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La palabra «Humanidades» proviene del latín, pero así, en plural, no se utilizó nunca en esa lengua. En singular, humanitas tenía todos las acepciones de la voz española «humanidad», excepto la de designar la totalidad del género humano. Su significación original era la de «condición humana» o «naturaleza humana».

El autor que más emplea humanitas en sus diversos valores es Cicerón (106-43 a. G.), aunque la palabra existía en latín antes de él, como prueba su presencia en la obra de algún contemporáneo del orador, una generación anterior a la suya. Pero ya en Cicerón el campo semántico de humanitas se extiende al ámbito de la educación, ocupando el lugar de la paideia griega, que significaba la educación de niños y jóvenes, así como sus contenidos y sus métodos, con inmediata proyección sobre la escuela. En uno de sus discursos más conocidos, la defensa del poeta Arquias, Cicerón utiliza la expresión artes ad humanitatem. Artes, en el latín de todas las épocas quiere decir, entre otras cosas, «disciplinas» o «saberes», pero «saberes» o «artes» que se enseñan y que se aprenden.

Artes son la gramática, la retórica, la poética, la dialéctica o lógica y las otras materias que se estudian en las escuelas e integran los sistemas educativos. Desde el final de la Antigüedad, y durante la Edad Media y el primer siglo de la Modernidad, es frecuente la referencia a las siete artes liberales, que constituyen el currículo académico o plan de estudios más común en el mundo de cultura latina. (El filósofo español Juan Luis Vives es autor de un extenso tratado De disciplinis, en el que se recorren sistemáticamente estas disciplinas o artes, criticando sus métodos de estudio y enseñanza y postulando su modernización en la línea, entonces renovadora, del pensamiento de los humanistas).

Estas siete artes, que se distribuían en los dos departamentos del trivium y del quadrivium, tenían un carácter práctico. Tanto las artes de la palabra y del pensamiento que formaban el trivium —gramática, retórica, dialéctica— como las artes de lo mensurable y lo sensible —aritmética, geometría, astrologia y música— que integraban el quadrivium.

Cicerón, en su discurso, dice que todos estos saberes (y quizá otros, porque el texto ciceroniano no es excluyente ni se presenta como exhaustivo) tienen algún tipo de vínculo o especial relación entre ellos. Todos tienen que ver con la humanitas, que es como el campo en que se mueven o el lugar en que convergen. «Todas las disciplinas (artes) que corresponden al ámbito de la cultura (humanitas) tienen entre sí cierta vinculación y una especie de parentesco». Humanitas en este lugar significa claramente cultura, educación, pedagogía, etc. Esas artes ad humanitatem son las que han hecho a Cicerón orador y sabio. Constituyen los denominados studia liberaiia o liberalissima, que por su condición sociológica son los propios del hombre libre no esclavo.

En el latín posterior a ese momento clásico ciceroniano, humanitas sigue cubriendo los campos semánticos de condición humana y de clemencia, pero también este otro de pedagogía y cultura. De ahí provino que, ya en el siglo XVI, a los estudiosos o cultivadores de las letras, y muy particularmente de las latinas, se les empezara a llamar, primero en italiano, y pronto en español, «umanisti» y «humanistas». Esta última es la palabra con que Baltasar de Céstedes, yerno del famoso lingüista Francisco Sánchez «el Brócense», en un libro del año 1600, designa al hombre culto por excelencia. Poco después, Cervantes llama humanista a un médico distinguido, al que cita también como poeta en el Viaje al Parnaso publicado en 1613. Lo mismo ocurre después en otras lenguas.

Cuando en la Edad Media, a principios del siglo XIII, se formaliza el sistema universitario —París, Oxford, Bolonia, Salamanca—, las escuelas o facultades son de dos órdenes diversos: un orden, el integrado por las facultades mayores o profesionales —Derecho, Teología y Medicin a— y otro, el de las «menores». Ese esquema organizativo subsiste en España hasta las reformas de la primera mitad del siglo XIX. En Salamanca se puede visitar y admirar el patio de las escuelas menores, en lugar aparte y a poca distancia de la espléndida gran portada plateresca del edificio principal de la Universidad. Las facultades o escuelas de artes menores comprendían, al nivel y a la altura de aquellos tiempos, los saberes humanísticos. Sus estudios debían cursarse previamente a los de la facultades mayores para aprender el latín y esas artes del pensamiento, la palabra y la medida que, empezando por la gramática, llegaban por la vía de la dialéctica a las distintas partes de la filosofía.

