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Volver a leer sobre el horror, y que nos deje fríos. Ese miedo.

Llevaba unas cuantas semanas leyendo sobre asesinatos en masa comunistas. El Gran Salto Adelante de Mao, el Gran Terror de Stalin. Eran buena historiografía: el relato fluía, las causas se sucedían, el camino al desastre quedaba trazado. La metáfora para sintetizar los millones de muertos era el dato numérico. Esta cifra era acompañada, numerosas veces, por breves tragedias donde el desgarro se resolvía en pocas líneas. Al cabo de varias horas de lectura, mil muertos más eran una cifra por la que pasaba casi de largo, incluso me parecía pequeña, si la comparaba con el horror global. Eran más interesantes las luchas de poder dentro del Partido que las millones de vidas rotas. De vez en cuando me detenía y me enfadaba conmigo mismo, cómo podía pasar por encima de todos esos muertos sin ninguna pausa, sin ningún estremecimiento. Necesitaba barrer todos esos informes -condenas a muerte, planes económicos, órdenes burocráticas- que se amontonaban en mi mente. Apartar toda esa masa inmensa y angustiosa de carpetas de un manotazo, quedarme sólo frente a una, abrirla con cuidado, y descubrir que dentro había un hombre.

El relato fluía, las causas se sucedían, el camino al desastre quedaba trazado

Su nombre era Alekséi Feodósievich Vangengheim, y “su especialidad eran las nubes”. Olivier Rolin lo conoció -tanto como puede conocerse a alguien muerto hace décadas, del que sólo quedan pistas dispersas en la vasta Rusia- a través de sus dibujos sobre la naturaleza, suaves y hogareños. Se los enviaba a su hija Eleonora desde el campo de concentración de Solovkí, en las islas Solovetsky, cerca de la frontera con Finlandia. Rolin viajó hasta ese archipiélago remoto, en general, por su incansable magnetismo hacia Rusia y, en particular, para grabar un documental sobre la biblioteca de este campo de concentración, que llegó a contener 30.000 volúmenes. De allí iría germinando la idea de escribir un libro sobre Vangengheim, “El meteorólogo” (Libros del Asteroide), que -en el fondo- es un lamento sobre la gran Fe de nuestra historia reciente.

“Es una especie de Santo Job comunista”, apunta el maestro Gregorio Luri sobre Vangengheim. Luri fue el primero en escribir sobre este libro, en su original en francés, lo que puso en marcha la actual traducción al castellano. Rolin y Luri comparten esa pasión por desentrañar la teología comunista, lo que les crea madera de psicólogos, les hace viajar a archivos y a personas viejas, y quizá les aguijonea ciertas convicciones olvidadas de juventud. El caso de Vangengheim es conmovedor por su patetismo: después de ser encerrado en un campo de concentración de manera injusta, de ser expulsado del Partido y de sus cargos, de ser separado de su familia y de su amada ciencia, sigue confiando en el sistema, en que su caso es un error, una excepción que será corregida. “Si Stalin lo supiera todo… No consigo conciliar en mi cabeza el bolchevismo y este absoluto sinsentido.” Los años pasan y sigue creyendo, le asaltan las dudas, pero confía en que la verdad se impondrá, es un buen bolchevique, la razón se impondrá, envía cartas y hace retratos de Stalin, la Historia se impondrá… Y todo acabará con una bala en el cráneo y un nombre tachado de una lista.

Rolin no cae en el pecado siniestro de regodearse en la magnitud de la tragedia. La vida en el campo de Solovkí es contradictoria, la Realidad no es absolutamente maligna, no es una película de terror. Rolin no busca dramatizar la tragedia: ante la tentación de exagerar los hechos y manipular los detalles a su favor, se atiene a los documentos que tiene a mano para narrar una historia real, es decir, verosímil por inesperada. El escenario del crimen no refuerza lo siniestro, sino que la historia sucede en un hermoso paisaje de auroras boreales, vastos mares y naturaleza salvaje. La belleza del paisaje fue uno de los motivos que llevó a Rolin a la isla Solovkí. Allí, Vangengheim tiene tiempo para dibujar zorros azules, bayas púrpuras, la geometría de las hojas o el pequeño gato gris que cada día le visita, para luego enviárselo a su hija. De vez en cuando realiza conferencias ante otros presos sobre la posibilidad de viajar a Marte o a la Luna. Es un personaje nostálgico e inocente, “un hombre que amaba a su familia, con un amor muy particular a su hija, su ‘estrellita’”, un bolchevique atrapado en su credo, un científico que adoraba “su profesión y seguramente también la época en la que vivía”, y que tenía ciertos aires de grandeza, enfadado de que su nombre ya no figurase en los libros de Historia del gran proyecto soviético. Era un “hombre destinado a la observación apacible de la Naturaleza y al que la furia de la Historia destrozará.”

Rolin no nos presenta a un héroe, sino a un hombre complejo, y por eso hace buena literatura. Toda esta historia no adquiriría su significado y potencia sin la magnífica narración tejida en “El meteorólogo”. El poder de la escritura es conseguir que Vangengheim no se convierta en una cifra más, perdida en nuestra mente. Rolin elabora, de un modo parecido a otros escritores franceses como Emmanuel Carrère, a través de una técnica clara y sensitiva, un relato que usa el particular para abrazar la magnitud filosófica del gran tema tratado. Porque, más allá de Vangengheim -pero sin nunca olvidarlo-, el autor intenta indagar qué supuso para la psicología mundial la caída del telón comunista, y el descubrimiento efectivo de las fosas pútridas que se ocultaban tras un manto rojo de esperanza, ya que “la historia de nuestro meteorólogo, la de todos los inocentes en el fondo de una fosa, son una parte de nuestra historia en la medida que lo destrozado con ellos fue la esperanza que nosotros (nuestros padres, quienes nos precedieron) hemos compartido, una utopía que creímos, al menos por un tiempo, que ‘estaba haciéndose realidad’.”

El autor intenta indagar qué supuso para la psicología mundial la caída del telón comunista

En los últimos capítulos del libro, Rolin expone el valeroso trabajo que “investigadores militantes” rusos están realizando para descubrir los lugares exactos donde fueron ejecutadas tantas almas, puntos de un espacio tan vasto e inmenso como es la “llanura infinita” de la geografía rusa, donde se descubre “el vértigo del espacio”. Si Svetlana Aleksiévich servirá para no olvidar las voces de las hijas de Rusia que vivieron y sufrieron la guerra, la miseria y la caída de un Imperio, Rolin escribirá para honrar “los cuerpos desnudos y amontonados en el volquete de un camión” y los rostros en fotografías de “niño de la calle, carpintero, sacerdote, peluquera, estudiante, enfermero” que juntos “componen la innumerable figura de un pueblo muy concreto, muy concretamente martirizado en nombre de la abstracción de un pueblo amo.” De aquellos miles de asesinados de los que “apenas nos hemos ocupado aún”, y de aquellos otros que, tras el incansable trabajo de los militantes en pos de la memoria histórica, ya descansan -junto a una fotografía y unas flores artificiales- en un punto concreto donde alguien los podrá recordar y amarrar, para que no acaben diluidos en la inmensidad anónima, geográfica e histórica, de la Rusia del siglo pasado, que tan fácilmente se nos podría transformar en un cuento antiguo, si no tuviéramos los cariñosos dibujos de un meteorólogo que nos recuerdan que todo aquello fue demasiado real.


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