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fotos.jpgSiempre buen titulador de libros, Fernando Ortiz acertó de lleno y por desgracia con Pasos que se alejan. Así se llama su libro póstumo subtitulado Antología poética 1978-2013. Tituló la antología aprovechando el epígrafe de un poema contenido en otro libro, de 2007, Último espejo. El poema homónimo termina

Con mano de vejez manchada escribe

antes que el tiempo aviente sus cenizas.

El último poema de este libro póstumo, terceto que Ortiz define como «un homenaje a todos nosotros cuando nos vamos», tiene un tono lírico bien distinto de la melancolía, a veces sombría, de muchos otros de este libro:

La Aurora, vestida de blanco,

con sus labios aspira mi aliento

y con ella me lleva hasta el sol.

Sorprende el súbito cambio de tono en un colofón que, como el resto del libro, aparece como selección del autor. A menudo pensé que, al igual que tantos de nosotros, y pese a sus frecuentes declaraciones de agnosticismo, Fernando Ortiz en su fuero interno llevaba sentimientos y vislumbres diversos. Ahora que lo pienso, nunca hablé con él de Santayana, y no sé si nuestro amigo sevillano fue lector del madrileño-abulense-bostoniano, calificado de Catholic Atheist por su amigo el dominico Padre Richard Butler. Pero hay afinidades no electivas e inconscientes. El caso es que esta excelente antología fue seleccionada por el autor muy al final de su vida, y entiendo que lo hizo con toda libertad, así es que lo escogido es significativo en más de un sentido.

Tuvo Ortiz una perfecta editora en Marina Bianchi, profesora de la Universidad de Bergamo. Su introducción a Pasos que se alejan es modelo de erudición y discernimiento nunca nublados por la evidente bienquerencia. Iguales méritos aparecen en el otro libro de la Profesora Bianchi que acaba de publicarse, Epistolario en verso (2012-2013) entre José Manuel Velázquez y Fernando Ortiz. En ambos ensayos aborda el interesante itinerario poético de Ortiz. Resalta la importancia del tiempo como centro de gravedad de toda su obra, pero observa que «en los primeros libros, hasta El verano de 1992, prima la nostalgia, la soledad, la tristeza y las anécdotas negativas». Más tarde, «desde Moneditas de 1996 algo cambia». Irrumpe el humor, a veces tierno y con frecuencia irónico. Tiene razón, aunque a veces nos olvidemos de esta última faceta de Ortiz. Valga esta soleá como botón de muestra:

Que nadie se llame a engaño:

lo mejor del siglo XX

ha sido el cuarto de baño.

Cuando lo leí, le comenté a Fernando que me parecía oír ecos de Nabokov, que dijo algo parecido en una entrevista, con escándalo del periodista de izquierdas. Fernando no se acordaba de haberlo leído, pero sigo pensando en él como alguien que, a ratos, se muestra muy cercano en ideas al librepensador y reaccionario Nabokov.

En esencia era un poeta estoico. Marina Bianchi nos recuerda lo que Ortiz dejó muy claro: «La poesía es mi profesión de fe, mi dicha y mi destino. Algo que ha dado sentido a mi vida y me ha hecho estar abierto al milagro en su acepción originaria de mirada, de visión. El milagro es una mirada que ve el lado nuevo u oculto de las cosas. Es, también, como en el “acorde” de Cernuda, “un instante que lleva en sí la eternidad”».

En cuanto al estoicismo, presente a lo largo de su obra, no fue en él mero recurso retórico. Le diagnosticaron cáncer de pulmón en julio del 2010. Ese mismo año publicó su Homenaje al soneto barroco, uno de los sonetos más brillantes y sombríos de estos tiempos, al que incorpora elementos de Quevedo, Jáuregui y Rioja, y que termina con un inolvidable terceto final, muy suyo y nada amargo:

Siguiendo la común humana suerte,

a todos llegará el último día

como el último verso a este soneto.

Un par de años después y con otro ánimo y estilo publicó El soneto que ves, donde se adivina la ironía que lo lleva a parodiar las coplas de ciego, con este otro terceto final:

Le quedan, a lo sumo, dos o tres.

¿Y qué hace el insensato? Pues cantar

y escribir el soneto que ahora ves.

Mucho tienen en común estos dos sonetos postreros, sobre todo la entereza. Acertó Fernando en los «dos o tres» años que le quedaban de vida. Murió en la madrugada del 29 de enero del 2014. En la víspera o la antevíspera hablé con él por teléfono larga y animadamente, como solían ser nuestras conversaciones. Empezó con la broma afectuosa frecuente en él: «¿Qué pasa, maestro?». Ese día le contesté: «No me des coba, Fernando, que el maestro eres tú». Ya no sé, ay, lo que me replicó, pero sí que fue un donaire, pues mi último recuerdo de su voz es alegre.

En una cosa no estoy de acuerdo con él, y la dijo en su último artículo, aparecido póstumamente —gracias a la solícita atención de su admirada y admiradora Pilar Solde-villa— en estas páginas de Nueva Revista (nº 148, 2014): «… la que algunos estudiosos han dado en llamar “Generación de la Transición” (pues en ella publican sus primeros libros). En esa generación, que es la mía, no hay grandes poetas…». No podía él citar a un gran poeta, el mejor de su generación: Fernando Ortiz. Fue Il miglior fabro, el mejor artesano, por usar a conciencia las palabras de Eliot dedicadas a Ezra Pound y siglos antes por Dante a Arnaut Daniel, el inventor de la sextina, que con tan buena mano como cabeza cultivó Fernando en recuerdo del gran artesano provenzal.

Disfruta, amigo, allá arriba en el Parnaso cuando visites a tus cuatro guías principales, Eliot, Pound, Dante y Arnaut. Dales las gracias, Fernando, no fueron malos mentores. Ni tú desaprovechaste sus lecciones.

El Marqués de Tamarón


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DIPLÓMATICO Y ESCRITOR