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Ximena Maier (Madrid, 1975) es ilustradora. Quiero decir, una ilustradora excelente, que no para. Jaime García-Máiquez la ha retratado a pluma con un espejo velazqueño: “Ximena Maier es igual a un personaje dibujado por ella misma, expresiva y rápida, llena de líneas por todos lados y de colores rotundos y transparentes, capaz de transmitir una explosiva personalidad con unos pocos gestos”. Ha embellecido muchos libros y ha escrito algunos bellísimos, como el imprescindible en cualquier fecha, pero más en septiembre, si uno está rodeado de niños cansados de vacaciones: El arte de pasarlo bien. El más suyo, con todo, es este Cuaderno del Prado. Dibujos, notas y apuntes de una ilustradora en el museo.

Ximena MaierCuaderno del PradoNido de ratones, 2017. 158 paginas.


Cuaderno del Prado es el hermano pequeño de una familia de libros sobre el museo. Lo veo paseando por la pinacoteca de la mano del docto Tres horas en el museo del Prado de Eugenio d’Ors, aunque escurriéndose a menudo, travieso, corriendo por su cuenta y riesgo. Y compartiendo confidencias con el preclaro Ramón Gaya de Velázquez, pájaro solitario o del museo del Prado, “Roca española”. Claro que la personalidad del libro de Maier no estriba en el tamaño, sino en sus características. Primero, es el libro de una ilustradora y esto significaba que sabe ver muy bien los cuadros y hacérnoslos ver. “Dibujar es su manera natural de ver”, ha dicho García-Máiquez (Jaime) en el epílogo del libro. Sus dibujos de los cuadros tienen mucho de homenajes y de ventanas a las propias obras. Se sale de este libro deseando entrar en el Prado.

Es, en segundo lugar, un cuaderno de nuestro tiempo. Se le nota en que el protagonismo no lo tienen las deslumbrantes teorías de la historia del arte [d’Ors] ni las juanramonianas iluminaciones de una exigente aristocracia artística [Gaya], sino la subjetividad del propio gusto, casi del capricho: véanse la sección “Cuadros a los que le tengo manía (sin acritud)”; y el descarado despliegue de su libertad de opinión: a Ximena no le gusta Rafael ni el Greco ni demasiado Murillo. ¿No es otro signo de los tiempos la importancia que tienen los visitantes del museo: su número, sus comentarios causales y hasta sus fotos o sus no fotos? Un guiño más a nuestra sensibilidad: el protagonismo del que gozan los trabajadores del museo, en una suerte de socialdemocracia estética. Por no hablar de la admiración a la técnica y a la ciencia de la restauración. Es un libro que, como quien no quiere la cosa, hace en cinco minutos un retrato de nuestro tiempo.

Lo esencial, con todo, es el amor de Ximena Maier por el museo y por la pintura. En el libro monta varias colecciones temáticas de distintos detalles sacados de unos cuadros y otros. Demuestra un conocimiento en diagonal de la pintura, que nos enseña a mirar al sesgo y a valorar al milímetro los lienzos. Así encontramos una colección de las cabezas cortadas que hay en el museo, de los sombreros (¿para compensar?), de los perros, de los pájaros, de las manos, de los guapos, de cuadros que podrías colgar en tu casa…. Es algo que reconforta (“— Hypocrite lecteur, — mon semblable, — mon frère!”) a este barbero de libros.

 

 

A continuación expongo mi colección de frases e ilustraciones que podría colgar en mi casa y cuelgo aquí:

 

El Prado es mi museo favorito, entre otras cosas porque lo conozco bien.

[Parece una obviedad, pero hay mucha tela que cortar en esa frase. Que lo conoce muy bien lo demuestra en las páginas que siguen. Este capítulo se titula, por cierto, “El caso es volver”, y vale como una declaración de intenciones, como una estética y como un lema de vida.]

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Es imposible no respirar mejor delante de un Velázquez.

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“El caballero de la mano en el pecho” me parecía un señor mayor y cada vez lo veo más joven.

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El Prado es el subconsciente colectivo de España, todo reyes y monstruos y santos.

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Hay mucho que ver y la atención se acaba, como todo.

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“La Anunciación”, de Fra Angelico, da mucho gusto después de tanta mente torturada.

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El museo del Prado huele muy bien, que es una cosa que se dice poco.

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El reinado de Felipe IV y el de Carlos IV los veo nítidos, mucho más interesantes que los de alrededor, pero creo que es solo por lo bien que los pintaron.

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No he visto actitudes de hastío cool. Nada de “Pfft, sí, otro Goya, ya ves tú”.

[Entre los restauradores y otros técnicos del Prado]

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Ver cómo Velázquez tenía que ratear con el azul, usando una veladura casi transparente encima de un rojo para conseguir morado, me hace apreciar mi pastilla de acuarela cobalto.

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Enrique García-Máiquez (Murcia, 1969). Estudió Derecho en la Universidad Navarra y lo enseña en un instituto de secundaria de Puerto Real. Ha publicado cuatro libros de poesía, el último es “Con el tiempo” (2010), tres dietarios (el más reciente, “Un largo etcétera”, 2017), dos colecciones de sus columnas periodísticas (la última, “Un paso atrás”, 2012), un libro de aforismos, “Palomas y serpientes” (2016) y un brevísimo cuadernillo de haikus, “Alguien distinto” (2005). Tiene en prensa “El burro flautista”, nueva colección de columnas periodísticas. Ha traducido a Mario Quintana, a G. K. Chesterton, en prosa y en verso, y el “Tomás Moro”, de William Shakespeare, nada menos, y de otros. Codirigió la revista literaria “Nadie parecía” y escribe crítica de poesía en diversas revistas especializadas. Mantiene el blog “Rayos y truenos”.