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Los peligros del verano no se reducen a las medusas, las riadas o los encie­ rros de San Fermín. También los libros pueden causar daños irreparables. A menudo uno se ha sentido un perfecto imbécil a la vuelta de vacaciones por haber elegido mal a sus compañeros de viaje.

Ocurre y sucede -como dicen los nuevos cultos-  que, por las prisas o por malos consejeros, no terminamos de acertar. Recuerdo un verano en una playa de Valencia intentando hincarle el dien­ te a la novela de Buzzatti El desienode los tártaros. Cada vez que la abría, el sofoco del sol -¿dónde estaba la luna de Valencia a esas horas?­ se multiplicaba por dos en las páginas de Buzzatti, desérticas y buenísimas, pero inadecuadas al momento. Otra vez, convaleciente de una hepatitis en pleno agosto, no se me ocurrió otra cosa que elegir El pabellóndel cáncer de Solzhenitsyn: la hepatitis ya vencida se fue transformando en un preocupante conjunto de síntomas de un tumor recóndito y ruso para más señas, que me hizo dejar espantado la novela a las cien páginas. Hay libros que tienen mala suerte por el momento en que elegimos leerlos, y entre las épocas del año el verano es la más exigente, la más suscepti­ ble. De ahí la emoción.

La primera regla para decidir las lecturas de verano es precisamente ésta: "no te fíes de las  apariencias" (que vas a tener tiempo, que es el momento de leer cosas largas, que cualquier cosa de evasión  sirve, que un clásico se adapta bien al calor). Ten en cuenta las circunstancias físicas: la sed, la desgana, el Tour, los mosquitos. Conócete a ti mismo y pregúntate qué funcionó otras veces y qué no. No pruebes por probar: ve­ te a lo seguro.

La segunda regla deriva, en realidad, de la primera: "escoge páginas que te transporten a escenarios contrarios a los que te encuentras". Si estás haciendo un crucero, por ejemplo, no leas nada del Titanic, sino más bien de algo que no se mueva: bosques, montañas rocosas, viejecitos que andan despacio. Si estás en el campo, lee novela urbana. Y al revés: si te ha tocado quedarte en la ciudad, busca algo campestre, con vaguadas y lugareños y matorrales.

Pero no solo el escenario es importante, también el carácter y el estado de ánimo. Si eres de natural se­ rio y poco travieso, atrévete por ejemplo con las aventuras de Guillermo o con la huida de casa del protagonista de El guardián entre el centeno. Si eres perezoso, perezosa, espabílate con el frenesí infatigable de Zalacaín el aventurero. No leas El Jurado de Grisham si acabas de dejar de fumar, no se te ocurra coger algo de Gala si te sientes asquerosamente sentimental. Distánciate de ti mismo: profundiza si eres frívolo, diviértete si tiendes a lo sesudo aunque te parezca una pérdida de tiempo. La literatura debe enseñarnos a ser lo contrario a lo que somos: así nos enriquecemos. Si buscáramos siempre en la lectura una confirmación a nuestro modo de ver la vida, ésta se iría haciendo cada vez más estrecha, más insana.

Y así llegamos a la tercera y última regla, que escandalizará a más de uno y una. Atención: "el verano es el momento ideal para leer lo que desprecias". Dicho así parece una solemne tontería, pero la experiencia avala el consejo. Recuerdo un verano delicioso en el que me tragué cincuenta números atrasados -de años­ de Selecciones, la odiada revista más difundida del mundo. A escondidas, porque me daba vergüenza, disfruté como quizá nunca lo haya hecho después, con esos extractos de historias tontas, tan bonitas e improbables. O aquel julio en el que cayó en mis manos un manual de esperanto, esa lengua que tenía por el paradigma de la artificiosidad; sin querer, fui aprendiendo palabras y más palabras, hasta que al final de aquel mes en el campo hablaba con las vacas en perfecto esperanto, y al parecer me entendían.

"Del enemigo, el consejo",  dice el refranero con bastante mala leche. Y es verdad que en esto de las lecturas no siempre puedes fiarte de los amigos, que tienden a ser complacientes con tus defectos y se inclinan a no crearte problemas. Fíate más bien del que te quiere mal y te recomienda ese libro que te va a hacer un poco de daño porque te da en lo que más te duele. Así me recomendaron una vez -para fastidiarme- algo con lo que nunca me hubiera atrevido: El idiota de Dostoievsky. Creyeron que me insultaban y en realidad me estaban haciendo un favor: aprendí definitivamente que cuanto menos se lea en verano, mejor. Pero, claro, esta regla está mal decirla, y por eso no va entre comillas, para que no se crea el lector que soy eso, un idiota.


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