Una vez que se habían superado (con el B.A. o bachillerato de artes) los estudios de esa facultad «menor», se podía seguir cursando ya los grados de las facultades mayores o profesionales, de las que saldrían los juristas, teólogos y médicos que la sociedad demandaba. (En las universidades americanas, con los más diversos currículos, las arts o humanities llenan los estudios de los cuatro años del college).

Yo creo que la penetración del plural humanidades en los diversos niveles de la educación se produce por la vía del inglés, en donde parece que en el siglo XVIII se empleaba humanities para designar el bloque de saberes de aquel entonces, que correspondía a los que antes se habían llamado artes, en el sentido general de disciplinas, y que nosotros ahora, en un debate pedagógico que se extiende por todos los países de cultura occidental, hemos vuelto a llamar Humanidades.

El dominio de la ciencia empírica

El contexto social y cultural de los estudios en la Edad Contemporánea ha conocido un enorme desarrollo de las disciplinas experimentales, que consisten, sustancialmente, en una clasificación y sistematización racional y científica de las informaciones o conocimientos que se obtienen mediante la observación de la naturaleza, y las repeticiones y ensayos de laboratorio, así como sus aplicaciones e invenciones tecnológicas.

La ciencia del siglo XIX —y también la del XX— y los saberes tecnológicos se caracterizan por su gran confianza en la superioridad de estas disciplinas respecto de las humanísticas. Son ciencias empíricas, racionales, sistemáticas y aplicables, por lo tanto útiles. El sentir común de nuestro tiempo está impregnado de la idea de que esa superioridad es verdadera.

En las épocas dominadas por el positivismo y por el materialismo, desde la orgullosa seguridad del científico empirista, se ha tendido a desdeñar a las humanidades como mera palabrería, o poco más. Y desde las arenas movedizas de todos los relativismos no se acierta a ver en ellas un lugar en que se asienten valores o principios consistentes, que sirvan para la formación y el desarrollo de la personalidad del que las estudia o practica. Esta communis opinio de la superioridad de las ciencias respecto de las humanidades ha producido importantes efectos sobre el conjunto de la sociedad e incluso sobre la comunidad de los estudiosos y cultivadores de los saberes humanísticos. Algo que es «científico», o se puede presentar como tal, suele estar rodeado de un halo de prestigio casi mítico. Cuando una afirmación o una reflexión son calificadas de científicas se acabó la discusión: scientia locuta, causa finita.

Determinismo científico

La revolución, si es que se puede denominar así, se produjo en el siglo XIX, cuando la mentalidad de los estudiosos, y con ella el sentir común de las gentes instruidas, son ganados por los principios del determinismo científico y del determinismo biológico. Ambos han sido fecundos para el desarrollo de las ciencias experimentales y de las creaciones tecnológicas. El primero conduce a la formulación de leyes —como había empezado a hacer Newton en la centuria anterior— y el segundo sitúa la noción de evolución en el lugar central de las llamadas ciencias naturales. No es ocioso señalar que el determinismo científico linda con la filosofía y el biológico con la historia, que son dos de los elementos capitales de lo que entendemos por Humanidades en las discusiones de nuestros días.

Es muy atractivo, y probablemente también muy pedagógico, titular con nombres de ilustres personalidades fenómenos o procesos que se iniciaron antes de esas grandes figuras epónimas y han proseguido después de ellas, alcanzando a consecuencias que aquellos grandes de la historia no habían podido prever. Así, podría decirse que Newton fue el padre o el abuelo del determinismo científico y, mucho más tarde, Darwin el padre, o más bien el ayo y el propagador, de la doctrina del determinismo biológico. Al reflexionar sobre el lugar y la función de las Humanidades en el sistema educativo hay que recordar que, en el fondo de la mentalidad contemporánea, operan, conscientemente o no, pero de modo más bien simplista, los principios y las consecuencias de la persistencia de esos dos determinismos.

