Compartir:

Dentro de unos meses se conmemorará el 150 aniversario del fallecimiento de Astolphe de Custine, marqués del mismo nombre, acaecido el 25 de septiembre de 1857. El suyo es un caso curioso; escritor de fama internacional en su época, su nombre y su obra cayeron en el olvido hasta que ambos fueron resucitados en plena guerra fría por el diplomático y escritor George Kennan, padre intelectual de la «política de contención» («containment») de la Unión Soviética. La obra más conocida de Custine, La Russie en 1839, fue rescatada por Kennan como el estudio más definitorio de la esencia del régimen político ruso, prueba de que existía un continuum histórico entre la naturaleza despótica del régimen zarista y la tiranía de Stalin.

Custine, nacido el 18 de marzo de 1790, refleja en su carácter las ambigüedades y contradicciones del convulso momento de la Historia -la Revolución Francesa y el régimen napoleónico- en el que le tocó vivir sus años formativos. Por ambas ramas, pertenecía, a familias de rancia aristocracia. Tanto su padre como su abuelo paternos, militares de carrera, fueron guillotinados durante la época del Terror. Su madre, Delphine de Sabran, descendía de una noble familia provenzal y fue famosa en su época por su belleza, su encanto y su inteligencia.

Los primeros años de Custine transcurrieron en el París revolucionario, donde tuvo que ser confiado algunos meses al cuidado de una fiel sirvienta durante la estancia en prisión de su madre. Custine recibió una educación privada lo que, según él mismo decía, probablemente había sido muy positivo para su desarrollo intelectual pero totalmente nocivo para la formación de su carácter. Durante el Directorio y, más adelante, durante el Consulado y el Imperio, la madre de Custine, merced a su encanto femenino y a sus relaciones sociales (entre las que se contaba la primera esposa de Napoleón, Josephine de Beauharnais), había podido recuperar algunas de sus propiedades, lo que facilitó a Custine frecuentar los círculos dirigentes de la sociedad francesa de la época.

INCLINACIÓN POR LA LITERATURA

En 1814 fue enviado en calidad de agregado a la delegación francesa dirigida por Talleyrand para participar en el Congreso de Viena. Sin embargo, renunció a seguir en el camino de la diplomacia y decidió orientarse hacia la literatura. Durante sus viajes por Suiza y Alemania, Custine había aprendido perfectamente el alemán y, como señala su amigo y corresponsal el diplomático prusiano August Varnhagen, «leía poesías y obras de filosofía, mostrando una pronunciada inclinación por las ideas religiosas y el misticismo, bajo la influencia muy acentuada del catolicismo».

Los comienzos literarios de Custine coincidieron con el nacimiento en Francia del Romanticismo historicista. Los jóvenes literatos del momento que se adscriben, con Custine, a esta tendencia eran Lamartine, Nodier, Vigny, todos ellos monárquicos legitimistas, por contraste con los liberales, aún apegados a las reglas del neoclasicismo. Este primer romanticismo exaltaba las tradiciones políticas y religiosas de la Francia medieval.

Entre este grupo de literatos el que ejerció una influencia intelectual más poderosa sobre Astolphe de Custine fue René de Chateaubriand, quien frecuentaba su casa. Su primer trabajo aparece en Le Conservateur, publicación periódica de signo ultraconservador que, bajo la dirección de Chateaubriand, salió a la luz en octubre de 1818. Como señala el gran historidor francés de las ideas políticas René Remond, Contrario al gobierno moderado del momento, la primera tentativa para hacer de la derecha «el partido de la inteligencia», Le Conservateur era la réplica, desde su ideología legitimista, a La Minerve, publicación de inspiración liberal que comenzó a publicarse a principios de ese mismo año. Junto a Chateaubriand, quien había publicado poco antes un panfleto muy crítico de la Carta otorgada por Luis XVIII («De la Monarchie selon la Charte»), la redacción contaba con nombres prestigiosos de la facción ultra, tales como de Bonald, Villele -el cual sería poco después primer ministro- o el entonces joven sacerdote Lammenais.

