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Clifford Geertz
La interpretación de las culturas
Clifford Geertz, The Interpretation of Cultures, Basic Books Inc., New York, 1973 / La interpretación de las culturas, Gedisa, Barcelona, 1983; traducción de Alberto L. Bixio; revisión técnica de Carlos Julio Reynoso

Clifford Geertz nació en San Francisco en 1927 y es quizá el más presagioso de los antropólogos culturales contemporáneos. Su importancia se debe no sólo a la calidad y número de sus escritos, sino también al impulso teórico que ha infundido a los estudios socioculturales de base etnográfica, dando origen a una nueva orientación de los trabajos socioculturales denominada “Antropología Simbólica” o “Interpretativa”. Aunque no hay una escuela geertziana en cuanto tal, la discusión de su obra y la de sus seguidores–entre los que destacan James Clifford, George Marcus y Stephen Tyler–constituye uno de los centros más vigorosos del debate antropológico de nuestros días.

Desde que la Antropología Cultural dio sus primeros pasos como disciplina científica al inicio de este siglo con los estudios de Malinowsky en el Pacífico, ha estado siempre vinculada al ámbito académico. Lo que se esperaba de los antropólogos culturales en la década de los cincuenta es que aprendieran la lengua de los nativos y convivieran una temporada con ellos, tratando de comportarse como “observadores neutrales”, para estar en condiciones de relatar de manera “objetiva” cuál era el tipo de vida y las instituciones de esas culturas remotas.

Al inicio de los sesenta, empezó a cuestionarse este modo de realizar los estudios etnográficos. Las críticas fueron tanto de carácter ético como epistemológico. En primer lugar, se discutió la licitud del llamado “trabajo de campo”, porque al tratarse de tareas llevadas a cabo principalmente por investigadores europeos o estadounidenses en las antiguas colonias y en pueblos exóticos y/o primitivos, se consideró una actividad manifiestamente etnocentrista. Era como si el antropólogo, con su sola presencia, estuviera diciendo: “yo, que pertenezco a una cultura «superior », vengo aquí a ver las cosas «raras» que hacéis vosotros, los «salvajes »; cosas que son «raras y salvajes» porque son diferentes a las que hacemos «nosotros, la gente civilizada»”. Más tarde se puso también en duda la posibilidad misma de estos estudios, aludiendo a “la enorme dificultad que supone comprender una cultura por parte de quienes no pertenecen a ella”. Este argumento se llevó aún más lejos, llegando a ponerse en tela de juicio que “una persona -extranjera o nativa— pueda captar algo tan vasto como es toda una forma de vida y encontrar palabras adecuadas para describirla”.

Éste es, a grandes rasgos, el contexto intelectual en el que Clifford Geertz ha desarrollado su trayectoria profesional como antropólogo. Mientras realizaba sus estudios en el Departamento de Relaciones Sociales en Harvard, le ofrecieron la oportunidad de participar durante dos años en un trabajo de campo en Indonesia. Esta estancia le permitió recoger el material necesario para redactar su tesis doctoral sobre la religión en Java. Posteriormente, dirigió un proyecto de investigación de antropología sociocultural en Bali que se prolongó a lo largo de siete años, y a partir de 1965 estuvo también en diversas ocasiones realizando trabajos de campo en Marruecos. Como fruto de la experiencia adquirida en esas estancias, Geertz ha escrito varias monografías y un abundante número de artículos en revistas especializadas.

La interpretación de las culturas es una recopilación de catorce artículos redactados a lo largo de quince años -entre 1957 y 1972-, más un primer estudio escrito expresamente como capítulo introductorio del libro, que lleva por título: “Descripción densa: hacia una teoría interpretativa de la cultura”. En él, Geertz intenta “exponer su postura del modo más general posible, y realizar un esfuerzo para redefinir lo que había estado haciendo y diciendo a lo largo de ese período de tiempo”. Así pues, esta obra puede considerarse “una especie de muestra retrospectiva de lo que estuvo tratando de hacer en esos años”.

