Compartir:

A primera vista, estamos ante un libro poco importante. Su autor, Alfonso Paredes (Oviedo, 1976), es radicalmente novel y relativamente tardío. Sin embargo, no nos hace falta recurrir al primo de Zumosol de T. S. Eliot cuando recordaba que el lector auténtico se reconoce porque se apasiona con libros menores, que, con los grandes, cualquiera se impresiona, naturalmente. Podríamos recurrir también a Jorge Luis Borges y a su concepción hedónica de la lectura, porque este libro nos ha regalado horas de preclaro placer, pero tampoco será necesario.

 


Alfonso Paredes: El Sr. Marbury. Ediciones Camelot, 2018, 326 páginas.


 

El Sr. Marbury entra de lleno, como quien no quiere la cosa, en uno de los debates más candentes de la literatura actual. Los límites entre la ficción y la biografía. Y entra tan a lo lleno —he aquí su importancia— tanto por interesantes razones de fondo como con perspicaces recursos formales.

El autor está a punto de cumplir los cuarenta años [cuando escribía el libro; ya los tiene] y se pregunta por el sentido de su vida y por la huella que está dejando o no en el mundo. A pesar del pudor y del carácter bienhumorado, está atravesando el hombre una evidente crisis de los cuarenta. Lee a Tolstói: “Las novelas terminan cuando el héroe y la heroína se casan”, y él, que está felizmente casado y tiene cuatro hijas, nada menos, no termina de aceptar que su vida se haya cerrado ya a las emociones del argumento y la narración, y menos estando entre esas cuatro Paredes infantiles, ingeniosas, inquietas, increíbles, cuatro ventanas inmensas. Da algunas vueltas al asunto, y se dice: “Nuestra novela podría caber en un diario”. Andrés Trapiello ha andado ese camino, desbrozándolo, con anterioridad, indudablemente, pero El Sr. Marbury ayuda a entender mejor ese saltar a la comba con la línea que delimita los géneros que se traen los diarios de Trapiello.

Ayuda por su apuesta formal, en apariencia sencillísima, pero de una pasmosa eficacia literaria. Alfonso Paredes decide “anglificar” los nombres propios (personajes y lugares) de su libro. Con tan sencillo expediente, introduce un aire fresco de ficción, un brillo en los ojos de ironía narrativa, una veta riquísima de metaliteratura y un complejo sistema de ecos y resonancias. Contando sus vicisitudes de abogado idealista rodeado de niñas pequeñas, evoca o evocamos Matar un ruiseñor. Cuando habla de su casa en la colina y sus relaciones con su mujer, pensamos en El hombre tranquilo. Y cuando confiesa su catolicismo vivido y pensado, caemos en que El Sr. Marbury tiene un parentesco claro, también en forma y fondo, con El despertar de la Srta. Prim. El título no es traidor y lo avisa.

Quizá le sobren páginas y no siempre maneje con cuidado el contenido inflamable de lo confesional. Pero eso tendrá que preocupar a otros, no a nosotros. También insiste en dar un contenido dramático con las incomprensiones de los vecinos que les critican tanta felicidad doméstica. Pero no hacía falta. El drama auténtico de este libro luminoso es, como hemos dicho, la crisis de los cuarenta. Un hombre cumple esos años y no sabe si su vida merece la pena. Como es un gran lector, envidia las vibrantes historias de las novelas. Tiene un primo que le reprocha con cariño su vida sedentaria y esos reproches pesan mucho más que todas las malas lenguas del pueblo. Vence la crisis dejando constancia de ella, dándonos una deliciosa imagen de lo que es una familia católica y profesional joven del siglo XXI con cuatro hijas que, de pronto, ¡un nuevo embarazo!, va a aumentar  y es un signo de que ni la literatura ni la vida pueden encerrarse.

Para no pecar de abstracto en esta nota sobre un libro hecho de concretos y reales retazos, citaré un momento precioso. El padre, para fomentar la afición a lectura de una de sus hijas más reacia, lee con ella por las noches un ratito, a intervalos. Un día la sorprende a escondidas, sin esperarle, leyendo más allá, por la impaciencia, y entonces sabe que ha nacido una lectora y celebra esa traición.

He seleccionado estas frases:

Se pregunta si lee para sí mismo o lee para tener cosas hermosas que decirle a su esposa.

*

Sólo tras la atenta escucha de Telma [su mujer a la que cuenta su día], lo vivido podría adquirir realidad y consistencia.

*

La carne es débil; y, si la carne es mucha, la debilidad es mayor.

*

Peter y Telma no conservan muchas fotos —aunque les gustan mucho las pocas que tienen—.

*

[Nunca te hemos visto llorar, le dicen las niñas. Contesta el Sr. Marbury:] Ya. Eso es verdad: nunca me habéis visto.

*

Vivir es desvivirse.

*

La razón última de las cosas no es una razón sino un amor.

*

Más moderno que la vida no hay nada.

*

Amar no es brillar sino arder.


© de la imagen principal: Wikimedia Commons


Compartir:
Compartir

Enrique García-Máiquez (Murcia, 1969). Estudió Derecho en la Universidad Navarra y lo enseña en un instituto de secundaria de Puerto Real. Ha publicado cuatro libros de poesía, el último es “Con el tiempo” (2010), tres dietarios (el más reciente, “Un largo etcétera”, 2017), dos colecciones de sus columnas periodísticas (la última, “Un paso atrás”, 2012), un libro de aforismos, “Palomas y serpientes” (2016) y un brevísimo cuadernillo de haikus, “Alguien distinto” (2005). Tiene en prensa “El burro flautista”, nueva colección de columnas periodísticas. Ha traducido a Mario Quintana, a G. K. Chesterton, en prosa y en verso, y el “Tomás Moro”, de William Shakespeare, nada menos, y de otros. Codirigió la revista literaria “Nadie parecía” y escribe crítica de poesía en diversas revistas especializadas. Mantiene el blog “Rayos y truenos”.