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Lo que faltaba: don Quijote viajando por el mar. Tal vez, después de tanto Quijote por tierra, tampoco vendría mal mandarle de viaje por el mar para bajar de alguna manera la fiebre desencadenada por tantos afanes quijotescos con ocasión del cuarto centenario.

Pero no es eso. El viaje que emprendió Thomas Mann en 1934 por el Atlántico a Nueva York no es más que el motivo externo para que el premio Nobel alemán se llevase como lectura de viaje el Quijote. «El Don Quijote es un libro universal y para un viaje al nuevo mundo es justo lo apropiado», constata Mann1. De ahí el título Meerfahrt mit Don Quijote («Viaje por el mar con Don Quijote»), una mezcla entre apuntes de diario y observaciones y comentarios sobre las lecturas del Quijote, hechas entre el 19 y el 29 de mayo de 1934. De las apenas cien páginas que ocupa este librito, una tercera parte se dedica a apuntes sobre la lectura del Quijote y el resto describe episodios y detalles del propio viaje que era el primero que realizó Mann. Además, seguramente para abultar, la editorial inserta una serie de fotos del matrimonio Mann y de varios barcos transatlánticos que utilizó hasta 1951 para sus viajes a Estados Unidos y a Europa.

No es mi intención comentar todas las observaciones muy interesantes que apunta Thomas Mann sobre el Quijote, porque no dispongo del espacio suficiente. En el fondo, el punto que llama la atención es el hecho de que el Quijote pudo interesar y fascinar a nuestro novelista como pudo entusiasmar también a miles de lectores alemanes durante el Romanticismo en el siglo XIX. Hubo muchos alemanes en aquel entonces que aprendieron español sólo para poder leer el Quijote en el idioma original.

Una circunstancia que contrasta llamativamente con el actual desinterés y a menudo aburrimiento que suele producir la novela, a pesar de que se considera la pionera y fundadora de la novela moderna.

He seleccionado algunas de las consideraciones capaces de explicarnos el interés de Mann por esta obra literaria y capaz quizá también de despertar el interés general por la novela y profundizar en conocimientos, en caso de que ya se haya superado una eventual aversión.

OBRA DE TRADUCTORES

Una de las primeras observaciones parte del hecho de que Thomas Mann —que no sabía español— leyó la novela en la admirable traducción de Ludwig Tieck, cuya labor Mann elogia profusamente.

Pero no es el hecho más destacable para él sino que, en el Quijote el propio Cervantes finge que la novela no es obra suya sino una traducción, la traducción de un libro escrito en árabe por un tal Cide Hamete Benengeli, escritor moro cuyo manuscrito encuentra el narrador en un mercado de Toledo y que manda traducir al castellano a otro moro con el que tropieza por casualidad en el mismo mercado. ¿Por qué Cervantes inventa esta circunstancia?

La costumbre de atribuir la autoría de un libro a una persona ficticia no era, y todavía hoy no es rara, porque entre otras cosas ofrecía la ventaja de que el autor real no tenía que responsabilizarse de lo escrito —podía así sortear la censura—. De ese modo los autores encontraban menos reparos para criticar libremente la sociedad en la que vivía; como en nuestro caso, por ejemplo, la manía de sus contemporáneos de leer libros de caballerías.

Es algo parecido a la crítica de un autor actual que vituperara la manía de seguir en televisión Gran hermano o las cargantes telenovelas interminables. Es más, para Cervantes la crítica de la lectura de libros de caballerías se transforma en el motivo principal y en la estructura básica de la novela ya que, en la ficción novelística, el propio don Quijote era lector afanoso de este tipo de literatura fantástica y su propósito de convertirse en caballero andante para socorrer a los necesitados y ayudar a los desamparados tiene su origen en las lecturas indiscriminadas y poco críticas de numerosos libros de caballerías.

