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Se van a cumplir sesenta años desde que el gran actor Manuel Galiana, nacido el 9 de marzo de 1941, subió a las tablas. Fue el 4 febrero de 1958. Desde entonces, cada año, no ha dejado de pisar los escenarios. Es el último eslabón de aquella generación de cómicos, como el recordado José Bódalo y la todavía muy activa Lola Herrera, que a través de la televisión, con los históricos Estudio 1 de TVE, llevaron el teatro a todos los rincones de España, desde a los hogares de las grandes ciudades a los teleclubes de los pequeños pueblos. Él es el decano de los actores de nuestro teatro.

Manuel Galiana ha sido ahora la estrella de un montaje teatral exhibido, de octubre a diciembre de 2017, en la madrileña Sala Arapiles 16, que impulsa la Universidad Internacional de La Rioja, la UNIR, dentro de su programa de extensión cultural. Ha representado la obra Nostalgia del agua, de Ernesto Caballero, uno de nuestros más destacados autores dramáticos y actual director del Centro Dramático Nacional (CDN). Galiana ha compartido escenario con la destacada actriz Marta Belaustegui, bajo la dirección de Jesús Salgado.

Al borde de un lago, que en sus aguas guarda el pueblo sepultado del pescador que interpreta Galiana, gracias a la aparición del mágico personaje que incorpora Belaustegui, la acción entra en la rememoración de un pasado que el espectador ha de descifrar mecido por la melodía de una violinista (Natalia Fernández) que acompaña al hombre y a la mujer en su viaje al pasado, y también al futuro.

Los espectadores que gozaron del espectáculo pudieron apreciar el arte de dos generaciones de actores, la más reciente de Marta Belaustegui, vinculada a contemporáneas técnicas de interpretación, como “el método” de Stanislavski, y la de Manuel Galiana, asentada también en la modernidad más rigurosa, pero con la base declamatoria de los maestros de la mejor escuela española, depurada a lo largo de siglos, la de los inolvidables Rafael Calvo, Guillermo Marín, Manuel Dicenta, Carlos Lemos, el citado José Bódalo, o el gran José María Rodero y el no menos grande Fernando Fernán Gómez.

Historia de un magisterio

UNIR Teatro, el día del estreno de Nostalgia del agua, quiso rendir un homenaje a Manuel Galiana, como gran señor del teatro español. Él, humilde siempre, quiso que el homenaje no se le hiciera a él, sino a su maestro por antonomasia, a la persona que le introdujo en el mundo del teatro, al profesor don Antonio Ayora, una personalidad del teatro que pasó discretamente por nuestra escena, pero que dejó una siembra fecunda.

“Con Antonio Ayora, sus alumnos no solo aprendían y hacían teatro, también frecuentaban los coliseos de Madrid en su compañía” 

Don Antonio Ayora, en los años 50, era profesor de Literatura en el Instituto San Isidro, de la calle de Toledo, de Madrid, donde en esas fechas Juan Carlos de Borbón superaba la reválida del bachillerato superior con sobresaliente. El San Isidro, dotado con destacados catedráticos de aquel bachillerato ya triturado por logses y lomces, tenía en su historia el haber contenido en sus muros de granito el Colegio Imperial fundado por los jesuitas, y donde a lo largo de los siglos se habían educado desde Lope, Calderón o Quevedo, hasta Baroja, los Machado o Aleixandre, pasando por Canalejas, Juan de la Cierva o Eduardo Dato.

En el Instituto San Isidro, don Antonio Ayora estableció su “escuela teatral”. En los tiempos de la Segunda República había aprendido el oficio cerca de Cipriano de Rivas Cherif, figura indiscutible de nuestro teatro, impulsor de la carrera de la actriz Margarita Xirgu, además de cuñado de Azaña. En la posguerra, presos Rivas y Ayora, mientras Cipriano organizaba un grupo de teatro en el Penal de El Dueso, don Antonio formaba otro en la cárcel de Burgos. Luego, Rivas se fue al exilio y Ayora, por la piedad de algún amigo, acabó de profesor en el San Isidro.

