miércoles - 20 febrero - 2019

Ideas

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Colombia

Colombia. Una paz firmada pero no refrendada

Cuando la prensa internacional registra que después de cuatro años de negociaciones entre el Gobierno y la guerrilla más longeva de América Latina, una apretada mayoría de ciudadanos (50,22% vs 49,77%) rechazó en las urnas lo acordado que días antes había sido ratificado en La Habana, en la ONU y en Cartagena de Indias, es lógico pensar que el realismo mágico de Gabriel García Márquez sigue siendo la mejor forma de describir lo que sucede frecuentemente en Colombia. El propósito de este ensayo es ofrecer una radiografía del estado actual del proceso de paz e identificar los cambios culturales que vienen operando en la sociedad colombiana en los últimos años por cuenta del mismo. UNA DERROTA INESPERADA Si se tiene en cuenta que en los últimos dieciséis años la imagen desfavorable de las farc ha estado por encima del 82% y que la popularidad del presidente Santos en las semanas previas al plebiscito rondaba el 29% según los datos del Gallup Poll, parece relativamente sencillo explicar que un acuerdo entre ambos iba a tener muchas dificultades en ser ratificado popularmente. No obstante, las encuestas no son el mejor elemento de análisis del resultado plebiscitario, menos aún cuando todas vaticinaban que el Sí ganaría con al menos diez puntos de diferencia sobre el No. El Sí perdió, entre otras cosas, porque la propaganda —llamada pedagogía por el oficialismo— del voluminoso acuerdo de 297 páginas escritas, por lo demás, en lenguaje farragoso e incomprensible para el ciudadano promedio, se estructuró sobre un falso dilema: refrendar la paz o volver a la guerra. Se trataba de un falso dilema no solo porque, en efecto, los colombianos no amanecimos el 3 de octubre con la noticia de nuevas confrontaciones militares en las selvas del país, sino además porque solo los poetas de la paz y algunos incautos podían creer que un acuerdo firmado con una organización que en los últimos años representa alrededor del 20% de la violencia del país y cuyo cese al fuego unilateral catorce meses antes había aproximado a cero sus acciones violentas más significativas traería la pacificación. La paz como panacea, la paz total —como la llamó el presidente Santos— en suma, era un ideal demasiado ambicioso como para hacer cambiar de opinión a quienes estaban precavidos de la acendrada actitud taimada de las FARC y de su tendencia a hacer de las negociaciones una puesta en escena de su cinismo. Por si fuera poco, las escasas apariciones mediáticas de los aburguesados revolucionarios y sus equívocos gestos de conversión llegaron tardíamente, reforzando la desconfianza hacia su voluntad de paz. Los partidarios del Sí, cual liebre confiada en su ventaja absoluta sobre sus competidores, fueron castigados en las urnas por una ciudadanía que, aunque amedrentada por el estigma que se promovió desde el Gobierno y los medios de comunicación de que votar No era oponerse a la paz, depositó el 2 de octubre un voto de protesta que no estaba en los cálculos de ningún analista o encuestador. Y menos, paradójicamente, entre los líderes del No,...

Argentina 2011-2016: de Cristina a Macri

 La nota característica del último lustro de política argentina ha sido el cambio: en diciembre de 2011, Cristina Kirchner era reelecta en primera vuelta con el 54% y cuatro años después, su candidato, Daniel Scioli, es derrotado en la segunda vuelta, por margen estrecho del 2,6%, por un político emergente proveniente del ámbito empresario, Mauricio Macri.El kirchnerismo que gobernó la Argentina tres períodos consecutivos entre 2003 y 2015, fue la expresión local del populismo que dominó la política latinoamericana durante la primera década del siglo XXI y los primeros años de la segunda.Tanto en la política regional como en la global, Cristina Kirchner —como antes su extinto esposo y también presidente— se alineó con esta corriente ideológica. Cabe mencionar que en su última participación como jefa de estado en la asamblea anual de la UN, se reunió con solo dos presidentes del mundo: el de China y el de Venezuela, confirmando así que la primera era su aliado en el ámbito global y la segunda en el regional.El triunfo de Macri en la Argentina en noviembre de 2015 marcó el inicio del retroceso del populismo latinoamericano, que dominó la región durante más de una década.Winston Churchill decía que «los gobiernos populistas se terminan cuando se acaba la plata para financiarlos», y América del Sur confirma esta tesis.El último año que la región creció fue 2014, y quienes gobernaban ganaron las cuatro elecciones presidenciales que tuvieron lugar en ella: reelección de Dilma en Brasil, de Evo Morales en Bolivia, de Santos en Colombia, —apoyado por el populismo en función de su frustrado acuerdo de paz con las farccontra un candidato del expresidente Uribe—, y el Frente Amplio volvió a ganar en Uruguay con una nueva Presidencia de Tabaré Vázquez.Pero en 2015 y 2016 América del Sur fue la región del mundo que menos creció. Se sucedieron así las derrotas del kirchnerismo en Argentina en noviembre del año pasado; la del chavismo en las elecciones legislativas que tuvieron lugar en diciembre; Evo Morales fue derrotado en un referéndum para tener un cuarto mandato consecutivo en febrero; en mayo fue suspendida Dilma en Brasil; en junio un economista neoliberal, Kuckzynski, gana en Perú; seguidamente Correa fracasa en lograr un referéndum para tener un cuarto mandato consecutivo; en agosto Dilma es destituida en Brasil, y el 2 de octubre el gobierno colombiano fracasa en el referéndum para aprobar el acuerdo de paz con las FARC.Todo esto sucede en menos de un año y tiene una dirección políticoideológica clara: la región sale del populismo y crecen o llegan al poder expresiones políticas y programas de gobierno que pueden ser considerados de centroderecha, más allá de diferencias que se dan en cada caso.Las circunstancias hicieron que Argentina con el triunfo de Macri fuera el primero de esta serie de hechos electorales y políticos, y de ahí su significación regional.Tras una apertura internacional que tuvo por objetivo recomponer las relaciones con los países desarrollados de Occidente, en la última semana de marzo, antes que Macri cumpliera...

¿Qué podemos aprender de China?

Podemos aprender que China se piensa a sí misma como se pensaría el Egipto faraónico, si todavía existiese. Que a finales del siglo III antes de Cristo, durante el auge y caída de la dinastía Qin, en China ya se disputaba una gran batalla entre los partidarios del feudalismo y los del absolutismo, una lucha que llegó a Europa más de mil quinientos años después. Que dos discípulos de Confucio, Mencio y Xun Zi, inauguraron –en los albores del siglo III antes de Cristo- un enfrentamiento filosófico entre aquellos que consideraban que la naturaleza del hombre era buena y los que creían que era mala. Que si China es una civilización -grande, fuerte- capaz de tener perspectiva histórica de más de veinte siglos, ¿qué valor puede tener la vida de un hombre ante esa rueda inmensa? Que si China ha roto las concepciones del tiempo también lo ha hecho con las del espacio. Que más allá de las millones de almas que habitan en grises mega-ciudades de las que no habíamos oído nunca el nombre -y que, si viajásemos a ellas, nos parecerían todas iguales-, China se extiende hacia paisajes insospechados propios de un imperio. Al noroeste, desiertos ardientes donde los hombres degüellan corderos y rezan a Alá. Bajando al sur, cadenas de montañas que desembocarán en los picos más altos del mundo, donde los hombres llevan sombreros de vaquero, los templos se adornan de papeles multicolores y las viejas esconden, temerosas, pequeñas fotografías del dalái lama debajo del colchón. Más hacia el este, siguiendo la costa, aparecen las palmeras, la humedad, los barcos y puertos donde antes desembarcaban piratas y ahora embarcan contenedores de mercancías, mientras -a lo lejos- se observa una gran isla de playas paradisíacas llena de hoteles de cinco estrellas y bases militares. En este momento, si cruzáramos al extremo norte del país, nos encontraríamos ante una gran tundra desértica y helada, donde el número de almas va descendiendo y el mandarín se mezcla con los acentos rusos y coreanos. Que si China no es un país sino una civilización, tampoco es un estado, sino un continente. Que esta inmensa masa de tierra está habitada por un pueblo que fue asaltado, durante el siglo XIX y XX, por potencias occidentales, por Rusia y por Japón, pero ha sabido salir adelante creyendo en sí mismo, en lugar de refugiarse en el victimismo o el complejo de inferioridad, enfermedades de los países pos-coloniales. Que aunque no olvida los agravios, ni de hace ochenta años ni de hace milenios, eso no lo frena en su camino de saber lo que quiere y tener grandes ambiciones. Que este sentimiento se extiende desde las élites políticas del país -con todo lo admirable y temible que eso comporta- hasta al niño chino de seis años que conocí en un parque de Pekín y me explicó que, de mayor, quería ser Premio Nobel de Ciencia. Que toda esta energía nacional está sustentada en los personajes más fascinantes que he conocido: los ancianos chinos. Seres humanos...
Brexit

La hora de la verdad para Europa

Margaret Thatcher gustaba decir que «los referendos son un instrumento de los dictadores». Como es lógico, en los días que llevaron al Brexit, sus promotores no citaron ni una sola vez esta máxima de su gran heroína. Pero lo acontecido en el Reino Unido el pasado 23 de junio explica muy bien por qué Thatcher sentía tal rechazo a este tipo de consultas, tan fácilmente manipulables. Para empezar, el Reino Unido es una democracia en la que hasta ahora la verdadera soberanía residía en Westminster. Es a los parlamentarios a quienes corresponde asumir el mandato que reciben de sus electores, decidir sobre asuntos complejos que exigen estudio y rendir cuentas a quienes les votaron cuando llega el final de cada legislatura. Pero esa visión de la democracia parlamentaria fue asaeteada por David Cameron y la ha dejado malherida. Es extremadamente difícil hacer comprensible para el elector medio lo que representa para él la pertenencia a una comunidad política y a un mercado común como los de la Unión Europea. En cambio es muy fácil argüir sentimentalmente contra el supuesto leviatán de Bruselas. Entre otras cosas, mintiendo. Porque el número de falsedades que han dicho los ganadores del referendo ha sido infinito. Pero sus votantes les han creído. Desde disparates como que la UE se gasta cada año 143 millones de euros en las corridas de toros —y nosotros sin enterarnos— hasta falsedades perversas como que nadie ha elegido a la Comisión Europea. Si los británicos hubieran prestado la más mínima atención a lo que se votó en las elecciones europeas de junio de 2014 se habrían enterado, como se enteró el resto de los europeos, de que cada partido presentaba un candidato a presidente de la Comisión. El del PSE—y de los laboristas británicos— fue el alemán Martin Schulz, y el del PP fue el luxemburgués Jean Claude Juncker, designado candidato tras unas primarias. Y al que después de que el PP ganara las elecciones europeas, el Reino Unido intentó vetar. Que eso sí que era algo antidemocrático. En el Gobierno europeo, es decir, en la Comisión Europea, los electores sabían quién era el candidato a presidir, como en cualquier democracia. No sabían quiénes serían los ministros, como siempre ocurre en una democracia. Lo normal. Pero lo que hemos visto en el Reino Unido en la campaña que llevó al 23 de junio fue una lucha entre sentimientos y datos. Y es bien sabido que las cifras sirven de poco frente a los sentimientos. A estos hay que combatirlos con otros sentimientos. Y en el campo del Remain, no hubo ninguno. Porque una de las cosas que mejor explican este referendo sobre la pertenencia a la UE es que no se ha visto ondear una bandera europea en ningún acto de una campaña plagada de «Union Jacks». Hay quien dice que sí había esas banderas en los actos organizados por el Partido Liberal Demócrata, el único verdaderamente europeísta, pero es casi imposible encontrar un testimonio gráfico. Y es que en verdad era...