El libro se divide en cinco partes; la agrupación y orden de los artículos obedece a un criterio sistemático, no cronológico. A la hora de seleccionar los escritos que compondrían el libro, Geertz decidió incluir sólo aquéllos que tratasen directa y explícitamente sobre “qué es la cultura, el papel que desempeña en la vida social, y cómo debería estudiársela adecuadamente”.

Geertz aclara que emplea la palabra “antropología” como equivalente a “etnografía” o a “obras de base etnográfica”; y la novedad de su planteamiento reside fundamentalmente en que en contra —o por lo menos al margen- del postestructuralismo y cientifismo predominantes en el ambiente intelectual de la primera mitad del siglo, él propone y elabora “un concepto esencialmente semiótico de cultura”.

Clifford Geertz comparte con Max Weber la visión del hombre como “un animal inserto en tramas de significación que él mismo ha tejido”. Siguiendo la línea de pensamiento que se remonta a través de Parsons y de Cassirer hasta Vico, Geertz define la cultura como un sistema de símbolos, en virtud de los cuales el hombre da significación a su propia existencia. Estos sistemas de símbolos -creados por el hombre, compartidos, convencionales y aprendidos- suministran a los seres humanos un marco significativo dentro del cual pueden orientarse en sus relaciones recíprocas, en su relación con el mundo que los rodea, y en su relación consigo mismos.

La noción de cultura denota un esquema históricamente transmitido de concepciones heredadas y expresadas en formas simbólicas, por medio del cual los hombres comunican, perpetúan y desarrollan su conocimiento y actitudes ante la vida. En concreto, Geertz define la cultura como “un conjunto de símbolos que obra estableciendo vigorosos, penetrantes y duraderos estados anímicos y motivaciones en los hombres, formulando concepciones de un orden general de existencia, y revistiendo estas concepciones con una aureola de efectividad tal que los estados anímicos y motivaciones parezcan de un realismo único”.

En cualquier ámbito cultural se pueden distinguir dos categorías: los aspeaos morales y estéticos, esto es, los elementos de evaluación que han sido generalmente resumidos bajo el título de “ethos”, y los aspectos cognitivos y existenciales designados con el término “cosmovisión”. El ethos de una cultura es el tono, carácter, calidad y estilo de su vida moral y estética, la disposición de su ánimo, la actitud subyacente que un pueblo tiene ante sí mismo y ante el mundo. Su “cosmovisión” es el retrato de la manera en que las cosas son en su pura efectividad, su concepción de la naturaleza, de la persona, de la sociedad.

La cultura entendida como un sistema de interacción de signos interpretables no es una “entidad” a la que se puedan atribuir de manera causal acontecimientos sociales, modos de conducta o instituciones. Es más bien un “contexto público” dentro del cual pueden describirse esos fenómenos de manera inteligible. Así, afirma Geertz: “Todo el quid de un enfoque semiótico de la cultura consiste en ayudarnos a lograr el acceso al mundo conceptual en el cual viven otros sujetos, de suerte que podamos, en el sentido amplio del término, dialogar con ellos”.

Para Geertz, la cultura de un pueblo es como “un conjunto de textos que los antropólogos se esfuerzan por leer por encima del hombro de aquéllos a quienes dichos textos pertenecen propiamente”. Para ello es preciso intentar mirar a esos sistemas simbólicos como formas “que dicen algo sobre algo, y lo dicen a alguien”. Las sociedades contienen en sí mismas sus propias interpretaciones; lo único que se necesita es aprender la mañera de tener acceso a ellas. Esto significa, por lo menos, que Geertz admite la posibilidad de realizar un análisis de los sistemas culturales que llegue a comprender, al menos en parte, esos universos simbólicos.