En 1829, Custine publica una novela, Aloys, y estrena -a sus expensas- una obra de teatro (Beatrice Cenci), basada en un poema anterior suyo sobre un tema histórico del Renacimiento que Stendhal recrearía posteriormente en sus Crónicas italianas. Un año después, en 1830, daría un giro trascendental a su carrera literaria al publicar Memoires et Voyages, recolección de observaciones y comentarios escritos al hilo de sendos viajes efectuados por Italia e Inglaterra. Merece la pena señalar que a la sazón se encontraba en Londres como embajador de Francia su amigo y mentor el vizconde de Chateaubriand. Dicha obra fue saludada por Stendhal como «el mejor trabajo aparecido sobre Inglaterra» y, sin duda, Custine apunta en las dotes de observación y análisis que caracterizarán sus dos libros de viaje posteriores.

LESPAGNE SOUS FERDINAND VII

Pero el primero de los libros que reportarán a Custine fama literaria es L’Espagne sous Ferdinand VII, obra aparecida en 1838, casi siete años después de realizado el viaje que en ella narra. Tal retraso fue, al parecer, sólo imputable a su pereza. L’Espagne… es, a su vez, fundamental para comprender su obra más conocida, La Russie en 1839, Ya de entrada, Custine formula en el primer capítulo de L’Espagne… una suerte de teoría y estética del viaje literario. El escritor viajero ha de ser «pintor ante todo […] el menos autor de los escritores» y es su deber, «dar la idea más luminosa, más vivaz, y en consecuencia la más clara posible de lo que caracteriza a un pueblo y a una comarca». No basta con contar lo que existe, pese a que la sinceridad sea una cualidad indispensable para el escritor de viajes, sino que las mejores narraciones «serían aquellas que más resientan la influencia inmediata de los objetos y de las personas». La recolección exacta de hechos y caracteres, es decir «el diario de viaje», debe ser el único tema del viajero. Todo lo demás (conocimientos accesorios, literatura, ciencia, historia) son accesibles a todos, pero «lo que un hombre ha hecho, lo que ha visto y sentido sólo a el le pertenece, sólo él lo puede expresar». Es la suya, por tanto, una concepción subjetivista de la narración de viaje típicamente romántica, en la línea marcada por Chateaubriand en su Itineraire de Paris à Jerusalem, obra publicada en 1811.

Se estructura la obra en forma de cartas, que el autor dedica a amigos personales, así como a personajes de la vida social y literaria de Francia. Esta fórmula cuenta con algunos precedentes en la literatura francesa de ensayo durante la Ilustración, así, recuerdense las Lettres philosophiques de Voltaire o las Lettres persanes de Montesquieu. En su caso, se trata de la adopción de una técnica eficaz que repetirá posteriormente en La Russie…, y que denota ya en el autor una plena madurez tanto de forma como de pensamiento.

L’Espagne... se sitúa a medio camino entre la narración de viajes y el ensayo. Mientras que las reflexiones políticas, morales y estéticas con que el autor entrevera sus páginas responden, en algunas ocasiones, al contacto con las tierras que describe y a los acontecimientos que narra, en otras son meramente ideas producto del libre vuelo de su mente, no sabemos si redactadas durante el viaje o en un momento posterior. Ciertamente, en algunas ocasiones esta fórmula lastra sus páginas con consideraciones farragosas. Máxime cuando éstas incurren en el tópico de la España romántica que circuló en la literatura europea de la primera mitad del siglo XIX y que compatriotas de Custine tales como Laborde, Dumas, Gautier, Merimée o Georges Sand tanto contribuyeron a crear y difundir.