El ‹‹reality show›› de Donald Trump

El magnate de Nueva York ha logrado sumar los 1.237 delegados que le garantizan la nominación presidencial del Partido Republicano. Su secreto: transformar las primarias de los conservadores de Estados Unidos en lo más parecido a un reality show.
lenguas ibéricas

La articulación del «mundo ibérico», una realidad geopolítica para el siglo XXI

En abril de 2015, la Fundación del Español Urgente, Fundéu, anunciaba entre sus recomendaciones la adopción de un nuevo término en español, paniberismo, que se definía como «la tendencia de carácter geopolítico que plantea la integración de todos los países de lenguas ibéricas», y al que calificaba de «neologismo bien formado». Efectivamente, a diferencia del iberismo, que es el movimiento que tradicionalmente ha impulsado el mayor acercamiento entre los países de la Península Ibérica (no solo España y Portugal, sino actualmente también Andorra), y del iberoamericanismo, que se refiere al espacio de países de lenguas española y portuguesa de dos continentes, América y Europa, la concepción geopolítica y espacial del paniberismo incluye a la totalidad de países, pueblos y comunidades de lenguas y culturas ibéricas de todos los continentes (recordamos que la partícula pan, en griego, hace alusión a «todo»). Este ámbito «panibérico» también se ha denominado iberófono o de la iberofonía, es decir, donde se hablan las lenguas ibéricas. JUSTIFICACIÓN Y MOTIVACIONES La justificación esencial de este espacio se basa en la afinidad sustancial entre las dos principales lenguas ibéricas, el español y el portugués, únicos dos grandes idiomas internacionales —grandes cuantitativamente— que son, al mismo tiempo y en líneas generales, recíprocamente comprensibles. Si, filológicamente, el español y el portugués son lenguas diferentes, en términos comunicacionales internacionales llegan a visualizarse prácticamente como si fueran casi un solo idioma. Esa realidad, singular y única, hace que, en términos geopolíticos, geolíngüísticos y geoculturales, se pueda hablar de un gran espacio multinacional de países de lenguas ibéricas que abarca todos los continentes y que está compuesto por una treintena de países y más de 700 millones de personas. Se trata de la décima parte del planeta y del primer bloque lingüístico del mundo al aunar el español —segunda lengua materna y de comunicación internacional, hablada por más de 500 millones— y el portugués —segunda lengua ibérica y latina, con más 200 millones de hablantes. Naturalmente, en el interior de ese gran espacio multinacional intercontinental conviven multitud de otras lenguas diferentes que lo enriquecen, no solo de la Península Ibérica sino, en mucho mayor número, de América, África y Asia. Pero el común denominador lingüístico de lo iberófono a nivel internacional lo constituyen los grandes idiomas vehiculares ibéricos, el español y el portugués o, más exactamente, la base lingüística común derivada de la afinidad sustantiva entre los mismos. La plena articulación de este espacio daría mayor visibilidad e influencia a nivel internacional al conjunto de los países iberófonos, promovería la cooperación horizontal y triangular entre países de América, Europa, África y Asia, y contribuiría a equilibrar en términos geoculturales la preponderancia o hegemonía actuales del idioma inglés y de las cosmovisiones anglosajonas, en beneficio de la mayor diversidad cultural y lingüística de toda la comunidad internacional. HISTORIA La existencia de un espacio de estas características ha pasado, hasta ahora, relativamente desapercibida, aunque responde igualmente a un proceso histórico de convergencia que se puede constatar entre los grupos de países hispanohablantes y lusófonos. Por un lado, las corrientes hispanoamericanistas nacidas en...

Confrontando la amenaza del terrorismo yihadista

El terrorismo yihadista representa hoy una amenaza con una dimensión tanto endógena como exógena debido a su carácter diversificado y multiforme, como revelan los rasgos de los atentados planeados y otros indicadores que la sustentan. Por un lado, múltiples y diversos son los escenarios en los que se manifiesta la amenaza, como revelan atentados como los que costaron la vida a dos policías españoles en Afganistán en diciembre de 2015, o a catorce estadounidenses en San Bernardino (California) días antes, o a más de una veintena de personas en Bamako (Malí) poco antes, o a las ciento treinta víctimas mortales de los atentados del 13 de noviembre en París, o a las decenas asesinadas en Bruselas en marzo de 2016 y en Ankara unos días antes, por destacar tan solo algunos de los últimos. Múltiples y diversos son también los actores amenazantes entre los que se incluyen: individuos autorradicalizados motivados por la dimensión de una violencia que el Estado Islámico ha elevado a su máxima potencia; células pertenecientes a dicha organización terrorista o a otras como Al Qaeda o sus filiales o con relación con miembros de estas; terroristas retornados de Siria e Irak; radicales frustrados por no haber podido viajar a dichas zonas; islamistas excarcelados en nuestro país y otros del entorno; y yihadistas provenientes de otros países. Ante la centralidad que ha adquirido el denominado Estado Islámico, conviene destacar que otra organización terrorista como Al Qaeda en aparente decadencia, sin embargo, y a pesar de su debilitamiento, no ha desaparecido del panorama constituyendo todavía una importante amenaza. Los reveses sufridos por esta organización terrorista han sido complementados con éxitos tácticos que le han garantizado una supervivencia a través del establecimiento de alianzas con distintos grupos menores en diversos lugares del planeta. De ese modo ha conseguido mantener su influencia como fuente de inspiración para grupos e individuos que persiguen mediante el terror la imposición de objetivos políticos y religiosos como los que anhela el islamismo radical y violento. Frente a quienes han dejado de prestar atención a Al Qaeda, limitando casi exclusivamente al Estado Islámico el peligro de la violencia yihadista, Bruce Hoffman considera que «lejos de haber desaparecido como amenaza», el movimiento dirigido por Osama Bin Laden hasta su muerte «se prepara tenazmente para lo que sus combatientes y seguidores consideran será la épica última batalla y la confrontación final con Occidente». En su opinión, el movimiento ha dejado que el Estado Islámico «acapare y absorba todos los golpes mientras que Al Qaeda reconstruye en silencio su fortaleza militar», beneficiándose de esa «paradójica etiqueta de “extremistas moderados” en contraste con los incontrolados del EI»1. En una línea similar algunos autores advierten sobre la «paciencia estratégica» del movimiento terrorista y la necesidad de que la mayor atención sobre otro foco de la amenaza terrorista, esto es, el Estado Islámico, induzca a subestimar el peligro que todavía comportan Al Qaeda y sus organizaciones afines2. La efectividad de AQ radica en su resistencia, en su capacidad de regeneración y establecimiento de alianzas3,...

Pablo Iglesias y la poliacroasis

La retórica ha de aspirar no simplemente a convencer, sino a convencer de la verdad, nos explica en este artículo el editor de Nueva Revista.

Las notas de Valentí Puig. Demasiados pasos atrás

 ·      La civilización avanza lentamente y después –dice Paul Morand en Diario inútil– en ocho horas retrocede ocho siglos. El sí al “Brexit” del electorado británico, sin ser el fin de la civilización europea, afecta a todo un sistema institucional –a veces utopista y otras hipócrita- que teóricamente pretendía aunar el interés común y un idealismo que se fue rebajando hasta convertirse en argot de despacho. Ocurrió con la escenografía de la “troika” que bajaba del avión para controlarte las cuentas. Generó reacciones euroescépticas del mismo modo que, para la idiosincracia de la “Little England”, que el FMI, Juncker y toda la tecnocracia globalizada  amenazaran con el fin del mundo ha resultado ser un acicate para el “Brexit”. Ese es un problema de la Unión Europea y la constatación de que el Reino Unido no determina el equilibrio continental. “Mutatis mutandi”, es una Unión Europea que no lidera; regula, creyendo que la norma existe sin la fuerza. Son muchos pasos atrás.·       El partido conservador británico, la organización política más veterana del mundo, ha ido alejándose del modelo “One Nation Tory” y fomentando una suerte de xenofobia “soft” cuyo efecto en la vetusta militancia que controla la nominación de candidatos por circunscripciones ha dado pie a un ala eurófoba “tory” con el complemento populachero de Nigel Farage, mucho más allá del euroescepticismo de Margaret Thatcher. Es el hombre que recela del extranjero tomándose una jarra en el pub.·       La desazón de una Europa debilitada habrá de buscar dosis vitamínicas de excepción. Quién sabe si las hay. Da una idea del riesgo que Putin sea el hombre fuerte que atrae la derecha dura en toda Europa. Más allá del “Brexit”, es una crisis de principios, unos principios con los que se ha hecho mucha retórica, sin convicción. Adiós al europeísmo fundacional. Ahora harán falta masivas brigadas de bomberos. El “Brexit”, y mucho más si la salida efectiva es liderada como un demagogo como Boris Johnson, equiparable a Donald Trump pero con régimen parlamentario, va a dañar la economía familiar de los europeos y por tanto el apego a una cierta idea de Europa que se ha ido difuminando con las inercias institucionales y el descrédito justo o injusto a la vez de las élites. Ciertamente, el “Brexit” no implica un retroceso de ocho siglos pero sí la parálisis de la Unión Europea, la puesta en duda del sistema de soberanía compartida y el auge de una crisis de identidad que se veía venir desde hace tiempo. Es un elemento más de la crisis de la conciencia europea y de Occidente. Tantas fuerzas centrífugas han coincidido ante los portalones de la Unión Europea que ahora son más bien reacios a las tareas del espíritu. Por una vez los sondeos han acertado más que las casas de apuestas. Llevará largo tiempo pagar los costes y recoger tanto cascote.

