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Nacido en Aguilar de la Frontera (Córdoba) en 1929, Vicente Núñez formó parte del grupo cordobés de la revista Cántico y del grupo malagueño de la revista Caracola, dirigida por Bernabé Fernández Canivell. Por Ocaso en Poley (Sevilla, Renacimiento, 1982; 2a ed., 1983) obtuvo el Premio de la Crítica. A ese maravilloso libro pertenece el poema «La limosna», que tantas veces habremos recitado mis amigos y yo en las madrugadas memorables, cuando el mundo nos sonreía y la luna coronaba de plata las copas de los árboles frutales en el jardín de nuestra juventud.


He coincidido con Vicente Núñez en tres o cuatro ocasiones. Es un tipo entrañable, divertido y profundo, lo que tiene auténtico mérito, pues hay poquísimas personas a las que puedan aplicarse esos tres adjetivos a la vez. La poesía de Vicente le gusta mucho a mis amigos andaluces, entre otros a Félix Piñero, Abelardo Linares, Juan Lamillar, Luis García Montero y Felipe Benítez Reyes, a quienes mando desde aquí el sonido y la furia de mi complicidad.


LA LIMOSNA


Una noche de invierno, de tantas en la vida, sintiéndome el más pobre de los pobres del mundo, me arrojé por las calles en busca de sustento mientras la lluvia hería mi rostro como un látigo. Como pude, arrastrándome por aquel torbellino de vértigo y de frío, logré alcanzar su casa. Llamé con la ternura que precede a la muerte; besé, con el helor que en mis labios traía, aquellos aldabones que yo soñé imposibles. Salieron a la puerta sus hijos, como rosas en el trono encendido del hogar que vibraba. Yo no sé qué limosna pedí, ni con qué harapos quise ocultar mi fiebre, mi amor y mi miseria. Del fondo de la casa, del fondo de la vida, sentí su voz decirme, mientras agonizaba mi corazón: «Perdone. Por Dios, perdone, hermano».


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