Ese modo de entender la cultura determina el método con el que se debe llevar a cabo la investigación etnográfica, cuyo objeto lo constituye -como ya hemos señalado- el análisis del mecanismo que emplean los individuos y los grupos de individuos para orientarse en un mundo que de otra manera carecería de sentido, y por lo tanto sería inhabitable. Si se compara la cultura con un texto, la antropología debe entenderse como una tarea hermenéutica, como un intento de comprender las expresiones sociales que resultan enigmáticas en la superficie.

La antropología se cultiva como una labor interpretativa que no puede reclamar para sí las supuestas capacidades de predicción y verificación de la ciencia positiva. Geertz desenmascara la falacia cognitivista que asimila la cultura al conjunto de fenómenos mentales, analizables por medios matemáticos y lógicos. El análisis de la cultura no puede realizarse como si se tratara de una ciencia experimental, a la búsqueda de leyes, sino que debe orientarse por la búsqueda de significados. Esta redefinición de la tarea etnográfica sitúa el estudio sistemático del significado, de los vehículos del significado, en el mismo centro de la investigación. En palabras de Geertz, la labor del antropólogo consiste en hacer “una fenomenología científica de la cultura”.

La elaboración de una teoría dentro del trabajo etnográfico suministra un vocabulario en el cual puede expresarse lo que la acción simbólica tiene que decir sobre sí misma, es decir, sobre el papel de la cultura en la vida humana. Los sistemas de símbolos están construidos históricamente, son socialmente mantenidos e individualmente aplicados; la meta es llegar a grandes conclusiones, partiendo de hechos pequeños pero de contextura muy densa; prestar apoyo a enunciaciones generales sobre el papel de la cultura en la construcción de la vida colectiva, relacionándolas exactamente con hechos específicos y complejos, ya que “el camino que conduce a las grandes abstracciones de la ciencia serpentea a través de una maleza de hechos singulares”.

El último capítulo de La interpretación de las culturas, titulado “Juego profundo: notas sobre la riña de gallos en Bali”, constituye un claro ejemplo de la aplicación de este método de trabajo etnográfico. En ese artículo, escrito en 1972, Geertz “hace dos cosas que son esencialmente antropológicas: discutir un curioso caso de un distante país y extraer de ese caso algunas conclusiones de hecho y de método, que vayan mucho más allá de lo que puede ofrecer un solo ejemplo aislado. El trabajo del etnógrafo consiste en describir las configuraciones superficiales lo mejor que pueda, reconstruir las estructuras más profundas y clasificar esas estructuras —una vez reconstruidas— en un esquema analítico, algo parecido a la tabla periódica de los elementos de Mendeleiev”.

Y ése es precisamente el principal problema que se le presenta al antropólogo: “Cómo realizar un análisis de las significaciones que sea a la vez lo bastante circunstanciado para resultar convincente, y lo bastante abstracto para formular la teoría; cómo llegar a amplias generalizaciones partiendo de casos particulares y penetrar bastante profundamente en los detalles para descubrir algo más que los detalles”. Porque, en último término, “los problemas, siendo existenciales, son universales; sus soluciones, siendo humanas, son diversas”.