Las disciplinas que integran el bloque de las Humanidades no han escapado ni escapan al contagio de esos determinismos. Sobre todo cuando se convierten o se quieren convertir en «ciencias» a la manera de las experimentales, olvidando que en los saberes humanísticos existen elementos que son obra del azar (por ejemplo los sucesos que cambian el curso de la historia) o producto de la creatividad humana, como las doctrinas filosóficas, los productos de las artes plásticas, la música y algunos hechos del lenguaje, como los neologismos o las metáforas.

El efecto mimético de las ciencias

Entre los efectos que se derivan de este influjo determinista sobre los saberes humanistas se halla el mimetismo respecto de las ciencias naturales y experimentales y de las tecnologías, que se apoderó de no pocos de los grandes cultivadores de las Humanidades en el siglo XIX.

En este sentido, han sido grandes los progresos que, para el conocimiento de las lenguas y de la relación entre ellas, se han obtenido con el método comparativo. En particular, cuando se ha asociado con el método histórico, o los alcanzados con las técnicas de la clasificación y más recientemente con el estructuralismo y la lingüística funcional.

Existen múltiples ejemplos de influencia determinista en disciplinas humanísticas como la lengua, la literatura y la historia. A continuación expondremos algunos casos. El primero se sitúa en la segunda mitad del siglo XIX, cuando la gente educada compartía generalmente la idea de que las leyes de la física no conocen excepciones: ni el principio de Arquimedes, ni la ley de Boyle-Mariotte, ni la de la gravedad. Los lingüistas —en este caso concreto, los estudiosos de las lenguas indoeuropeas— descubrieron o comprobaron que los cambios fonéticos que se detectan en su desarrollo histórico se acomodan a determinados patrones y que en las diversas lenguas se observan unas determinadas «leyes fonéticas». Tampoco éstas, según esos lingüistas de la escuela de los que se llamaron a sí mismos «neogramáticos», deberían conocer excepciones, porque están formulados como leyes físicas y la palabra es una realidad física, un sonido que se transmite a través del aire.

Sin embargo, resulta que la realidad lingüística registra numerosas excepciones a cada una de esas «leyes». Muchas de ellas se explican por razones históricas. Por ejemplo, porque un fenómeno se produce en un momento o una época determinada, tras lo cual el sistema de la lengua se reajusta y la «ley» deja de ser obedecida, o por influencias culturales o por innovaciones tecnológicas, que traen consigo la desviación del valor de una palabra, etc.

El segundo ejemplo viene de la mano de otra ciencia de gran prestigio por la misma época, la biología, que había descubierto y abrazado el principio darwiniano de la evolución de las especies. Enseguida hubo lingüistas que se propusieron acometer el estudio de los cambios o evolución de las lenguas con un modelo epistemológico análogo. Este patrón es habitualmente aplicado por eminentes lingüistas de atrás adelante —del pasado hasta hoy—, para entender los cambios que están documentados por testimonios escritos, por comparación interlingüística, o por la observación de la práctica de los hablantes.

Pero este mismo proceso también se aplica de adelante atrás en el tiempo, imaginando —en un estado de lengua anterior o lengua madre del que se estudia— formas hipotéticas que explican el origen de determinadas palabras o usos. Hubo sabios que, a mediados del siglo XIX, llevaron sus inducciones hasta componer textos en un supuesto lenguaje «indoeuropeo», partiendo de las lenguas de esta familia, mediante la comparación de fonéticas, morfologías y sintaxis, guiados en el fondo por los principios de la inexcepción de las leyes fonéticas y de la evolución biológica. Siglo y medio después, el resultado de esa reconstrucción resulta pintoresco. Porque, además, no hay ninguna evidencia de que el «indoeuropeo» haya existido nunca como instrumento de comunicación de una sociedad humana concreta.