Nueve cartas al Brexit

1. Obsolescencias políticas. Se vuelve a demostrar que el referéndum es un instrumento inadecuado para la toma de decisiones trascendentales en sociedades complejas e interdependientes. Hablar de "voz del pueblo" para referirse a cuerpos sociales desmembrados en multitud de partes dispersas -Londres/periferia, Inglaterra/resto, jóvenes/mayores, residentes/expats, nacionalistas/cosmopolitas- carece de sentido: lo que emerge se parece más a una ventriloquía por agregación. También ha quedado claro que su sola convocatoria abre un espacio emocional cuyas dinámicas no pueden preverse ni controlarse. Por efecto de las lógicas de la opinión pública, acaso reforzadas en la era digital, hipérboles y falsedades dominan enseguida la conversación mayoritaria, dejando el matizado análisis de hechos y argumentos racionales en un segundo plano. Hay, claro, Altos Debates que tienen lugar simultáneamente; pero el tenor general del debate público propende a la mendacidad y la exageración. No es casualidad que Nigel Farage, líder oficioso de la campaña por la salida, haya dejado ya claro en la mañana de autos que quizá se exageró al decir que el Brexit permitiría desviar una cantidad millonaria de libras a la Seguridad Social británica. Y es que una sociedad en estado refrendatario tiende de manera natural a primar las emociones y las falsas razones sobre los buenos argumentos. Nada de lo que sorprenderse: somos sujetos sometidos a déficits de racionalidad, distorsiones perceptivas, renuentes a informarnos, sensibles a las influencias afectivas. Sin la mediación representativa, estas deficiencias se hacen mucho más evidentes. Se colige de aquí que los plebiscitos no son el instrumento más adecuado para el gobierno democrático. Máxime cuando quienes con más denuedo se movilizan en ellos son los más convencidos y, por tanto, los más dogmáticos: término de origen religioso que nos coloca en la pista correcta. 2. La paradoja del liderazgo. No tendríamos Brexit sin David Cameron; o sea, sin su decisión de convocar un referéndum cuya intención original no era sacar a Gran Bretaña de la Unión Europea, sino acabar con la guerra intestina del Partido Conservador. "Así que el gran apostador terminó por perder", ha escrito flemáticamente The Economist: tras ganar dos referéndums, Cameron perdió el más relevante de todos. Pero, ¿tiene sentido que una decisión que afecta tan gravemente el destino político de un país y el de la estructura multinacional del que se excluye sea tomada por un solo hombre y además por razones espúreas? En sociedades interconectadas por medios digitales, interdependientes por efecto de los vínculos económicos y culturales que la globalización ha profundizado, ¿qué pensar de este resto tribal, esta suerte de decisionismo democrático? No hay una solución fácil: el gobierno de la "multitud" es técnicamente imposible y moralmente indeseable. De modo que la importancia de los buenos liderazgos -o del liderazgo en general- es más patente que nunca. Pero no hay forma de asegurarnos de que tendremos más Obamas que Trumps, ni de que alguien con las credenciales iniciales de Cameron no desarrollará la afición a equivocarse jugando a la ruleta rusa de las consultas populares. Durante épocas de crisis, dicho sea de...

El retorno del fujimorismo

UN REGRESO ESPERADOLas elecciones peruanas son una gran oportunidad para consolidar una democracia que apuesta mayoritariamente por el fortalecimiento de las instituciones. Desde la caída del fujimorismo, el Perú ha logrado elegir sucesivamente a todos sus presidentes en elecciones limpias y el proceso de 2016 no será una excepción. Ahora bien, la polarización propia de un sistema partidista altamente fragmentado convierte a estas elecciones en un fenómeno complejo que presenta diversas variables objeto de análisis.En este sentido, el resultado de la primera ronda de las elecciones peruanas consolida el liderazgo de Keiko Fujimori y del modelo económico de crecimiento que ha favorecido el desarrollo del país en los últimos veinte años. Keiko Fujimori, lideresa de Fuerza Popular (FP), ha vencido con un 39% de los votos válidos, casi el doble de lo que obtuvo en la primera vuelta del año 2011. Su votación también duplica la de su más cercano competidor, Pedro Pablo Kuczynski, de Peruanos Por el Kambio (PPK), que obtuvo, según el conteo oficial de la Oficina Nacional de Procesos Electorales (ONPE), el 22% de los votos. El tercer lugar ha sido ocupado por la candidata izquierdista Verónica Mendoza, del Frente Amplio (fa), con un 18% de los votos, y el cuarto puesto fue para Alfredo Barrenechea, de Acción Popular (ap), con un 7% del electorado. Los expresidentes Alan García y Alejandro Toledo obtuvieron el 6% y el 1%, respectivamente.Estos resultados obligan a una segunda vuelta (ballotage) en la que Keiko Fujimori se enfrentará no solo a Pedro Pablo Kuczynski sino a todo el sector antifujimorista. Uno de los clivajes más importantes de la política peruana es, precisamente, la oposición entre fujimoristas y antifujimoristas. Las elecciones de 2011 fueron un ejemplo de esta división que favoreció la candidatura de Ollanta Humala. El gobierno de los Humala fue respaldado por personajes tan disímiles como los radicales prochavistas y los liberales vargasllosianos. Desde Toledo hasta Vargas Llosa, pasando por los movimientos antimineros y el viejo partido de Fernando Belaunde Terry, Acción Popular, todos se unieron hace cinco años para evitar el retorno del fujimorismo.El resultado de esta alianza artificial fue uno de los gobiernos más cuestionados de las últimas décadas. El humalismo abandona el Palacio de Pizarro en medio de escándalos de corrupción y con la desaprobación del 80% de los peruanos. La primera dama, Nadine Heredia, la Mariscala del humalismo, se encuentra investigada por el caso de las «agendas», unos papeles privados en los que, presuntamente, se anotaron sobornos recibidos por parte del Partido Nacionalista, el partido fundado por los Humala. Aunque la alianza nunca se ha quebrado formalmente, conforme el escándalo crecía muchos de los aliados de los Humala han marcado distancia e incluso han pasado a la crítica abierta. De hecho, la candidata izquierdista Verónica Mendoza fue asistente de Nadine Heredia y congresista del humalismo hasta que renunció al movimiento por no estar de acuerdo con la continuidad del modelo demoliberal, compromiso que los Humala respetaron desde el juramento de San Marcos en el que aceptaron la tutela...

Elecciones 20D: claves del pasado y de futuro

El 20 de diciembre de 2015 España dejó de votar por tradición. Al inicio de la campaña, casi la mitad de los votantes no sabía qué opción tomar, y finalmente uno de cada cuatro dejó en la urna algo diferente de lo que siempre había hecho.

Todos quieren ser Adolfo Suárez

 Que me dirían si les hablo de un político que renuncia a una paga vitalicia cuando deja el cargo, que se deja grabar en la intimidad de su hogar y que además habla de ilusionar y de pactar. Seguro que pensaran en los nuevos políticos que copan las televisiones y que han irrumpido en el Congreso tras las últimas elecciones generales; pero no, de quien estamos hablando es de Adolfo Suárez, presidente del Gobierno de 1976 a 1981. Suárez era ya nueva política antes de que se empezara a hablar de ella.No es de extrañar que los nuevos y jóvenes líderes políticos se quieran mirar en el espejo de Suárez. En particular Albert Rivera y su partido, que parece verse impelido a encarnar en esta época lo que fue el de Cebreros para aquellos tiempos.  Aun así, no todo el mundo tiene tan claro el paralelismo. El propio hijo del presidente, Adolfo Suárez Illana, no pierde ocasión para reivindicar a su padre (la última vez en una tribuna de ABC: “Hay quienes están muy interesados en proclamarse herederos de Suárez; por desgracia, mucho más que en aprender de Suárez y su obra (…) Se invoca a Suárez, pero es para lanzarlo como arma arrojadiza, no para imitar sus virtudes”) y reprochar a los que quieren mimetizarse con el líder de la Transición y llevarse así el agua a su molino.No obstante, todos los esfuerzos de Suárez Illana serán en vano porque a estas alturas, como les suele suceder a las grandes figuras históricas en España, cada cual tiene su propio Suárez. Su hijo tiene el suyo, por supuesto, Albert Rivera tiene otro, e incluso Pablo Iglesias y Mariano Rajoy cuentan con uno diferente al de los otros. No está de más que se defienda lo que representa el primer presidente de la democracia, más cuando no es que Rivera se acicale con su reflejo, sino que desde Podemos plantean a las claras liquidar su legado.Suárez siempre estará de actualidad. Pasa cierto tiempo y de nuevo alguien lo reclama para justificarse, para honrarle o para mancillarle. Incluso Artur Mas, todavía con el lecho del difunto caliente, se atrevió a arrimar el ascua de Suárez a la sardina independentista. Es curioso que después del auténtico calvario (político y vital) que sufrió desde su renuncia a la presidencia, ahora sea un valor en determinados discursos. Desde sus intentos de construir un espacio en el centro político, un “partido bisagra” (¡qué les parece!), con el Centro Democrático y Social, donde ante el entusiasmo de las masas Adolfo repetía aquello de “aplaudidme menos y votadme más”, hasta su abandono de la política, padeció el abandono y la indiferencia hasta que ya, enfermo y ausente, recibió cierto reconocimiento. Supongo que hay algo de justicia  en hacer ahora de Suárez un referente. El presidente de la Transición es un activo electoral, una figura que los ciudadanos identificamos con unos valores y que cuando alguno de nuestros políticos mienta, que quede claro, nunca es por casualidad.Un chusquero...
cuarta revolución industrial y Davos

