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I

Rafael Narbona ya es, con su segunda obra, un escritor maduro. Nacido en Madrid hace poco más de medio siglo, retoño de una familia pequeña burguesa con domicilio en el barrio de Argüelles, hijo de un escritor notable que fue un padre deslumbrante y una referencia inamovible y absoluta. Vive hoy junto a su familia, rodeado de animales, a menudo malheridos o abandonados, en un pueblo del entorno de Madrid y escribe con una pasión de visionario sobre el paisaje castellano, sobre los perros que le han acompañado, sobre su madre que todavía conserva, a su lado, la luz suficiente para iluminarlo. Escribe sobre los desprotegidos y los desheredados con una piedad mortificante que le ha llevado a extremos casi desesperados. Escribe, sobre todo escribe diariamente con constancia casi febril una obra creciente de articulista y crítico literario. Rafael Narbona es uno de los escritores más propiamente tales del actual panorama literario, de manera que cada vez queda más paradójicamente definido por ese indefinido título: escritor.

En su primera novela, entre ficticia y biográfica (“Miedo de ser dos” Minobitia, Madrid. 2013), conocimos la figura determinante de su padre. Un escritor injustamente olvidado, del que Rafael Narbona conserva – frente a los modernísimos impugnadores del patriarcado y la familia – una memoria en carne viva, porque este hombre magnífico falleció pronto y su ausencia dejó una cicatriz que aún respira en su piel.  A ésta habría de añadirse la marca imborrable de un hermano adorado que joven, alto y fuerte no habría podido vencer la envidia de los dioses, cortando pronto el hilo de aliento que nos ata a la vida, lo cortó con sus propias manos y conmovió, como siempre sucede, el curso de muchos días.

Presente de modo tácito, pero profundo, fue un padre de alegre melancolía, sereno, ejemplar. Alguien podría añadir “a ojos de su hijo”, pero este añadido resultará o bien vacío por evidente, o bien miserable porque busca degradar su estatura apelando a la mentira relativista de que para todo hijo, es su padre encarnación de los más altos valores.  Esto es – en efecto – simplemente falso. Sólo para el hijo que ama y es amado por sus padres, puede esto resultar válido.  Pero entonces es doblemente verdad: el hijo amado por sus padres los contempla como arquetipos de la divinidad, sin duda, pero entonces los ve como realmente son.

El principio fundamental al que nos atenemos podría presentarse del siguiente modo: los que miran sin la potencia iluminadora del amor están cegados para la presencia real del valor de las cosas. Lejos de falsear, el amor encuentra en su objeto lo que realmente allí existe, aunque se esconde para ojos fríos y distanciados. Miguel de Cervantes expresa con exactitud esa objetividad de los valores morales, visibles únicamente – sin embargo – para el que sabe orientar, amorosamente, la dirección de su mirada. En D. Quijote dice Luscinda a Cardenio: “Cada día descubro en vos valores que me obligan y fuerzan a que en más os estime…” (Iª. 27) Valores descubiertos y estimados en el otro y con capacidad de imponer su estimación cuando el amor orienta la mirada. El principio es, en alguna medida, tan antiguo como la filosofía platónica, aunque sólo recibiría su forma aquilatada y exacta en la esfera del pensamiento y la fe cristianos.

Y este principio nos ayuda a leer esta obra porque entendemos que la comunidad, en que Rafael Narbona tiene su principio y su sostén, conduce su mirada e ilumina su palabra. Pero en esta ocasión el escritor – acaso dejándose llevar por su enorme habilidad de narrador – habría incurrido en un exceso temerario. Su soberbia pericia narrativa le ha llevado a proponerse un programa imposible cuyo resultado es el conjunto de relatos que lleva por título “El sueño de Ares”.

 A esta luz ha de leerse, a mi juicio, el desolador prefacio que antecede a sus narraciones – Una nota desde la Eternidad –: como el programa de una literatura extrema cuya posibilidad queda desmentida por las páginas humanas, demasiado humanas, que le siguen. Doy gracias a Dios por el fracaso que cosechan estas magníficas páginas.

