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Carlos Martínez Aguirre (Madrid, 1974) es un estupendo filólogo, un magnífico traductor y, sobre todo, un poeta de primerísima fila, que con un solo libro, La camarera del Cine Doré y otros poemas (Hiperión, 1997), y unas cuantas plaquettes, casi secretas, que envía generosamente a sus amigos, ha conseguido brillar con luz propia dentro de una generación que promete ser de las más relevantes de la poesía española.

Carlos ama como pocos su oficio de poeta. Es algo que se ve en cada uno de sus versos. Todos ellos han sido sentidos y pensados. En todos ellos el corazón y la cabeza han trabajado al unísono, armoniosamente, para alcanzar esa mezcla ideal de música y pensamiento que tienen los buenos versos, los versos que emocionan y se recuerdan.

Apuntaba más arriba que buena parte de la poesía de Carlos Martínez Aguirre ha visto la luz en mínimas plaquettes, en hojas que envía a los amigos y a otros poetas. Ése fue el primer contacto que tuve con su poesía. Me llamó la atención la madurez de sus planteamientos y la capacidad que tenía de emocionar al lector partiendo de una notable variedad de registros. Los cinco años que han pasado desde entonces no han hecho más que confirmar sus virtudes y dar mayor profundidad aún a su voz, como ponen de manifiesto los dos poemas que presentamos, pertenecientes a una serie de nueve sonetos de amor todavía inédita.

POÉTICA
Carlos Martínez Aguirre

Se me pide que escriba una poética. Yo creo que los poemas se justifican por sí mismos. La buena poética ha de ser oficio de filólogos y eruditos, y en cualquier caso, mejor si es sobre obra ajena. Cuando no es así lo que tenemos es un manifiesto; en el peor de los casos un pasquín. Queda advertido, pues, que aquí dejo la mía con tales intenciones.

Defiendo la aristocracia. Aristocracia de pensamiento, de sentimiento, de arte. Me horroriza la mediocridad y, sobre todo, la mía. El verso es exclusivamente musical. Es música explícita e implícita. Sentimental y cerebral. No admite exégesis ni gramática. El Poema existe como conjunto de signos y como código que los articula. Los signos sin articulación son hijos del limo. Yo quiero poemas que sean voz de una raza, aliento divino.

Ese poema se alcanza por el estremecimiento. La conciencia de lo absolutamente otro es la que prefiero de todas las formas de arte. Sé que hay otras y también me interesan, pero… ¡por Dios, que hay jerarquías! Y no se trata de ser iconoclastas: es que cuando hay verdad, me toca. Y la Verdad es más alta que cualquiera de nosotros. No puedo definirla ni mucho menos andar con prejuicios. La Verdad está ahí, y cuando llega abres las ventanas ¡y a proclamarlo! Porque al final esto es lo que nos acompaña, esto es el pan necesario —incluso para el hombre de hoy—, el que necesitamos tener muy cerca.

Y es que detrás de ese estremecimiento, de ese por qué que nos asalta a cada paso solo nos queda algo que no admite preguntas: el Amor. El Amor que es pasar de muerte a vida. El Amor como respuesta pura, sin mancha; el amor de los místicos, de los sabios, de los locos y de los poetas. El Amor que es la Vida y al que la muerte no vencerá nunca.

DOS SONETOS

1

AMOR, en el principio fuimos secreto y nada.
¡Qué cansancio del tiempo fundido en el silencio
hasta alcanzar la exacta certeza de sus nombres!
¡Qué lejana quedaba la fiesta de tu aliento!

No existían las horas ni los frutos.
¡Eramos piedra y polvo! Alma sin ruido.
Aves a ras de suelo, desahuciadas,
locas por conocer la primavera.

Pero tú fuiste riego del alma y las entrañas,
y la respiración de bestias y de cosas.
Como el heno palpita en el estío

y el pino da salud a la mañana
tú y yo juntos, con simplemente amarnos,
dimos forma sagrada a todo lo que existe.

2

Si mueres, que mi reino no sea un pensamiento
poblado de viajeros envueltos en tinieblas
cuyo viático es limo, cuyas ropas son alas,
vestidos como pájaros de un país sin retorno.

Si muero que mi herencia no sea la amargura
de un árbol sin raíces regado por el llanto.
Mis ramas tienen frutos, consumidos
descenderá a la tierra más feraz la semilla.

Si muero, amor, si mueres, amor mío,
si queda nuestra casa sin muebles ni paredes,
no dejes que la herida se extienda sobre el techo.

Si es mayor el dolor, si pueden llanto,
muerte, pena, amargura,
ser más que nuestro amor, moriremos de nuevo.


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Poeta y escritor