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trldr_img1.jpgHace apenas cien años, el 11 de junio de 1906, Jacques Maritain recibía en París el sacramento del bautismo en la iglesia de San Juan Evangelista. Culminaba así un itinerario espiritual que nacía en un entorno familiar impregnado de protestantismo liberal y laicismo —era nieto de Jules Favre— para desembocar a instancias de Péguy en el encuentro de la noción objetiva de verdad a través de las lecciones de Bergson en La Sorbona y subsiguientemente con la fe y existencia cristianas que encarnaba de singular manera la obra y persona de Bloy.


En 1925 verían a la luz en un único volumen los tres ensayos que dan pie al título de la obra que nos ocupa y que ahora en feliz coincidencia con el mentado centenario reedita Ediciones Encuentro rescatando la clásica y excelente traducción de Ángel Álvarez de Miranda. Su aparición causó un hondo impacto en los círculos intelectuales de ambos lados del Atlántico —no sólo católicos— que habían asistido al hundimiento de varios de los pilares fundamentales de la Modernidad en la escombrera dea Gran Guerra y que a su vez presentían los fúnebres rumores que no lograba acallar la algarabía de los años veinte. Baste recordar, a modo de ejemplo, la influencia que las tesis aquí expuestas por Maritain iban a tener de inmediato en el pensamiento y evolución espiritual del poeta angloamericano T. S. Eliot, quien merced a esta obra trabaría honda y prolongada amistad con nuestro autor.


Lutero, Descartes y Rousseau: en estos tres nombres filia Maritain la génesis y esencia de la Modernidad en su triple vertiente religiosa, filosófica y moral, respectivamente. Los subtítulos que acompaña a cada uno de ellos, Lutero o el advenimiento del yo, Descartes o la encarnación del ángel y Rousseau o el santo de la naturaleza, junto con la respectiva tentación del desierto asignada a modo de introito a cada reformador, nos indican ya la seriedad desde la cual Maritain va a encarar su examen crítico: los analizará como teólogo y filósofo cristiano anclado en un realismo filosófico con una solícita preocupación por los efectos que la Modernidad así configurada ha tenido en la salus animarum.


Por ser la religión el ámbito que gobierna toda actividad humana, nuestro pensador alsaciano considera la revolución luterana como la que más influencia ha tenido en la conformación de la mentalidad moderna. Lutero es visto así no tanto como fundador del protestantismo sino como enemigo declarado del saber filosófico, dotado más que de una inteligencia especulativa orientada a lo universal de una inteligencia cogitativa volcada en lo particular: su especialidad serán los dominios del yo y sus sucesivos estados de ánimo y sentimientos, que va a producir un drástico corrimiento desde el cristocentrismo que presidía la vida interior a una nueva espiritualidad egocéntrica necesitada de consuelos espirituales y de la experiencia de la piedad.


El sentimiento de sentirse en gracia deriva así, a juicio de Maritain, en una mayor preocupación que la debida al propio Dios. Para mostrarnos mejor todo ello, el capítulo entrevera de manera magistral determinados aspectos doctrinales del monje agustino con sus peculiaridades personales y vivencias biográficas, destacando cómo las vicisitudes de la vida del hombre Martín Lutero en su tragedia agonista tiñen aquí y allá sus escritos y polémicas, de forma sesgada. La voluntad esclava se verá así obligada a renunciar a la vida interior mas no por ello a la santidad: la ascética y la razón son sustituidas por la justificación que viene de la sola fides y la sola scriptura. La confusión luterana entre «personalidad» e «individualidad» dará lugar a un triunfo de la inmanencia que jalonará toda la Modernidad planteando una serie de conflictos irresolubles (espíritu y autoridad, Evangelio y ley, sujeto y objeto, intimidad y trascendencia) que al parecer de Maritain no tendrían sentido en un orden de cosas respetuoso para con las realidades espirituales.


Si en Lutero hemos visto un cambio sustancial en el concepto mismo de persona respecto de su naturaleza, entendimiento y voluntad, ahora en la revolución cartesiana veremos cómo se trastoca la noción del pensamiento mismo.t o mismo. Para nuestro autor el pecado de Descartes reside en su angelismo, al concebir nuestro entendimiento bajo las categorías que la filosofía medieval atribuía al pensamiento propiamente angélico, cuyas notas esenciales son su independencia respecto de las cosas, su índole intuitiva y su carácter innato. Una tal inflación de la razón será índice y causa de una gran debilidad aneja a la Modernidad misma, a saber: la razón desarmada pierde su asidero en lo real y tras un tiempo de presunción se ve reducida a abdicar en el mal contrario: antiintelectualismo, voluntarismo, pragmatismo, etc. De ahí que veamos, en lúcida metáfora de nuestro pensador, al hombre moderno equipado como un dios para luchar contra los cuerpos, pero inerme para pugnar contra los espíritus y cómo las leyes del universo metafísico le aplastan de forma irrisoria.


Rousseau dio en realizar en el plano de la moralidad natural una obra del mismo tipo que la de Lutero en el evangélico, yendo, de las altas esferas de la gracia al fondo mismo sensible y animal del ser humano. Para nuestro autor, lo privativo de Rousseau, su singular privilegio, consiste en la resignación de sí mismo aceptándose a sí mismo y a sus peores contradicciones como el fiel acepta la voluntad de Dios. De ahí la insistencia con que el ginebrino repetía la siguiente formula al final de su vida, tan en boga en la mente del hombre moderno: «Hay que ser uno mismo». Por todo ello, declarará sin ambages nuestro autor: «El hombre de Rousseau es el ángel de Descartes haciendo la bestia». Maritain no se llama a engaño respecto del optimismo y del naturalismo rusonianos por suponer este último una repulsa del orden sobre natural y proclamar a quélla bondad de la naturaleza, adivinando en su trasfondo una realización integral de la vieja herejía pelagiana de la mano ahora del misticismo de la sensibilidad.


Ahora que el ángel de la Historia del que hablaba Benjamin contempla con desolación las imágenes rotas de esta Modernidad nacida en una celda de un monasterio de Erfurd, soñada luego al calor de una estufa a orillas del Danubio y aventada años más tarde por entre los jardines de Montmorency, puede ser un lúcido momento para interpelar serenamente con estas páginas a sus proféticos reformadores sobre el sentido y verdad de su legado. A buen seguro que este ejercicio nos reportará algo de luz, esa misma luz matinal que inundó gratuitamente hace ahora cien años a Maritain y a Raisa por entre las vidrieras de una iglesia recién erigida en el mundanal Montmartre, dando lugar a frutos de sabiduría como estas páginas.


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