El viaje que Custine lleva a cabo por España fue corto, pues comenzó a fines de marzo de 1831 y terminó a mediados de agosto de ese año, haciendo en medio una corta excursión a Gibraltar, y desde allí a Tánger. La ruta que siguió le llevó directamente a Madrid a través de Tolosa, Burgos, el puerto de Somosierra, Segovia y La Granja de San Ildefonso. Tras visitar la capital y los Reales Sitios de Aranjuez y El Escorial, Custine siguió camino por la Mancha y Sierra Morena hacia Córdoba, Sevilla, Cádiz, Ronda, el paso ya señalado por Gibraltar y Tánger, Málaga, Granada, Jaén y Valdepeñas, retornando a su país por la vía más directa, tras pasar nuevamente por Madrid. Por tanto, la experiencia directa de España de nuestro autor -que atraviesa el País Vasco y ambas Castillas, se detiene en Madrid y hace un periplo por Andalucía- queda, pues, reducida al circuito clásico ya trazado por los viajeros románticos que le precedieron por nuestras tierras.

Custine llega a España en 1831, dos años antes de la muerte de Fernando VII, en un momento en que el régimen fernandino había entrado en una decadencia caracterizada por una compleja mezcla de despotismo y anarquía. Custine viaja por una España en la que aún permanece vivo el recuerdo de la segunda invasión francesa protagonizada en 1823 por los «Cien mil hijos de San Luis», acaecida siendo Chateaubriand ministro de Asuntos Exteriores. Decidida en el Congreso de Verona por las potencias conservadoras (Austria, Prusia y Rusia) y encomendada a una Francia deseosa de borrar el recuerdo de sus recientes extravíos napoleónicos para poder sumarse a la coalición legitimista, esta expedición había aumentado la inquina de los liberales españoles hacia todo lo francés, de la que se hace eco Custine. A lo anterior habría que añadir la desconfianza del gobierno absolutista de Fernando VII hacia la nueva situación creada en Francia tras la caída en 1830 del régimen de la Restauración y la instauración de la monarquía liberal de Luis Felipe.

En el texto de L’Espagne… convergen las observaciones del viajero romántico, el periodista político y el filósofo moralista. Tan pronto se nos habla de la incomodidad y suciedad de las posadas, como del mal estado de los caminos o de los peligrosos bandoleros que acechan a quienes se aventuran a viajar hacia el sur de España. Ningún tópico queda en el tintero del aristócrata. De todos ellos, merece la pena, quizás, señalar dos: la comparación entre España e Italia y la condición semieuropea (o si se prefiere, semiafricana), de una España transida de la cultura y el carácter de «los moros». A su modo de ver, la lengua española «se parece menos al italiano de lo que uno se imagina de lejos; es latina y árabe». No terminan ahí los contrastes entre una y otra nación: «la fisonomía, la palabra, el carácter de los hombres y hasta el aire que se respira, todo es áspero en España […] en Italia todo es dulce y atrayente». España no recuerda a Grecia, sino a Oriente porque «la sangre africana» y «la raza árabe» se hayan mezcladas en todo. Según nuestro autor, durante los siglos de ocupación árabe se produjo en España una modificación del carácter de los invasores africanos, quienes, a su vez, dejaron en Andalucía «algo de su sangre, de sus amores, de su genio». Europa ha influido menos que África en las costumbres de los españoles, de ahí su tendencia hacia la crueldad, que no puede ser vencida sino «por la pura caridad cristiana».

De entre las ciudades que visita, ninguna ejerce en Custine tanta fascinación como Sevilla, «esta Roma de los árabes». A la descripción de la urbe, en la que permanece apenas dos semanas, dedica nada menos que once cartas. En sus jornadas sevillanas visitó y describió los principales monumentos de la ciudad: Catedral, Archivo de Indias, Reales Alcázares, Lonja de Contratación, pues «la Arquitectura es la fisonomía de los pueblos». También retienen su atención otros variados aspectos de la urbe: la tradicional casa de patio sevillana, la fiesta de los toros, las costumbres (sobre todo de las mujeres sevillanas) o las pinturas de la escuela sevillana y de manera muy destacada Murillo, al que eleva «al nivel de los más grandes maestros». Su fascinación por la capital andaluza le lleva a decir, mezclando admiración y autosuficiencia, que «un francés, incluso un parisino, puede aprender algo en Sevilla».

