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Lo escribió y lo dejó inconcluso en enero de 1950, once meses y pico antes de que yo llegase a este mundo. Moriría dos años más tarde, harto de todo, exhausto, aunque todavía era joven, pues acababa de inaugurar la cincuentena. Su primera novia se llamaba Amparo Robles, una mujer importantísima en mi vida. Cuando murió, ya octogenaria, todavía tenía el amor juvenil de Enrique socavándole el alma. Fue Amparo quien me inyectó en vena a Jardiel, quien me enseñó a jugar hasta el agotamiento con el ingenio inagotable de su literatura, quien lo encerró con llave en el sagrario de mi corazón.

Por Amparo y para Amparo he copiado «Enero de 1950», un poema tristísimo que puede encontrarse en las Obras completas de su antiguo novio (manejo la 7ª edición: Barcelona, AHR, 1973, tomo VI, páginas 912-913) y que nos da una idea del grado de soledad, desarraigo y desamparo a que llegó un enfermo y melancólico Enrique Jardiel Poncela en los últimos años de su existencia. Al recuerdo de Amparo van dedicados estos dolientes versos de Enrique, con el deseo de que éste los oiga desde el cielo y piense: «¡Qué gusto haber pasado a mejor vida!».

Enero de 1950

¡He aquí el año 50! Entro en su mes de enero
sin juventud ni ensueños, sin salud ni dinero,
pues es éste el sexto año en que sufro el asedio
de un mal del que los médicos no saben ni una jota,
salvo lo que yo sé: que mi vida se agota…

Así, para ganar lo poco que comemos,
paso noches enteras envuelto en un abrigo
que, aunque está, por lo viejo, en los mismos extremos,
es, de todas mis ropas, la menos de mendigo,
la menos imposible, aunque tan reluciente
como la pobre mente que con igual estrella
lo ayuda en su faena, pues gracias a él y a ella
y a una pobre botella llena de agua caliente,
consigo ir escribiendo, dando diente con diente…
mientras que no se enfría, claro está, la botella.

En estas condiciones, y viendo alrededor
en mi despacho, donde lo que cuento sucede,
todo lo que fue nuevo y ahora está mustio, por
el uso y el abuso de lo que no se puede
restaurar; renovar o arreglar; y que cede
como el propio organismo al tiempo y al furor;
en estas condiciones, sintiéndome tan triste
como un perro olvidado por el Dios de los canes,
siendo el centro de toda la amargura que existe,
voy escribiendo -poco y yo sé con qué afanes-
lo que luego, al leerse, tiene que tener chiste
y lo que he de acabar; tenga o no tenga gana,
antes de que amanezca la siguiente mañana,
pues no acabar de hacerlo supone y significa
que no pueda cobrar su estipendio la chica
y que no pueda hacerse la compra cotidiana…

Mientras trabajo a solas estas noches de invierno,
sin esperanza ya de algo dulce o feliz
que alivie mis dolores…


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