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Ollanta Humala acaba de afirmar, en sendas entrevistas publicadas en medios peruanos e iberoamericanos, que no es de izquierda ni de derecha, sino todo lo contrario. Según el presidente, el humalismo siempre ha sido “de abajo” y ahora, para mayor precisión, es “de todos”. La modernización del Partido Nacionalista ha sido percibida de manera positiva por la sociedad peruana que acaba de premiar al mandatario con siete puntos en las encuestas de popularidad (de 47% a 54% en solo un mes) por su renovado centrismo, plasmado, esencialmente, en la exterminación sistemática de sus aliados de izquierda.

 

Sí, Humala, para centrarse, ha tenido que romper su alianza con la vieja progresía cepaliana de la rive gauche que apoyó a dictadores como Juan Velasco Alvarado, una izquierda reciclada en grupos de presión y sinecuras periodísticas. Sin embargo, hay un trecho muy largo entre reconocer el pragmatismo militar de Humala —un pantaleonismo del siglo XXI— y pretender absolverlo eliminando todo su pasado y presentándolo como un hombre tímido, sobrio, sincero, con inquietudes intelectuales y tierna sonrisa de “pícaro” soñador. No, diagnósticos como el descrito, superficiales y sesgados, sólo buscan lavarle la cara al humalismo. Suplantar el análisis por la propaganda política no le hace ningún favor a la democracia peruana. Por el contrario, la debilita al fundarla en falsas premisas y espejismos de la voluntad.

 

Resulta evidente que un sector de la izquierda mediática iberoamericana intenta llevar a cabo la operación “Salvando al soldado Ollanta”, borrando la imagen de líder golpista, populista y neo indigenista que Humala y sus aliados forjaron durante años. Así, con entrevistas y artículos tailor-made se aspira a construir un ollantismo puro, absolutamente coherente desde su fundación hasta el día de hoy. Y eso es falso. A lo largo de su vida política, Humala apoyó golpes de Estado, abrazó el chavismo, proclamó el racismo indigenista y llevó un tren de vida lujoso fuera del alcance de la clase media. Que ahora busque construir instituciones, como North y Sarmiento, es rescatable, pero no siempre fue así.

 

Es más, hasta hace apenas unas semanas, la dirección política del humalismo era un misterio sin resolver. Su primer gabinete fue de corte ecléctico y si la izquierda resultaba eficiente, la situación sería distinta. Sin embargo, sus aliados progresistas resultaron ingobernables y la anarquía dañó al ejecutivo. La izquierda pensó que el juramento humalista de “respetar la democracia” y aplicar “la hoja de ruta demo liberal” formaba parte de la estrategia electoral. Es decir, que todas esas promesas no eran más que “recodos en el camino” imprescindibles para alcanzar el poder. He allí el porqué de su actual indignación. Ante el político pragmático que convocó tecnócratas y militares, deshaciéndose de aquellos que lo ayudaron para llegar al Palacio de Pizarro, la izquierda reaccionó de la única manera posible: con sorpresa e ira contenida. Se siente traicionada. Y se prepara para la acción.

 

¿Hay que respaldar al humalismo? Por supuesto. En esta nueva coyuntura, sostener a Humala es defender el centrismo y la inclusión social. Que el presidente abandone sus viejos estandartes populistas es una buena noticia para Latinoamérica. Pero apoyarlo críticamente y con reservas no significa tergiversar el pasado y la naturaleza de su régimen. El humalismo se caracteriza por la voluntad de poder spengleriana, la alianza con la tecnocracia y el pretorianismo cesarista. Vender la imagen de un Humala víctima de “la gran conspiración de la derecha latina” es una falacia interesada y abyecta. Por el contrario, es preciso recordarle a la opinión pública, como se hizo dignamente bajo la férula corrupta del fujimorismo, las profundas contradicciones del movimiento humalista, su tendencia a la demagogia, la matriz racista de su pensamiento, la simpatía enfermiza que mantiene por las dictaduras de izquierda y la capacidad de Ollanta para transformar sus principios dependiendo de la oportunidad. Y todo esto sin olvidar que es perfectamente posible mantener un modelo macroeconómico eficaz e incurrir en los errores institucionales de los gobiernos que precedieron al de “Gana Perú”.

 

Humala es un ejemplo perfecto de este punto. La renuncia del vicepresidente Omar Chehade denota que el ollantismo es capaz de llevar a cabo las mismas prácticas perversas del fujimorismo, el toledismo y el aprismo. Un vicepresidente acusado de tráfico de influencias deja el cargo para ser “blindado” políticamente por la bancada de gobierno. La lista de nombramientos de amigos y parientes de la pareja presidencial sólo tiene un nombre: nepotismo. Y la reciente visita de Humala a Caracas en la que el Perú anuncia que invertirá en la Faja del Orinoco, contra la opinión de expertos en geopolítica y energía, denota la deuda material que Ollanta mantiene con Caracas. Humala altera su discurso en función al escenario. El apoyo, por tanto, ha de ser crítico y puntual. La democracia peruana tiene razones sobradas para desconfiar. 


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Martín Santiváñez Vivanco es investigador del Navarra Center for International Development de la Universidad de Navarra y doctor en Derecho por la misma universidad. Miembro Correspondiente de la Real Academia de Ciencias Morales y Políticas y miembro del Observatorio para Latinoamérica de la Fundación FAES.