Superficialmente, esta circunstancia podría sugerir al lector del Quijote que Cervantes ha querido avisar del peligro de que la lectura de este tipo de libros hace que los lectores pierdan la cordura y se vuelvan ridículos. De hecho numerosas generaciones de lectores han leído el Quijote como mero pasatiempo entretenido y gracioso. Thomas Mann, sin embargo, es de otra opinión y llama la atención sobre las múltiples facetas de los protagonistas: «Don Quijote permanece loco, su obsesión de caballero andante le obliga a ello, pero el capricho anacrónico también es fuente de nobleza, limpieza y amenidad reales, de una cortesía atractiva que merece respeto en todas sus manías, las corporales y espirituales, de modo que las risas acerca de su figura triste y grotesca siempre están mezcladas con respeto y sorpresa simpatizante. El hidalgo sin tachadura sigue atractivo a pesar del comportamiento lastimoso y sublime a la vez. El espíritu, a pesar de su caprichosa actuación, lo ennoblece y hace que su dignidad moral salga ilesa de cualquier humillación» (pág. 25).

Mann ha visto muy claramente que no se hace justicia al caballero de la triste figura considerándolo únicamente un payaso maniático, pues Cervantes ha querido darle una categoría humana mucho más profunda y respetable, ejemplar y universal. A menudo esta dimensión no se descubre porque las lecturas se detienen frecuentemente en los meros acontecimientos superficiales. Se lee el qué y a lo sumo el cómo, pero pocas veces se trata de averiguar el porqué, es decir, el motivo por el cual el autor inventa estas circunstancias.

UN AMANTE IDEAL

Por debajo de las manías de don Quijote se halla la nobleza del fiel admirador imperturbable de la sin par hermosa Dulcinea; un amor irreal y demasiado idealista pero fiel y constante como ya quedan pocos. El Quijote es en el fondo un canto y una alabanza de la fidelidad amorosa. Por debajo de sus manías hallamos la dignidad del idealista que lucha por el bien a pesar de la engañosa y oportunista forma de vivir de la mayoría de la gente. Don Quijote está dispuesto a recibir palos y arriesga castigos y engaños, pero no pierde la fe en la bondad del hombre y en la posibilidad de hacer el bien y ayudar al prójimo a pesar de todo. ¡Menudo ejemplo en los tiempos que corren! Además, por anticuado, no se ha vuelto inválido.

A Mann le llama la atención que Cervantes escoja adrede situaciones grotescas que deja atravesar a su protagonista porque también pretende censurar y satirizar las exageraciones de los libros de caballerías, que son verdaderos compendios de exageraciones e inverosimilitudes. Sin embargo, pensando en nuestro presente deberíamos preguntarnos: ¿cuántos Quijotes nos harían falta en la sociedad actual para contrarrestar las intrigas, bellaquerías y corrupciones a las que estamos expuestos? ¿Cuántos quedan dispuestos a defender desinteresadamente a los desamparados y socorrer a los necesitados en nuestros días?

UN ESPAÑOL SOBRE OTRO ESPAÑOL

Acerca de Sancho Panza observa Thomas Mann: «Este gordinflón, con sus mil refranes, su salero y su sentido común campesino no comparte las “ideas” ya que no le traen más que palizas sino que cuida de su alforja; y sin embargo, se ilusiona por este espíritu, siente cariño por su amo bueno y absurdo; no le abandona a pesar de que estar a su servicio no le trae más que incordios; al contrario, le guarda fidelidad sincera y admirativa a pesar de que de vez en cuando tiene que mentirle. Esto es maravilloso, llena su figura de humanidad y la eleva por encima de la esfera de la mera comicidad hacia lo humorístico entrañable» (págs. 25-26).

No es casual que Cervantes ponga al lado de su caballero idealista y soñador este personaje que contrasta con él en casi todos los aspectos. Es el representante de la cordura y del sentido común, es el realista que ve las cosas como son y conoce los bajos fondos de la sociedad y de la humanidad. Lo inventa Cervantes para bajar de las nubes a su amo, aunque no siempre lo consigue o lo consigue sólo cuando él solo o los dos ya hayan recibido una de las abundantes palizas que se reparten en la novela. Sancho sabe que la vida es así, que no todo es coser y cantar como hubiera podido comentar aprovechando el pozo de dichos y proverbios del que siempre está dispuesto a sacar ejemplos apropiados (y no tan apropiados).