II

Escribir conforme a la preceptiva del anónimo psicópata nietzscheano que firma ese prefacio (“Desde la Eternidad”) no puede ser – todavía hoy – más que una intención condenada al fracaso. Siguiendo esa preceptiva, la literatura del superhombre se aproximaría al informe forense, al análisis del cirujano o al estudio técnico o científico de las causas elementales que desencadenan la acción destructiva. Un estudio, radicalmente distanciado, del modo de operar del asesino, de los determinantes económicos de la guerra, de la neurología del temerario o del psicótico, del funcionamiento técnicamente eficaz del armamento y la maquinaria acorazada…

Es el objetivo de toda una mal llamada “literatura científica” que reduce al hombre a magnitud física, neurológica, económica… una suerte de documentación – no literatura – en la que la dimensión antropológica de la vida humana queda analizada en factores, de cuya composición resultaría una acción enteramente a la vista, profanada, y dispuesta para su gestión tecno-científica. Esa reducción de la literatura a documentación técnica de gestión de las disfunciones antropológicas es un aspecto del proyecto ilustrado, científico o industrial: moderno. En su horizonte se puede ver la producción del hombre por el hombre, el último paso del antropoteísmo. Se alcanzaría así el hombre perfectamente racional y translúcido, merced a su completa autognosis, con cuya posibilidad ya contaba una efectiva literatura que ha dejado abundantes monumentos al superhombre. Para mi gusto uno de los primeros ha sido también uno de los mejores: el construido por Mary Shelley en su Frankenstein, frente a la pesadilla nietzscheana. 

Dirigiéndose a nosotros desde más allá de la historia – desde la eternidad – el anónimo hombre nuevo, profeta de un nuevo mundo, se desnuda de la vieja moralidad tradicional que contempla como objeción contra la vida. Frente a esa vieja moralidad este profeta impasible, que configura Narbona, no predica el nuevo orden del odio, aunque señala su presencia constante: “el odio es mucho más común que la fraternidad y la fraternidad es tan frágil como una rama seca”. Ese odio es todavía una pasión hondamente antropológica, frente a la que ha de ser absoluta la distancia del ejecutor: “Mientras mataba a las prostitutas de Whitechapel, sólo apreciaba en sus ojos la estupidez de una res en el matadero. He realizado muchas vivisecciones con perros callejeros y sus aullidos me producían la misma indiferencia”.

En el gesto del ejecutor no habría nada enfermizo, nada definible en los devaluados términos morales de esa vieja tradición, condenada por el relativismo crítico. En el gesto aniquilador habría de verse el enconado esfuerzo de la emancipación: “sólo intento liberarme de la carga impuesta por casi dos mil años de cristianismo”. Fundado en un presunto conocimiento inobjetable, en la arquitectura inexpugnable de la Ciencia – el gran mito de nuestro tiempo – el hombre queda reducido a fenómeno natural y la Naturaleza – otro nombre para la totalidad de lo real que incluye un reclamo de perfecta inmanencia – exigiría la supresión del débil o del malogrado. Así es como la razón – trasunto de la ciencia – esconde asombrosas enseñanzas: “…la razón me enseñó a desdeñar la piedad”.

 Y así es como este anónimo precursor, este profeta del nuevo orden postantropológico, ha ido extendiendo su doctrina en un mundo que ya estaría maduro para recibirla: “soy la espuma de un tiempo que adviene con la fuerza de una multitud furiosa”. Poco importan fenómenos anecdóticos: nunca envió notas a la policía remitidas desde el infierno, no fue el ejecutor de numerosos crímenes que se produjeron siguiendo sus procedimientos, jamás firmó como Jack el Destripador.

Más importante es que pronto aparecieron discípulos, aprendices del hombre nuevo: “Yo di el primer paso, sembrando dudas sobre la obligación moral de respetar la vida humana. Las guerras que acontecieron en el siglo posterior son el eco de mis crímenes”. Este superhombre es un transfigurado que ríe, liberado de la tradición, hundidos los muros de la vieja religión, en un mundo sin pasado y sin mañana: “mi signo no es la cruz, sino una carcajada inmortal”.

