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En 1516 se publica en Lovaina el Libro del estado ideal de una república en la nueva isla de Utopía, de Tomás Moro; habrá que esperar a 1551 para que la primera traducción inglesa, la de Ralph Robinson, vea la luz.

La obra tiene forma de diálogo y se divide en dos partes. En la primera, Peter Gilles, amigo de Moro, le presenta a Rafael Hithlodeo, pensador, viajero y alguna vez acompañante de Vespucio: la sugerencia de nuevos horizontes tras el descubrimiento del Nuevo Mundo es evidente. Cuando Moro y Gilles le sugieren entrar al servicio de algún rey, Hithlodeo se detiene en una crítica de los reyes y consejeros, la cual da pie a que en la segunda parte describa la isla de Utopos, visitada en uno de sus viajes, y la sociedad armónica que en ella prospera.

El modelo de Moro es clásico: La República de Platón. Y es que las utopías, tercas en su deseo de hacerse presentes una y otra vez, aparecen con persistencia a lo largo de la historia de nuestra cultura. Quizás sea porque objetivan, en un espacio relativamente aislado, el deseo de armonía y de justicia de las que carecen los días. No es gratuito que esta que nos ocupa, la más famosa de ellas y de la que reciben su nombre, viera la luz en los albores de una época tan inclinada al equilibrio: el Renacimiento; ni que la forma adoptada por Moro —el diálogo— fuera la del encuentro.

El nombre no debe llevar a engaño: es cierto que «utopía» es el «no lugar», si acudimos al prefijo griego «ou» (negación); pero también «el lugar bueno o deseable», si reconocemos en el vocablo el prefijo «eu» (lo bueno, lo deseable). Refleja, por así decirlo, la tensión interna de un hombre que, como Moro, lo es de su tiempo. Hombre de leyes y de Estado, humanista, entregado a la construcción de una sociedad justa, da forma mediante las palabras de Hithloday al reino de Utopos tan solo cuando ha expuesto con crudeza los males que asolan Inglaterra y, de manera especial, la ambición y el deseo de poder, y la falta de paz y de justicia. De esta manera, la isla descrita no aparece en la obra como término de una mera fuga, sino como respuesta a los males de la sociedad europea del momento; esto es, como concreción alcanzable de las aspiraciones morales y políticas.

La mirada de Moro a su tiempo sorprende por su capacidad de abarcar y su agudeza. El hecho de apuntar a las razones morales hace que su crítica del momento sea tan actual. Tanto, que aún hoy en día abundan dispersas en la red de palabras de Utopía, tales como: «Cuando miro esas repúblicas que hoy día florecen por todas partes, no veo en ellas — ¡Dios me perdone!— sino la conjura de los ricos para procurarse sus propias comodidades en nombre de la república. Imaginan e inventan toda suerte de artificios para conservar, sin miedo a perderlas, todas las cosas de que se han apropiado con malas artes, y también para abusar de los pobres pagándoles por su trabajo tan poco dinero como pueden. Y cuando los ricos han decretado que tales invenciones se lleven a efecto en beneficio de la comunidad, es decir, también de los pobres, enseguida se convierten en leyes».

La tensión entre el pesimismo de estas palabras y la esperanza de plenitud configura las páginas de esta obra. El mismo Moro no pudo sustraerse de los acontecimientos de su época y, fiel a su conciencia, se encontró a sí mismo camino del patíbulo, como preludio de la sangre que empezaría a verterse por Europa. Y si bien en algún momento confiesa que «muchas cosas se encuentran en la república de Utopía que desearía para nuestros Estados, pero tengo pocas esperanzas de verlas realizadas», lo cierto es que la propuesta es de por sí una puerta abierta a la esperanza. Como decía Quevedo a propósito de la lectura de Utopía, «escribió poco, y dixo mucho: si los que gobiernan le obedecen, y los que obedecen se gobiernan por él, ni a aquellos será carga ni a estos cuidado».


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