Imaginemos por un momento que no hubiera ningún documento u otro testimonio de la lengua latina, y que un sabio se dispusiera a recuperarlo a partir de las lenguas romances. El resultado sería disparatado, aunque las bases de partida del proceso inductivo de reconstrucción hubieran sido traducciones correctas en español, italiano, francés, portugués y catalán de un texto de Cicerón. Es lo que ocurriría con cualquier ensayo que se hiciera sobre el alemán —hochdeutsch— y el neerlandés —niederdeutsch— para obtener la lengua germánica originaria, la lengua actual de ese nombre y el holandés. Este juego se podría hacer con traducciones a estas lenguas modernas, versión del texto germánico auténtico de los juramentos de Estrasburgo, que el cronista Nitardo transcribió en caracteres latinos, dando lugar al que quizá es el primer testimonio literario de la lengua alemana.

Sin extenderme demasiado, no querría dejar de apuntar un tercer ejemplo. En el éxito del florecimiento de la lingüística estructural hay un cierto reflejo o proyección de lo que yo me atrevería a llamar el estructuralismo de la física moderna, anterior a la indeterminación de Heisenberg, y así sucesivamente.

Como cuarto ejemplo de la influencia determinista en los saberes humanísticos, podríamos aludir al momento, en el siglo XIX, en que se dividen los saberes en «ciencias de la naturaleza» y «ciencias del espíritu» (después se diría también, o alternativamente, «ciencias de la cultura»). Para no pocos cultivadores de los saberes humanísticos ésta sería la tabla que podría salvarles del naufragio en que veían hundirse a sus disciplinas en alta mar, lejos de los seguros refugios costeros de las leyes en que los saberes de la Naturaleza podían anclar sus naves.

Diversificación de las disciplinas

Los historiadores de la ciencia —y por tanto también los de la educación— XVII no se puede hablar seriamente de especializaciones en ambas materias. Descartes y Pascal fueron notables matemáticos y grandes filósofos, y tienen inscritos sus nombres con caracteres de oro en la historia de tan suelen decir que, hasta finales del siglo diversas disciplinas. Hace poco más de medio siglo, las facultades alemanas de ciencias se llamaban Filosofía II, aunque estuvieran totalmente separadas de las de Humanidades o Filosofía I. En España, hasta 1930, en la antigua facultad de Filosofía y Letras sólo se conocían tres secciones o especialidades —filosofía, letras e historia—. Hoy se ofrecen unas cincuenta titulaciones distintas en el grado profesional o de licenciatura. En las escuelas o facultades científicas y tecnológicas ocurre algo semejante, quizás incluso con una dispersión todavía mayor.

Esta fragmentación académica no es meramente burocrática ni caprichosa. Es la consecuencia de la creciente especialización de las ciencias y las otras disciplinas, a la que se une la complejidad de cada una de ellas, que exige una dedicación práctica y pedagógicamente exclusiva. La materia o facultad que cada escolar cultive es absorbente y sólo ha de ir acompañada o precedida por el aprendizaje de los saberes básicos correspondientes a ella: matemáticas, física, química, derecho romano, bioquímica, lengua, etc.

Función de las humanidades

La gran diversidad académica implica que sería irreal (y probablemente inoperante) pretender introducir disciplinas de Humanidades en los planes de estudio de otras facultades o escuelas. Sin embargo, es un hecho de experiencia que cualquier dedicación profesional de grado académico superior necesita apoyarse en unas bases filosóficas —lógicas y metafísicas— para la observación y el análisis, poder expresarse con corrección gramatical, discutir y persuadir con eficacia retórica —o sea, dominar la lengua— y situar mentalmente la propia tarea científica o profesional en el espacio temporal en que se ejercita, es decir, en la Historia —en la historia general y en la de la disciplina—. Esas son las funciones que corresponde desempeñar a las disciplinas humanísticas.

Como venimos insistiendo, las disciplinas humanísticas no son científicas del mismo modo que las materias experimentales. Y en lo que se refiere al sistema educativo, en todos sus grados, tienen una función distinta de ellas. Las ciencias experimentales están destinadas a dotar al joven escolar de nuestros días de un lenguaje para leer el libro de la naturaleza y para estudiar la enciclopedia de las innumerables aplicaciones de la tecnología, comprendidas las que permiten que el hombre, con su acción material o con su fuerza mental, penetre en la naturaleza, utilice su potencial o modifique su curso. Son, por así decir, los saberes del «texto» o ciencias de la naturaleza.

