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Miguel de Unamuno y Jugo nació en Bilbao el 29 de septiembre de 1864. Su obra es ingente y cubre todos los principales géneros literarios. Ensayos, poesía, teatro y novelas, cortas y extensas, a las que hay que añadir unas tres mil cartas, que sirven para conocer mejor las actitudes del autor y la circunstancia de sus escritos. Para estudiar hoy una obra tan extensa, la primera obligación del estudioso es buscar un criterio de clasificación lo más objetivo posible. A mi parecer, los textos de Unamuno se pueden ordenar en torno a los siguientes temas: a) Identidad de lo castellano, lo vasco y lo español (1884-1897); b) Razón y fe: «sentimiento trágico de la vida» (1897-1912); c) Contradicciones de la personalidad: novelas (1913-1927); d) Síntesis de todo el legado: San Manuel Bueno, mártir (1930).

Unamuno se instaló en Salamanca en 1891, al ganar la cátedra de griego en la universidad. Como vasco enraizado en Castilla, se pregunta por el «alma vasca» y el «alma castellana». Propone una idea integral de España y rechaza el separatismo defendido por algunos paisanos, e incluso por amigos. A Sabino Arana, fundador del PNV y amigo durante algún tiempo, lo considera literalmente un «retrasado mental». Entre 1893 y 1897 se proclama socialista. Las obras más extensas de este periodo son En torno al casticismo (1895) y Paz en la guerra (1897). En ellas despliega un popularismo que se condensa en el término «intrahistoria»: la vida del pueblo como símbolo de la auténtica identidad nacional

En 1897 sufre una crisis de fe que le hace cambiar de actitud y de tema. El tema nuevo es la lucha entre la razón y la fe. Unamuno, educado en una familia católica, se distanció de la fe durante sus estudios en Madrid, «por el afán de racionalizarla». En 1897, una mañana de marzo, se encuentra desolado preguntándose si no habrá sido infiel a la llamada de Dios. Al verle llorar, su mujer le preguntó: «¿Qué te pasa, hijo mío?». Desde entonces en todas las novelas de Unamuno hay una escena en que una madre le hace a su hijo esa pregunta.

Por un momento se sintió convertido al catolicismo y comenzó a escribir un Diario íntimo (1887-1889, con algún añadido hasta 1902), en el cual va dando cuenta de su nueva actitud. En las primeras entradas es ortodoxo, pero se va desviando progresivamente; sobre todo declara no poder con la confesión sacramental. El primer libro que publica después de la crisis se titula Tres ensayos: Adentro, La ideocracia, La fe (1900). Si en la primera etapa se centraba en lo colectivo, en la segunda se vuelve al interior de la persona, como indica el título del ensayo primero. «La ideocracia» critica a los socialistas, que rechazan el cristianismo como incompatible con el socialismo. Unamuno formula aquí su crítica a los que se hacen esclavos de las ideas en vez de ser sus dueños. «La fe» describe la nueva actitud del pensador, pero acentuando la dimensión voluntarista y sensible de la creencia frente a la concepción católica tradicional, que situaba la fe en el entendimiento, aunque conformado por la caridad (voluntad).

Un escrito fundamental de esta etapa es la Vida de don Quijote y Sancho (1905). En su primera época el pensador pedía a los españoles no imitar al caballero loco sino al hidalgo Alonso Quijano, llamado «el bueno» por sus vecinos. Llegó a escribir un ensayo con el título «Muera don Quijote». Ahora don Quijote es el «caballero de la fe», empeñado sin reservas en hacer el bien, como los místicos estaban absolutamente comprometidos con la práctica de las virtudes y el apostolado. Por eso pone de relieve las semejanzas del personaje cervantino con san Ignacio de Lo-yola y santa Teresa. El libro, como testimonio del conflicto entre la razón y la fe, es un documento importante en la ordenación sistemática de los escritos de Unamuno, pero su «hermenéutica» subjetivista lo hace inaceptable como lectura del Quijote.

En 1907 publica Poesías, su primer libro poético. Se opone al formalismo y decadentismo predominante en aquellas fechas, y aunque no se centra en el tema de la fe, lo toca en varios poemas. El «salmo» tercero de ese libro termina con las palabras que todavía se leen como epitafio en su sepultura: «Méteme, Padre eterno, en tu pecho, / misterioso hogar /. Dormiré allí, pues vengo deshecho / del duro bregar». Unamuno es, a mi parecer, uno de los grandes poetas del siglo xx. Tengo El Cristo de Velázquez (1921) por un poema excepcional, texto que, desde luego, no entra en la ortodoxia católica como algunos dijeron en otro tiempo con más afán de asimilación que comprensión de la obra. Aquí la pintura de Velázquez «crea» la fe religiosa de sus contempladores, y el poeta la «revela» a sus lectores.

