Compartir:

Lev Shestov (Kiev 1866-París 1938) es considerado el mayor filósofo existencialista ruso. Su obra magna, Atenas y Jersusalén (1938) resumen y culmen de toda su vida, recientemente publicada en España por Hermida Editores, deja la impresión de que es, más bien, un fabuloso ensayista literario. No sorprende, por tanto, que su influencia se haya dejado sentir en torno, sobre todo, a escritores como Albert Camus, Emil Cioran o Eugène Ionesco.

Por supuesto, ha leído y estudiado (¡y cuánto!) a los filósofos y ha sido estudiado por otros. Se inscribe por derecho dentro de la línea heterodoxa y contradictoria del pensamiento existencialista.

"Atenas y Jerusalén", Hermida. 530 págs, 25 euros.
“Atenas y Jerusalén”, Hermida, 530 págs

Heredero de Friedrich Nietzsche, Søren Kierkegaard y Blaise Pascal, dialoga con Edmund Husserl, Martin Buber, Karl Jaspers o Martin Heidegger e influye en Sartre, Camus, Levinas, Bataille, Blanchot y Deleuze, entre otros. Pero Shestov, cuerpo de escolástico y alma de aforista, escribe un minucioso estudio filosófico que es una repentina sacudida literaria. Habita en la paradoja. Es hondo y claro. Mantiene una continua tensión alterna.

El punto de arranque de su ensayo, desde el mismo título, se pone en el epicentro de Occidente. Gregorio Luri, en La imaginación conservadora (Ariel, 2019) constata que Atenas y Jerusalén son los polos de atracción del alma europea; y que Europa se ha hecho a sí misma en gran medida a través de un esfuerzo continuado por resolver la tensión entre ellas, que son también las dos fuentes ancestrales de su nostalgia: la de la razón y la de la ley. «Vivimos —defendió Derrida en Violencia y metafísica— en la diferencia entre lo griego y lo judío».

Batalla sin cuartel contra la razón

Shestov toma partido por Jerusalén, aunque sería mucho más exacto decir que lo toma contra Atenas. Su bestia negra es el racionalismo. Atenas y Jerusalén, más que un libro, es una batalla sin cuartel contra la razón.

Deleuze habla de Shestov refiriéndose a su «repetición más empecinada» y él mismo reconoce que no importa cuánto contradigas el principio de no contradicción, «siempre será poco». El estribillo de su extenso ensayo será «la razón mata el misterio, mata la verdad». Al árbol del conocimiento opone el árbol de la vida.

Parece que Gregorio Luri estuviese comentando Atenas y Jerusalén cuando advierte: «Pienso que no es aún historia pasada el voluntarismo medieval de Ockham o el de ese Duns Scoto “tan cercano” al presentarnos un Dios arbitrario, que “no está vinculado ni siquiera con la verdad y el bien”». Ya Tertuliano había considerado que «toda filosofía es inútil y falsa, todos los filósofos son patriarcas de herejes, la curiosidad filosófica es inútil tras el Evangelio». Esta es la línea que continúa Shestov: reniega del intento de la Iglesia de conciliar fe y razón. Denuncia como un disparate que «a los hombres no les bastaba con “creer”; también querían “conciliar” su fe con la razón. Se hacían la pregunta: Cur Deus homo? [¿por qué se hizo hombre Dios?]».

Si sólo fuese eso, para tener un retrato completo de la polémica, bastaría equilibrar esta lectura con el breve libro de Joseph Ratzinger El Dios de la fe y el Dios de los filósofos (Encuentro, 2006), donde se defiende la compenetración entre ambas instancias, y se tienden los puentes entre Jerusalén y Atenas.

Shestov pertenece a esa curiosa especie capaz de estudiar profundamente aquello que detesta

Pero Shestov pertenece a esa curiosa especie, altamente intelectualizada, capaz de estudiar profundamente aquello que detesta. Su libro es un derroche de erudición y amenidad, un paseo tan nervioso como moroso por la historia de la Filosofía. Reniega de la razón, ejercitándola a la máxima potencia. No perdona a Parménides, ni a Aristóteles, ni a Séneca, ni a Tomás de Aquino, ni a Spinoza, ni a Hegel, pero ¡cuánto los ha estudiado! Con qué profusión los cita en sus lenguas originales y con qué transparencia los contradice.

Lo hace en nombre de la libertad y de la vida. En particular, le escandaliza que Dios pueda estar sometido al principio de no contradicción, a la necesidad de la lógica y a la universalidad de los conceptos. Séneca, condensando todo el racionalismo anterior, había dicho que «el mismo Creador y rector de todas las cosas obedece siempre, ordenó una sola vez». Aristóteles en la Ética a Nicómaco 1139, b, 10, consideró que «de una cosa Dios está privado: de hacer que no sucediera lo que ya sucedió». Shestov rechaza esas posiciones y defiende, para defender a Dios, el Deus ex machina.