En el homenaje, tras el estreno de Nostalgia del agua, se recordó a aquellos muchachos, que bajo la dirección de Ayora estrenaban, aprendiendo teatro, a Cervantes, Lope, Calderón, Moratín, Guillén de Castro, Zorrilla, Arniches, Benavente, Jardiel, los Quintero y Buero Vallejo, o a Shakespeare, Goldoni, Chejov y Bernard Shaw. Se rememoró, con su presencia, a compañeros de Galiana, como los que luego serían reconocidos actores, como él, Emilio Gutiérrez Caba y Pepe Carabias; directores o productores de teatro como Manuel Collado, su hermano Salvador o Emilio Hernández; el crítico de teatro Enrique Centeno; el catedrático de Literatura y fundador del Instituto del Teatro de Madrid (ITEM), Javier Huerta, así como también, a otros que luego desarrollarían su vida profesional fuera del teatro, como el destacado catedrático de Física, Manuel Yuste. En fin, como el instituto en aquellas fechas era masculino, los propios alumnos, colaboradores de Ayora, llamaban a sus hermanas y amigas para los papeles femeninos. Algunas de ellas, después, también serían conocidas actrices: Esperanza Alonso, Amparo Pamplona o María Jesús Hoyos, por ejemplo.

El San Isidro y los jesuitas

En Arapiles 16 se reivindicó el carácter formativo del teatro en la enseñanza secundaria al pairo de la experiencia de don Antonio Ayora en el San Isidro. No era difícil traer a colación el tema en el marco del San Isidro, que, como se ha dicho, fue el Colegio Imperial de la Compañía de Jesús. Se sabe que, después de Trento, los seguidores de Loyola instituyeron en sus centros de formación el llamado “teatro de colegio jesuita”, no sólo para que los estudiantes aprendieran el latín, pues las funciones las tenían que escribir y representar en la lengua de Séneca, sino para adiestrarse en las artes sermocionales del Trivium medieval: dialéctica, gramática y retórica. Así, por esta deriva, de las aulas jesuíticas salieron talentos dramáticos como los ya mentados Lope y Calderón, o Corneille y Molière.

Con don Antonio Ayora, sus alumnos no sólo aprendían y hacían teatro, también frecuentaban los coliseos de Madrid en su compañía, conociendo a las gentes de la profesión. Galiana recuerda que en una ocasión fue con don Antonio al teatro Español, al estreno de la obra Enrique IV, de Pirandello, dirigida por José Tamayo e interpretada por Carlos Lemos. Vieron la función desde el “paraíso” del teatro, desde el “gallinero”… Y Galiana nos recuerda la experiencia: “Era mi primera asistencia a un estreno y apenas podía contener la emoción. Fue una noche grandiosa, de teatro abarrotado, aplaudiendo con delirio al genial Carlos Lemos. ¡Y yo estaba allí!, presenciando una representación teatral en toda su grandeza. Luego, pasamos al camerino a saludar a Lemos, todavía con las huellas del enorme derroche de energía que nos había entregado. Y pude ver de cerca a Manuel Dicenta, a Guillermo Marín, a tantos otros… Salí del teatro fascinado, con la sensación de haber descubierto un camino, el mío. “¡Don Antonio, ya lo he decidido: no quiero ser otra cosa que actor!”, le dije a mi maestro.”

“Fue decisivo. Sin él, tal vez mi vida hubiera sido otra o yo fuera otro”

Galiana concede especial significación al encuentro con don Antonio Ayora: “Fue decisivo. Sin él, tal vez, mi vida hubiera sido otra, o yo fuera otro, distinto. Él completó la formación y el ejemplo recibido de mis padres, imprimió en mi espíritu la apetencia por la belleza, canalizó esta ansiedad, nunca colmada, por la calidad y la perfección en mi trabajo actoral, esta pasión por el arte de interpretar. Con él supe que el “oficio” había que elevarlo a categoría artística”.

