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Jorge Luis Borges llamó la atención sobre el hecho de que algunas formas clásicas de poesía quedaron completamente obsoletas, mientras que el soneto, inventado por Giacomo da Lentini en el bendito siglo XIII, sigue siendo capaz –prodigioso Proteo— de adaptarse a la poesía más actual, mejor incluso que el vanguardismo de ayer, dándonos infinitas muestras de la mejor poesía. El nuevo libro de Estaban Torre (Sevilla, 1943) viene a demostrarlo con 62 sonetos. No hacía falta. En el prólogo de una reciente colección de Jon Juaristi, Sonetos a la patria oscura, el brillante prologuista Rodrigo Olay nos recuerda una anécdota: «Cuando, desde su inicial poética del silencio, [Jaime Siles] empezó a sentirse atraído por formas más ajustadas y ceñidas […] tuvo la oportunidad de comentar con Rafael Alberti las dudas que le ofrecía escribir sonetos, porque temía caer en el reaccionarismo estético. La respuesta del autor de Cal y canto a las reservas de Siles no pudo ser más memorable: “Eso es como pensar que la línea curva ha pasado de moda”». No hacía falta, pues, que Esteban Torre nos recordase la inmortalidad y la infinitud del soneto, pero da gusto y emociona leerlo, que es de lo que se trata en poesía.


Esteban Torre: LXII Sonetos. Renacimiento, 2018. 114 páginas.


Está omnipresente en el libro el Esteban Torre profesor de Historia de la Literatura. En todo momento estamos ante un tratado por lo práctico de la teoría del soneto. Los despliega de todo tipo, factura e intención: clásicos, asonantados, blancos, de arte mayor, de arte menor, metapoéticos, teológicos, irónicos, líricos, metafísicos, políticos, lúdicos («Cambio de hora»), vanguardistas («Bongo-bongo»), circunstanciales, etc. Sólo faltan los imperfectos. Podría ser el manual de un curso monográfico. El meticuloso prólogo de María Victoria Utrera Torremocha no deja un hilo suelto y redondea este aspecto estudioso del volumen.

También está presente el magistral traductor que Estaban Torre es. Algunos sonetos transmiten la impresión de ser transparentes ejercicios de transposición de una idea brillante al idioma de la poesía. Que escribir versos incluso en el propio idioma podría ser un ejercicio análogo a una traducción lo apuntó Eugenio d’Ors y, en los poemas más circunstanciales de esta colección, puede verse el preciso trabajo de laboratorio de quien domina perfectamente el oficio.

Entre la erudición y la técnica, entre el placer de la inteligencia y la voluptuosidad del verso, se cuelan, sin embargo, otros poemas que, sin renunciar ni a lo uno ni a lo otro, también traslucen el alma del poeta y provocan una emoción estrictamente lírica. No otra cosa pasa en la mentada colección de Jon Juaristi, donde sonetos como “Bárbara” o “Rosario” sobresalen del resto por un pellizco de altura: a la altura del corazón. Aquí ocurre, por ejemplo, con el «Abril» de Esteban Torre: «El aire, claro. El cielo, azul y frío./ Más blancas que el jazmín y que la nieve, / se deshilan las nubes. No se atreve/ ya la rosa a cubrirse de rocío.// El almendro, el laurel, el griterío/ de las aves. El sauce no se mueve./ La gaviota, con su vuelo breve,/ traza un arco de sueño sobre el río.// Silba el mirlo y arrulla la paloma./ Y, entre las ramas del naranjo, asoma/ su dulce despertar la primavera.// Luego la lluvia, el sol, la nube, el viento,/ las sombras y la luz. Por un momento,/ late una paz profunda y verdadera».

Ni la elección de este soneto ni la mención al libro de Jon Juaristi son casuales porque quizá la característica más distintiva de Torre es que se adscribe a una tradición sevillana de sonetistas con la misma fidelidad que Juaristi lo hace a una tradición bilbaína (Unamuno, Otero, Aresti, Fernández de la Sota…). Mientras el soneto vasco se asemeja a una escultura tallada en piedra o fundida en hierro, el andaluz es una acuarela o quizá el rasgueo de una guitarra a la sombra de una vieja parra (para ponernos manuelmachadianos…). El soneto «Abril» podría ser un cuadro de Carmen Laffón o unos versos de Fernando Ortiz, Jacobo Cortines o Juan Lamillar. Incluso esa serie de simpáticos sonetos a gatos, que traen a la memoria al Nobel T. S. Eliot, nos recuerdan que fue la sevillana Regla Ortiz la traductora del Old Possum’s Book of Practical Cats y que la conexión inglesa tiene, desde Cernuda, un cierto acento andaluz y mucho envés de Eliot.

La conexión sevillana se remonta más, sin embargo: hasta los poetas metafísicos andaluces del siglo de Oro: Arguijo, Medrano, Rioja, Jáuregui. Torre es heredero de su afán de claridad, tanto que en el soneto «Arte Poética» se atreve con la hipérbole (andaluza) de afirmar «que Garcilaso le parece oscuro». Comparte con ellos el tono sentencioso y reflexivo, motivado incluso por los mismos paisajes, como en el soneto «Itálica»; y, en los mejores momentos, nos transmite un afinado temple moral: «No desprecies a nadie. Ni a ti mismo siquiera».


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Enrique García-Máiquez (Murcia, 1969). Estudió Derecho en la Universidad Navarra y lo enseña en un instituto de secundaria de Puerto Real. Ha publicado cuatro libros de poesía, el último es “Con el tiempo” (2010), tres dietarios (el más reciente, “Un largo etcétera”, 2017), dos colecciones de sus columnas periodísticas (la última, “Un paso atrás”, 2012), un libro de aforismos, “Palomas y serpientes” (2016) y un brevísimo cuadernillo de haikus, “Alguien distinto” (2005). Tiene en prensa “El burro flautista”, nueva colección de columnas periodísticas. Ha traducido a Mario Quintana, a G. K. Chesterton, en prosa y en verso, y el “Tomás Moro”, de William Shakespeare, nada menos, y de otros. Codirigió la revista literaria “Nadie parecía” y escribe crítica de poesía en diversas revistas especializadas. Mantiene el blog “Rayos y truenos”.