Blande la existencia de los milagros, pero tanto que los convierte, en una prueba más contra el racionalismo, como si su función principal fuese socavar los sistemas filosóficos. G. K. Chesterton y C. S. Lewis también los defendieron, pero como la excepción con la que Dios, tímidamente, de vez en cuando, recordaba su señorío, que en líneas generales prefiere respetar como las reglas del juego de la libertad y la responsabilidad. Shestov, por el contrario, hace del hecho extraordinario un sistemático signo antisistémico.

 Joseph Brodsky: “Una cosa es nacer, todo el mundo nace; pero resucitar es enteramente otra cosa: es un milagro».

El poeta ruso Joseph Brodsky, en la entrevista con Peter Vail que cierra sus Poemas de Navidad (Visor, 2006), comentando la preferencia católica por la Navidad en contraposición a la ortodoxa por la Semana Santa, concluye: «Me parece que la diferencia primordial está entre el racionalismo occidental y el misticismo oriental. Una cosa es nacer (todo el mundo nace); pero resucitar es enteramente otra cosa: es un milagro».

Esa es la clave del libro de Shestov: la preferencia rusa por lo extraordinario. La clave de Atenas y Jerusalén radica en Moscú. Este libro es el despliegue filosófico del alma rusa. Puede observarse en un dato curioso. Gusta Shestov de citar profusamente a los autores en su lengua original. Durante todo el libro abundan los fragmentos en griego, el latín y en alemán. Pero cuando se acerca a su conclusión, aparece el ruso, con la fuerza de un desvelamiento. También se acude a Dostoievski más y más.

Con el alma rusa aparece el espíritu narrativo y el genio poético, que son las alas literarias de Atenas y Jeresalén. Con qué belleza da la vuelta a la imagen de Spinoza, según la cual, las piedras sometidas a la ley de la gravedad, si tuviesen conciencia, creerían que caen libremente. Shestov se revuelve afirmando que los hombres que no creen en su libertad no son más que, en efecto, esas piedras con conciencia.

En esta dimensión estética el libro alcanza sus mayores logros. Como sistema, no podría funcionar un libro obsesivamente antisistemático. En cambio, como llamada de atención hacia la existencia de otros modos de acercarse a la realidad, deviene impagable. «La objetividad no es en absoluto el camino indiscutible hacia la verdad», y, aunque Shestov no nos convence de que no sea un camino, sí nos abre caminos distintos.

Baggini: «Como el alcohol, la razón, cuando es demasiado pura, se vuelve indigestible y potencialmente tóxica”

Julian Baggini en su libro Breve historia de la verdad (Ático de los libros, 2018) nos ayuda a ver la importancia de estos otros caminos de acceso y la utilidad casi sanitaria que puede tener el rechazo del racionalismo de Shestov. Explica Baggini: «Como el alcohol, la razón, cuando es demasiado pura, se vuelve indigestible y potencialmente tóxica. La razón funciona mejor en una mezcla que incluye no sólo lógica, sino experiencia, evidencia, juicio, sutileza, sensibilidad y ambigüedad. La razón en su sentido más amplio y práctico es la capacidad de extraer conclusión sobre la base de argumentos sensatos. Sacamos conclusiones de muchas maneras y el método lógico-deductivo amado por los racionalistas no es ni siquiera la principal».

Con menos mesura, Shestov defiende esos otros senderos que llevan a la verdad. Nominalmente, el ruso defiende la fe como acceso a la verdad, pero, en realidad, defiende esos caminos enumerados por Baggini sin admitir la mezcla de la razón. El lector español no deja de lamentar que una mente tan poderosa como la de Shestov no viviese para conocer la propuesta irónica de Eugenio d’Ors. Según el filósofo catalán, los principios de contradicción y de razón suficiente podían articularse con los de participación y función exigida, sin necesitad de apostarlo todo a una sola carta.

Matizaciones aparte, el extremismo de Lev Shestov resulta muy atractivo, incluso para los que creemos más razonable dar su margen a la razón. Su defensa del individualismo y de la vida interior que le lleva a rechazar, con Dostoevski, el «todos nosotros» adquiere unos evidentes y emocionantes perfiles quijotescos. En tiempos como estos, tan amarrados a la razón científica, una rebelión tan total, puede ayudarnos a abrir el campo de visión y a aceptar que el humanismo porta una verdad existencial que también nos hace mucha falta.


Compartir:

Enrique García-Máiquez (Murcia, 1969). Estudió Derecho en la Universidad Navarra y lo enseña en un instituto de secundaria de Puerto Real. Ha publicado cuatro libros de poesía, el último es “Con el tiempo” (2010), tres dietarios (el más reciente, “Un largo etcétera”, 2017), dos colecciones de sus columnas periodísticas (la última, “Un paso atrás”, 2012), un libro de aforismos, “Palomas y serpientes” (2016) y un brevísimo cuadernillo de haikus, “Alguien distinto” (2005). Tiene en prensa “El burro flautista”, nueva colección de columnas periodísticas. Ha traducido a Mario Quintana, a G. K. Chesterton, en prosa y en verso, y el “Tomás Moro”, de William Shakespeare, nada menos, y de otros. Codirigió la revista literaria “Nadie parecía” y escribe crítica de poesía en diversas revistas especializadas. Mantiene el blog “Rayos y truenos”.