En aquel 1958, que se indicaba como arranque de su carrera teatral sobre los escenarios, Galiana interpretó tres papeles en el San Isidro: don Hermógenes, de La comedia nueva, de Moratín; Cosme, de La dama duende, de Lope, y Mundo, de El gran teatro del mundo, de Calderón. “Nosotros solíamos montar como tres obras a lo largo del curso… Sueño de una noche de verano, El caballero de Olmedo, La Numancia… Y todo de ese calibre, y aquello era fantástico. Los que formamos ese grupo no queríamos salir del instituto. Nosotros hacíamos el decorado, lo hacíamos todo”.

“La bella durmiente”, en el origen

Sin duda, don Antonio Ayora tuvo en personas como Manuel una buena tierra donde sembrar. Porque hay que decir que a Galiana desde niño le fascinaba el teatro. Ya nos ha dicho que Ayora “completó la formación y el ejemplo recibido de mis padres”. Sí, sus padres le habían llevado al teatro desde pequeño. Manuel recuerda en especial una representación de La bella durmiente: “Fue en el teatro Fontalba. Aquello me pareció mágico. El príncipe avanzaba y el bosque se abría. ¡Fue el colmo! Todavía conservo, como espectador, esa emoción de sentarte en la butaca, que se apaguen las luces, que se levante el telón y que, de pronto, aparezcan allí unas luces, unos personajes y aquello cobre una tensión mágica. Y a mí eso siempre me ha parecido asombroso, como espectador y como actor”.

Don Antonio fue fundamental en Galiana para desentrañar la verdad del teatro, la verdad de un teatro como el español enraizado en siglos de sabiduría. “Don Antonio nos pedía verdad y sinceridad. Recogía para nosotros la tradición de una manera de hacer. Lo que conocí de esa tradición lo supe a través de lo que él nos contaba de cómo se hizo ese teatro y él nos puso en ese sendero y por ahí hemos ido. Era un director súper moderno. Con una concepción muy contemporánea del teatro. Y con él aprendimos a recitar, cosa que mucha gente ahora no sabe. Aprendimos a hacer teatro en verso. Teníamos que hablar bien y teníamos que declamar bien. Y, luego, nos dejaba crear”.

¡El arte del verso! Algo muy apreciado por Manuel. Y ahí otro maestro para Galiana, el gran Fernando Fernán Gómez, muy amigo de don Antonio Ayora. “En el verso hay que tener la medida. Y Fernán Gómez la tenía. Algo que no tuvo ni Margarita Xirgu. ¡Y era la Xirgu! Pero oyes sus grabaciones y te chirrían. Fernando nunca te chirriaba. Fernán Gómez ha sido para todos el gran maestro. Nunca me ha chirriado, para nada. Aparte de Fernán Gómez nosotros hemos tenido ocasión de ver a Rodero, a Bódalo, a Dicenta, a Guillermo Marín… Hemos tenido mucha suerte. Nosotros queremos transmitir lo que aprendimos de ellos. Respetando a Stanislavski, por supuesto, yo he seguido el método de Ayora y el método de Fernán Gómez. A él, a Emilio Gutiérrez Caba y a mí, que fuimos sus amigos, el método de don Antonio nos ha ido estupendamente”.

“La casa de los siete balcones”

Manuel Galiana pasó por la Escuela de Cinematografía, donde obtuvo el Premio Extraordinario de Interpretación. “El cine me gustaba mucho. Acabé los estudios en la Escuela con ese premio y me dije “éste será mi camino”; pero, no, en seguida me surgió en el teatro la oportunidad de hacer La casa de los siete balcones, de Alejandro Casona, y unos meses más tarde, El último reloj, con Narciso Ibáñez Serrador, en la serie Historias para no dormir, y ahí se empezaron a encarrilar, todos los años, trabajos interesantes de teatro, y de teatro en televisión. Y en cambio no aparecían trabajos de cine. ¡No se podían comparar los personajes que me ofrecían para el teatro y la televisión! Pero también he hecho cine. Con José Luis Garci, tres películas: Tiovivo, Luz de domingo y El dos de mayo.