Las Humanidades, por el contrario, si se me permite seguir utilizando este lenguaje, serían las disciplinas del «contexto», o los saberes —no me gusta decir ciencias— de la cultura. Las primeras enseñan a uno cuál es su medio y lo sitúan en él, las segundas le explican qué hace uno ahí, y por qué y para qué está donde está.

Carencias educativas de hoy

En un sistema escolar en que no se llega a la universidad hasta después de los dieciocho años y donde hay no pocas carreras de cuatro cursos, parece razonable que, para la enseñanza superior, se exija una formación humanística, cultural y técnica, que cubra esas necesidades que podrían llamarse mínimas. Las pruebas de acceso a la universidad tendrían que ser rigurosamente exigentes y estar orientadas a valorar la formación intelectual y cultural que ha alcanzado el aspirante. A los papers o ejercicios escritos, sería ideal que pudiera agregarse una entrevista que no fuera arbitraria. No sería excesivo aplicar, para la entrada en la universidad, métodos de selección análogos a los que hoy se emplean para acceder a un trabajo. Para que eso se pueda lograr, es absolutamente indispensable que, en todas las variedades de bachillerato que se creen como escalón para llegar a los estudios universitarios de cualquier escuela o facultad, los estudios de las Humanidades se lleven la parte del león de la fábula de Fedro.

¿Y luego, dentro ya de la facultad o escuela? Siendo realistas, parece que sólo puede pensarse en acciones complementarias. En mi opinión, esto habría de hacerse básicamente en tres líneas. Una es la de las lecciones de docentes o profesionales de otros campos, los seminarios, coloquios, debates, mesas redondas, que muy frecuentemente pueden tomar como punto de partida asuntos de actualidad. Por ejemplo, al estudiar en las escuelas de ingenieros o militares, o en las facultades de comunicación el caso del submarino ruso, harían falta nociones de geografía e historia del Ártico, geopolítica, energía nuclear y seguridad, geoestrategia de las grandes potencias, etc. Y así con las crisis energéticas, que necesitan, para ser entendidas, el contexto de la historia de la energía —desde la rueda y la palanca hasta el reactor atómico—, la geografía del petróleo, su historia y las proyecciones de futuro, las aplicaciones del derecho internacional político y comercial etc.

Otra segunda línea para las realizaciones de las que he llamado «acciones complementarias» es la colaboración interdisciplinar dentro de la universidad, facultad o escuela, hacedera y de evidente necesidad.

La tercera, en fin, es la que se puede poner por obra cada día en el trabajo académico. La metodología de cualquier disciplina es, sustancialmente, una cuestión filosófica. Las ciencias experimentales trabajan por el método inductivo —inducción primaria y secundaria—, mediante la formulación de hipótesis que han de someterse al banco de pruebas de los hechos, elaborando deducciones lógicas, o clasificando realidades naturales o hechos de experiencia y tratando de explicarlos. Todo lo cual remite, en última instancia, a la dialéctica, los «analíticos», la retórica y hasta la política de Aristóteles, que es uno de los grandes padres de las Humanidades que tanto preocupan en estos tiempos.

Ya he constatado antes que la academia de nuestra época es la continuación de las universidades que nacieron en el siglo XIII. Estas fueron la institucionalización —legitimada por el poder público de entonces— de las escuelas que no habían dejado de existir nunca, por oscuros que hubieran sido algunos siglos. Su historia es una sinuosa sucesión de altibajos en los que no todos los momentos fueron gloriosos. Ocurrió muchas veces que las renovaciones del pensamiento, de las ciencias, de las letras y, en general, de los saberes tuvieron lugar al margen de sus claustros. Así sucedió, por ejemplo con el humanismo. Petrarca y Erasmo no fueron nunca profesores. Ni Descartes ni otros muchos de los grandes nombres que jalonan la historia de las ciencias.

Pero la Universidad de nuestra época tiene funciones análogas a las de los otros períodos de su historia: crear ciencia y fomentarla —también los saberes humanísticos— y formar los profesionales de grado superior que demanda la sociedad.


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Fundador de Nueva Revista