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Al centro-derecha liberal español se le ha planteado un nuevo desafío como el que supone gestionar la complejidad de una realidad política dominada por el radicalismo.

El cambio fundamental producido por los resultados electorales de las municipales y autonómicas del 24 de mayo de 2015, es que crece significativamente el grado de complejidad de la política española.

Lo cual a priori no es necesariamente malo, pero lo será si las mentes políticas que gobernarán esta situación no tienen el grado de inteligencia y sofisticación que se requiere para entender y gestionar realidades dominadas por un alto nivel de complejidad como es el caso.

Ante esta situación, uno de los riesgos letales está en caer en la simplicidad y superficialidad de los análisis, que hace que se expandan ideas y teorías que proyectan una falsa realidad.

Los datos no demuestran la teoría de que el bipartidismo se ha hundido. Está en crisis, pero no muerto. Entre el PP y el PSOE han obtenido más de la mitad de los votos y el 64% de los concejales de toda España (43.033). Los dos grandes partidos españoles han bajado respecto a estos comicios en 2011, pero estos datos no demuestran en sí mismos el fin del bipartidismo.

Lo que sí demuestra la crisis del bipartidismo son otros factores, que se resumen en tres hechos y que modifican el mapa global de la política española.

1.        La fuerte caída del PP, que le ha hecho perder mayorías absolutas de gobiernos en todas las comunidades donde tenía la hegemonía y en todas las grandes capitales.

2.        El hecho de que la fuerza de extrema izquierda Podemos pasa a ser la nueva referencia y vanguardia de la izquierda.

3.      Y la dependencia que pasan a tener PP y PSOE de la minorías emergentes como son Ciudadanos y Podemos.

Todo ello es lo que hace aumentar la complejidad del mapa político español, no solo de las autonomías y municipios. El gobierno de la nación y las instituciones del Estado van a tener que lidiar con esa complejidad en todos los terrenos. Con efectos y consecuencias no solo para la política local y regional, sino para la propia política de Estado.

Los resultados electorales proyectan cuatro tendencias de fuerte calado. Radicalización, atomización, inestabilidad y divergencia.

EL PROCESO DE RADICALIZACIÓN

El éxito de la fuerza populista de Podemos y el retroceso de las dos fuerzas clásicas de la izquierda, socialismo y comunismo, demuestran la radicalización de la izquierda española, que se inició con la llegada de Zapatero a la secretaría general del psoe en el año 2000, y sus políticas desarrolladas como presidente del gobierno en dos legislaturas (2004-2011).

Podemos nos es más que la extensión de la ideología populista proyectada por Zapatero en su políticas, y el propio PSOE no ha dudado en anunciar que su estrategia pasa por pactar mayorías con Podemos.

Esa es la diferencia entre la socialdemocracia y el socialismo radical. En Alemania los socialdemócratas pactan un gobierno de coalición con el centro-derecha de Angela Merkel, en España los socialistas han apostado desde hace años por la alianza anti-PP, que tuvo su principal hito en el Pacto del Tinell (2003) de socialistas, comunistas y radicales de la izquierda separatista, para echar de las instituciones al pp y la sociedad que representa.

Este proceso de radicalización de la izquierda española tiene su continuidad en Podemos, que en estas elecciones ha pasado a poder gobernar capitales como Madrid y Barcelona.

La que ha obtenido la mayoría en Barcelona, Ada Colau, sin haber sido confirmada e investida como alcaldesa, ya ha hecho una declaración de principios sobre la justicia desde postulados revolucionarios: «Si hay que desobedecer leyes injustas, se desobedecen».

Esta tendencia radical de la izquierda se suma a la de los separatismos catalán y vasco, conformando en conjunto un mapa político que tiene en el radicalismo uno de sus principales vectores.

Dentro de esta tendencia radical se inscriben los pactos para que la suma de minorías sustituyan a la mayoría más votada. Lo que significa que la sociedad mayoritaria es gobernada por las minorías. Una perversión de la democracia liberal a la que no ha sabido hacer frente el Partido Popular para cambiar la legislación, a pesar de las grandes mayorías absolutas de la sociedad obtenidas en las elecciones de 2000 y 2011.

¿Esto que significa? Que, por ejemplo, ciudades como Pamplona no sean gobernadas por el centro-derecha de UPN que ha ganado las elecciones, y pueda ser gobernada por la alianza de minorías radicales de Podemos, los comunistas de IU y el partido proetarra Bildu. Un modelo de alianza de minorías que se reproduce, con distintos ingredientes, en Madrid y numerosos municipios y regiones de toda España. Lo que hace que la izquierda radical gane buena parte de los ‘torreones’ del poder.

DE LA ESPAÑA FRAGMENTADA A LA ESPAÑA ATOMIZADA

La atomización electoral es otro hecho: el 25% del electorado vota a formaciones con menos del 0,01 de representación. La mayor atomización del voto y por tanto de la sociedad española ha sido reflejada en estas elecciones. Se ha pasado de la España fragmentada a la España atomizada.

Salvo los dos grandes partidos (pp y psoe) que tienen más de veinte mil concejales cada uno, y las seis fuerzas que le siguen, que tienen entre mil y tres mil concejales cada una, el resto se atomiza.

De todas las candidaturas del 24-M después del PP y PSOE la más votada ha sido ‘el resto’, capítulo en el que el Ministerio del Interior agrupa a las formaciones que obtienen por debajo del 0,01%, y que en esta ocasión ha doblado a los resultados de 2011. Ese año ‘el resto’ obtuvo 1.675.339 votos y el 7,42%, y en 2015 ha alcanzado los 3.443.503 votos y el 15,38%.