Junto a estas descripciones de viaje, denuncia también la represión expeditiva y arbitraria del régimen fernandino (así, la ejecución del librero Miard, por el solo delito de propalar la idea de que España precisaba una Constitución). En ese momento de la evolución de su pensamiento, preocupaba a Custine de forma especial la dialéctica entre libertad y orden, una vez que la revolución había replanteado un problema que, a su entender, ya había sido resuelto por la religión cristiana, porque, dice, «ningún legislador ha formulado la ley superior mediante la cual estas fuerzas contradictorias conservarán sus acción sin destruirse», abundando en que «la libertad llevada al extremo, y siempre tiende a ello, es el abuso del derecho de elección, y que este abuso produce una licencia capaz de excusar incluso el despotismo. Veo de otro lado que el principio de la monarquía, si no es mitigado, lleva a una tiranía que justifica las revoluciones por el único motivo que las necesita».

Dudas y contradicciones abundan en las páginas de L’Espagne… De un lado, considera que «el gobierno representativo es necesario; es preciso sufrirlo como se ha sufrido otros; pero guardémonos de creer que sea el mejor posible». Por otra parte, afirma que «los gobiernos arbitrarios tienen a mis ojos el gran mérito de que, si uno se resigna francamente a sufrir sus inconvenientes, a no conspirar contra ellos, se está seguro de vivir en paz bajo su protección, ventaja que se está lejos de obtener al mismo precio bajo todos los gobiernos llamados libres».

CUSTINE Y TOCQUEVILLE

Mención destacada merece el post scriptum a la carta 31, que dedica a comentar la aparición de los dos primeros tomos de De la démocratie en Amérique, la célebre obra de Alexis de Tocqueville. En este breve ensayo se contiene la esencia de su pensamiento político del momento. El post scriptum fue redactado en junio de 1836, transcurridos cinco años desde su viaje a España. El texto, completamente desconectado del libro en el que se intercala, viene a ser la respuesta de Custine a las tesis deTocqueville, para lo que aprovecha la redacción de la obra más ambiciosa de las que había producido hasta el momento. Como señala la historiadora Anka Muhlstein, la mejor conocedora de la vida de Custine, ambos autores, Custine y Tocqueville (quince años más joven el segundo), compartían la misma extracción social; sus familias se conocían y tanto el uno como el otro pertenecían ideológicamente a la derecha monárquica y conservadora y se confesaban cristianos devotos.

Custine reconocía en Tocqueville «un pensador profundo», así como la lógica, la elocuencia y la capacidad de convicción que demuestra su pensamiento. Pero lo que motivaba su discrepancia es la tesis de fondo de Tocqueville: «La inevitable necesidad de la democracia absoluta y universal hacia la cual va la humanidad inevitablemente arrastrada por la acción continua de la igualdad y de la libertad cristianas». Custine entendía que en la Antigüedad (Israel, Grecia, Roma) había ejemplos que probaban lo contrario, es decir, la evolución desde la democracia hacia la monarquía absoluta. De ahí que no se pudiese hablar de un sentido único en los cambios de los regímenes políticos. También discrepaba en la interpretación del sentido político del cristianismo y, en especial, en la relación de éste con el principio de igualdad, que Tocqueville consideraba unido tanto a la religión cristiana como al concepto mismo de democracia.

Nuestro autor comparte con los pensadores más conservadores de la época (Bonald, Maistre) una visión pesimista de la Historia centrada en la tendencia ineluctable de toda sociedad humana hacia su decadencia y destrucción. Por ello, rechaza la tesis de Tocqueville, según la cual «el desarrollo gradual de la igualdad de condiciones es un hecho providencial». Por no creer en «el reino de un principio universal de gobierno sobre la tierra», estima que el gobierno de los Estados Unidos, basado en la igualdad de la condición de sus ciudadanos, no es la realización de los designios de Dios sobre las sociedades humanas, sino «la temible consecuencia de las transgresiones de la filosofía del siglo XVIII sobre la religión de nuestros padres». Para las viejas naciones de Europa prefiere una forma de gobierno mixto, «la más apropiada para garantizar los intereses complicados de las naciones viejas de lo que sería la aplicación intempestiva de la abstracción política realizada por una reunión de colonos americanos que se han hecho fundadores de una sociedad completamente natural sobre una tierra sin recuerdos; papel siempre más fácil que el de reformador de los antiguos gobiernos».