III

Pero Ares es un dios antiguo y la carcajada está ausente de las magníficas narraciones que nos ofrece Rafael Narbona. Nadie pretenderá que el heroísmo o la épica juegan hoy un papel fundamental en las formas modernas de destrucción mutua, pero conserva un espacio propio incluso en los escenarios industriales de las batallas de material, en el cálculo demoledor del torturador o en el bombardeo masivo. Y no tendría sentido alguno ese heroísmo – por mínimo que sea su espacio – sin las pasiones humanas, sin la figura del hombre. Acaso la pasión dominante en estos relatos sea el odio, que invierte nuestra humanidad pero no la niega, porque es la contrafigura misma del amor que nos constituye. Jamás se encuentra aquí auténtica indiferencia o un seco distanciamiento racional. En el pelotón de fusilamiento que descarga sus armas contra una embarazada, en avanzada gestación, hay un odio profundamente brutal. Pero el asco y la repugnante degradación que, ante el espectáculo de una humanidad caída, experimenta el lector, son los mismos que – gracias a la habilidad del escritor – pueden verse en los actores de semejantes crímenes. Siempre está viva en estas páginas una profunda consciencia de culpa. Nadie aquí se ha liberado del peso de esa culpa que ahoga cualquier carcajada inmortal.

El rostro del hombre no presenta nunca “la estupidez de una res en el matadero”. Por el contrario, el gesto humano sigue siendo hondamente significativo y ese significado es a menudo intolerable: “Apartaron los cadáveres, evitando mirarles a la cara. Nadie quiere recordar el rostro del hombre que ha matado”. Es el signo de la culpa que todo el pensamiento moderno ha tratado de limpiar, cifra del pecado original, tratando de crear un hombre sin la marca del pasado: ni culpa, ni ombligo que nos vinculen al prójimo y nos constituyan en herederos. Sólo el hijo de las ingenierías genéticas y de las tecnologías de la identidad, desligado de su pasado y desheredado, podría ofrecer la risa inocente del idiota.

En sus páginas Narbona no ha podido llegar al extremo de ira aniquiladora que alcanzara el gran hereje que fue León Bloy, véanse sus “Cuentos de Guerra”. Hay incapacidades que nos honran. Rafael Narbona llega incluso, a propósito de los últimos días de Walter Benjamin, a indicar las fugaces señas teológicas de un Dios amante. Del Dios que resultara del pensamiento y la fe cristianos, el cual – lejos de la impasibilidad de la idea antigua de perfección, erigida en realidad amada y objeto imperturbable de la tensión a la cual se orientan todas las cosas – aparece como amante que se humilla o se inclina a la realidad inferior. Su propia esencia se torna amor y servicio y, por tanto, creación, voluntad y obra. A un Dios semejante apela Benjamin, contemplado por Narbona: “Ni siquiera Dios es perfecto, basta leer las Escrituras para saber que Dios sufre, se aflige y, en ocasiones, llora de impotencia”.

Quise decir que Narbona no sólo no logra producir una literatura según la preceptiva del superhombre, sino que su escritura resulta honda y conscientemente tradicional y sosegada, sin dejar de ver el abismo pánico que esconde la condición humana. Un abismo al que se asoma el lector en algunos pasajes de estos relatos en los que se define un aislamiento absoluto o una soledad sin amparo que endurece el corazón y sitúa al sujeto degradado sobre el abismo de la indiferencia. Acaso no sea casual que ese límite se presente a menudo en el relato “Abril en Berlín,” cuando se alude al programa de exterminio científicamente fundado, ejecutado por el inclemente imperialismo alemán. Pero incluso en los momentos que describen escenas en que niños de pocos meses son lanzados al aire y acribillados, o matanzas masivas… aparece, en los pocos que son capaces de conservar su estatura humana, un vestigio frágil pero exacto de la condición humana. Aparece, finalmente, en el gesto de horror que no disimula un fondo de piedad.

En efecto, el fundamento de esa condición humana se encuentra – a mi juicio – en una moralidad arraigada en el vínculo interpersonal y metasubjetivo, capaz de desmentir el proyecto tecnológico de una violencia indolora y una destrucción razonada sostenida en una consideración del hombre como individuo abstracto. Y así el fundamento comunitario de la condición humana se hace especialmente visible en cada sacrificio. Allí donde la muerte del prójimo, más querido que uno mismo, se funda en valores que se reconocen superiores a la vida individual que negamos, o a la vida propia: “Milos rodeó el cuello de Jan y comenzó a apretar con ambos pulgares. Cerró los ojos, pues no quiso contemplar la agonía de su amigo. Escuchó los estertores, sintió las manos de Jan intentando liberarse, pero continuó apretando, incluso cuando recibió débiles patadas y puñetazos. Por fin, notó que el cuerpo dejaba de pelear y ofrecer resistencia. No pudo contener las lágrimas. Abrazó a su amigo y le sostuvo la cabeza, observando su rostro hinchado. Le cerró los ojos y le besó la frente.”