La etapa que hemos llamado segunda, culmina en los ensayos titulados Del sentimiento trágico de la vida en los hombres y en los pueblos, publicados como artículos en 1912 y como libro al año siguiente. Sentimiento en Unamuno es la postura total de la persona, anterior a la división en potencias. El sentimiento es el núcleo de la conciencia, el compromiso y afección, no la afección sensible distinta del entendimiento y la voluntad. En este libro llama al judaísmo «religión de la piedra». En la piedra simboliza Unamuno la rigidez de la Ley, el patriarcalismo y el carácter particularista de la cultura judaica. Frente a la religión del patriarca, el cristianismo es la religión de la hermandad de todos los humanos. Por eso san Manuel Bueno es «varón matriarcal», funde su paternidad con la sensibilidad de la madre. El protestantismo es la «religión del libro». Ahora bien, «la letra mata y el espíritu vivifica»; por eso Unamuno encuentra más aceptable la confesión católica que completa la letra (la Biblia) con la tradición hablada, el espíritu vivo, origen de la misma Biblia. Sin embargo, al llegar a este punto deconstruye el edificio en un capítulo (el V) claro en su título: «La disolución racional»: la razón no se compaginaría con la fe. En el capítulo siguiente (VI) culmina la presentación del «sentimiento trágico»: «En el fondo del abismo». Los humanos flotamos en el vacío, y la fe nos hace anhelar la existencia de Dios como fuente de sentido, pero la fe es un salto irracional. A partir del capítulo VII, Unamuno edifica desde el abismo una ética que es la moral católica de su niñez y de su circunstancia.

El capítulo último del libro responde a la segunda parte del título: el sentimiento trágico «en los pueblos», en este caso, España. El título no puede ser más elocuente: «Don Quijote en la tragicomedia europea moderna». La Europa moderna se define por tres erres: Renacimiento, Reforma, Revolución. A España se la considera atrasada porque no ha participado de lleno en ninguno de esos movimientos. Don Quijote sigue siendo el caballero de la fe, y quizá todavía se reconozca en el futuro su aportación cultural. Este ensayo es una respuesta a la consigna europeizadora que en aquel momento encarnaba Ortega y Gasset. Unamuno, que en 1895 había escrito: «Tenemos que europeizarnos y chapuzarnos en pueblo», defiende el humanismo español (San Juan de la Cruz por encima de Descartes), cuando Ortega toma la consigna de la europeización y sostiene: «Europa igual ciencia; todo lo demás lo tiene de común con el resto del planeta» (1908). El «sentimiento trágico de la vida» es vivir en el deseo de que Dios exista y garantice nuestra inmortalidad, y a la vez aceptar como destino último la experiencia de la total disolución después de la muerte.

Después de El sentimiento trágico Unamuno relega a segundo plano el tema religioso (El Cristo de Velázquez y La agonía del cristianismo, 1924, no contradicen mi tesis) y se concentra en las íntimas contradicciones de la persona humana. En 1914 publica su novela Niebla. En ella un protagonista llamado Augusto Pérez, o sea, un individuo-emperador (Augusto), que condensa en la estructura de su vida la de todos los humanos (Pérez), pasa por distintos estadios de conciencia y niebla; y cuando llega a la verdad de su existencia, solo encuentra su condición de mortal. Entre 1914 y 1927, Unamuno publica sus novelas (Paz en la guerra, de 1897, y Amor y pedagogía, de 1902, no tienen continuidad) y sus obras de teatro. Los temas abordados son algunas de las íntimas contradicciones humanas. Por ejemplo, La tía Tula (1921) dramatiza la madre-virgen a través de una tía soltera que convierte en hija a su sobrina por la influencia espiritual. En esta novela culmina la tesis de que el espíritu es superior a la carne, y «criar» a una persona es más que haberla engendrado. En San Manuel Bueno, mártir, Ángela llama a don Manuel «mi verdadero padre, el padre de mi espíritu. Al otro, a mi padre carnal, apenas si lo conocí».