LA RUSSIE EN 1839

En definitiva, L’Espagne… se configura como la obra en la que Custine consolida su estilo narrativo: costumbres, monumentos y paisajes suscitan reflexiones y digresiones filosóficas y políticas. Quedan ya esbozadas las cuestiones que, con matices diversos, volverá a plantear en su obra de madurez, La Russie en 1839. Su publicación fue acogida calurosamente por el público y por la crítica francesa. Ello le hizo retomar al año siguiente el proyecto de hacer un viaje a Rusia, ya apuntado en las páginas de L’Espagne…: «Tengo la curiosidad de comparar Rusia con España; ambas se parecen más a Oriente que ninguna de las otras naciones de Europa de la que forman las dos extremidades».

De otro lado, Custine dejó escrito que el propósito de ese viaje era, además, encontrar en Rusia argumentos contra el gobierno representativo, de tal manera que su obra fuese un alegato en pro de la monarquía legitimista en la misma medida que De la démocratie en Amérique lo había sido por la democracia. Rusia, gran potencia emergente tras el Congreso de Viena, era en aquel momento el baluarte del orden y la tradición y el mejor símbolo de «la alianza del trono y el altar», del mismo modo que en sentido diametralmente opuesto, los Estados Unidos lo eran de la democracia, la igualdad y la libertad. Sin embargo, y paradójicamente, cuando en 1843 se publicó, la tesis que había inspirado La Russie… en un principio había cambiado diametralmente para transformarse en un vibrante alegato contra el despotismo.

Al igual que su viaje por España, el que realizó por Rusia fue breve: sabemos que salió de París en junio y que llegó por mar a San Petersburgo el 10 de julio. Tras una corta visita a Moscú y a la ciudad de Nijni-Novgorod, Custine dejó Rusia a fines de septiembre, tras una estancia de menos de tres meses. La Rusia que visitó Custine era un imperio regido por el zar Nicolás I. En aquel momento, éste era probablemente el monarca más odiado por los liberales de toda Europa. La razón para ello radicaba en la cruel represión con la que había erradicado la «revolución decembrista», intento de golpe de estado de signo liberal acaecido el 26 de diciembre de 1826, al comienzo de su reinado, así como por la dureza que nuevamente había mostrado tras la revuelta nacionalista polaca de 1830. Nicolás I era, pues, el reaccionario por excelencia de la época. Nuestro autor, de credenciales contrarrevolucionarias irreprochables, venía precedido además de una reputación de brillante hombre de letras, de pensamiento conservador. La corte imperial le consideraba, pues, un amigo y un aliado, nunca un crítico potencial. Sin embargo, desde su llegada sintió el ambiente de opresión que le llevaría a calificar a Rusia como «el imperio del miedo» (expresión que, sin duda, dio origen a la del «imperio del mal», aplicada por Ronald Reagan a la Unión Soviética). Así, nos cuenta cómo nada más llegar a puerto, su barco fue asaltado por un ejército de policías y aduaneros que trataban a todo extranjero como culpable. Custine fue presentado a la corte a los pocos días de su llegada, y desde aquel momento empezó a descubrir una realidad muy distinta a la de la brillante corte de San Petersburgo.

LA FALTA DE LIBERTAD EN RUSIA

El despotismo zarista, tema central del libro, ha sido ilustrado por Custine en manifestaciones tan diversas como la falta de espontaneidad y el secretismo que envolvía cualquier comunicación humana, la crueldad que impregnaba la vida rusa, la abyecta condición del campesinado y la sujeción de la aristocracia al poder absoluto del zar, el mimetismo de la cultura rusa con respecto a la occidental y su carencia de originalidad.