Que esa naturaleza comunitaria (interpersonal o metasubjetiva), que define la condición humana, se acendra en el sufrimiento y el dolor compartido es un conocimiento que se opone a cualquier pedagogía moderna y resulta profundamente intempestivo. Pero ese conocimiento se deja ver en cada uno de los protagonistas de estas páginas. En realidad porque toda persona se encuentra siempre y de suyo en constante lucha y en una lucha que nunca es solitaria. Lo saben bien los personajes que retrata Narbona, y alguno llega a formulaciones muy aproximadas: “La milicia es una forma de trascender nuestra condición de individuos”.

El hombre que ha roto todo vínculo con el prójimo, el verdadero solitario, no lucha porque no tiene por qué, aunque puede resultar un preciso ejecutor. En cualquier caso el conocimiento del valor constituyente del sufrimiento compartido (compasión) se hace explícito, a menudo, en las situaciones extremas que ha querido afrontar el autor de estos relatos. “…he descubierto que el sufrimiento prolongado de la esclavitud les ha convertido en hombres con un gran autodominio y con la capacidad de liberar fácilmente su mente después del trabajo intenso y el esfuerzo físico. Su fortaleza mental es notablemente superior a la de los soldados blancos…” Nada más contrario al débil pensamiento dominante en nuestro presente de deleitable indolencia.

El proyecto de una escritura postantropológica, regida por la preceptiva del superhombre moderno cuya figura, que habría orientado el siglo XX, todavía alarga sobre nosotros su sombra, acaba produciendo unas páginas de una dureza elemental y una enorme belleza literaria, pero en modo alguno el resultado responde al proyecto. Por el contrario, el resultado más bien lo contradice. No tenemos el final de la literatura sino, una vez más, una literatura extraordinaria que recoge, no el final del hombre, sino la peripecia de hombres extraordinarios, pero hombres al cabo. Más precisamente: personas singulares – pero jamás individuos aislados – puesto que la persona singular es intrínseca y constitutivamente plural: la flor de la comunidad.

 Este hallazgo siempre sabido es redescubierto al final de estas páginas, cuando más allá de la muerte, pero desde la vida, nos habla – los muertos son herméticos y mudos – un condenado que ha sido asesinado en el penal de San Quintín:

“La muerte es un lugar solitario. Nos han hecho creer que morir significa reencontrarse con los que nos precedieron, pero empiezo a pensar que es como abrir una puerta y entrar en una casa deshabitada”

Así es. La muerte es solitaria. Pero nunca hemos creído que la muerte sea un reencuentro. Hemos creído que la vida realizada es un reencuentro en profundidad y una suerte de retorno al principio, anterior de la caída. Este condenado a muerte (Mario) que descubrió que la vida de su padre, al que creyó débil o pusilánime, consistió en una fragorosa batalla en el silencio de su taller de reparaciones, se redime merced al reconocimiento de esa lucha. Una redención que supone retomar la guerra constante con averías y disfunciones, con errores y fallas en relojes, motores, circuitos y todo tipo de máquinas. Ese hombre condenado a cadena perpetua reconoce finalmente la dimensión de la batalla y aprende la lección elemental de la guerra que define la vida humana.

 “Aprendí a ser paciente, a no darme por vencido, a volver sobre mis pasos y a repetir el camino hasta descubrir el lugar donde me había extraviado. Podría haber desistido, pero sabía que tirar la toalla significaría la muerte o la locura”

 Retomar el procedimiento para hallar el punto en que el mecanismo falla, curso y recurso a través de los días de la vida humana. Así pues, volvamos al comienzo. A la figura determinante del padre. Un escritor injustamente olvidado, del que Rafael Narbona conserva una memoria en carne viva. Hace mucho tiempo que Rafael Narbona aprendió a ser paciente y decidido, a repetir el camino, sin desistir, sin rendirse ante la muerte o la locura. Esta obra es un paso en ese esfuerzo que se reanuda. Nosotros le acompañamos agradecidos.

Nosotros, todos aquellos que no queremos desnudarnos de milenios de civilización encarnados en la cotidiana costumbre siempre renovada.

“Se dijo que Whitechapel era una madrigera de inmoralidad, pero yo creo que Whitechapel es el estado natural del hombre. Eso que llamamos mal sólo es el deseo de quitarnos de encima cinco mil años de civilización”

               

                                                                                                             


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