Unamuno, desterrado a Fuerteventura en febrero de 1924 por sus críticas a la dictadura de Primo de Rivera, marchó a París en julio de ese año, y desde finales de agosto de 1925 vivió en Hendaya, al lado de la frontera española. Allí sigue escribiendo contra la dictadura y contra el rey de España; pero además se pregunta si su compromiso sincero no es a la vez un papel de actor. Esa pregunta se dramatiza en Cómo se hace una novela, publicada en francés en 1927. Unamuno llama al protagonista Jugo de la Raza, un juego de palabras ya que Jugo es un caserío vasco y una abuela suya se llamaba «Larraza»; pero con ese juego proclamaba su papel de médula de la identidad española. Al margen de su discutible calidad artística, esa obra plantea el problema fundamental de la vida humana: sin conciencia refleja no soy persona desarrollada, y al mismo tiempo la conciencia me pone en peligro constante de falsificación. ¿Soy un héroe aceptando el destierro o represento un papel de teatro ante mí y ante los otros? Cuando don Quijote dice: «Yo sé quién soy» o «yo valgo por ciento» encarna la paranoia que nos acecha a todos.

A partir de la obra citada, Unamuno intensifica su actividad política, pero todavía publica su obra literaria maestra: San Manuel Bueno, mártir (1933). Esta novela, corta pero muy densa, concentra la etapa de Unamuno que podemos llamar del recuerdo, o sea, el revivir, o «repetir», en expresión de Kierkegaard, toda su vida, que no pasa sino queda. La estructura de San Manuel es la de tres esferas concéntricas; la más interior es la vida del párroco don Manuel con su pueblo de personas queridas, en el pueblo físico de Valverde de Lucerna, junto al lago de Sanabria. Allí vive el santo su martirio de cura que no cree en la vida del mundo futuro, pero lo disimula ante sus feligreses para que ellos sean felices. La esfera segunda es el punto en que Ángela, la evangelista, cuenta su historia, cuando ya ha entrado en años y el cierzo helado ha cubierto de nieve su cabeza. La esfera más externa es la entrada del autor condenando como «diablos» o fiscales acusadores a los que le han reprochado a él, Unamuno, el no haber callado su congoja, como lo hizo su santo personaje. En don Manuel, nombre de Cristo, se propone Unamuno dramatizar la agonía de Jesús en el huerto, cuando suda sangre ante el abandono del Padre. Por lo demás, la novela es una síntesis de lo que se puede llamar el «sistema» de Unamuno, o sea, la serie de tesis fundamentales de su trayectoria intelectual.

Pero ¿puede hablarse de «sistema» riguroso y ordenado en un autor que incluso en algunas ocasiones alardeó de lo contrario? Yo creo que es un pensador muy riguroso, y él mismo afirma en general su empeño en buscar la verdad y escribir un castellano preciso y transparente. Su intención es «decir cosas», lema que atribuye a san Manuel Bueno: «¡Qué cosas nos decía! Porque eran cosas lo que decía, no palabras». El castellano transparente es el que revela realidad, y Unamuno es un maestro en esa idea de la lengua.

Prefiero aplicarle el calificativo de pensador más que el de filósofo. El pensador se abre directamente a la realidad y la presenta de manera refleja para sí mismo y para sus lectores. El filósofo, en cambio, comienza cultivando unas disciplinas heredadas desde hace siglos. En esas disciplinas se han tratado temas científicos y humanísticos que, desde luego, iluminan la realidad; pero el filósofo comienza mirando directamente a los temas tratados en las disciplinas filosóficas, no a otros igualmente reales ajenos a esas disciplinas. El ensayo fue el género que prestó atención a esos temas «no tratados en las facultades» (Feijoo). Naturalmente, la filosofía ha sido la mejor base para el pensamiento. Heidegger, por ejemplo, dio origen al humanismo existencialista desde un libro estrictamente filosófico como Ser y tiempo (1927). Unamuno, en cambio, no escribió nada parecido. Como hemos visto, reaccionó en distintos géneros literarios a los temas que preocupaban a su sociedad o le preocuparon a él personalmente. Su evolución fue cumulativa. Si en una de sus etapas toca el tema de otra, repetirá las ideas de aquella época, con alguna excepción. La más llamativa es el rechazo de la intrahistoria. Intrahistoria era la vida diaria del pueblo castellano, opuesta a la «bulla» de los personajes públicos que conforman la «historia». Ya he citado el lema «tenemos que europeizarnos y chapuzarnos en pueblo». Pues bien, en el ensayo «La civilización es civismo» (1905) Unamuno presenta al pueblo como masa zafia y mezquina, y afirma que los crímenes más sórdidos se cometen en los pueblos. A partir de ese momento, la civilización está en la ciudad, en la conciencia refleja, que es cultura y libertad. La intrahistoria se identifica ahora con la naturaleza bruta (la pastora de San Manuel, que «forma parte de la naturaleza y no de la historia»), y el propósito de la educación es sobrenaturalizar a la persona.