Davos y la cuarta revolución industrial

Davos reúne, año tras año, a los principales líderes del mundo en el Foro Económico Mundial (World Economic Forum, o WEF, por sus siglas en inglés). Los más prestigiosos representantes de la política, de la empresa, de la sociedad civil, de la cultura, y de la ciencia acuden religiosamente, desde hace ya cuarenta y seis ediciones, a esta pequeña ciudad del este de Suiza, que se transforma en la Meca de las finanzas globales durante tres intensos días. Una ciudad que, además de tener la reputación de ser la más elevada de los Alpes suizos, se convierte en la cuna de la economía global y cambia sus costumbres y paisajes para que los más altos dirigentes mundiales dispongan de un lugar tranquilo donde dialogar e intercambiar impresiones y conocimientos sobre los asuntos más relevantes del momento. En definitiva, se convierte en una plataforma para debatir y hallar soluciones a problemas de orden global. Durante esos tres únicos días al año, cientos de coches oficiales y sus cristales tintados sustituyen a los quitanieves en Davos, y los helicópteros toman el relevo de los teleféricos. Hoteles y restaurantes toman el control de una localidad que deja de ser un remoto lugar aburrido —como dicen sus propios habitantes, que apenas rondan los 100.000—, donde nieva de noviembre a mayo, llueve durante el verano casi todos los días y que el resto del año vive del esquí y del snowboard. PRESTIGIOSOS PARTICIPANTES En un escenario tal volvió a convocarse su última reunión, celebrada entre el 20 y 23 de enero del recién estrenado 2016. Al acontecimiento económico mundial más esperado del año acudieron, en esta ocasión, procedentes de cerca de cien países, 2.500 grandes personalidades y cuarenta jefes de Estado o de Gobierno, todos ellos acompañados por equipos de seguridad de decenas de personas y bajo la protección adicional de militares armados. Grandes ejecutivos que mueven las finanzas del mundo estuvieron allí, como Bill Gates, Mary Barra, Satya Nadella, Jack Ma, Eric Schmidt, Sheryl Sandberg..., que compartieron ideas y reflexiones con los más importantes políticos mundiales, como la directora del Fondo Monetario Internacional, Christine Lagarde; el presidente del Banco Central Europeo, Mario Draghi; o los gobernadores de diez bancos centrales nacionales. También, el presidente del Banco Mundial, Jim Yong Kim; el primer ministro de Reino Unido, David Cameron; el presidente colombiano, Juan Manuel Santos; el presidente mexicano, Enrique Peña Nieto; el primer ministro griego, Alexis Tsipras; o el primer ministro francés, Manuel Valls, no quisieron perderse un año más el gran foro económico mundial. Entre los españoles se estrenaron tres primeros ejecutivos que nunca habían acudido con anterioridad: los presidentes de Amadeus, Luis Maroto, y los consejeros delegados de Repsol, Josu Jon Imaz, y del Grupo Iberostar, Gloria Fluxa Thienemann. A ellos se sumaron los ya «habituales» de la cita alpina: los presidentes de Acciona, José Manuel Entrecanales; bbva, Francisco González; Banco Santander, Ana Botín; Ferrovial, Rafael del Pino; Iberdrola, Ignacio Sánchez Galán; el vicepresidente de kpmg International, John Maclean Scott, y el entonces consejero delegado de Telefónica, hoy presidente...

Tsunami en la primarias de EE.UU.

  Marco Rubio lo describió con dramatismo al ser él mismo arrollado y ver truncadas sus aspiraciones presidenciales: «América está en medio de una verdadera tormenta política, un verdadero tsunami». El senador por Florida se refería a la candidatura de Donald Trump en las primarias republicanas, pero lo mismo podría decirse de la candidatura de Bernie Sanders en las demócratas. La emergencia de dos populismos, a derecha e izquierda, ha trastocado las bases de la política estadounidense y ha roto las dos fórmulas ideológicas sobre los que esta se había asentado en las últimas décadas: las que alumbraron Ronald Reagan y Bill Clinton en sus respectivos partidos.Contra todo pronóstico, el showman Donald Trump parece avanzar imparable hacia la nominación republicana. De los diecisiete candidatos iniciales, ya solo Ted Cruz está en condiciones de competir con el magnate inmobiliario. Jeb Bush, esperanza del establishment del partido, solo aguantó los tres primeros envites —Iowa, New Hampshire y Carolina del Sur—, en los que no pasó del cuarto lugar. Tras gastar casi sesenta millones de dólares, el hijo y hermano de presidentes se retiró, sin ni siquiera esperarse a la cita de Florida, estado del que fue gobernador. Con ello evitó la humillación que allí recibió Marco Rubio, el otro candidato que, tras el pistoletazo de principios de febrero en Iowa, debía haber actuado de dique frente a Trump.Dado que Cruz, de origen familiar cubano al igual que Rubio, está tan a la derecha como Trump en muchos aspectos, la única esperanza real del aparato del partido, incapaz de propulsar un candidato alternativo (el prolongado esfuerzo de John Karsich, gobernador de Ohio, no ha tenido potencia suficiente), es que el controvertido multimillonario salga el 7 de junio del proceso de primarias sin haber alcanzado los 1.237 delegados necesarios para la proclamación. Eso dejaría la decisión para la convención de Cleveland, del 18 al 21 de julio, donde los delegados quedarían libres de compromisos y podrían pactar un aspirante distinto.Una convención abierta se ha dado en ocasiones anteriores, pero esta vez el resultado podría ser realmente traumático para el Partido Republicano. Si Trump se queda cerca de la cifra requerida y se le priva de la candidatura, muy probablemente denunciaría una usurpación y, presentándose por su cuenta —su fortuna se lo permite—, podría llevarse una buena porción del voto republicano en las presidenciales de noviembre. Pero si Trump alcanza la nominación, es posible que el establishment del partido o parte de él impulse otro candidato como independiente o utilizando las siglas de algún partido menor. Dirigentes como Mitt Romney, que fue el presidenciable de 2012 y califica abiertamente a Trump de «farsante y fraude», dicen estar dispuestos a impulsar las operaciones necesarias.La perspectiva de un voto republicano dividido mejora las opciones de Hillary Clinton de llegar —volver— a la Casa Blanca. Las primarias demócratas, que se esperaban de puro trámite —una rápida coronación de la antigua primera dama, senadora y secretaria de Estado—, han sido realmente reñidas en su arranque.Con amplias victorias en estados como New Hampshire, Minesota, Kansas, Colorado,...

El ‹‹Telegrama largo ›› de George Kennan

 Este hecho representa un hito en la historia de las relaciones internacionales, datado al inicio de la guerra fría, y que situó a su autor entre los principales representantes estadounidense del realismo político. Fue la antítesis del idealismo wilsoniano que, desde 1917, y con un intervalo prolongado entre las dos guerras mundiales, había presidido la política exterior de EE.UU. La guerra fría, con todos sus riesgos de devastación nuclear, requería de una nueva estrategia: la contención.Las reflexiones siguientes no pretenden ser, en ningún caso, un análisis histórico. Aspiran a ser una doble profundización, con ecos del pasado y del presente, en la que se repasan algunas opiniones de aquel estratega de la política de contención. ¿Qué puede aportar George Kennan, con amplios rasgos de poeta en su análisis de la realidad, a un mundo en el que no existe una superpotencia con los rasgos de la URSS, y que se caracteriza por una inestabilidad en la que pretenden asentarse nacionalismos y populismos radicales?IDEOLOGÍA, CIRCUNSTANCIAS Y PSICOLOGÍALa tesis fundamental de The Sources of Soviet Conduct es que la política exterior de la URSS está determinada, a la vez, por la ideología y por las circunstancias. Los contemporáneos de Kennan, sobre todo en los primeros años de la guerra fría, solo parecían dar importancia a los peligros de la difusión ideológica del comunismo. Se explica así ese anticomunismo primario, bien representado por la «caza de brujas» del macartismo. En un discurso pronunciado en 1953 en la universidad de Notre Dame, nuestro autor arremetió contra ese populismo, anclado en la sospecha y la venganza, que empujaba a los norteamericanos a los mismos hábitos de pensamiento y acción que sus adversarios soviéticos. Kennan detestaba el macartismo, sobre todo, por ser un antiintelectualismo. Y es que no le gustaban los análisis de trazo grueso como los de la doctrina Truman, que parecía entender el comunismo como un cuerpo ideológico, coherente, unitario y autoconsciente. El anticomunismo elemental no caía en la cuenta de que su rival no era más que un conjunto de teorías vagamente definidas, obsoletas y contradictorias. El comunismo soviético no tenía, ni mucho menos, el alto grado de coordinación que se le atribuía. Por eso, al igual que De Gaulle, Kennan sabía separar lo ruso de lo soviético. Presintió las disensiones de la URSS con China y otros países comunistas. Más allá de las diferencias ideológicas, estaba persuadido de la llegada del día en que EE.UU. abriera canales diplomáticos con dichos países.Uno de los legados de Kennan en su célebre «telegrama largo» es valedero para todos los tiempos: los adversarios también son seres humanos. Lo hemos visto recientemente en El puente de los espías, ese singular film de Steven Spielberg. Los líderes soviéticos eran los herederos del marxismo-leninismo, pero no cabe buscar en esa ideología, o en cualquier otra de signo radical, un manual de uso, a no ser que nos dejemos encandilar por la propaganda. Antes bien, los dirigentes se mueven en función de las circunstancias, que necesariamente son cambiantes. Cabe, por tanto, el...