Galiana, gracias a don Antonio Ayora no tuvo que pasar por ningún tipo de meritoriaje para entrar por la profesión teatral. Con don Antonio, desde su debut, fue cabecera de reparto. “Yo he tenido muchísima suerte en el teatro. No he tenido que hacer papelitos y papelitos hasta que un día te dan “el papel”. En el teatro profesional comencé haciendo Uriel, en La casa de los siete balcones, de Casona, que ya era un papelón, y a partir de entonces todo se desarrolló de la misma forma”.

Elegido por el propio Casona para interpretar Uriel, entra en la compañía de Amelia de la Torre. “Con Amelia aprendí muchísimo. Y ahí estaba también Enrique Diosdado que te decía: “Niño, cuidado, ese final que se te ha quedado muy flojo”. “Que haces punto y es coma”. Con Amelia fue un aprendizaje sin decir nada. Con ella llegué a un fenómeno parateatral. En esa relación que hay en La casa de los siete balcones entre tía y sobrino, en la que se existe una vinculación absoluta, de manera que como Uriel es mudo ella sabe lo que está diciendo sin que él hable. Y a esa relación llegamos Amelia y yo. Estábamos tan comunicados, tan comunicados, que el último día que hicimos la función enfermamos. Allí aprendí dónde está ese límite que no podemos pisar porque nos pasamos al otro lado del espejo. Y Casona dirigió la obra. Los compañeros te daban notas y él me decía: “Tú no hagas caso, que el que más sabe de mi función soy yo”.

El placer de hacer teatro

En 1998 recibió Galiana el Premio Nacional de Teatro: “Colmó todas mis alegrías. Fue fantástico. Y un año antes, en un pueblo de Almería, en Terque, se hizo un teatro con mi nombre. Nunca me he alejado del teatro. No quiero. ¡Me gusta tanto subirme a un escenario! El placer que supone para un actor representar en teatro no se puede comparar con el cine o la televisión. En el teatro hacemos un personaje de principio a fin. Mientras que en las películas vamos a trocitos. Y no es igual. No te permite vivir la intensidad del teatro. El teatro es un sueño. Cuando se baja el telón y aplauden, entonces te despiertas. Mientras tanto, tienes que vivirlo con la misma intensidad que vives el sueño”.

“Con él aprendimos a recitar, a hacer teatro en verso. Teníamos que hablar bien y teníamos que declamar bien. Y, luego, nos dejaba crear” 

Teatro también en televisión. Primero con Chicho Ibáñez Serrador, que no sólo fue el creador y “explotador” en España y fuera de España del programa Un, dos, tres…, responda otra vez, sino un gran realizador de dramáticos, como la serie de espacios de Historias para no dormir: “Hice con él, porque me vio en la obra de Casona, El último reloj. Ahí se armó el pitote. Fue un bombazo. La primera vez que España consigue un premio internacional. Aquello era televisión-televisión. No esto que hacemos ahora. Tuvo que montarse en París. Lo hicimos en bloques de veinte minutos. El espacio Novela me gustó. Los gozos y las sombras, otro éxito internacional. Ese es un camino que tenía que continuar”.

Galiana fue una gran estrella de los Estudio 1, grabaciones de destacadas obras del teatro español y universal, con buenos realizadores como Juan Guerrero Zamora, Pedro Amalio López o Manuel Aguado, que se exhibían cada semana en día y hora preferentes: “Entonces me parecieron maravillosos. Vistos ahora, yo diría que no hay que hacer teatro en televisión. Aunque la gente lo demanda mucho. Pero el teatro es un local, una puerta, se entra, hay una butaca, un estrado, y sale un actor… Lo otro es un texto teatral hecho con lenguaje televisivo. Teatro es una convocatoria a la que tienes que acudir. Sí, también he estado, y estoy, en series: Los ladrones van a la oficina, El comisario, Cuéntame, Aquí no hay quien viva, Hospital central… Están bien hechas. Hice Escenas de matrimonio, con Carmen Ramírez. Fue una sorpresa. Había he hecho de casi todo, pero ese tipo de comedia no había tenido oportunidad de hacerla”.

