramos que se vuelva a quedar aquí. Pero tengo cariño a Robin, y admiro su inteligencia y sus grandes habilidades. Esta mañana, a las ocho y media ya había bajado a desayunar fresco como una margarita. ¿Cómo lo hace?

Jueves, 21 de marzo de 1972

(…) Mi amor por John Betjeman es muy profundo. Estoy convencido de que a cientos de sus amigos les gusta creer que son su principal confidente y la persona junto a la que él es más feliz. Yo no me engaño tanto. Pero estoy seguro de ser uno de sus amigos más íntimos. Con él, las confidencias fluyen, la diversión, la locura, las lágrimas, la sabiduría, el recitar o leer extractos del DNB, del Burke’s Peerage, las risas a gritos, las bromas sobre nobles irlandeses, sus amigos, el miedo al más allá y al juicio de Dios, la total incredulidad hacia todo ello, una devoción honda y auténtica hacia la iglesia, odio al papismo… toda una mezcla. ¡Qué tormentos sufre, qué gozos saca de la vida! Ojalá no estuviera, físicamente, tan decaído. Tiene una panza enorme, lo que significa que todo lo demás anda encogido. ¡Y cómo arrastra los pies! (…)

Viernes, 20 de noviembre de 1992

Trágica noticia: el incendio en el castillo de Windsor. Un pedazo de historia inglesa borrado en una tarde. Parece que la mayor parte de los tesoros se han salvado, pero las estancias de Jorge IV han desaparecido todas. De la conmoción, al pobre Christopher Lloyd le ha dado un infarto.

Sábado, 21 de noviembre de 1992

Comida con Peter y Deirdre Levi en Frampton-on-Severn (…) Mi principal objetivo era conocer a Jeremy Lewis, que está escribiendo la biografía de Cyril Connolly. (…) Le pregunté a Levi por la reacción de los papistas más chapados a la antigua cuando abandonó los jesuitas. Me dijo que había tenido miedo de la reacción de monseñor Gilbey, quien mostró su lamento, pero dijo que no iba a permitir que la cuestión interfiriera en su amistad. Deirdre contó que, cuando estaba viviendo en pecado con Cyril, Evelyn Waugh, le dejó con la palabra en la boca, al decirle a Cyril que el adulterio estaba bien en un hombre pero no en una mujer. Cuando Cyril estaba en Estados Unidos visitó la biblioteca que conserva los diarios de Evelyn y pidió verlos. Encontró unas entradas tan terribles sobre él que nunca llegó a recuperarse. (…)


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Habitual como firma de periodismo literario, opinión política y dos áreas de su especial interés, la literatura y la cocina, ha publicado sus trabajos en los grandes medios españoles. Ha sido director de la edición digital de Nueva Revista, jefe del proyecto de opinión online de The Objective y articulista en diversos medios. En julio de 2017 fue nombrado director del Instituto Cervantes de Londres. Ha publicado Pompa y circunstancia. Diccionario sentimental de la cultura inglesa (2014) y de La vista desde aquí. Una conversación con Valentí Puig (2017). Traductor y prologuista de obras de Evelyn Waugh, Louis Auchincloss, J. K. Huysmans, Rudyard Kipling, Valle-Inclán o Augusto Assía, entre otros.