Maritain y el proyecto de integración europea

Las democracias europeas y el proyecto mismo de integración tienen ante sí retos formidables en nuestros días. Afrontarlos resulta una tarea ineludible, que requiere un gran esfuerzo intelectual y político. En estos tiempos de crisis no está de más recordar y revindicar la obra de algunos «padres fundadores» que pusieron en marcha en aquella Europa desolada tras la segunda guerra mundial un proyecto fecundo, anclado en las raíces de nuestra civilización y asentado en los valores en los que pueden pervivir las democracias. ¿Aquellos principios e ideales que a personas como Schuman, Adenauer, De Gasperi —a la par que emprendían la reconstrucción de las democracias en sus países— movieron a impulsar el proceso de integración europea siguen vigentes en la Europa de hoy? El filósofo francés Jacques Maritain ejerció un relevante magisterio en aquel puñado de políticos preclaros. La evocación de su obra nos permite, y nos invita también, repensar aquellos ideales que tanta fuerza tuvieron en la Europa de la postguerra y a interrogarnos si no sería provechoso que siguieran vivificando a nuestra Europa del siglo XXI. El historiador Federico Chabod escribió que en el periodo decisivo de la formación del sentimiento europeo los factores morales y culturales tuvieron una primacía absoluta. ¿No los deben tener también ahora para relanzar el proyecto de integración europea, debilitado por la tormenta de la gran crisis que ha sacudido al continente? UNA EUROPA REDUCIDA A ESCOMBROS En el año 1948 el Festival de Locarno premiaba la película de Roberto Rossellini Germania anno zero. Formaba parte, junto con Roma città aperta y Paisa, de la famosa trilogía del gran cineasta italiano. Germania anno zero es una obra maestra, que debería formar parte de la educación de las jóvenes generaciones europeas. Relata una historia que expresaba de modo insuperable la clave moral de la tragedia europea. En un Berlín en el que reina la desolación, que es la desolación de la Europa destruida por la guerra, Edmund, un adolescente de trece años, vive con su padre y con su hermana en condiciones míseras. Su padre yace en el lecho, aquejado de una grave dolencia, a la que no puede hacer frente por la penuria y la desnutrición. El niño vive con angustia la penosa situación de su padre. Y, deambulando por el Berlín reducido a escombros, encuentra al que fue su maestro, un ambiguo docente nazi, quien, al escuchar el relato del niño, le recuerda la doctrina del nazismo: hay vidas que no merecen ser vividas; los débiles deben sucumbir para dejar lugar a los fuertes. Edmund regresa a su casa y envenena a su padre. El film acaba con una escena sobrecogedora, sobriamente expresada por Rossellini. Mientras el féretro con el cadáver de su padre camina hacia el cementerio entre los escombros de la ciudad, Edmund sube al campanario de una iglesia y se arroja al vacío. El suicidio de Edmund es el suicidio de una Europa hundida en la miseria moral. La película de Rossellini era una gran parábola que nos mostraba con los trazos de una obra...

La derecha populista francesa

Para empezar a abordar el tema del populismo hay que remontarse a la teoría absolutista del poder. La teoría absolutista del poder tiene como principal objetivo evitar la violencia entre las facciones. Europa pasa por un periodo de guerras civiles terrible y se extiende la idea de que la existencia de facciones dentro de un propio Estado o un pueblo es desastrosa. Así pues, la teoría absolutista del poder tiene como objeto acabar con las facciones. La gran diferencia que se produce después con el pensamiento liberal, particularmente con Locke y Montesquieu, es que las facciones son consideradas positivas si se canalizan institucionalmente y se anulan entre sí. Entonces, se pasa de una teoría de las facciones, vistas como negativas, a una teoría de los partidos, vistos como algo positivo. Montesquieu habla de que la sociedad tiene dos partidos, y que esos partidos no se hacen violencia, no se hacen guerra civil, si realmente establecemos unos mecanismos institucionales de equilibrio de poderes —no de división, como tantos insisten en decir—. Los regímenes pluralistas en los que hoy vivimos tienen como fundamento la idea de que los partidos son positivos. Los partidos representan a una parte de la sociedad que tiene una opinión y que está enfrentada a otra parte de la sociedad que tiene otra opinión. Al principio, el equilibrio de partidos se entendía más bien como una repartición de poderes, y no como una división de un mismo poder, tal y como ocurre en los regímenes pluralistas contemporáneos. En cualquier caso, ¿cuál es la novedad del populismo respecto a esta teoría que está en la base de nuestras democracias pluralistas? Que los partidos son una ficción, que la verdadera fisura o el verdadero clivaje, como se dice en ciencia política, el verdadero clivaje no está entre un partido u otro, sino entre el pueblo y las élites. Esto puede sonar en el fondo a comunismo o a algo parecido, pero en realidad es bastante más básico, pues el comunismo tiene una teoría de las clases bastante más sofisticada. El populismo practica un discurso social más tosco, habla del 99%, del pueblo frente a la casta, etc. Entonces, la verdadera fisura que debería dividir políticamente una comunidad política, en la lógica del populismo, es la que existe entre el pueblo, tomado en su totalidad, y una élite. Las divisiones entre el pueblo son artificiales, y las divisiones entre élites de un partido y otro son artificiales. Su objeto es en realidad ocultar la naturaleza de la división política fundamental: pueblo y élite. Esa es una gran ruptura que el populismo produce con respecto a la teoría de los partidos, que es una teoría, insisto, que está en la base de los regímenes pluralistas en los que vivimos nosotros. Dicho esto, habiendo sentado estas bases, puede parecer que el populismo, entonces, es una ideología más fácilmente apropiable por la izquierda, porque la izquierda se proclama del pueblo. Entonces, podría parecer casi un oxímoron hablar de populismo de derechas. A continuación voy a intentar justificaros por qué no...

Las urgencias de la libertad

Después de 2015, ¿más o menos liberalismo?» es el título del seminario que hoy inauguramos y que se enmarca en el XXV aniversario de la fundación del proyecto Nueva Revista. Iniciativa promovida por un ilustre liberal, Antonio Fontán, al que hoy me gustaría también recordar y rendir un homenaje especial por su ejemplar trayectoria como intelectual y político humanista. Lo hago en mi condición de secretario de Estado de Cultura, pues no puedo olvidar que Nueva Revista es una iniciativa cultural que quiere ser fiel a la tradición inaugurada en España por la Revista de Occidente orteguiana. Pero también, desde mi filiación política liberal. No en balde don Antonio representa la recuperación del liberalismo como proyecto de regeneración democrática para nuestro país después del silencio impuesto al respecto por la dictadura. Eso hace que, después de agradeceros la posibilidad de estar hoy aquí inaugurando este seminario, afirme que el título que se ha dado al mismo es muy atinado. Con él se dibuja el reto que tiene España ante sí y que se sitúa en la encrucijada temporal de las elecciones que viviremos en diciembre de este año. «Después de 2015, ¿más o menos liberalismo?». Buena pregunta, por tanto, la que plantea Carlos Aragonés. 2015 comienza a percibirse como un año decisivo. Una fecha límite. Encierra una idea de antes y después a la que se asocia la inauguración de un tiempo nuevo. Un tiempo totalmente desconocido y que, en mi opinión, constituye el cuarto acto escénico en el que se desarrolla la historia, interpretada en clave, digamos, teatral, de nuestra democracia. Una historia teatral que tiene al liberalismo como guion escénico. Pues liberal es básicamente la historia de nuestra democracia... Permítanme que abunde un poco en esta reflexión. El primer acto de nuestra democracia va de 1975 a 1982. Es el periodo de la Transición, lato senos, incluyendo en ella los gobiernos de la UCD que la proyectan y desarrollan. Es el periodo cuyo principal protagonista es Adolfo Suárez y alrededor de él hay otros personajes que lo acompañan en el proyecto de moderación política que lideró. Entre ellos hay que citar a Antonio Fontán. Surgiendo con él un liberalismo que se reivindica como parte del proyecto político de la UCD y que influye en muchas de sus iniciativas de gobierno. El segundo acto va de 1982 hasta 1996. Está marcado por la hegemonía del socialismo democrático de Felipe González. Bajo él España se moderniza, se consolida como democracia, se abre al exterior, recupera nuestra conexión con América Latina y Europa, y hace suya una dimensión liberal que, de la mano de figuras como Miguel Boyer, Carlos Solchaga, José Antonio Maravall o Javier Solana, centra a la izquierda española en la mejor tradición del republicanismo de entreguerras. El tercer acto concluye ahora. Viene de 1996 y llega hasta 2015. Incluye los gobiernos de Aznar y Zapatero, así como el actual gobierno de Rajoy. Hablamos de un acto con varios cambios de ritmo y escenarios. Un acto complejo porque desarrolla un imaginario dialéctico de naturaleza...
Habrá menos liberalismo y más democracia

Habrá menos liberalismo y más democracia

  Entiendo que el título de la sesión de esta mañana del 4 de Septiembre —La globalización liberal, estado de la cuestión tras 2015— coincide con el del curso que nos reúne —Después de 2015, ¿más o menos liberalismo?— y que los dos se aclaran y refuerzan mutuamente. Pues bien, ambos descansan sobre una pregunta, no del todo retórica y menos aún profética, puesto que las preguntas nunca son proféticas aunque las contestaciones a veces lo sean. La pregunta sobre si habrá más o menos liberalismo después del presente año de 2015 nos obliga a hacernos otras preguntas previas: ¿Qué ha de entenderse por liberalismo? ¿Qué suele entenderse hoy por liberalismo? ¿Existe hoy una cascada de sinónimos sagrados: Democracia, Estado de Derecho, Imperio de la Ley, Libertad, Libertades? (en inglés la precisión es mayor puesto que Liberty y freedoms subrayan las diferencias) ¿Se trata en rigor de sinónimos, o de conceptos multívocos, o de antónimos? ¿O tal vez son palabras de una misma familia que desfilan en solemne hierofanía? Los dos pensadores más citados en España a la hora de reflexionar sobre el liberalismo y la democracia disfrutarán desde el cielo platónico en el que sin duda se encuentran y se sonreirán oyendo tanto despropósito. Me refiero a Aristóteles y a Ortega y Gasset. Y se maravillarán al observar que casi todos los que hoy citan la Política (III. 7) de Aristóteles dicen —por ignorancia o por prudente hipocresía— que el maestro de Alejandro Magno (y de todos nosotros) demostró su hondo y moderno espíritu democrático declarando que las tres formas de gobierno y sus respectivas formas corrompidas son: la monarquía, que puede degenerar en tiranía; la aristocracia, que puede convertirse en oligarquía; y la democracia, que puede caer en demagogia. Lamento, sin embargo, tener que recordar que tales palabras son una tergiversación, por muy políticamente correcta que sean. Lo que dice Aristóteles es que la tercera forma de gobierno (se entiende forma encomiable) es la politeia y que su degeneración es la democracia. Para nada habla de la demagogia. La politeia es una especie de protoestado de derecho mesocrático. Aristóteles considera la democracia algo lo bastante corrupto per se como para no necesitar otra palabra que subraye su condición decadente. Llegado a este punto, confieso mi curiosidad. ¿Quién sería el primer traductor de Aristóteles a una lengua moderna que ideó la superchería para salvar la democracia? Por ahora el más antiguo sacerdote de la corrección política que he encontrado es Jules Barthélemy-Saint-Hilaire (1805-1895). Se decía que era hijo de Napoleón, pero (o por eso) se opuso a Napoleón III. Fue Ministro de Asuntos Exteriores de la Tercera República y favoreció la anexión de Túnez. Pero a lo que dedicó más tiempo fue a traducir a Aristóteles, desde 1837 hasta 1892. Este prócer republicano demuestra cierta sinceridad al reconocer, en nota a su traducción en 1874 de la Política, lo siguiente: «La demagogia. He traducido la palabra democratia por demagogia cada vez que Aristóteles ha usado democratia echándola a mala parte, como aquí. La palabra “democracia”...
El Partido de la Nación. Los conservadores británicos, de Churchill a Cameron