Sancho representa para Thomas Mann un rasgo característico del pueblo español: su actitud ante la noble locura —léase idealismo— a la que no tiene más remedio que servir. Habrá que preguntarse si esta caracterización de lo español habrá sido válida en 1934; y además habría que añadir que, si existe, no era y incluso hoy no es un rasgo exclusivamente español, pues todos admiramos —aunque sea inconscientemente— la persona que a pesar de los contratiempos defiende ideales, lucha por el bien y contra el mal. Todos llevamos un pequeño Quijote dentro de nosotros, aunque muchos lo arrinconen en lo más recóndito de sus corazones. ¿Quién no admira, por lo menos por sus adentros, la grandeza de espíritu, la magnanimidad y la caballerosidad desinteresadas?

«La humanidad —comenta Thomas Mann— se dobla ciertamente ante el éxito, ante los hechos consumados del poder, incluso cuando se inician con un crimen. Pero en el fondo no olvida lo feo humano, la injusticia violenta y la brutalidad que ocurre en su seno, sin su simpatía no se puede mantener un éxito de poder e industria. La historia es la realidad común para la cual uno ha nacido, para la cual uno debe esforzarse y en la cual fracasa la magnanimidad inadaptada de don Quijote. Ello resulta cautivador y gracioso a la vez» (págs. 26-27).

Nuestro héroe es un modelo de aguante ante los percances que pudo padecer una persona entonces y que puede sufrir hoy y siempre; en el fondo, don Quijote es un pequeño Job admirable, de los que ya no quedan muchos ejemplares. Pero no es un sufridor humilde y resignado, sino un luchador y emprendedor, con ganas de enfrentarse con el peligro y de arreglar el mundo. Es más —y esto llama la atención de Thomas Mann—, al lado de las muestras palpables de locura idealista, el caballero da muestras de una cordura que admira a los personajes con los que se encuentra y que admiran hasta el lector de hoy en día.

Don Quijote pronuncia unos discursos llenos de saber y sabiduría humanísticos. Los comenta Mann como sigue: «Son excelentes estos discursos; por ejemplo, uno sobre la educación o sobre poesía natural y artística que pronuncia ante su compañero de viaje, el Caballero del Verde Gabán, están llenos de cordura, de justicia, de benevolencia humana y nobleza formal, de modo que el del Verde Gabán duda con razón y finalmente abandona totalmente la opinión de que don Quijote fuese loco, que se había formado al principio. Pero eso es lo que se intenta mostrar y también el lector debe abandonar esta opinión. […] El respeto [de Cervantes] ante la criatura de su propia invención crece continuamente durante la narración, este proceso es quizá lo más fascinante en toda la novela, es incluso una novela aparte que coincide con el creciente respeto ante la obra misma que fue concebida modestamente como tosca broma satírica, sin hacerse una idea de qué rango simbólico-humano había de alcanzar la figura del protagonista» (pág. 43).

El lector que considere estos contrastes como mero juego o simple variación de temas y formas de presentación no ha entendido el propósito de Cervantes y no interpretará debidamente la novela. Don Quijote es el idealista ingenuo, cegado por sus sueños de mejorar el mundo y tropezando continuamente con la incomprensión y la ceguera de la gente que no quiere ver la verdad y el bien, gente que se ha arreglado en esta vida y se resiste a ser sacada de sus casillas.

LA RIDICULEZ DEL IDEALISMO

He aquí el valor universal y eterno de la novela porque también es una prueba de que el hombre es terco en sus autoengaños e inalterable en sus actuaciones aunque sean falsas y perjudiciales. Muestra también que los idealistas con frecuencia ven defectos e infracciones donde no los hay, muestra que el idealismo ofuscado es tan ciego como el oportunismo y el egoísmo.

Los episodios que inventa Cervantes para mostrar la ridiculez del idealismo ciego son realmente brutales e inmisericordes. Piensen ustedes en la pesadumbre que prepara Sancho sin querer a don Quijote, guardando unos quesos frescos en el yelmo de su amo: al ponerselo éste, empiezan a derretirse de modo que don Quijote teme que se le esté ablandando el cerebro o que esté sudando un sudor horrible que podría hacer creer a los demás que se debe al miedo.