Además de imprimir un nuevo giro a los estudios etnográficos que se pueden incluir en el ámbito de las antropologías empíricas, el influjo de La interpretación de las culturas se ha hecho sentir también en el desarrollo de algunas líneas de investigación de la Antropología filosófica, concretamente en los trabajos que tratan de establecer la articulación entre las categorías de “naturaleza” y “cultura”. En este sentido, es especialmente relevante el capítulo 2 del libro, titulado “El impacto del concepto de cultura en el concepto de hombre”. En él, Geertz critica lo que denomina “la concepción estratigráfica de las relaciones entre los factores biológicos, psicológicos, sociales y culturales en la vida humana”. Según esa concepción, cada hombre es un compuesto de varios niveles, cada uno de los cuales se superpone a los que están debajo y sustenta a los que están arriba. Cada capa, como tal, es completa en sí misma e irreductible a las demás. Si se quitan las abigarradas formas de la cultura, se encontraría uno las regularidades funcionales y estructurales de la organización social. Si se quitan éstas, se hallarían los factores psicológicos, subyacentes -las “necesidades básicas” o lo que fuere— que les prestan su apoyo y las hacen posibles. Si se quitan los factores psicológicos, nos encontraríamos con los fundamentos biológicos —anatómicos, fisiológicos, neurológicos- de todo el edificio de la vida humana. Por el contrario, Geertz afirma que cuando se concibe la cultura “como una serie de dispositivos simbólicos para controlar la conducta, como una serie de fuentes extrasomáticas de información, la cultura suministra el vínculo entre lo que los hombres son intrínsecamente capaces de llegar a ser, y lo que realmente llegan a ser uno por uno. Llegar a ser humano es llegar a ser un individuo, y llegamos a ser individuos guiados por esquemas culturales, por sistemas de significación históricamente creados, en virtud de los cuales formamos, ordenamos, sustentamos y dirigimos nuestras vidas”.

Por lo tanto, el hombre no puede ser definido sólo por sus aptitudes innatas -como pretendía la Ilustración-, ni exclusivamente por sus modos de conducta efectivos -como tratan de hacer en buena parte las ciencias sociales contemporáneas-, sino que ha de definirse por el vínculo entre ambas esferas, por la manera en que la primera se transforma en la segunda, por el modo en que las potencialidades genéricas del hombre se concretan en sus acciones específicas. Así, se puede afirmar que si bien no habría cultura si no hubiera hombres, tampoco habría seres humanos si no hubiera cultura: ésta no es solamente un “ornato” de la existencia humana, sino una “condición esencial” de ella.

La influencia de Clifford Geertz en la Antropología contemporánea no se limita exclusivamente al impulso positivo que ejerce su pensamiento en quienes cultivan la línea interpretativa iniciada por él; también las críticas que ha recibido -de manera particular, las que provienen de las posiciones que forman la llamada “Antropología Postmoderna”— merecen ser tenidas en cuenta a la hora de trazar la cartografía intelectual de nuestro fin de siglo. En concreto, vale la pena mencionar la reunión de antropólogos celebrada en la School of American Research de Santa Fe (Nuevo México), en abril de 1983, más conocida en los ambientes académicos como el Seminario de Santa Fe. Las intervenciones de los asistentes fueron editadas por James Clifford y George Marcus en Writing Culture, que es considerada la primera colección canónica de ensayos de Antropología Postmoderna. Pues bien, una de las notas recurrentes de esta reunión fue la crítica de los postulados y logros de Clifford Geertz por parte de autores que habían sido alumnos suyos, e inicialmente le habían seguido.

Los trabajos del Seminario se orientaron fundamentalmente al estudio de los relatos etnográficos, planteando cuestiones relacionadas con la autoría de los informes del trabajo de campo, la condición multicultural del saber, las teorías de la diferencia, el relativismo cultural, la responsabilidad moral, política y social del etnógrafo, etc. Mientras que el objetivo principal de la Antropología Simbólica, tal como la practica Clifford Geertz, consiste en la “descripción y comprensión de los otros”, la preocupación fundamental de la Antropología Postmoderna la constituye “el estudio de las representaciones antropológicas de los otros”. Así, al centrarse en el “estudio de los textos sobre la cultura” y no tanto en la “cultura como texto”, la Antropología Postmoderna acaba convirtiéndose en una especie de meta-etnografía, como una versión antropológica de la crítica literaria.

Sin embargo, y aunque sean más los problemas que plantea que los que resuelve, no podemos pasar por alto el hecho de que la Antropología Postmoderna está presente en nuestro contexto cultural a modo de subproducto -ciertamente no deseado por él— del pensamiento de Geertz.


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Doctora en Filosofía y en Ciencias de la Educación. Miembro de la St. Edmund´s College, Universidad de Cambridge