El partido de la Nación. Los conservadores británicos, de Churchill a Cameron

En uno de sus momentos de bravura, William Hague afirmó que «los valores del partido tory se remontan a los tiempos en que Wilberforce liberaba a los esclavos, Burke escribía sus grandes tratados y Pitt llamaba a la guerra contra la tiranía». Es posible que las palabras del antiguo líder conservador tengan un punto de altisonancia, pero —más allá del énfasis retórico— también se hace difícil negarles su verdad. Con una prosapia que se remonta hasta los años de la Gloriosa, ningún otro partido puede reclamar un pedigrí semejante al del torismo. Y, en virtud de esa misma pervivencia, sobre ningún otro partido han podido proyectarse atributos más dispares. La propia antigüedad de los tories, en verdad, parece avalar todo precedente y así desalentar nuestros esfuerzos de cartografía política. A modo de ejemplo, el que tome su euroescepticismo de hoy como verdad inmutable, se sorprenderá al saber que —allá por los setenta— el conservador se llegó a publicitar como «el partido de Europa». A quien vea en ellos un rescoldo de viejo imperialismo, siempre se le puede hablar de «los vientos de cambio» descolonizadores de Macmillan. Y aquellos con edad para recordar las refriegas entre Gobierno y sindicatos, deben también llevar a la memoria que otros ejecutivos conservadores los habían impulsado tiempo atrás. Suma y sigue: esos tories que parecen ser sinónimo de tradición han sido también abanderados de las causas más rompedoras en cada época, de la emancipación católica bajo Wellington a la extensión de la educación pública bajo Salisbury, sin olvidar la lucha por el sufragio femenino. Y lo mismo podríamos decir de lo que hoy pasa por lugar común, como es su apoyo al liberalismo económico, cuando no han dejado de conocer sus fiebres proteccionistas y todavía tendrían tiempo de posar de keynesianos. Ciertamente, ya nuestro Assía escribió que «mientras otros pueblos se han debatido en desatar el nudo gordiano de la contradicción, los ingleses la han convertido en eslabón de su unidad, haciéndola comodín para el juego de la convivencia, la transacción y la armonía». Aun así, podría parecer que los conservadores británicos han llevado un poco lejos este esfuerzo de síntesis. Si lord Kilmuir dijo que la unidad era «el arma secreta» de los suyos, ¿cómo pueden explicarse tantos motines en sus filas, tantos altercados? Si con Alec Douglas-Home se les podía calificar de clasistas y de arcaicos, ¿cómo olvidar que —en menos de una década— también aportarían la modernidad de un Heath o la meritocracia de una Thatcher? De «la edad de la afluencia» al Miércoles Negro en su desempeño económico, y de Normandía a Suez en sus refriegas exteriores, ni siquiera su ejecutoria en el poder arroja un balance incontrovertible. En fin, quien todavía vea a los tories como el «nasty party», como un partido adusto y moralista, tan solo tiene que acordarse de aquella imagen de David Cameron amamantando a un cordero. No, no faltan contradicciones aparentes en el torismo. Con todo, quizá la mayor de ellas pueda cifrarse en las apreciaciones...
el espacio del centro Nueva Revista

En el espacio del centro

El espacio de centro suele ser concebido desde muchas perspectivas y desde muchas latitudes como una tercera vía entre la izquierda y la derecha, como una tercera vía para modernizar el pensamiento liberal o también como una tercera vía para «aggiornar» el socialismo. Sin embargo, nada más lejos de la realidad. La versión más extendida, y actual, de la tercera vía fue utilizada por Anthony Giddens en el Reino Unido con el objetivo de templar y moderar un laborismo al que se quería convertir en partido ganador. En efecto, el líder laborista británico Tony Blair llegaba a Downing Street, al número 10, abanderando lo que denominaba tercera vía. ¿Coincidía la propuesta de Blair con el espacio del centro? Pronto se vio que la tercera vía caminaba por otros derroteros. Hay que tener presente en esta discusión de hace unos años, finales del siglo XX, las dificultades y vaivenes del llamado nuevo centro del spden esa época en Alemania, la bipolarización en el seno del socialismo entre tercera vía y la socialdemocracia clásica: divergencias y tensiones que se pusieron de manifiesto en la reunión de la Internacional socialista en París1 y en el encuentro posterior de Florencia2. Tales hechos situaron a la tercera vía como un intento estrictamente socialdemócrata de aproximación al centro. En el otro campo de la confrontación partidaria tal vez el esfuerzo haya sido menos evidente de cara a la opinión pública, pero no por ello menos real. El protagonismo público de los líderes centristas en el Consejo Europeo fue, efectivamente, menos relevante, aunque no así en el Parlamento. En efecto, entre los populares europeos pareció perfilarse la conformación de una opción centrista que agrupó a populares, democristianos y liberales, no solo ya de los países de la Unión sino también de los países europeos que aspiran a integrarse en ella. De todos modos, quiero destacar lo siguiente: detrás del debate doctrinal, detrás de las estrategias de las operaciones políticas y de comunicación, la realidad incontestable es que los gobiernos europeos intentan realizar, en este momento sin, conseguirlo obviamente, políticas centristas, digamos. En este sentido, solo en este, estoy de acuerdo con aquella idea expresada por el director de la London School of Economics, Anthony Giddens, que entiende la tercera vía como un intento de proporcionar sustento teórico a la experiencia real de los gobiernos democráticos de la Europa occidental3. ¿En qué podrían consistir esas nuevas políticas, esas nuevas aspiraciones de los gobiernos? El espacio de centro responde a unos nuevos métodos, mentalidades y actitudes de hacer política, propios de una época que ve superado el pensamiento encerrado y que, al mismo tiempo que trasciende la tradicional disyuntiva izquierda-derecha, no se reduce a unos meros intentos de equidistancia o componendas: tiene la entidad propia de una tercera posición. Probablemente, aun sin saberlo, algunos de los nuevos movimientos surgidos del descontento y la indignación ante la galopante corrupción que caracteriza el panorama político en muchos países europeos, han arribado al poder a base de usar, con ocasión y sin ella, eslóganes y consignas de...
La perspectiva liberal-conservadora

La perspectiva liberal-conservadora

La imposibilidad de constituir una teoría política de carácter liberal-conservador no es casual. Es sintomático a este respecto que la defensa del conservadurismo liberal por parte de uno de los pensadores más importantes del siglo XX, Michael Oakeshott, reivindicara más la actitud conservadora que su ideología. Pero si el liberalismo conservador quiere ser una alternativa en las sociedades del siglo XXI tiene que recuperar de nuevo sus valores y principios originarios. Porque, en realidad, la supuesta incompetencia del pensamiento conservador por articular de un modo sistemático un conjunto de axiomas —y su falta de habilidad para concluir de ellos una visión completa del mundo—debe ser considerada una de sus principales y más irrenunciables señas de identidad. No es, por tanto, tampoco accidental que el propio Richard Nisbet tuviera dificultades para presentar la coherencia de un pensamiento político que es tan heterogéneo como plural, tan antiguo como moderno. De hecho, uno puede preguntarse qué comparten esos pensadores que el propio Nisbet cataloga como conservadores, más allá de unos principios generales como la propiedad, la libertad o la tradición, por ejemplo. Ahora bien, una lectura atenta descubre que Oakeshott tenía razón: la preocupación desde Burke hasta él mismo no parece centrarse en la defensa de ciertas categorías intelectuales, sino en la mirada sobre los condicionantes que imposibilitan una verdadera convivencia social. Y, desde esta perspectiva, no se puede negar que el conservadurismo defiende, antes que nada, un entramado moral o unos valores que se refieren tanto a la tradición como a la clara percepción de que, con ellos, la convivencia resulta más armónica y las instituciones más humanas. Pero si el conservadurismo ha tenido un enemigo, este, a decir verdad, trasciende las habituales distinciones políticas. Es más contra la teoría política que se escoraba preocupantemente hacia el racionalismo y que olvidaba la relevancia de la racionalidad práctica, de la prudencia, en la gestión de los asuntos comunes, la bestia negra de esos pensadores encuadrados tradicionalmente en la nómina conservadora. Como supo ver Oakeshott, el conservadurismo propone una política de la moderación que hoy, en el contexto de la exacerbación de las identidades partidistas, no podemos considerar superflua. Por el contrario, uno estaría tentado de afirmar que es más necesaria que nunca. Para el pensador británico, «gobernar es una actividad limitada y específica que se refiere a la provisión y salvaguardia de reglas generales de conducta, entendidas estas, no como imposiciones de actividades sustantivas, sino como instrumentos que permiten a cada cual desarrollar, con la menor frustración, las actividades de su propia elección». UN CONSERVADURISMO SIN ESPACIO Así las cosas, no debería ser preocupante tampoco el desinterés mostrado por la teoría política actual hacia el conservadurismo, pues la misión de este no es, por seguir a los clásicos, ofrecer un sistema de ideas elaborado ex ante y adaptar a él la irreductible complejidad de nuestra vida colectiva. Más bien, a diferencia de las últimas teorías de la justicia, el pensamiento conservador busca ofrecer una mirada real, transitoria, más razonable que racional, que armonice los intereses muchas veces contrapuestos,...

Ni contigo ni sin ti: Liberalismo en las OO.II.