En relación a la falta de libertad de expresión, Custine señala que «en un país en el que los gobernantes no han entendido todavía las ventajas de la libertad [… ] los gobernados están obligados a retirarse ante los inconvenientes inmediatos de la sinceridad». El secretismo y la censura que caracterizaban la vida rusa se vuelve contra los mismos gobernantes, pues «cuando hay libertad, todo es publicado e inmediatamente olvidado […] bajo un gobierno absoluto, todo está oculto pero todo es imaginado, provocando un vivo interés». El que en la corte y en los círculos aristocráticos se hablase francés, una lengua extranjera, añadía a la falta de libertad y espontaneidad de la comunicación, al tiempo que favorecía la confusión mental. Custine anota que «de todas las facultades de la inteligencia, la única que se valora allí es el tacto. Rusia es una nación de mudos». Todas estas formas de autocensura y de reserva mental, cambiaban el significado ordinario de las palabras con objeto de enmascarar una realidad desagradable. Por ejemplo, «dar permiso para vivir en Siberia» significaba realmente enviar a alguien al exilio en aquella desolada región. Como se ha podido constatar en muchos casos, también aquí el eufemismo se ponía al servicio de la tiranía.

La crueldad de la vida rusa se manifestaba a la mirada de Custine de muy diversas maneras. Ya en sus paseos por San Petersburgo, el marqués viajero había sido testigo de diversas escenas demostrativas del maltrato que sufrían los siervos. Situada a la entrada de la capital imperial, la fortaleza de Kronstadt, en cuyas mazmorras subterráneas estaban prisioneros muchos de los implicados en la revolución decembrista, constituía un paradigma de opresión y terror. Otra manifestación de la represión zarista que destaca Custine es Siberia, más como el símbolo de un estado de cosas que como una región geográfica. Toda Rusia se subsumía en Siberia, un inmenso espacio vacío que representaba el castigo del zar: toda Rusia era «el imperio de un profundo silencio».

Si la condición de los siervos le parecía terrible, también la de la aristocracia le escandalizaba por la sumisión y el servilismo que incluso los más encumbrados miembros de la nobleza mostraban hacia el zar. En Francia, como en el resto de Europa, el estatuto nobiliario derivaba del nacimiento y, por tanto, este carácter objetivo garantizaba su independencia del favor real. Por el contrario, en Rusia la institución de la nobleza había sido completamente modificada por Pedro el Grande. En 1722 el soberano decidió crear la denominada «tabla de rangos», que venía a suprimir las tradicionales jerarquías nobiliarias moscovitas. La tabla instituía una lista de catorce rangos o «chinns» en cada una de las tres ramas del servicio al Estado (fuerzas armadas, funcionariado civil y servicio de corte). La idea del zar Pedro era que cada «servidor» («dvorianin», en ruso) empezase su carrera por lo más bajo de cada jerarquía y fuese promocionado exclusivamente por méritos propios. Mientras que la ambición y el miedo a desagradar al soberano despojaban a los nobles rusos de toda independencia y dignidad, en Europa occidental la autoridad real estaba limitada por un denso tejido de leyes, costumbres e instituciones universalmente aceptadas y era ejercida en paralela al poder espiritual y material de la Iglesia, en el zar convergían la potestad temporal y la espiritual. Al ser la cabeza de la ortodoxia rusa, su poder era omnímodo. Usando una expresión que había hecho fortuna en la época, Custine afirma que en Rusia «el gobierno es el despotismo mitigado por el asesinato».

ÉXITO Y PROHIBICIÓN EN RUSIA

La Russie… provocó entusiasmo en la opinión liberal de la época, especialmente entre la comunidad de rusos y polacos exilados en Francia. Uno de ellos, Christian Ostrowski, autor de una obra titulada Cartas Eslavas, comentó al respecto: «Este libro se ha hecho para consolarnos de todos nuestros sufrimientos […], se ha escrito para separar para siempre de Rusia a los hombres de bien de todos los países y de todas las opiniones, incluso a aquellos que ponen sus esperanzas en el absolutismo». El gran pensador judío ruso Theodor Herzen lo consideraba «el libro más interesante y más inteligente escrito sobre Rusia por un extranjero. Hay en él errores y muchas opiniones superficiales, pero también un verdadero talento de viajero y de observador: su mirada perspicaz conoce el arte de cazar al vuelo, de adivinar el conjunto a partir de algunos detalles». No debe sorprender que la reacción del gobierno ruso fuese tremendamente negativa. El zar se consideró traicionado en su confianza, especialmente después de la calurosa acogida que le había dado en su corte. No sólo se prohibió la obra en Rusia, sino que también la Embajada imperial en París pagó a varios escritores para que elaborasen refutaciones a la obra.