Este tipo de «jugadas» al héroe tiene tanto de sarcástico y de salvaje como el hecho de encerrar a don Quijote en una jaula y llevarlo sobre un carro a su pueblo. Son quizá los momentos más abominables y degradantes para don Quijote. Sin embargo, en realidad Cervantes no quiere humillar a su protagonista, al contrario, lo quiere y lo honra. Thomas Mann se pregunta: « ¿No tiene aires de mortificación, de autohumillación y autocastigo esta crueldad? Sí, a mí me resulta como si alguien abandonara aquí su tantas veces vilipendiada fe en los ideales, en el hombre y en su ennoblecimiento y que esta conformidad con la realidad ordinaria fuese realmente la definición del humor» (pág. 49).

No carece de justificación esta suposición de Thomas Mann: Cervantes está, por así decir, vengándose a título personal de los agravios y las desilusiones que ha debido sufrir él mismo como ciudadano. Se desahoga en su novela por las injusticias personales sufridas.

HACIA EL FINAL

Tal vez deba interpretarse también en esta líneael final de la novela. Como se sabe, en el lecho de muerte don Quijote se arrepiente, reconoce que fue un error dejarse engañar por las utópicas ideas de los libros de caballerías, el hacerse caballero andante y el haber creído que pudiese mejorar el mundo.

Este final se halla en un contraste extremo con lo que Thomas Mann considera el objetivo supremo de las actuaciones de don Quijote y de toda la novela. Se refiere al «capítulo maravilloso narrado con una comicidad patética que revela el auténtico entusiasmo del poeta frente a la locura heroica de su protagonista. Su contenido es extrañamente conmovedor y grandiosamente ridículo. El encuentro con el carro cargado de leones que manda el general de Orán a la corte como regalo para el rey. El suspense con que se leen estas páginas, después de todo lo que se sabe ya de la magnanimidad ciega e infructuosa de don Quijote, y en las que insiste sin dejarse desviar por ninguna objeción racional; estas páginas testimonian del arte extraordinario del narrador de variar el mismo motivo a través de todas las posibles transformaciones y, sin embargo, mantenerlo fresco y efectivo (págs. 62-63).

En este episodio don Quijote pretende desafiar a unos leones insistiendo en luchar contra ellos; pero los leones ni le hacen caso, ni bajan de la jaula abierta por el guardián después de insistirle enérgicamente don Quijote.

Por tanto, no basta querer luchar y demostrar su valor; si el adversario ni te hace caso, todo tu valor es inútil e infructuoso. Eso es lo que don Quijote descubre también en el lecho de muerte: no se debe luchar si la causa no es adecuada.

Thomas Mann no está satisfecho con este final, porque teme que con esta muerte tan razonable y tan trivial pueden también desaparecer, o por lo menos infravalorar, los ideales por los que luchó su héroe. Ciertamente Cervantes ha conseguido parodiar y ridiculizar los libros de caballerías, lo cual era su primer propósito; pero si con ello provoca la desaparición de los nobles ideales por los que se comprometió don Quijote surge el riesgo de que el lector considere que este final podría desprestigiar o incluso acabar con los esfuerzos continuos de hacer el bien contra viento y marea. Así Don Quijote de la Mancha dejaría de ser el libro ejemplar, modelo de todas las novelas modernas y además el libro de más prestigio de la literatura española, sino que dejaría también de ser demostración de un comportamiento que imperturbablemente se empeña en luchar por la verdad y el bien. Porque sólo por esta razón el Quijote se ha convertido en un libro universal y ha sobrevivido la ficticia muerte de su héroe.

 

NOTAS

1 Thomas Mann, Essays, vol. 4: Achtung, Europa! 1933 – 1938, Frankfurt am Main: S. Fischer Verlag 1995, pp. 1415 Citamos y traducimos de la edición Meerfahrt mit Don Quijote, de la misma editorial y publicada en 2003 con indicación de la página entre paréntesis.


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