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[[wysiwyg_imageupload:2938:height=209,width=150]]LAS COSAS DEL QUERER

Es este opúsculo de Brentano (1838- 1917) obra de aquellas que Ortega decía que suelen tener en nuestro país un carácter confidencial en tanto que libros publicados al oído de unos cuantos.

Y una vez más debemos a la callada labor de Juan Miguel Palacios —para quien la jubilación parece concepto inexistente— que sea posible poseer ya en nuestra lengua estos textos que un casi ciego Brentano dicta posiblemente en Florencia el 19 de mayo de 1907 para esclarecer hasta lo posible cuál sea la índole verdadera de esos actos del amar y odiar tan nuestros. Pues aunque el pensador de Marienberg ya había tratado de dilucidar la grave cuestión en tres obras escritas con anterioridad —Psicología desde el punto de vista empírico (1884), De la clasificación de los fenómenos psíquicos(1884) y Del origen del conocimiento moral (1889)—, pensaba Brentano que toda precisión —como pedía Descartes con las «ideas claras y distintas»— era siempre de una rigurosidad insuficiente.

Pero la filosofía es ciencia agradecida, y gracias a estos pruritos de Brentano su obra  como un Ortega alerta pronto se percató— ha supuesto un cambio total en la ideología filosófica del mundo, arrumbando las corrientes dominantes del siglo XIX que tenían en común la imprecisión y un psicologismo que hacían de la función del conocer y del amar algo que en el sujeto nacía para morir en el propio yo. Las cosas del querer y odiar tenían por lo tanto así nula relación con el mundo real en una extraña mezcla del idealismo alemán con el materialismo más grosero. Brentano es, por lo tanto, el «gran redescubridor de las cosas», esas que tanto nos afectan a cada momento en nuestras voliciones, pasiones y veleidades, y su filosofía, congruentemente, un claro intento de «estar a las cosas»: de ahí la profunda deuda y admiración que le profesaron tanto Ortega como Husserl y toda la fenomenología posterior.

Y es que el formidable descubrimiento de Brentano —otra revolución copernicana— que conforma el hilo conductor de nuestro opúsculo es que nuestros actos psíquicos son de suyo «intencionales», esto es, refieren a un objeto que la mente ve claramente como distinto del sujeto de tales actos. Este «estar dirigido a un objeto» se da según la cartografía brentaniana en tres clases distintas de actos, a saber: representar, juzgar y finalmente amar y odiar. Ahora bien los movimientos afectivos son de naturaleza más compleja que aquellos otros actos mencionados; por ejemplo, cabe un querer u odiar más o menos, cosa imposible en el juicio de verdad o falsedad, y cabe un preferir un objeto a otro en participando ambos de la índole de bueno.

Y además, señala la pluma de cartógrafo minucioso de Brentano, hay en nuestra afectividad y facultad estimativa un amar u odiar correcto así como otros incorrectos, a más de objetos que se quieren por sí mismos y otras cosas que son queridas como simples útiles o medios: la sombra resucitada de su estimado Aristóteles aletea, según vemos, aquí y allá en la prospección brentaniana que nos ocupa.

Lo cual conduce a nuestro pensador —tan necesario hoy— a crítica rigurosa del subjetivismo de nuestro conocimiento moral que planta cara a los Protágoras del relativismo ético:

Este error es profundo y lleva —afirma Brentano en la anotación número 16— a consecuencias que destruyen toda elevada concepción del mundo. Si todo lo bueno fuera subjetivo, no podría en absoluto haber un concepto de Dios, si es que hay que entender por Dios el más elevado bien. El supremo bien para uno no lo sería desde luego para otro (p. 20).

A lo que sigue en las páginas siguientes la investigación de cómo accedemos a dicha «elevada concepción del mundo», transida de actos de querer u odiar, que nos hace vincularnos —o no— a aquellas realidades dignas de ser estimadas que no se presentan ni en el acto de juzgar ni en aquel otro del representar. Y es que, a lo que se ve, la pascaliana lógica del corazón tiene sus leyes y estructuras tan bien entramadas como las de la inteligencia especulativa.

Ante tal tesoro filosófico de inteligencia moral no hallo mejor homenaje y reivindicación de Brentano que transcribir el párrafo final donde apunta:

Y en esto sigue siendo siempre verdadera la proposición que se expresa en este dístico:

Si con pecho anhelante sigues al placer, él te arrastra y huye.

Si escoges el camino de lo noble, te sigue amorosamente.

Y así pudo decir Aristóteles que solo los hombres nobles son verdaderamente felices, y la historia muestra una y otra vez hasta el tiempo más reciente que los libertinos están ya hastiados en los años jóvenes y que para ellos el mundo entero se muestra tal como lo pinta Leopardi: como aburrimiento, como fango, como un todo de vanidad infinita (p. 38).


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Consultor y profesor de recursos humanos de la Universidad de Alcalá de Henares