El veneno… de la escena

Volviendo al teatro, Galiana protagonizó, codo con codo, con su admirado José María Rodero El veneno del teatro, de Rodolf Sirera. Un gran éxito. “¡Ah! Fue la culminación de un deseo que teníamos Rodero y yo. Rodero y yo desde el primer momento en que nos vimos nos enganchamos. Fue un flechazo. Y con la obra de Sirera nos salía la oportunidad de hacer algo juntos para el teatro. En televisión hicimos Calígula, El concierto de San Ovidio y Los emigrados… Pero queríamos hacer algo en teatro. Y surgió El veneno del teatro y lo hicimos y fue una cosa maravillosa. La apoteosis”.

Con Gustavo Pérez Puig, en el teatro Español de la plaza de Santa Ana, también realizó Galiana interpretaciones memorables, especialmente dos: el protagonista de la última obra de Buero Vallejo, Misión al pueblo desierto: “Buero Vallejo me siguió también desde el principio… Manolo, cuidado esto, cuidado lo otro…” Y Cyrano de Bergerac, de Edmond Rostand: “Desde que fui con don Antonio Ayora al Español para ver, desde el “paraíso”, el Enrique IV, de Pirandello, he estado persiguiendo, anhelando, una noche como aquella de Carlos Lemos, en el Español. Ha habido muchas noches maravillosas de triunfo en el teatro, afortunadamente, pero yo quería que fuese en el teatro Español. Y, por fin, la generosidad y el afecto de Gustavo Pérez Puig y de Mara Recatero me brindaron la ocasión con el Cyrano. Y, cada noche, escuchando esas ovaciones, miraba al “paraíso” del teatro y recordaba a aquel muchacho apasionado hasta más allá por el teatro y a su primer maestro: don Antonio Ayora. El personaje de Cyrano es uno de los más bellos del teatro, por no decir el más hermoso. Es un personaje que se tendría que estudiar en el bachillerato por ser la mejor plasmación del amor: un personaje que ama y que hace todo lo que puede hacer para que la persona amada sea feliz, aunque él no pueda ser correspondido nunca”.

Al homenaje de la Sala Arapiles 16, de la UNIR, también quiso sumarse Ignacio Aranguren, un maestro como don Antonio Ayora, que durante 40 años ha estado al frente del Taller de Teatro del Instituto Navarro Villoslada de Pamplona, realizando medio centenar de montajes en los que han intervenido cientos de alumnos, entre los cuales destacan en el teatro español profesionales como Alex Larumbe, Natalia Huarte y Alfredo Sanzol.

No cabe duda de que el fermento de hacer teatro en los colegios e institutos es muy favorable para los propios alumnos, para el teatro y para la sociedad. A las promociones de Antonio Ayora les siguen hoy las de Ignacio Aranguren, una ejemplar sucesión. Recordando el pasado y analizando el presente de la incidencia del teatro en nuestra sociedad, Galiana, a veces, desde la atalaya de la Sala Arapiles 16 y la experiencia de la obra Nostalgia del Agua, de Caballero, compartiendo escenario con Marta Belaustegui, después de medio siglo de profesión, vuelve su mirada hacia don Antonio Ayora y su huella en él: “Cuando a veces me siento un poquito deprimido, echo la vista atrás, y digo: “Jo, no te quejes, que te ha ido muy bien. Has podido pasar con dignidad por el teatro gracias a maestros como don Antonio”.


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Dramaturgo y periodista. Director de UNIR TEATRO