Como catedrático y como rector de la Universidad de Salamanca de 1901 a 1914, expuso sus ideas sobre la educación. Repite que él enseña lengua, no gramática, y le parece que un término como «pluscuamperfecto», corrompe al estudiante. La educación forma a los ciudadanos y es una obligación del Estado; por eso se opone a la enseñanza privada, que en su tiempo estaba casi totalmente en colegios religiosos. Pero su ataque no se limitó a la enseñanza de la Iglesia; cuando se fundó el Centro de Estudios Históricos en 1910 y le invitaron a formar parte de la institución, él lo rechazó con una actitud legalista. A su discípulo Federico de Onís le escribe que esos centros no son más que pretextos para dejar sus cátedras de provincias —Onís era catedrático de Oviedo— y buscarse colocación en Madrid. El compromiso con su cátedra de Salamanca es claro: a sus corresponsales hispanoamericanos les había manifestado con frecuencia el deseo de visitar sus países. Pues bien, cuando le destituyeron del rectorado de la universidad, renunció al proyecto, porque no quiso pedir nunca licencia para ausentarse de su cátedra.

Para Unamuno, su actividad como profesor y escritor era acción política, porque trataba de educar a sus conciudadanos y elevar su capacidad de convivencia. Pero además de esa actividad, participó en campañas electorales alardeando siempre de un liberalismo de «sentido propio» frente al «sentido común». En general, se opuso con sus paradojas a las consignas tópicas, e insistió en afirmarse «todo» y no ser hombre de «partido». De hecho, para él algunos partidos eran más bien «partidas» de mentes obtusas e irresponsables. Condenó de manera particular el fascismo, que él llamaba «fajismo», porque «fascio» en italiano es «fajo». Desde muy pronto en su carrera se declaró republicano, pero fue muy crítico con la Segunda República. De Azaña decía que era radical porque no había conseguido la fama apetecida como escritor. La sensación de que España no podía seguir tolerando el radicalismo del Frente Popular le movió a saludar el levantamiento militar del 18 de julio. Pero cuando pretendió de nuevo afirmar su libertad frente a los primeros crímenes de los franquistas en Salamanca, se le obligó a callar, y vigilado por un policía, calló para siempre el 31 de diciembre de 1936.

¿Por qué conmemorar hoy el 150 aniversario del nacimiento de Unamuno? Por una obra ingente que conserva su capacidad de inspiración en nuestro tiempo. Unamuno analizó cuatro temas cardinales del pensamiento español del siglo XX: España, la religión, la personalidad y la creatividad. He mencionado los tres primeros. En cuanto a la creatividad fue un vanguardista, experimentador en géneros literarios, aunque anclado siempre en el arte humano. Con todo, hay que entenderlo: siempre «muy suyo» y muy de su tiempo. Aludiendo desde el exilio a los jóvenes de la generación del 27, escribió: «Por favor, no me compares; ¿poetas esos narcisos / que hacen juegos malabares? / Poetas no, poetisos».

En fin, Unamuno fue también un gigante que testimonió una de las cuatro fórmulas que el siglo XX occidental acertó a proponer sobre el sentido de la vida: el «sentimiento cómico» (Kierkegaard), o sea, desentendernos de la que Unamuno llamó la cuestión humana, el querer saber qué ha de ser de ti y de mí después de que cada uno de nosotros se muera; el «sentimiento nihilista», formulado por J. P. Sartre como convencido ateísmo y, por tanto, negación de la inmortalidad de la persona; el «sentimiento místico» de la vida; según santa Teresa, fe honda que le hace a la persona vivir en la presencia de Dios, su padre y destino último. Como resultado, «el alma es como un castillo, todo de un diamante y muy claro cristal» (Moradas, 1, 1), o «el alma no es una cosa oscura» (Moradas, 7, 1). Y entre la negación y la afirmación de Dios, el «sentimiento trágico» de Unamuno: la duda y el duelo, como batalla interior y como llanto. Su testimonio resuena con fuerza de aldabonazo, dentro de la opción poscristiana, en los albores del siglo XXI: quizá yo no pueda creer, pero solo la fe en Dios puede dar sentido a la vida.


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