Son resultados que hacen ver la tercera tendencia señalada: la inestabilidad. Tanto esta atomización del voto como el hecho de que los pactos de mayoría de gobierno en comunidades y municipios puedan verse condicionados ahora y alterados después de las próximas elecciones generales dentro de unos meses, proyectan un escenario inestable en todo lo que representan las políticas y gobernación local, regional y nacional.

Eso es lo que reflejan los resultados electorales: la inercia de la inestabilidad política.

LA INERCIA DE LA INESTABILIDAD POLÍTICA

Basta ver lo que ha pasado en Andalucía, para comprender el grado de inestabilidad a la que conduce la nueva situación. La presidenta del gobierno andaluz, Susana Díaz, convocó elecciones anticipadas argumentando que era necesaria una mayor estabilidad que la que proporcionaba su coalición con los comunistas de Izquierda Unida, y los resultados electorales le han impedido formar gobierno durante meses, desde que se celebraron las elecciones el 22 de marzo. No solo porque bajó cuatro puntos porcentuales desde los anteriores comicios, sino porque no ha sabido gobernar la complejidad.

Antes en Andalucía el psoe dependía de un partido (IU) con el que pactó y gobernó, y ahora ha pasado a depender de las minorías emergentes (Podemos o Ciudadanos) que se han negado a pactar estos meses calculando que les perjudicaría ante las elecciones municipales y las próximas generales. Consecuencia: de la estabilidad que tenía ha pasado a la inestabilidad de la nueva situación.

LA ESPAÑA DIVERGENTE

Pero es la cuarta tendencia, la divergente, la que añade más complejidad. La divergencia de políticas entre comunidades, provincias y municipios, se traduce en la práctica en aumento de diferencias sociales, económicas y de las propias libertades. Que suponen un daño y lastre para el país a nivel interno y externo. A mayor divergencia mayores costes, desigualdades y pérdida de competitividad.

Un modelo global, como es un Estado que compite en el mundo, se potencia si todas y cada una de las partes contribuyen a potenciarlo, y, por el contrario, lo menoscaban si las partes (municipios y regiones) hacen un frente de oposición a lo que representa el todo, que en este caso es España.

Da igual cómo se justifique este fenómeno, es un principio elemental: cuando las partes combaten el todo desde dentro, el todo —que en este caso es España— padece sus consecuencias. Un Estado que dentro de sus poderes públicos, sean autonómico o municipales, estén gobernados por quienes lo atacan, debilitan la nación y crean un proceso revolucionario, que se querrá ver o no, pero que es real.

Y esto es lo que está en juego en España, y que han puesto de evidencia las últimas elecciones europeas, andaluzas, y las municipales y autonómicas del 24 de mayo: en qué medida contribuyen a una mayor fortaleza o debilidad de España como Estado-nación.

UN NUEVO MODELO DE COMPLEJIDAD PARA GOBERNAR ESPAÑA

La complejidad que se refleja en estas tendencias proyectadas por las elecciones del 24-M exige aplicar modelos y patrones políticos muy sofisticados y altamente inteligentes para hacer valer el principio básico del bien común. ¿Qué medidas y políticas benefician al bien común de los ciudadanos, su libertad, servicios y calidad de vida?

Qué políticas son convergentes y no divergentes, cuáles crean menor inestabilidad, cómo se imponen las políticas del bien común, cómo se frena la tendencia del radicalismo. Todo ello forma parte de un modelo para entender y gestionar política e intelectualmente el alto grado de complejidad de la nueva España autonómica y como nación.

Sé por experiencia que los políticos y gobernantes son reacios a aceptar los modelos complejos porque reducen la política de poder a prácticas simples y pragmáticas. Pero esto es precisamente lo que ha cambiado en la política moderna, que para hacer del pragmatismo un éxito de poder hay que saber entender y dominar las situaciones más complejas.

«Me entenderé con Carrillo», me dijo el presidente Suárez cuando estaba poniendo en marcha la transición. Le conté que hacía poco había escuchado al líder del Partido Comunista en Whitehall (Londres) bramar contra él y contra el rey Juan Carlos, y me miró condescendientemente, añadiendo con plena seguridad: «Pero, no te preocupes, llegaremos a un acuerdo». Tiempo después el propio Suárez y Carrillo, por separado, me contaron las vicisitudes que les llevó al acuerdo por el que el Partido Comunista apoyó el nuevo régimen democrático de la monarquía parlamentaria del rey Juan Carlos. Y que fue decisivo para hacer de la transición democrática española un éxito.

Todo esto tenía mucha complicación y suponían grandes maniobras de alta política, pero no la complejidad de lo que nos envuelve hoy y se ha hecho presente en los cambios políticos españoles. En la realidad española hoy se requiere mayor sofisticación en los análisis y procedimientos.

En aquella época Carrillo controlaba el Partido Comunista, y llegar a acuerdos con él daba la certeza de una posición de su partido, pero ¿se imagina alguien que el líder de Podemos, Pablo Iglesias, controla el fenómeno que a él mismo le envuelve de multitud de franquicias políticas en toda España, y acuerdos con los partidos más dispares? No se lo imagina ni Pablo Iglesias.

El éxito de la complejidad reside en ser gobernada como un todo, en todos los campos de la ciencia, la política y la sociedad, y esa es la mayor contribución que ha hecho el Instituto de Santa Fe (California) al desarrollo de la inteligencia y el conocimiento en las últimas tres décadas.

Pero confieso que me invade la duda de que los políticos e ideólogos de la derecha liberal española respondan con acierto y valor a la complejidad de estos cambios políticos.


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