Voy a tratar de exponer sucintamente por qué considero que en la globalización hay muchos elementos que no necesariamente responden a las formas políticas propugnadas por el pensamiento liberal. Y me voy a centrar especialmente en la ambivalente relación de la sensibilidad liberal con las organizaciones internacionales y su progresiva consolidación como incipiente gobierno del mundo globalizado. Ni la sensibilidad liberal ni las organizaciones internacionales son realidades homogéneas: si me lo permiten, no me embarcaré en distingos ni taxonomías imposibles. Voy a referirme a todas y a ninguna, hablando de la mayor parte o de las más significativas organizaciones internacionales y sensibilidades liberales. Y trataré de avanzar algunas ideas sobre cómo un planteamiento político liberal puede enfocar la existencia de estructuras de poder superestatales (el término no es inocente) sin perecer en el intento. LA GLOBALIZACIÓN AFECTA AL BUEN GOBIERNO, ADVIERTE EL DERECHO ROMANO Vaya por delante que creo que una constante del mundo globalizado es que cada estadio es más complejo que el anterior y las novedades no cancelan lo pasado. De modo que se equivocó la canción al decir: «Video killed the radio star». La imagen de las estrellas de la radio es hoy parte de su éxito, y Youtube puede ser a veces el modo más rápido de encontrar un programa de radio. Y así con todo, apenas hay frontera que resista. Por eso un efecto generalizado de la globalización es que andamos todos algo confundidos. Y es que todo es más complicado en un mundo en el que se van superando las barreras de espacio y tiempo (en eso creo que consiste la globalización). Pero muchos de los problemas que nos parecen nuevos quizá no lo sean tanto. Algunos juristas romanos describieron fenómenos que hoy atribuimos a la globalización y prevenían ya al gobernante contra modos de tomar decisiones ante ellos que tienen como consecuencia la restricción de las libertades individuales. Así hablaban del ‹‹efecto Macedonio››, que debía su nombre al hijo del gobernador de una provincia romana que disfrutaba atravesando la ciudad con su cuadriga desbocada, para riesgo y temor de comerciantes y viandantes. Pretendiendo salir de esa comprometida situación, el gobernador padre de Macedonio decidió prohibir el tránsito de vehículos en toda la ciudad. Se produjo así un efecto liberticida desproporcionado. El abuso de la libertad de uno había perjudicado a todos por la reacción mal calibrada de un gobernante difícilmente imparcial. En la sociedad globalizada, la interdependencia creciente aumenta la exposición a este tipo de riesgo: quienes pueden abusar de la libertad y las potenciales víctimas del mal gobierno pueden estar mucho más alejadas, y no solo en el dilema libertad/seguridad. La segunda advertencia de los jurisconsultos romanos que creo oportuno traer a colación se refiere al llamado efecto «crebris auxiliis». Un pretor, harto de la presencia y el insistente griterío de lo que hoy llamaríamos un grupo de presión, cabildeo o lobby, decidió acceder plenamente a sus peticiones, que eran contrarias a lo cabal y a lo que hubiera preferido la inmensa mayoría de los ciudadanos. El volumen de voz de...
apunte personal sobre movilidad e inmigrantes

Apunte personal sobre movilidad e inmigrantes

Tengo que empezar por pedir ciertas disculpas, pues he pasado el día de ayer y las primeras horas de la mañana negociando con los sindicatos en Madrid la eventualidad de una huelga. Claro, que salir de una negociación laboral de este tipo para llegar a tiempo de oír a Emilio Lamo hablar del avance de la economía de mercado y el liberalismo, resulta un cambio de estado mental, como entrar a un mundo enteramente distinto, chocante, aunque, una vez repuesto de la sorpresa, vagamente familiar. Así las cosas, adelanto que no voy a ser muy sugerente en esta intervención. Uno ya no produce ideas, sino que intenta gestionar y consume con gusto las ideas ajenas. Sobre la globalización, si liberal o no, y en la perspectiva de Lamo de Espinosa, puedo apuntar un comentario sobre el terreno. Sabréis que tengo la suerte de participar en un proyecto de resonancia internacional, la construcción del tren de la línea Meca-Medina. Arabia Saudí es un país sorprendente. Me ha tocado viajar allí bastantes veces en los últimos años y hay dos estampas que siempre me llaman la atención al llegar. Una es cuando, al salir de Riad, pasas a lo largo de la universidad de mujeres, salta a la vista lo espectacular del recinto. Es un campus que tiene un tren fabricado por Bombardier, un tren eléctrico, que conecta el campus de esa universidad exclusivamente reservada a mujeres. Pero, en un país con el tan peculiar estatus social de las mujeres, la sorpresa aumenta al pensar en el mero hecho de una universidad exclusivamente femenina. En la perspectiva de Lamo de Espinosa, que concluye que la ciencia experimental es el vehículo y soporte de la globalización, os pregunto: ¿En esta universitaria ciudad prohibida qué enseñanza se plantea a esas mujeres cuando hablamos de ciencia..., será realmente sostenible ese modelo? Y esto me lleva a la segunda de las impresiones viajeras que me dan que pensar. Cuando estás en un rato de paseo allí también es muy paradójico que los centros comerciales paren a la oración de la tarde. Sobre las siete cierran, como sabréis de sobra. Uno está en una tienda de la comercial marca de lujo Gucci y echa el cierre a las siete de la tarde para la oración. Pasada esa hora de recogida y oración, vuelve a abrirse la tienda Gucci. Entonces, en ese país de mujeres enteramente cubiertas, incluida la ministra que recibe en una audiencia oficial donde todo el mundo va, en realidad, tapado, subiendo al British Airways en Riad que transporta de vuelta a Londres, esas mismas mujeres que iban rigurosamente discretas hasta la ocultación bajan por la escalerilla del avión en atuendos bien distintos y más congruentes con la animosa vida londinense. Vuelve también la pregunta: ¿eso es sostenible? Quiero decir, que si es sostenible una sociedad en la que ese mismo individuo hace apenas unas horas iba por su país completamente tapado, que no puede fijarse ni tú debes dirigirte a ellas, ni siquiera se les...
el más y el menos liberal de la UE

El más y el menos liberal de la UE

A mi pregunta por la intención de nuestro seminario mi corresponsal ha respondido con dos preguntas múltiples a su vez y por escrito. Una era: ¿cuánto hay de intervencionismo en la Unión Europea tiende al propio de un Estado? Y la otra: ¿conserva un nivel de pesos y contrapesos, cómo está de check and balances la Unión Europea, para cualificarse aproximadamente como democracia liberal? Como no son inocentes formulaciones, invitan a respuestas complejas, de manera que adelanto a quien se incline por desconectar de antemano que la respuesta es un «ya no» a las dos. Para más detalles, he traído conmigo lo que sigue. La Unión Europea —las Comunidades antes— sí que han servido como límite al intervencionismo y la Unión o las Comunidades antes sí que han tenido un sistema de pesos y contrapesos aproximado al de una democracia liberal. Pero, ya no. Creo que sería bueno, además, recuperar ese modelo o ese sistema, y a eso voy a dedicar estos minutos. Además de avisar de la conclusión final, les advierto de que seguiré la máxima de los colaboradores en The Economist: vamos a simplificar y exagerar deliberadamente, por no hacerlo extremadamente aburrido. Hay veces en que ni yo mismo asistiría a una conferencia mía sobre la UE. EL GRADO DE INTERVENCIONISMO DEL PROCESO EUROPEO HASTA LA UNIÓN EUROPEA La integración europea echa a andar apostando por el libre comercio en un momento histórico muy concreto, la posguerra, en el que la solución a los problemas económicos mundiales, tienen en el centro la idea de potenciar el libre comercio y de ahí surge el gatt en 1947 y en 1957 el Mercado Común. Es cierto que la primera de las Comunidades Europeas, la del carbón y el acero, preocupó mucho a los norteamericanos y a economistas liberales porque era básicamente un cártel de carbón y acero. Pero el impulso liberalizador fue el fiel de las políticas públicas, de modo que el libre comercio siempre estuviera en el primer elemento de la balanza y que cualquier excepción tuviera que ser justificada invocando el imperativo de otras políticas públicas, como se ve muy claramente en la idea del Mercado Común. El Mercado Común es un invento europeo del Tratado de Roma, que parte de la creencia en las virtudes económicas y políticas de la libre circulación de mercancías y la extiende a otros factores de producción, el mismo espíritu liberalizador de libre circulación de libertad de movimientos, trabajadores, servicios, capital, ideas...; se decía: aprovechemos al máximo el potencial del mercado para solucionar problemas económicos y sociales en su origen, un principio liberal clarísimo y que técnicamente se llama integración negativa. O sea, las nuevas Comunidades Europeas como una manera de desregular, de crear libertad económica, no solamente de limitar el proteccionismo estatal, sino el ir más allá y crear libertad económica. Al mismo tiempo, el contexto en el que se pone en marcha esa integración europea es paradójico porque la apuesta a nivel supraestatal por el libre comercio convive con el más fuerte impulso conocido de...
diálogo de tribunales

