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Una vez, en la plaza del Campillo del Mundo Nuevo, el pintor José Vázquez Cereijo y yo estuvimos fanáticamente de acuerdo en que una de las cosas fundamentales de la vida es no terminar convertido en un idiota. No recuerdo a qué venía aquella contundente conclusión, pero vendría a cuento de algún libro, de algún grabado o incluso de algún mueble que habría emergido por ahí. Una de las mejores cosas del Rastro de Madrid es que ofrece continuamente temas de conversación: allí es imposible quedarse sin asuntos que comentar pero, aunque ocurriera, dado que allí siempre es domingo se puede aprovechar para compartir las noticias y novedades de la semana, discutir los suplementos culturales de la víspera, pasar la vida.

Él hablaba poco, pero hablábamos mucho. Un poco por ciertos achaques y otro poco por carácter, nunca hosco pero habitualmente melancólico y hasta fatalista, a él le costaba reunir ánimo para subir las exigentes cuestas de aquel lugar, y muchas veces se quedaba en la plaza mientras Juan Manuel Bonet y Andrés Trapiello, nuestros compañeros de búsquedas, conversaciones y bromas, recorrían con admirable jovialidad e indeclinable ilusión aquellos restos de no se sabe qué naufragios: jarrones, catálogos, cerraduras. Seguramente él hubiera preferido quedarse solo (era gallego), pero a mí me daba cierto reparo dejarlo ahí hasta que volviésemos a dar la vuelta, veinte minutos después, y por tanto me quedaba a hacerle compañía y ojear con él álbumes de fotos, admirar vitolas de puros, observar la mañana y el cielo y a la gente. Por eso digo que llegamos a charlar mucho, en esos momentos de espera entretenida, de pasividad atenta, y llegamos a entendernos bien.

Ahora que lo pienso, no sé cuántos domingos coincidiríamos por allí, tal vez cincuenta, tal vez sesenta, tal vez más, y juraría que jamás le vi comprar nada. Eso, más que carácter, era sabiduría. Y experiencia: cuando Juan Manuel y Andrés, divertidos y amables, me adoptaron para acompañarles en esos paseos me explicaron quién era ese tercer amigo que llevaba décadas de rastrismo a su lado, y me aseguraron que, nacido varios años antes que ellos (pero su fecha exacta de nacimiento es un pequeño secreto sobre el que nunca quiso arrojar luz, no por coquetería sino por humor), era no sólo el más veterano sino quien mejor conocía esos rincones, el más perspicaz y sabio, aparte de que a él se le deberán siempre algunas de las más brillantes ocurrencias que se han escuchado jamás en esas calles (donde a lo largo de los siglos no han faltado precisamente la gracia, la sabiduría popular o la picaresca en estado de ebullición). En tiempos había comprado mucho y bien, pero ya hacía mucho que había llegado a ese definitivo e inevitable “¿para qué?”, lo cual no le impedía seguir disfrutando mientras curioseaba por allí, y también al observar a un novato como yo hacer sus primeras compras, incurrir en ingenuidades, aceptar precios muy discutibles, equivocarse. Parecía que no estaba atento, pero no se le escapaba una, y varios meses después de que yo hubiese comprado por no sé cuántos euros (nunca muchos) la Historia de las esparragueras de Eugenio d’Ors sin que él hubiese comentado ni una palabra al respecto, sonreía malicioso y bonachón, bonachón pero malicioso, mientras me enseñaba un ejemplar mejor del mismo libro que se ofrecía en alguna manta por cincuenta céntimos.

La muerte también debe de ser un poco gallega porque, en silencio y sin escándalo ninguno, cumpliendo sin más su papel, profesional e inapelable, se lo llevó con él a mediados de agosto, y lo hizo por el atajo del corazón. Yo llevo ya algunos años lejos del Rastro, pero era en buena medida por él por lo que añoraba aquellas mañanas, aquellas sentencias suyas, aquel lugar incomparable. Si ahora sigo sin saber ni una palabra sobre arte, por aquel entonces no sabía ni media, pero poco a poco fui enterándome de cosas estimulantes sobre él: era sobrino del poeta Luis Pimentel; había dibujado los grabados para el libro Praga, de Pavel Hrádok, que yo traía ya de mi formación en la aturullada y hermosa Zaragoza como uno de mis libros-talismán; conocía bien Europa, veraneaba en Escocia, pintaba paisajes fríos pero sentimentales, oscuros pero no tétricos, reconocibles pero también metafísicos. Algún día habrá que admitir por fin que en realidad la luz no es tan mansa como nos gustaría, y él –norteño, un poco taciturno, un poquito fúnebre, incluso…– se había dado cuenta. No hacía falta que la muerte viniera a darle la razón a su pintura, que tenía su propio idioma, su propia naturaleza, y ésa sí que era, a su modo, luminosa (que no colorista), testimonio de una mirada sorprendida pero resignada, que, si se me permite una última paradoja, parecía pintada con una energía lánguida. En sus cuadros hay al mismo tiempo fuerza y rendición, y apreciamos también un talento muy particular que no busca tanto distinguirse reflejando lo que sólo él ve como aportar una mirada hibernal de un mundo más bien estático, poco alegre, cambiante pero tal vez previsible, lo cual no es insatisfactorio: es simplemente así y no hay por qué hacer nada más que mirarlo, que pensarlo, que pintarlo. El mundo estaba ahí, y él lo recogió. La vida, definitivamente, estaba en otra parte.


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Juan Marqués (Zaragoza, 1980) es poeta y crítico literario. Ha publicado los poemarios Un tiempo libre (La Veleta, 2008) y Abierto (Pre-Textos, 2010).