Durante mucho tiempo, el libro del aristócrata francés fue referencia obligada para todo aquel que quisiera comprender a Rusia. El mismo Juan Valera hace una referencia malévola a Custine en sus Cartas de Rusia, que redactó durante su misión diplomática en ese país, acaecida una veintena de años después de que lo visitara Custine. Y, sin embargo, el autor y su obra cayeron en el olvido durante el siglo XX hasta que, como decíamos al principio, la guerra fría le devolvió a la actualidad. Fue el diplomático y escritor norteamericano George F. Kennan quien redescubrió a Custine para el público anglosajón. Kennan se preguntaba si la Unión Soviética no era sino la prolongación de la Rusia zarista, su estado sucesor a todos los efectos y en especial en lo que tenía de opresor de personas y pueblos, tal y como había descubierto en su viaje Custine. En ese caso, la autocracia zarista no sería sino el régimen precursor del totalitarismo comunista.

Pese a algunas semejanzas, lo cierto es (como bien señala Hélène Carrère d’ Encausse en su prólogo a la reciente edición francesa de La Russie...) que la respuesta tiene que ser forzosamente matizada. Posiblemente Custine captó muy bien el carácter del Estado ruso, de sus actuaciones arbitrarias y de sus mecanismos perversos, pero sólo tuvo un conocimiento muy parcial de la sociedad rusa, que tan duramente censuró, de la que desconocía muchas facetas.

Sin duda, el régimen totalitario soviético fue capaz de controlar de una manera mucho más intensa la vida de la sociedad rusa que la autocracia zarista: ni la condición del siervo ruso se puede equiparar a la de los millones de esclavos internados en el Gulag, ni las deportaciones y liquidaciones masivas que se llevaron a cabo en la era soviética guardan proporción numérica con el exilio en Siberia de los decembristas y, posteriormente, de los anarquistas. Al fin y al cabo, el totalitarismo del pasado siglo ha llevado a la tiranía hasta sus últimas consecuencias mediante la incorporación de la tecnología moderna a sus técnicas de represión y control. Pero lo cierto es que el terror soviético no nació en el vacío, sino que la brutalidad del régimen zarista le precedió y le sirvió de modelo, aun si ello fue en menor grado. En consecuencia, no se puede negar un cierto hilo conductor entre uno y otro régimen. Custine caracterizó el gobierno ruso por su naturaleza despótica: ante los desafíos geopolíticos actuales que plantea la nueva Rusia forjada por el presidente Putin, el nuevo zar, sus ideas e intuiciones cobran actualidad.

GANA LA LIBERTAD

Formado en el Antiguo Régimen y heredero de sus formas y de sus ideas, Custine se debatió entre la adhesión a los regímenes absolutistas, como el de la España fernandina, y los ideales de libertad vigentes en su época, plasmados en un modelo de gobierno constitucional y representativo. Lo cierto es que a medida que su pensamiento fue madurando, este debate interno lo ganó la causa de la libertad. En efecto, la evolución ideológica que se constata en su obra pone de manifiesto la creciente repugnancia de Custine ante la tiranía.

La perenne validez de sus ideales, lo acertado de sus intuiciones y su brillantez estilística justifican plenamente recuperar su obra y celebrar a su autor en este aniversario.


Compartir:
Compartir

Alfonso López Perona (Madrid, 1956) es licenciado en Derecho e ingresó en 1984 en la Carrera Diplomática. Ha estado destinado en las representaciones diplomáticas españolas en Zaire, Perú, Estados Unidos, India, Portugal, Argelia y Guinea Bissau. Ha sido subdirector general de Programas de Cooperación de la Agencia Española de Cooperación Internacional; jefe del Gabinete Técnico del presidente del Tribunal Constitucional, y subdirector general de América del Norte.