Diálogo de tribunales: perdonen las molestias…

Cuando en la literatura internacional se habla de Estado liberal no se pretende calibrar el grado de influencia que una determinada ideología política haya podido alcanzar dentro de su ámbito. Se apunta más bien a unas estructuras básicas que suelen identificarse mediante alusiones al Estado de Derecho, la división de poderes, su difusión a través de variadas fórmulas descentralizadoras, el sometimiento de las normas y actos de ellos emanados a un control jurídico-constitucional ajeno al juego de mayorías habitual en la cotidianidad política. Dentro de ese marco —del que hoy me preocupo— se llevarán a cabo políticas concretas que merecerán ser consideradas más o menos liberales. El marco de referencia viene existiendo sin duda en los países de nuestro entorno como consecuencia de tres notables impulsos constituyentes: el producido en la posguerra mundial, notablemente influyente en la doble transición democrática experimentada decenios después en la península ibérica, que repercutirá a su vez en la oleada producida no mucho después por la ruptura y desmembración del bloque soviético. Pero el panorama quedaría incompleto si no tuviéramos en cuenta el proceso de construcción de la Unión Europea, fruto de la maduración del primer impulso citado, pero notablemente inacabado en relación a cualquiera de ellos. Por paradójico que resulte, preguntarnos si cabe considerar a la Unión como un Estado liberal puede deparar bastantes sorpresas, aunque en países tan poco euroescépticos como España pasen inadvertidas. Síntoma elocuente de este retraso en el andamiaje político de la Europa unida es el notable desfase entre el Convenio de Roma, auspiciado por un Consejo de Europa que agrupa a países europeos unidos o sin unir, y el paralelo proceso de garantía de los derechos fundamentales en el mucho más reducido ámbito de la Unión Europea. Lo que surgió como una mera comunidad económica, girando en torno al carbón y el acero, ha ido generando trabajosamente instituciones que no llegan a alcanzar las cotas consideradas indispensables en cualquiera de sus Estados miembros. Ni su gobierno tiene mucho que ver con el que sería de esperar en cualquier Estado liberal que se precie, ni su parlamento cumple aún las funciones de efectivo control del Ejecutivo que tiempo ha se llevan a cabo en el ámbito nacional. Da fe de ello la actitud de vigilante supervisión que más de un Tribunal Constitucional, con el alemán como punto de referencia, mantienen ante la obvia cesión de soberanía que el crecimiento de la Unión va llevando consigo. Hace ya más de un decenio el nuestro secundaba tal actitud en su Declaración 1/2004, recordando que ese proceso de cesión no podía considerarse ilimitado, dado el obligado respeto derivado de «nuestras estructuras constitucionales básicas y del sistema de valores y principios fundamentales consagrados en nuestra Constitución, en el que los derechos fundamentales adquieren sustantividad propia (art. 10.1 CE)». No en vano «la Constitución exige que el ordenamiento aceptado como consecuencia de la cesión sea compatible con sus principios y valores básicos». Estas formales advertencias contrastan con el avance incesante de un derecho comunitario que no solo pasa a...

La salida tecnocrática, una historia actual

Espero no defraudar a personas inteligentes y amigas de cosas interesantes al abordar un tema entendido en España como una mera experiencia del pasado por más que uno de los hombres públicos del momento —figura argentina en altísimas dignidades y ahora en Roma— ha calificado como el paradigma dominante, a cuya lógica vivimos mundialmente condicionados. Algo así como «todos somos tecnócratas, aunque no lo sepamos», vendría a decir en la primera encíclica. No esperen de mí una respuesta nítida y clara, una toma de posición rotunda, somos conscientes como nunca de que estos los vivimos no son la «plenitud de los tiempos» ni el final de esa historia que nos llega desde el siglo XV. Pero sí hemos dejado atrás las explicaciones globales, se agotaron, o condujeron a callejones sin salida. Y a pesar de todo no ha habido época más creída en la inteligencia técnica y el progreso tecnológico indefinido. Todo lo que no se someta a ese criterio se vuelve sospechoso. También la política y los políticos. En este marco cultural quizás lo primero que conviniese aclarar es que la política siempre ha tenido muy mala fama. Creer que esa «filosofía de la sospecha» es una tacha exclusiva de nuestros tiempos y que existe un pasado remoto o un lugar en el que la sociedad valorase la política como una actividad noble, es volver a hacerse ilusiones, creo yo. Cierto que, si uno lee en Tucídides la oración fúnebre de Pericles al final del primer año de la guerra del Peloponeso, podría albergarlas, con tal de no saber que Pericles moriría de peste poco después y la democrática Atenas perdió la guerra con la autocrática Esparta, sin olvidar al Platón de La República partidario de un gobierno por los muy pocos, y solo filósofos, es decir, él, sus amigos y sus discípulos. Es decir, la reflexión política versa sobre quién tiene derecho a mandar y cuál sea el título que lo habilita y, a pesar de esa primera racionalización platónica, la identificación del político con el demagogo ha sido moneda común. A pesar de que decir «política» y «lucha entre grupos por el poder» venga siendo el vocabulario habitual desde El Príncipe a la ética de la responsabilidad o desde Utopía a la ética de convicción. Frente a esa idea clásica o moderna de entender la política, que no encerraba sino una idea noble de la tarea, ha existido una pulsión por resolver su naturaleza ética y conflictiva, dejándola de lado como cosa de aventureros y demagogos. Un buen punto de partida fue el siglo XIX. En Saint Simon surge una propuesta intelectual de organizar la sociedad sometida la política a la economía y que solo técnicos competentes administrasen el Estado. En un principio, el aristócrata francés propuso que fueran los industriales quienes dirigiesen el erario público. Mucho más elaborada fue la propuesta de Comte, al entender la política como una ingeniería social. Desde Comte, demente genial, megalómano que desde una habitación del tercero izquierda trató de fundar una religión —en palabras de Ortega—,...
Vieja y nueva política de Ortega

Vieja y Nueva Política, de Ortega

Vieja y nueva política de José Ortega y Gasset, de la que vengo a hablarles hoy, constituye un buen ejemplo de la actividad del hombre público en un régimen democrático. Como Italia y Francia, la modernización cultural en España ha pasado por la actividad de los llamados intelectuales y es probable que Ortega haya sido uno de los mejores exponentes en un país que tradicionalmente se ha apoyado en ellos. Con respecto a sus antecesores inmediatos, la generación del 98, Ortega se presenta como una instancia renovadora. Su figura se encuentra en el cruce del intelectual decimonono que desde la tertulia, el estrado o el periódico se produce con vistas a la opinión pública y al tiempo, el hombre de una universidad moderna que perteneció a la primera generación de españoles apoyados por la Junta de Ampliación de Estudios, que salieron a estudiar y doctorarse fuera del país. Como consecuencia, también contribuyó al desarrollo de una cultura académica en lo filosófico. Hoy es difícil para un español interesado en determinadas cuestiones no pasar por sus trabajos. Pero sobre todo, destaca por ofrecer una entrada en la discusión política, en el ámbito del espacio público a quienes estén dispuestos a seguirle, de forma que se pueden leer sus páginas como dirigidas a un lector de hoy, pues entonces como ahora, la política necesitaba el refrendo de la opinión de la mayoría y este era y es el resultado del debate social. Así, esta Vieja y nueva política está recorrida por la creencia en la capacidad de la razón de proponer a la opinión pública, un camino que regenere nuestro país. Es un texto clásico en nuestra literatura política porque esa confianza, a pesar de que acababa de triunfar el partido conservador de Dato con doscientos escaños frente a los veinte de los reformistas que apoyaba Ortega, resulta palmaria y, por supuesto, había conducido a la formación de la Liga de Educación Política que se veía a sí misma como capaz de orientar al país a medio y largo plazo. Como intelectual, lo que contaba era la intuición de lo que tenía que imponerse a largo plazo y la Liga, como veremos, era una propuesta en este sentido: «Nos proponemos, pues, en la medida de nuestras fuerzas, hacer patria, según la expresión tan usada, trabajar en la formación del espíritu nacional, contribuir a despertar en el individuo la conciencia del mundo social, convertir a los hombres en ciudadanos» (VII-329). Nos encontramos en el año 1914, un año decisivo en la trayectoria de Ortega. La conferencia la dio en el mes de marzo. Cumplió en el de mayo su 31 cumpleaños y en agosto aparece su primera obra, las Meditaciones del Quijote. En el momento de dar la conferencia, en el Teatro de la Comedia, para nada anticipaba una posible llegada al poder político. Pero se dieron dos factores que impulsaron decisivamente la carrera de Ortega. Por un lado, la llegada a la madurez intelectual que le permite perfilar su propia posición. Al tiempo,...
Vieja y nueva regeneración 2015

Nueva y vieja regeneración

Hace unos pocos años, ya bien entrada la crisis económica, los términos del debate político en nuestro país empezaron a cobrar un aire nuevo, con motivos y preocupaciones distintas a las que habían caracterizado el debate público en años anteriores. Hasta ahí se hablaba de izquierda y de derecha, de constitucionalismo y nacionalismo, de redistribución y creación de riqueza o, incluso, de clases enfrentadas. A partir de un momento en torno al año 2010 se empezó a hablar de temas distintos. Se enfrentó la sociedad al Estado, como si este no reflejara ya los intereses y las preocupaciones de la sociedad española y se rigiera no según alguna idea del bien común, sino según sus propios intereses o los de aquellos que lo controlan. Pronto llegó el momento de poner en cuestión la representatividad de las instituciones políticas, en especial las instancias representativas y los partidos políticos. En las jornadas del 15-M, teñidas de épica alternativa, hizo fortuna el eslogan « No, no nos representan». La puesta en duda de la representación política llevaba a la consideración de las élites políticas como un grupo privilegiado, una «casta», según la palabra que utilizó primero el periodista y activista Enrique de Diego, con su Plataforma de las Clases Medias, fue recuperado luego por los compañeros politólogos de Podemos y al fin, bajo el apelativo más exquisito de «élites extractivas», por intelectuales y funcionarios en la órbita de Ciudadanos. La «casta» o las «élites extractivas» conforman esa minoría capaz de sacar provecho de unos mecanismos y unas instituciones políticas que se han desviado de su objetivo inicial y solo sirven intereses particulares: corruptos, por tanto, como iban demostrando los numerosos casos que, centrados por lo fundamental —aunque no solo— en el asunto de la financiación de los partidos políticos y de los sindicatos, empezaron a salir a la luz en esos mismos años. La corrupción no afectaba solo a unos cuantos personajes, ni siquiera a unas cuantas organizaciones. Afectaba al conjunto de las organizaciones públicas, en particular los partidos políticos, y acabó contaminando al propio sistema, al conjunto de las instituciones y al régimen nacido con la Constitución de 1978. El «régimen» (algo así como la «Restauración») aparecía podrido, agotado, enfermo y con él, claro está, el «bipartidismo» que lo había sostenido. Se elabora así un discurso dirigido contra la racionalidad política —es obsesiva la cuestión de la superación de la izquierda y la derecha—, juvenilista —como corresponde al deseo de un cuerpo regenerado que ha dejado atrás los signos de la decadencia— y populista —es decir, de estilo antiinstitucional y personalista, desconfiado de cualquier cuerpo intermedio, y que apela a la movilización de quienes han quedado al margen del sistema, sin representación y condenados por tanto a sufrir (el motivo del «sufrimiento» es importante) una creciente desigualdad, que la crisis no ha hecho más que empeorar: el famoso 99% de los «ocupas» norteamericanos, que importaron las formas y los eslóganes de nuestro 15-M. La palabra de moda fue, ya lo sabemos, la regeneración. Durante...

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