Compartir:

Emprendemos una búsqueda del sentido de una de las obras menos leídas, menos admiradas y menos representadas de William Shakespeare, Timón de Atenas, y que fue, no obstante, la preferida del últimamente tan conmemorado Karl Marx.

Quitando a Marx, los críticos suelen coincidir en que estamos ante una obra mediocre, además de inacabada y escrita en colaboración. Como sostengo siempre, Shakespeare está muy infravalorado. En Timón de Atenas habría que reconocerle, como poco, un supremo toque de genio: haber escrito una obra mediocre justo porque uno de sus temas es la defensa de la aurea mediocritas y del justo medio. Algo parecido, pero con espléndida prosa, debió de pensar el príncipe de Lampedusa cuando consideraba que estábamos ante un Shakespeare deprimido, sí, cuya obra “parece uno de esos guisotes de caza que los cocineros apañan con las partes menos selectas de los faisanes, de las libres o de los jabalíes. Si el cocinero conoce su oficio te chupas los dedos. Y en este caso el jabalí es Macbeth y el faisán, El rey Lear. Y el cocinero es Shakespeare. La presentación de ese guisote no es muy buena, de acuerdo, y se sirve en la mesa en tajados y bocados poco agradables a la vista. Pero si uno se arriesga a probarlos, encuentra en ellos el aroma de la bestia salvaje y el perfume de los bosques”.

A diferencia de otras obras de Shakespeare, quizá ésta necesite que recordemos su argumento. El fastuoso Timón vive en Atenas prodigando regalos, festines, limosnas y favores. Le acompaña, lógicamente, una corte de adulones y una aureola de lisonjas. Hasta que los prestamistas, amoscados por su nivel de gasto, deciden reclamar sus deudas a una, y lo arruinan. Pide socorro a sus favorecidos y se excusan. Timón cae en un furioso desencanto y, tras ponerlos espléndidamente vestidos de limpio, se retira, en principio misántropo, a las soledades del campo. Con tanta suerte o, mejor dicho, con tanta ironía que da, en la cueva donde se esconde, con un fabuloso tesoro. No muda, sin embargo, de amargura. Se desembaraza de su misantropía y se dispone a aprovechar toda esa riqueza para financiar la destrucción de la sociedad que le desencantó.

Se podría discutir, como propone Harold Bloom, si el Timón primigenio era un benéfico idealista, un caballero misericordioso, un heroico amante de sus convecinos y al que sólo el desengaño convirtió en un monstruo, pero aquí Shakespeare, contra lo que acostumbra, no deja margen a la interpretación. Apemanto, el único filósofo profesional que aparece en la obra completa del Bardo, zanja la cuestión al diagnosticar a Timón: “Nunca has conocido el punto medio de la humanidad”. Con tan aristotélica clave interpretativa, asistimos a toda una cascada de críticas al continuo derramar regalos alrededor, tan vicio como la avaricia: “Nunca hubo nadie tan insensato en su bondad”; “Si desde antes hubieras odiado a los entrometidos, ahora te amarías mejor a ti mismo”; “¿Has conocido a algún pródigo amado?” y “Quien gusta de ser adulado se merece a los aduladores”. La prodigalidad era incluso peor que la avaricia porque tenía un fin espurio: ganarse (comprar) el amor y la admiración de todos.

Si Shakespeare sitúa la moraleja tan en la superficie es que, en el fondo, quiere decirnos mucho más. ¿Teatralizó a un personaje menor de Vidas paralelas de Plutarco porque, en un perfil así de extremoso y en un bandazo vital tan absoluto, se percibe la sombra de Enrique VIII, que pasó de la noche a la mañana de Defensor Fidei , campeón del Papado, a protagonizar un cisma sin contemplaciones? Con independencia de esos ecos o no, dejemos que nos guíe nuestra sensibilidad. Una primera luz es la que deslumbró a Karl Marx, esto es, el papel central que parece tener el dinero en la obra. Se entiende que la oda al dinero que Timón recita “mirando al oro” impresionase al primer marxista:

¡Oh, tú, dulce regicida
y precioso divorcio entre el hijo natural y el padre,
brillante corruptor del más puro lecho de Himeneo,
valiente Marte, galante siempre joven,
fresco, amado y delicado, cuyo resplandor
derrite la nieve sagrada en el regazo de Diana!
¡Tú, dios visible, que sueldas estrechamente
los contrarios y haces que se besen;
que hablas en todas las lenguas y con cualquier objeto!
¡Oh, piedra de toque de los corazones,
piensa que tus esclavos, los hombres, se rebelan,
y haz con tu poder que se enfrenten y se inmolen,
para que en el mundo imperen las bestias!

Una lectura más atenta caerá en la cuenta de que el dinero no tiene un papel principal ni por asomo. Es siempre sólo un medio. Primero, para comprar la pertenencia y la preeminencia social; después, para destruir esa sociedad que se dejaba comprar, pero que, en cuanto deja de ser comprada, vuelve la espalda en busca de un mejor postor.

Las subsiguientes ansias corruptoras de Timón espantan. Qué potencia (también estética) la de sus insultos y, sobre todo, la del discurso de la destrucción. Nos resultaría inverosímil si no supiésemos de la existencia de multimillonarios multinacionales muy empeñados en intervenir de modo parecido en nuestro tiempo en nuestras sociedades. Eso le da un sesgo político y contemporáneo (de rabiosa actualidad) a la tragedia shakespeariana. La diferencia –por la que Shakespeare deviene impagable— es que Timón lo proclama abiertamente:

¡Matronas, volveos lascivas!
¡Abandonad a los hijos, obediencia!
¡Esclavos, tontos, arrancad al grave y rugoso
Senado de su escaño, y gobernad en su lugar!
¡Oh, verde virginidad,
convertíos en este instante en la peor inmundicia!
¡Y que sea ante la mirada de los padres!
¡Hombres en bancarrota, no cedáis, y en vez de devolver,
sacad vuestros cuchillos y cortadle el cuello
a los acreedores! ¡Robad, siervos!
Insumisos bandidos son vuestros venerables amos,
que roban apelando a las leyes.
¡Criada, a la cama de vuestro amo,
que vuestra ama está en el burdel!
¡Adolescente, quítale a tu padre
viejo y renqueante su muleta almohadillada,
y rómpele con ella la cabeza!
¡Que la piedad, el temor, la religión de los dioses,
la paz, la justicia, la verdad, el respeto familiar,
el reposo nocturno y la buena vecindad,
la instrucción, los modales, los oficios, las ocupaciones,
las jerarquías, las tradiciones,
las costumbres y las leyes
degeneren en sus confusos contrarios,
y que después la confusión siga reinando!

Contra mi querencia casi invencible a aceptar, admirar y propagar los análisis girardianos, aquí la crisis no es mimética ni de degree como René Girard propone en Shakespeare, los fuegos de la envidia (1990). Es una crisis voluntariosa, planificada y generosamente financiada.

Shakespeare deja muy abierta la discusión de los motivos por los que Timón de Atenas se revuelve con ansias tan asoladoras. ¿El desengaño, el remordimiento? Sí, claro, aunque la explicación completa sólo podría ser la marxista. Pero no la del más célebre admirador de Timón de Atenas, sino la de Groucho. Timón nunca pertenecería a un club que le admitiese como socio. Al haber comprado la admiración general, él ha adquirido de propina el desprecio de esa sociedad que se había rendido a sus pies. “La docta calva se inclina ante el imbécil dorado”, se dice, situándole en el papel de imbécil dorado y dejando por las doctas calvas rodando por los suelos. Cambian luego las tornas, pero Timón no escapa al círculo vicioso que detectó Nietzsche: “Quien a sí mismo se desprecia continúa apreciándose, sin embargo, a sí mismo, como despreciador”.

Sí hay un hombre honrado (“sólo uno”, recalca Timón), pero con tan mala suerte que es su mayordomo, Flavio. Queda apuntado un hondo problema ético: la honradez de los que sirven virtuosamente a los corruptos o corruptores. Ese dilema queda, por desgracia, sólo levemente sugerido. Al haber sido su siervo, Flavio no tiene el peso suficiente como vencer el odio de Timón a la humanidad o éste, vanidoso y esnob, no tiene la suficiente conciencia o categoría para admirar a un inferior. El noble mayordomo pudo prestarle el mejor servicio, pero Timón lo declina. Muere reconociendo que “en vida odió a los hombres”. Obsérvese: los odió siempre, tanto cuando les daba para ganarlos como cuando daba para perderlos. Timón de Atenas es el único personaje en toda la obra de Shakespeare que carece de todo vínculo familiar o lazo romántico. El elogio fúnebre de Alcibíades (“Ha muerto el noble Timón;/ su recuerdo crecerá con el tiempo”) no sabemos si es irónico o si es, me temo, la aceptación, precisamente, del club que decía Groucho Marx, en el que el victorioso general Alcibíades se apresta a inscribirse, como tantos, con todos los honores.


Compartir:

Enrique García-Máiquez (Murcia, 1969). Estudió Derecho en la Universidad Navarra y lo enseña en un instituto de secundaria de Puerto Real. Ha publicado cuatro libros de poesía, el último es “Con el tiempo” (2010), tres dietarios (el más reciente, “Un largo etcétera”, 2017), dos colecciones de sus columnas periodísticas (la última, “Un paso atrás”, 2012), un libro de aforismos, “Palomas y serpientes” (2016) y un brevísimo cuadernillo de haikus, “Alguien distinto” (2005). Tiene en prensa “El burro flautista”, nueva colección de columnas periodísticas. Ha traducido a Mario Quintana, a G. K. Chesterton, en prosa y en verso, y el “Tomás Moro”, de William Shakespeare, nada menos, y de otros. Codirigió la revista literaria “Nadie parecía” y escribe crítica de poesía en diversas revistas especializadas. Mantiene el blog “Rayos y truenos”.